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  • Publicado el 15 de Septiembre, 2005, 0:17

    La historia de Kaspar Hauser ha sido llevada al cine dos veces, una por Werner Herzog (1974) y otra por Peter Sehr (1994). Es un tema que, como el de El niño salvaje de Truffaut, captura la imaginación y hace bueno el dicho de que "La realidad supera a la ficción". Y es muy afín al universo creativo herzoguiano, fascinado por la relación entre el individuo, la sociedad y el entorno (ya sea natural, como en Aguirre, la cólera de Dios), o urbano, como en Kaspar..
    Kaspar Hauser fue encontrado en Nuremberg, Alemania, un lunes de 1828. Tenía entre los 16 y los 18 años y vestía el traje típico de la zona y unas viejas botas raídas. Llevaba una carta en la mano, dirigida al capitán del 4º Escuadrón del 6º Regimiento de Caballería. Y repetía incesantemente una frase, única que sabía:Quiero ser un jinete como mi padre.
    La carta estaba escrita en rudo dialecto bávaro, y decía :”Sr. Capitán: Os envío a este joven, que quiere servir al rey y que fue dejado a mi cuidado en Octubre de 1812, y yo, pobre labrador, tengo 10 hijos y tengo con ello suficientes preocupaciones. No le he permitido dejar la casa desde 1812. Si usted no se hace cargo de él tendrá que pegarle hasta morir o colgarlo en la chimenea".

                                                         

    Había una segunda carta en el bolsillo de Kaspar, pretendidamente escrita por la madre, una pobre chica que habría sido supuestamente seducida por un soldado del regimiento y estaba fechada en 1812. Sin embargo, pronto se demostró que ambas cartas estaban escritas por la misma mano, con el mismo papel y la misma tinta. Cuando le preguntaron su nombre, el muchacho escribió en un papel: Kaspar Hauser.

    Como Hauser parecía no entender nada fue llevado a la prisión y atendido por el guardián y su familia. No sabía estar recto, no sabía comer (hasta entonces se había alimentado de pan negro y agua) o utilizar sus manos, y por la suavidad y blancura de sus piernas y pies se dieron cuenta de que no había caminado nunca. También llamó poderosamente atención de todos el hecho de que estuviera vacunado (la marca de su brazo era visible), pues en aquellos años solamente las familias más encumbradas eran sometidas a una vacunación. Aquí comenzó a gestarse la leyenda de que Hauser era del origen más noble.
    A diferencia de Víctor de Aveyron, Kaspar aprendió a decir frases entrecortadas, respirando mucho antes de cada emisión, como quien dice “tomando aliento”; no sentía vergüenza cuando el guardián (Andreas Hittel) y su esposa lo bañaban y no fue nunca activo sexualmente. El Itard de Hauser fue el Dr. Georg Philip Daumer (filósofo y educador), que se hizo cargo del muchacho en julio de 1828. Su tarea tuvo mejor recompensa que la de su colega francés: Hauser pudo aprender a hablar, como hemos dicho, aunque con muchos fallos, y pudo rememorar y compartir su misterioso pasado: desde que recordaba (después se llegó a la conclusión que pudo ser a partir de los 3-5 años de su edad), había permanecido atado al suelo en un oscuro y estrecho cobertizo. Durante este tiempo solamente vio dos veces al hombre que lo mantenía cautivo y atado, porque éste aparecía siempre entre las sombras, por detrás suyo. Encontraba el pan y el agua al despertar. Un médico certificó que los huesos de sus rodillas estaban anquilosados y que Kaspar podía ver en la oscuridad, datos que avalaban la verdad de su historia. El muchacho contaba que a veces el agua llevaba algún narcótico (probablemente opio), pues cuando la probaba tenía un sabor extraño y al despertar alguien había cortado sus uñas y pelo y había cambiado sus ropas sucias por otras limpias.
    La primera vez que vio al hombre que le confinó, éste le enseñó a escribir Kaspar Hauser, y a decir su frase:" Ein Reiter will ich werden, wie mein Vater einer war". La segunda vez que lo vio, el hombre le sacó de la celda y le encaminó hasta Nuremberg, donde la abandonó. Kaspar recordaba haberse desmayado al ver la intensa luz del día, nunca antes vista, y al respirar el aire del exterior.
    Una vez conocida y publicada su historia y su retrato, Kaspar se convirtió en “El Muchacho de Europa”.
    El prestigioso jurista alemán Anselm Ritter von Feuerbach escribió un informe sobre Kaspar (publicado en 1832, póstumamente). En él explica sus impresiones del joven, sus dificultades para hablar, para construir el mundo de una manera normal, dice que hablaba de sí mismo siempre en tercera persona y no distinguía lo animado de lo inanimado. Amaba el color rojo y no le gustaba el verde, por lo que la naturaleza le era completamente indiferente; pero era sensible a la música, que le hacía llorar y le conmovía profundamente hasta causarle dolor inexplicable, así como a la cercanía de los niños, con los que se sentía feliz. Su carácter era gentil y dulce. El magistrado estaba convencido de que Kaspar era hijo de Stéphanie de Beauharnais, esposa del Gran Duque Karl de Baden, y que habría dado a luz a Kaspar en 1812. Este hijo le habría sido arrebatado y cambiado por un niño campesino muerto, para beneficio de la condesa de Hochberg, con el fin de que su propia descendencia pasara a ser la línea sucesoria.
    Cuando Feuerbach murió repentinamente, las malas lenguas hablaron de envenenamiento. Kaspar escribía unas breves memorias. Poco después de conocerse este dato, en 1833, Hauser fue atacado en el retrete por un hombre enmascarado armado con un cuchillo. Hauser se sintió profundamente consternado por este hecho, aunque muchos pensaron que las heridas (superficiales) se las había autoinflingido. Daumer cayó enfermo, y el muchacho pasó por dos tutores, Bieberbach y von Tucher. Kaspar se mostraba cada vez más confuso y retrocedía en su evolución, se sentía melancólico y deprimido. Y en mayo de 1831 apareció en la ciudad un excéntrico noble inglés, Lord Stanhope, quien fue nombrado su tutor e intentó introducir a Kaspar en los salones, probablemente para aprovecharse de su popularidad. Sobre esta relación se ha especulado mucho, puesto que Hauser no había mostrado nunca interés por las mujeres. También hay quienes piensan que este hombre era un agente del Gran Duque de Baden y que actuaba con la finalidad de deshacerse del chico. Lo cierto es que para diciembre del mismo año, Stanhope abandona a Kaspar a las autoridades de Ansbach, villa muy cercana a Nuremberg, quienes lo colocan en casa del Dr. Meyer. Kaspar comenzó entonces a trabajar como copista, y pocos días después de colocarse recibió una carta donde se le prometía información sobre su nacimiento. Kasper acudió a la cita y fue herido mortalmente en el pecho. Pudo llegar hasta la casa de Meyer, pero murió tres días después a consecuencia de la herida.
    La policía encontró en el lugar de la cita una carta en la que se decía: "Hauser podría deciros cuál es mi apariencia, de donde vengo y quién soy. Para ahorraros trabajo os lo diré yo mismo. Soy de la frontera de Bavaria, y mi nombre es MLO".
    El asesino de Hauser era el mismo hombre misterioso que le había confinado durante tanto tiempo.Probablemente, Kaspar tenía 21 años.

    Tanto Stanhope como Meyer sostuvieron que Kaspar se había inventado la historia y se había suicidado, pero la autopsia demostró lo contrario.

    Las especulaciones que le habían acompañado toda su vida no cesaron después de su muerte. Hace relativamente poco tiempo, se realizaron pruebas de ADN que demostraron que Hauser no tenía vínculo alguno con la familia de los grandes duques de Baden, pero es probable que su asesinato se debiera a que aunque no era el príncipe heredero de Baden, mucha gente podría creer que lo era.

    El enigma de Kaspar Hauser de Werner Herzog.

    El título original era “Cada hombre para sí mismo y Dios contra de todos”, pero el film quedó como “El enigma de Kaspar Hauser”. Para algunos, fue el film que convirtió a Werner Herzog en un cineasta de renombre internacional; para otros es una película fallida. A mí me gusta mucho. Hoy, Óscar me la ha mencionado, no sé muy bien por qué, y por eso se me antojó recordarla aquí.
    Toda la película gira alrededor de ese ser puro e incontaminado que no entiende el mundo, pero que es capaz de sentir a flor de piel y que ansía mejorar, aprender, comprender y complacer a sus benefactores. Con amor no disimulado, Herzog sigue a ese personaje desde la oscura covacha hasta su muerte: navega junto a él, le acompaña en su breve periplo. La escena en la que Hauser sostiene por primera vez en su vida a un bebé (el hijo de su guardesa), llorando a mares repentinamente, constituye una de las escenas más conmovedoras que he visto jamás. Los hijos de ese guardián amistoso de Nuremberg comprenden bien la capacidad de Hauser, su ternura. El hijo de Hittel ( de siete años), le enseña sus primeras frases, reprende a su hermana cuando ésta quiere que aprenda un poema demasiado largo para él, le enseña a sentarse a la mesa, a coger la cuchara y el signficado de la palabra "vacío".
    La condición de "mono de feria" de Hauser dentro de ese mundo queda plasmada en la escena del "circo de freaks", pero Herzog no tiene la ácida mirada de un David Lynch en "El hombre elefante". Quienes pueblan el circo son seres desplazados, transterrados, diferentes, pero no son monstruos ¿Cuál es su anhelo? Ser libres. Sin embargo, su propia condición se lo prohibe, al no poder pasar desparcibidos entre los demás.La anomalía de Hauser está en su apartamiento del mundo, en su ignorancia de él, en su inocencia.
    El film de Herzog incide en esa ternura de Hauser, en ese perpetuo estupor ante el mundo y también en la originalidad de su visión sobre los otros hombres, la sociedad, la naturaleza y la cultura.
    Esta obra no podría haberse llevado a cabo sin la participación de ese otro Kaspar Hauser que fue (o es)
    Bruno S., quien lo encarna.
    Herzog lo vio en un documental y lo contrató inmediatamente, con la certeza de que era su hombre. Después se enteró que Bruno S., hijo no deseado de una prostituta, había pasado gran parte de sus tres primeros años encerrado en el armario de la habitación de su madre antes de que ésta le ingresara en un hospicio para enfermos mentales (Bruno tenía una inteligencia normal). De ahí pasó a los orfanatos y a los reformatorios y después se convirtió en músico ambulante. A los 26 años se le diagnosticó una esquizofrenia. Ignoraba lo que era un cheque, un banco, no había recibido educación, dormía en el suelo por no estar acostumbrado a las camas y durante el tiempo que duró el rodaje de la película nunca se quitó el vestuario de su personaje. Exigió a Herzog guardar su identidad y por eso esa "S." misteriosa que le convierte en el único actor protagonista (que yo conozca) que carece de nombre. Herzog cuenta que sólo le hizo dudar la diferencia de edad entre Hauser y Bruno S., puesto que Hauser era un muchacho de 16 ó 18 años, mientras que Bruno estaba cerca de los 40, pero el director estaba convencido que sólo él podría reflejar la impoluta inocencia que debía tener Hauser. No se equivocó. La mayor parte de las escenas de esta singular película fueron registradas en la primera toma.
    Bruno S. supo dotar a su personaje del estupor, del terror intrínseco, del anonadamiento que Kaspar siente hacia un mundo que desconoce totalmente, sin jamás dar una impresión de imbecilidad o de anormalidad mental. También le dio la ternura, la súbita, incontrolable emoción que pudo embargarlo ante una pieza musical, ante el contacto con la manita de un bebé, ante un pájaro que va a comer confiadamente de sus manos (otra de las escenas asombrosas de la película), que según Herzog "surgió" -y lo creo-, sin haber sido planeada. El pajarito se asomó casualmente a la ventana de la celda y se acercó a Bruno-Kaspar aceptando, confiado, el alimento que éste le ofrecía.
    Como en tantas películas de Herzog, casi todos los actores son amigos: poetas. músicos, dibujantes, estudiantes o personas normales cuya actuación es fresca y creíble. Narrativamente, Herzog unifica los varios tutores que Hauser tuvo en la realidad en la figura del profesor Daumer (Walter Ladengast) y se centra en la inmersión de Hauser en la sociedad burguesa, que no puede asumirlo tal como es.
    La extrañeza del mundo, su ilógico funcionamiento y el pensamiento formalmente implacablemente lógico, aunque a la vez equivocado de Hauser (¿realmente, quién no pensaría que una torre está hecha por un gigante o que una fruta que rueda caprichosamente por el suelo no lo hace por propia voluntad?) y contrapone esa inocencia no corrompida por la crueldad de que fue objeto, a la intrincada sociedad: a la iglesia, a la ciencia, a la policía, a la política.
    La muerte de Hauser y sus palabras: "¡Aún me queda tanto por hacer!" cierran una obra hermosa, sensible, conmovedora y que da mucho que pensar.

     

    Por reinadegrillos, en: Cine