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  • Publicado el 13 de Octubre, 2005, 14:48

    Lope de Vega, con su talento desbordante, eclipsó la obra teatral de Cervantes. Lo mismo le pasó a María Izquierdo, que el azar hizo contemporánea de Frida Kahlo.

    Nació en San Juan de los Lagos, Jalisco, en 1902. Se casó muy jovencita, a los 14 años, y se divorció, ates de entrar, a los 26 años, en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos. Duró solamente un año ahí, porque su carácter no se adecuaba al academicismo que imperaba entonces en aquella escuela. A los 28 años expuso por primera vez, y fue la primera mujer mexicana que expuso en los Estados Unidos, París y Tokio. 

    Vivió una estrecha relación tanto pictórica como sentimental con Rufino Tamayo de 1929 a 1933. Dicen que él marcó la obra de María: yo no lo veo. Su mundo es femenino, íntimo, secreto, telúrico. Hay en ella algo de niña, sobre todo en sus alacenas o sus naturalezas vivas, o en sus escenas de circo, que me recuerdan tanto al circo de Calder como a algunas pinturas de Seurat.

    En sus retratos, ella pinta la apariencia, no el interior secreto de los retratados: ni siquiera sus autoretratos son explícitos. Siempre hay un vínculo entre el concepto persona-máscara. El hieratismo no es fruto de la ignorancia técnica, sino de la convicción de que todo rostro es un enigma.

    A Frida la elogió Breton, a Izquierdo la admiró Artaud. Su relación con Tamayo no enturbió las relaciones con otros intelectuales y pintores de la época, como Diego Rivera o Siqueiros.

    María tiene una paleta telúrica e indigenista, hecha de verdes, marrones y amarillos.

    A veces el rosa irrumpe en sus cuadros como breve metáfora de dulzura o alegría.

    Mi preferido es esta naturaleza muerta con huachinangos por su decidida originalidad,  por la desolación que muestra el contraste del azul prusia con los sepias y marrones, y por el estremecido tratamiento de los peces.

    María Izquierdo murió en 1955, después de haber padecido una hemiplejia que le paralizó el brazo derecho. Aún así, siguió pintando. De momento, la posteridad no le ha dado el reconocimiento que merece. Esperemos que éste llegue algún día.