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  • Publicado el 15 de Septiembre, 2005, 22:58

    Robert Rodríguez coge tres historias del artista del cómic Frank Miller (que co-dirige y hace el cameo del sacerdote en el confesionario), los enmarca en dos breves secuencias (prólogo y epílogo) de sensual belleza y vierte (literalmente) las viñetas en blanco y negro con algunos toques de color (verde de los ojos), rojo de los labios, la sangre o el vestido de lamé de una de las protagonistas y el amarillo (del líquido putrefacto que en vez de sangre tiene ese “monstruo” que es Jeff  Rourk tras su operación). Pone en movimiento las estáticas figuras, pero respeta gloriosamente (diría) su trágico blanco y negro. Los planos en picado y contrapicado y esa lluvia insistente, nos sumergen en Basin City, esa ciudad llena de maleantes, de alto y bajo vuelo, de prostitutas armadas hasta los dientes, o de angélicas, inermes criaturas como Nancy Callahan. Pero aún en medio de esa corrupción (corrupción política, eclesial, policial, especialmente), aún de ese mundo sórdido y oscuro, surgen las criaturas que, convencidas de su misión, logran alzarse para dar un sentido final a su vida y a su muerte.

    Rodríguez traslada con visual fidelidad ese universo entero a la pantalla, y lo hace con la ayuda de un reparto estupendo, en el que para mí sólo falla un elemento: Clive Owen, que no logra dotar a su personaje de la fiereza y fuerza requeridas.

    La historia protagonizada por Mickey Rourke y Jaime King  (en el doble papel de Goldie/ Wendy) es la traslación moderna y trágica de “La Bella y la Bestia”. El amor surge dentro de ese monstruo cuya fisonomía remite tanto a  Frankenstein como a hule, para arrastrarlo a una serie de crímenes y expiaciones cuya finalidad es la venganza. El amor de esta “bestia” surge volcánico e incontenible ante la pérdida del “ángel” que fue amable y cariñoso con él, quien fue capaz de humanizarle por una noche. La silenciosa, perniciosa  irrupción en esta historia del caníbal (Elijah Wood) , rompe este momento feliz de su existencia, llevándolo a la desesperación más absoluta.  Marv es el héroe romántico por excelencia: el que no tiene nada que perder porque nada, nunca, ha tenido. Su única redención proviene de hacerse, a posteriori, digno del amor que ha logrado encender en su pecho la hermosa, arcangélica Goldie. Ya se intuye que la fuerza del mal que está detrás de todo crimen en Sin City no es solamente la de los ejecutores, los cerebros serán un Rutger Hauer rescatado para un breve, pero intenso papel de obispo, y su hermano el senador.

                                                       

    Bruce Willis es John Hartigan, un policía a horas de jubilarse, que decide enfrentarse a este mundo del Mal (del Mal con mayúscula), para salvar la vida de una niñita secuestrada, que sin su intervención sería violada y después asesinada cruelmente. Hartigan sabe con quién se va a enfrentar: nada más y nada menos que con el hijo del senador pederasta y como tal, monstruo entre los monstruos. Lo hace a conciencia, sabiendo lo que se juega: la vida, para salvar su alma. El calvario que le espera es aterrador. Tras la liberación, la busca de la ya joven  de 19 años (la sensual a la par que ingenua Jessica Alba) le lleva a encontrar lo que él define claramente como “el gran amor de mi vida”. Amor que, como todo calvario en su versión romántica, debe terminar con el holocausto del amante. El sacrificio de la propia vida para salvar la de ella. Hermoso final y gran actuación de Willis, quien siempre me ha parecido un excelente actor, no histriónico y sí muy expresivo.

                                                           Sincity_Willis_Alba_blog.JPG

                                                                  

    La tercera historia ( a mi juicio la más floja), tiene como protagonistas a Clive Owen quien, llevado por la ira, perseguirá y después será perseguido por un Benicio del Toro, un maltratador de mujeres, hasta el centro de la ciudad, la ciudad vieja, donde las prostitutas han establecido un nuevo “Reino de las Amazonas” (Rosario Dawson, tan hermosa como siempre, Devon Auki –ojo con esta chica, dará que hablar-, Alexis Bledel) Gail y sus chicas matan a Jackie Boy (Benicio del Toro) sin saber que es poli. Y de ahí, la secuencia automovilístico-surrealista que filma Quentin Tarantino por un dólar.

                                                             

                                                         

    La obra se cierra con un epílogo de menor belleza que el prólogo, a mi juicio. Y con la estupenda sensualidad de la música de Silvestre Revueltas, “Sensemayá”.

    Esta película significa un paso adelante en la carrera de ese irregular director chicano que es Rodríguez. Necesariamente, esta experiencia no será repetida. Por lo que su futuro como autor (para mí) sigue siendo incierto. No cabe duda que ha sabido innovar visualmente, que su puesta en escena es deslumbrante. Que sus actores han sido excelentemente dirigidos y su romanticismo (me refiero al romanticismo de verdad), ya presente tanto en El Mariachi como en Abierto hasta el amanecer, ha salido reforzado. La película es para no perdérsela. Y para verla más de una vez. Rescata del olvido a dos actores: Rourke y Hauer (qué inolvidable tú Nexos 6, Rutger), que también son héroes caídos, y nos salva del encasillamiento a Elijah Word ¿Qué más puede pedirse?  

     

    Por reinadegrillos, en: Cine