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30 de Octubre, 2005
Publicado el
30 de Octubre, 2005, 16:24
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Ayer me fui a ver La novia cadáver de mi admirado Tim Burton, pero no voy a escribir sobre ello porque ya lo ha hecho muy bien Golosina caníbal. Después de verla, me pasé por Fnac y compré Capturing the Friedmans. Como le acabo de comentar a Óscar, que creo que se decantará por la de Cronenberg, cada vez me gustan más los documentales, por lo que acabo de abrir esta subsección de Cine.
El documental nos habla de eso que todos sabemos y callamos:
a) Que todos somos un enigma para los otros, incluidos nuestros más íntimos y cercanos. Que tenemos una vida externa que no refleja los conflictos, los problemas o los pecados que cometemos.
b) Que no hay nada más temible que la justicia cuando es ciega y parcial y es totalitaria y corrompe todo lo que pretende limpiar y
c) Que es posible documentar y grabar lo más íntimo y dar con ello testimonio de lo que ocurre desde dentro, para no tener que recordarlo, como dice Danny Friedman. Los Friedman son una familia externamente normal, como puede ser cualquier familia americana de clase media-alta. De origen judío, el padre ha estudiado en Columbia University y la madre, como tantas otras, se ha dedicado a su familia y a sus tres hijos. La vida sexual de la pareja, según cuenta ella, es pobre y aburrida, pero la armonía parece presidir la relación. Los hijos van creciendo, documentados por la cámara de super 8 que el padre utiliza y a la que sus hijos también se aficionan. De modo que Jarecki encuentra una cantidad de material que da testimonio de esa armonía que fluye solamente hacia afuera, pero que pronto veremos que es sólo una fachada.
Es curioso ver los cuatro estratos de filmación: las grabaciones antiguas (de los años 50), hechas por el padre de Arnold Friedman sobre él y su fallecida hermana, y el hermano con el que que Arnold luego confesará también haber mantenido relaciones incestuosas (y el hermano no lo recuerda: es fascinante). Las grabaciones que Arnold Friedman hace a su familia desde los años 70: la perfecta familia americana, las fiestas, los disfraces, las vacaciones. Él, su mujer, su tres hijos varones. La seguridad económica, el coche con las placas exclusivas COMPUTER...esa apariencia que se demoronará ante nosotros. Las grabaciones, ya en los 80, que hace Danny Friedman, el hijo de Arnold y el primogénito, cuando ya el padre está acusado, para documentar esa nueva familia que se irrita, se odia, discute crudamente, se divide ante nuestros ojos: se deshace... y la filmación del propio director del documental, Jarecki, entrevistando, repasando la historia, haciéndonos ver las innumerables contradicciones.
Arnold Friedman, respetado informático, profesor y padre de familia, compra en el extranjero una revista con contenido pedófilo. Pillado, la policía le tiende una trampa y él cae. Un policía disfrazado de cartero le hace entrega de una segunda revista, y esto sirve para que se presenten a detenerlo y a registrar la casa: ese hogar aparentemente modélico. Es como abrir la caja de Pandora, comienzan a fluir todos los horrores. No sólo es inculpado Arnold Friedman, el padre, por el delito de comprar pornografía infantil, sino que se descubre que tanto él como su hijo mediano han cometido abusos y violaciones a un gran número de niños, tanto en las vacaciones familiares en un pueblito con lago y barquitas, idílico, como en su propia casa, a alumnos que acudían a la academia de informática que Arnold Friedman tenía en el sótano de su propio hogar.
Al principio parece que la evidencia es irrefutable, pero a medida que avanza el documental se nos comienzan a plantear ciertas dudas, no sobre el delito en sí, sino sobre su alcance real. Arnold era un pedófilo. Eso parece probado, pero ¿hubo realmente violaciones masivas? Parece que no, que la policía de algún modo "infló"y manipuló a los testigos y presuntas víctimas y orilló sistemáticamente a todos y cada uno de los alumnos de Arnold Friedman para que declararan abusos sexuales. De modo que la histeria fue tomando cuerpo, exactamente igual que en la obra de Arthur Miller, Las brujas de Salem: por contagio. Y lo que comenzó siendo un delito menor por leer pornografía infantil, terminó siendo una condena con cientos y cientos de cargos por violación y abuso sexual a menores. De Dr. Jekyll a Mr. Hyde. De padre, marido y miembro ejemplar de una comunidad respetable a monstruo y violador de menores. Finalmente, Friedman acabará suicidándose en la cárcel.
Más todavía, a Arnold Friedman se le hizo creer que si aceptaba los cargos y se declaraba culpable beneficiaría a su hijo en su juicio paralelo. Esto no fue así, de modo que el hijo también fue acusado, tras la declaración de su padre, con cientos de cargos del mismo jaez, por lo que al final terminó declarando que había sido violado por su propio padre y se había visto envuelto en las violaciones coaccionado por él. A pesar de ello, la juez le condenó a la pena máxima para un joven de 19 años: 18 años de cárcel. De modo que además del destrozo familiar que vemos literalmente grabado por la cámara que el hijo mayor, Danny, utilizó para filmar las discusiones, los odios y los reproches que surgen después del juicio, vemos también en este documental la acción destructiva de la ley que, para probar sus tesis, corrompe a los personajes de este drama hasta hacerlos perder la noción de verdad y mentira, de tal modo que no creo que ellos supieran, al final de todo, si eran culpables o no lo eran, si había habido o no violaciones, si Arnold había violado realmente a su hijo o si éste había sido cómplice del padre. Para no hablar de los testigos y presuntas víctimas, a las cuales se intenta por todos los medios convencer de que esto ha sucedido, incluso a través de sesiones de hipnosis (cuando no recordaban ningún abuso). De todos es sabido que a través de tales sesiones se pueden "implantar" en los individuos recuerdos "falsos". Por todo lo cual, Capturing the Friedmans (en una doble acepción intraducible: captando a los Friedman con las cámaras de video (del padre de Arnold, del propio Arnold, del hijo de Arnold y de Jarecki) y capturándolos -la Justicia-, es un trabajo profundamente inquietante que nos permite deducir los mecanismos del poder represivo (igual da la Inquisición, o cualquier régimen policial a lo largo de la historia), además de que, indudablemente, la primera conclusión es que no conocemos ni siquiera a nuestros más íntimos familiares. La frase de la madre: Cuando detuvieron a Arnold yo ni siquiera sabía que existiera la pornografía infantil es desarmante, después de 33 años de "feliz y pacífico" matrimonio.
Capturing The Friedmans de Andrew Jarecki, Producción, Andrew Jarecki y Marc Smerling, Montaje de Richard Hankin, Fotografía de Adolfo Loring, Música de Andrea Morricone, HBO, 2003, 108\'. Nominada a los Óscar 2004 como Mejor Documental, Gran Premio del Jurado del Festival de Sundance 2003.
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Publicado el
30 de Octubre, 2005, 1:08
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Para Lety Ricardez, que quería saber esta historia que yo no conocía (y me la tuve que inventar).
Usted quiere saber la historia de Patricia y yo se la voy a contar. Debo comenzar cuando los cantantes llegaron a la ciudad ¿Usted sabe que en esta ciudad no había teatro? Parece mentira ¿verdad? Pero es rigurosamente cierto. Los cantantes llegaron de la ciudad de Ponte y lo hicieron en una carretita color chicle masticado llena de cosas, de triques y con sus colchones, sus vestidos, sus instrumentos para la orquesta y sus estampitas. No eran estampitas de vírgenes o de santocristos, sino que eran fotografías de ellos mismos en sus distintos papeles y que vendían a la salida de la función para redondear la ganancia. No me olvidé de eso con los años, porque mi prima Pachita se entusiasmó con el negro que cantaba el Otelo de Verdi y que en realidad no era negro, como usted comprenderá, sino sólo se pintaba la cara hasta el cuello y le llamo "estampita" porque cuando se fueron los cantantes, Pachi puso la estampa en un marquito de plata en un altarcito, con su vela, sus flores, sus conchitas de mar y su jarrito con tequila que se tomaba todas las noches antes de irse a acostar.
Patricia andaba por la calle de la Reforma de la Patria muy quitada de la pena, cuando el barítono de la compañía, que estaba paseando al perro (no le conté que en el intermedio había un número de perro amaestrado que tenía mucho éxito), la vio. Desde el otro lado de la avenida, el barítono la saludó, haciendo una profunda reverencia, cual si estuviese enfrente de una reina. Con la gracia aprendida en miles de reverencias repetidas delante de los públicos más diversos, el barítono acertó a caerle en gracia a Patricia, por aquel tiempo una mujer que tenía un pecho abundante y unas caderas amplias, así como unos pómulos salientes y unos ojos tremendos, como de loba o de pantera negra. No era exactamente hermosa, pero parecía una mujer romana y su nombre le quedaba que ni pintado. La avenida de la Reforma de la Patria en ese momento quedó paralizada por ambos lados de la vía. Los coches y caballos que subían y los coches y caballos que bajaban no se movieron. Un segundo y siguieron su camino para arriba y para abajo con gran prisa, pero no se movieron durante ese segundo que tardó el barítono en ver a su ya desde instante amada Patricia hasta que los ojos de ella le devolvieron la mirada y le sonrieron.
No hizo falta más para que se encendiera en ambos la llama de la pasión.
Durante tres días y tres noches el barítono y Patricia no hicieron más que fornicar. Cuando llegaba la hora de la función, y ya vestido él con su traje de Gianni Schicchi, ya se sentía deseoso de terminar lo más pronto posible, desde antes de empezar a cantar, aunque no descuidaba sus actuaciones para que la obrita no perdiera el interés: no quería que la compañía pudiera resentirse de un fracaso.
El lugar elegido para la representación era la plaza de toros, por lo que el esfuerzo de los cantantes se veía multiplicado, intentando llegar, sin ayuda de acústica alguna, hasta el último rincón.
Sin embargo, Patricia y el barítono estaban felices porque al menos la ópera sólo constaba de un acto. En cuanto finalizaba éste, el barítono ejecutaba unas cuantas reverencias rápidas, después de recitar alegremente la última frase de su papel: Por esta travesura me han arrojado al infierno.
Las reverencias las hacía ya sin la gracia de su gran reverencia de la Avenida de la Reforma de la Patria, para volver volando a los brazos de su amada.
La desaparición de Patricia, entretanto, me angustió. Por aquel entonces se hallaba viviendo conmigo y al no recibir noticias suyas, me asusté. Usted ya sabe que confío poco en la buena suerte y más en la mala suerte y creí o soñé que Patricia estaba delicadamente tirada debajo de un puente de las afueras de la ciudad, con el cuello cortado y el vestido en desorden. Afortunadamente, recibí una carta. Patricia me explicaba lacónicamente que había encontrado al hombre de su vida y que se iba con él.Para entonces, cada una de las obras del Tríptico de Puccini ya había sido escuchada por todos los que en el pueblo acudían a esos acontecimientos, de modo que no quedaba otra que despedirse de su amado cantante o partir en calidad de acompañante. Por supuesto, Patricia decidió irse con él. Apresuradamente la ayudé a juntar sus cosas; nos besamos, lloramos un poco -yo más que ella-, y se fue. Aunque yo tuve mis temores, le deseé buena suerte y me desentendí. Estaba -no se lo niego,- un poquito enojada con ella.
¿Usted conoce la obra de Puccini? Acababa de ser estrenada la obra y aquí ya se cantaba. Es la historia de un pícaro. Un pícaro plebeyo que aprovecha la oportunidad para que su hija y el noble Rinuccio, su novio, se queden con la herencia que no ha querido dejarles un tío lejano del muchacho. Para ello, se sirve de una suplantación. La anécdota es recogida por Dante Alighieri, quien la relata en el Canto XXX de su Inferno. Yo pensaba que el tal barítono era también un pícaro, llevándose a mi amiga con él sin el santo matrimonio. Pero quien quiera que no haya pecado, que tire la primera piedra. Me aguanté. No les deseaba un mal, pero quise dejar de pensar en ellos.
No quisiera describirle al barítono, sólo diré que se llamaba Arturo, que era muy alto y que en su cara resplandecían unos ojos verdes que podrían incendiar la iglesia de San Felipe con una sola mirada, aunque ya no era tan joven. Y nada diré de su voz, tan poderosa y clara que cualquier inflexión inundaba el pueblo con una capa de rocío improcedente y súbita.
Pasó el tiempo. Nada se volvió a saber de la huida. Casi la había olvidado yo, cuando poco después de mi matrimonio, vi llegar a una mujer con sus dos niños. Uno de ellos era alto y rubio como un ángel, mientras que el otro era moreno y pequeño y tenía una expresión amarga en la cara. Era ella. Patricia, transformada en un triste fantasma de sí misma.
El barítono había perdido la voz una noche que había cantado desde la plaza del pueblo a Patricia, oculta en su habitación por causa de una trastada de su amado con una mujer cuyo nombre era Laura y que le había robado el corazón, aunque ya se hallaba arrepentido. A base de romanzas, Rigolettos, Papagenos y Don Giovannis se quería hacer perdonar la infidelidad. Estaba tan borracho que ni siquiera se dio cuenta de que hacía un viento atroz y de que nadie le escuchaba. Todos los habitantes de la ciudad habían cerrado las ventanas y habían huido a los rincones más profundos de sus casas, espantados por el aire sibilante. Patricia también estaba en lo más profundo de la casa entonces compartida con su amante, llorando, indignada y perdida. Por la mañana había recibido un regalo: un bebé pequeño, delgaducho y moreno, que llevaba una nota ensartada en el babero: Soy el hijo de Gianni Schicchi y me llamo Pablo. Si tú no me cuidas me voy a morir sin más.
No se sabe si fue la aparición del hijo, el viento helado de la noche o la tristeza porque Patricia no le volvió a franquear la puerta de la alcoba, pero el barítono perdió la voz: se quedó completamente mudo. Completamente. Para evitar la ruina, decidió dedicarse entonces a la escritura y a la composición. Solía, me contó luego Patricia, escribir libretos con sus correpondientes partituras, que nunca llegaba a terminar. Sus ideas salían por la ventana en busca de aquel viento que le había arrebatado la voz. Como no podía comunicarse, su humor se agrió hasta tal punto que acabó bebiendo, hasta el fondo, todos los vasos de vino que pudo llenar.
Al principio y sólo por orgullo, Patricia no le buscaba para darle consuelo o para decirle cuánto le amaba aún; pero poco a poco el amor se fue también por la ventana, se hizo más hondo el rencor, y el amor acabó huyendo como todo lo que habían tenido, tras aquel viento atroz.
Volvió pues al pueblo con sus dos hijos. Nunca sintió otra cosa que amor por aquel pequeño regalado que había sido el causante de su desdicha. Lo quiso tanto como a su propio hijo. Volvió a mi casa, ahora mía, de mi marido y de mis hijos. No pude dejarla sola y sin amparo. De vez en cuando recibía una carta. Una carta que no tenía nada escrito: una carta en blanco. Patricia la guardaba en un cajón. Los niños crecían, ella iba envejeciendo. Nunca más volvió a amar.
Aquellas cartas sin palabras se iban amontonando, ya sin abrir. Patricia había perdido la esperanza. Antes de morir, me pidió que las diera a sus hijos. Me señaló el cajón donde las guardaba. Me dijo: Así, mudo y en blanco se quedó mi corazón.
Al poco de morir ella, reuní fuerzas, escribí a sus hijos, que ya vivían lejos del pueblo, que estaban ya casados, que ya no se acordaban casi de su madre. Vinieron a recoger su pobre herencia. Cuando vieron las cartas se indignaron, se fueron gritando improperios. Nunca más volví a ver al alto, rubio, hermoso Felipe, ni al moreno y delgado Pablo. Recogí las cartas. Por un extraño presentimiento las abrí, una por una.
Todas decían lo mismo: Vuelve conmigo, y seguían las partituras.
Cuando las había abierto Patricia – y yo estaba con ella, yo soy testigo-, no había nada escrito ¿Por qué ahora aparecían esas pocas palabras seguidas de ese torrente de notas escritas? Claramente se veían el Vuelve conmigo y los pentagramas, las claves, las notas, los compases: eran canciones de amor.
Llorando, me acerqué a la ventana y escuché en silencio: un viento helado se desató y rugió toda la noche.
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