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  • Noviembre del 2005


    Publicado el 30 de Noviembre, 2005, 19:12

                              20051130200010-soliloquio.jpg

    Para M.J.S.


    Mi cárcel comenzó siendo una metáfora, pero hoy es una espantosa realidad. En ella el tormento se acrecienta a causa de la soledad. He tenido todos los años de esta prisión mía para pensar en mí, en mi vida, en mis errores, en mis dichas, en mis fracasos, en mis éxitos, en mi dolor de hombre solo. He tratado de dialogar con Dios, pero Dios no me ha contestado.

    A menudo he sentido que rodeaban mis hombros los delicados brazos de la muerte o que tocaban mis cabellos los dedos de la locura. Las palabras leídas taladran mis sesos y me hacen desvariar en la oscuridad de la noche. La noche me ha negado su misericordioso sueño, y en la vigilia retumban en mi mente las frases de los libros y las notas de mis composiciones favoritas. Como el caballero de Cervantes, quise crearme una realidad diferente, de justicia poética y de honor, pero a menudo en mi vigilia me pregunto si por todo esto he sido incapaz de vivir de verdad, aceptando el error o el fracaso plenamente, como los demás mortales. He tenido crueles enemigos: la enfermedad, el dolor, la soledad, el miedo, y me he creado mis propias grandezas íntimas, mis alegrías al compartir mis saberes, mis momentos de éxtasis. Anhelo el respeto de los demás y he tratado de volar por encima de mis iguales elevándome por medio de mis conocimientos, en parte para olvidar que estoy pegado al suelo, igual que ellos.

    Ambicioné un reino para mí. El de la belleza que no se corrompe y que no muere. El de las suaves palabras o el de las notas sublimes.  Quizá leyendo a Campanella o a Bacon pensé en una utópica región, en la que no cupiesen injusticias ni desigualdades. Mi amada no fue ni la Beatriz de Dante, ni la Laurita del ’Cancionero’ ni la dama oscura de Shakespeare. Tampoco un noble hermoso como Southampton, aunque quizá en ciertos jardines busqué la complicidad de un joven-niño que había perdido su sombra, como yo perdí la mía.

    A pesar de mi amor por la música, he amado el silencio. Y sólo los salvajes bosques que rodeaban mi casa y los caminos que me llevaban al río a través de las montañas con sus profundos precipicios, con sus bancos de arena o sus altos arbustos conseguían hacerme salir de mi cámara. Aún cuando paseaba por esos lejanos sitios, mecía junto a mi pecho los sonidos interiores.

    Como todo hombre que piensa, yo he sido una isla para los otros hombres.

    Al mirar esa estrecha frontera que separa el cielo de la tierra buscaba mi propia trascendencia, sin encontrarla. Amé y busqué la trascendencia en mis creaciones y a través de la observación de los astros, por las armonías que descubría en el concierto de la naturaleza que me rodeaba, pero no pude encontrarla. Ni antes ni ahora se me ha revelado el secreto de la trascendencia, ni he saboreado en mi boca el dulce néctar de la satisfacción.

    Hoy pienso que crecí con el recuerdo de la muerte. Que fue ella quien me acompañó en mis paseos y lecturas, en mis divagaciones y en todos mis trayectos. Ella quien me acunó en mis sueños y ella quien tocó con sus fríos huesos mis labios desde la cuna, quizá desde el mismo momento de mi alumbramiento. La muerte dictó desde el inicio de mi vida el libro que escribí, viviendo: los caracteres que debían cifrar mi destino. Paso a paso y acto a acto he querido negarla, vencerla y acobardarla. Y sólo después, cuando todo esto acabe, sabré si lo he logrado.

    Dentro de mí emergía la amargura por un destino que era injusto y era cruel. Luchaba contra la amargura y el dolor con la alegría de la respiración y de la vida, que a pesar de todo se manifestaban en mí con inmensa fuerza. La rabia y el dolor fueron mis compañeros y la ira era seca, era un deseo de no seguir más, nunca cumplido, pero yo avancé, yo caminé a pesar de todo, luchando contra esa ira con amor ¿Cómo puede alguien albergar amor en este caso? Sin embargo, lo opuse a la amargura y  lo dejé fluir, a veces calladamente, como una imperceptible fuente Castalia: suave, pura y transparente a la que dejé cruzar mi alma; consentí que ese amor traspasase mi corazón, dándome fuerza para resistir un poco más, a veces un minuto más. Después de pronto todo estaba en su sitio nuevamente. Podía ver la luz, aunque sólo parcialmente, en medio de la salvaje oscuridad del bosque; aún en medio de la noche, mi pequeña lámpara podía arder: alumbraba, sí, alumbraba con su minúscula luz un trozo de mundo, que me correspondía a mí habitar.

    ¿Presentía yo de niño que la mía iba a ser una existencia extraña? No busqué jamás lo que otros hombres buscan: la felicidad simple, el fuego amable del hogar, la dulce charla de las mujeres  o la gloria y la honra de una vida entre los aceros y las armas. No busqué la oración que conforta las almas en los tranquilos claustros. No jugué con las letras como suelen hacer los caballeros, por mera distracción o adorno, ni pulsé las cuerdas de los instrumentos o me entretuve en un piano para cantar canciones de galantería, no. Me volqué en letras y notas, verso a verso y nota a nota. Busqué el supremo conocimiento de las cosas para anegarme en ellas y disolver el dolor que me causaba mi existencia. Busqué la pureza, pero no pude ser ángel.

    Publicado el 28 de Noviembre, 2005, 8:45

                                            20051127215054-un-jour-unseul.jpg

     Cuando escribí sobre el tema de los disturbios en Francia me encontré casualmente con el blog de un joven francés del que desconozco todo, menos su poesía, que me llegó como algo sutil, bello y delicado. Su nombre es Meriem Merghad y me propongo aquí publicar periódicamente alguno de sus poemas.

     Así que ahora que tengo unos momentos de cierta paz, (ya casi termino la corrección de unos trabajos de mis alumnos de bachillerato y dentro de poco comienzo de nuevo con exámenes, ya de fin de trimestre), me he puesto a traducirlo. No es la lengua francesa la que mejor domino y es la primera vez que me atrevo a traducirla. Él no sabe español. Yo no sé si estaría de acuerdo con mi versión de su poesía. He intentado ser lo más literal posible, y conservar el ritmo, el sonido de su música. Ojalá lo haya logrado

    Un jour, un seul,

    A l’aube des paupières ternies,
    le long des chemins qui agonisent,
    Vouloir un seul de tes beaux jours.
     Un jour, un seul,
    Lorsque l’ombre passe et disparaît, sous les gongs de la torture,
    Au-dessus les grandes cités qui s’éternisent,
    Ouvrir la fenêtre et voir un monde meilleur.
     Un jour, un seul,
    A l’ombre des lumières qui illuminent,
    Les trottoirs sales et les poubelles pleines.
     Un jour, un seul,
    Être de cette ville, des ces magasins, des ces voitures de sport.
    Tendre la main, un appel à la rescousse,
    Après les cris du coeur,
    La fracture mentale,
    Posée là, tout près du parlement; agences pour publicitaires.
     Un jour, un seul,
    Paraître et devenir,
    Les deux mains dans la poche, l’air de rien.
    Sourire au temps qui passe.
     Un jour, un seul,
    A l’aube des paupières ternies,
    Vouloir un seul de tes beaux jours.
     Un jour, un seul.
     
    *   *    *    *    *    *
      Un día, uno solo.
    Al amanecer de los párpados empañados,
    A lo largo de los caminos que agonizan,
    Querer uno solo de tus hermosos días.
     Un día, uno solo,
    Bajo la sombra pasa y desaparece, bajo los gongs de la tortura,
    Arriba las grandes ciudades que se perpetúan,
    Abrir la ventana y ver un mundo mejor.
     Un día, un solo,
    A la sombra de las luces que iluminan,
    Las aceras sucias y los cubos de basura llenos.
     Un día, uno solo,
    Pertenecer a esta ciudad, a estos almacenes, a estos descapotables.
    Tender la mano, una llamada de socorro,
    Después de los gritos sinceros,
    La fractura mental,
    Colocada allí, muy cerca del parlamento; agencias para publicitarios.
     Un día, uno solo,
    Parecer y pasar a ser,
    Las dos manos en el bolsillo, el aire de nada.
    Sonreír al tiempo que pasa.
     Un día, uno solo,
    Al amanecer de los párpados empañados,
    Querer uno solo de tus hermosos dias.
     Un día, uno solo.


    Si alguno de vosotros ve algún fallo (o muchos fallos), por favor, no dude en decírmelo, le estaré agradecida

    Publicado el 26 de Noviembre, 2005, 21:46

                                       20051126222538-thefanandtheflower.jpg

    Mi amigo Óscar Bartolomé ha estado ejerciendo de jurado esta semana en el  Festival de cortos de Bilbao. A continuación publico su descripción de la pieza que el Cineclub FAS decidió premiar como la más innovadora:

       Una anciana vive en su casa con un ventilador que se siente solo. Una mañana entra un pájaro por la ventana y el ventilador gira las aspas para atraer su atención; pero el pájaro se va. Un día la anciana compra una flor y la deja sobre una mesa, en la misma habitación donde está el ventilador. Éste se ilusiona y hace todo lo posible por seducirla moviendo las aspas con lentitud, a media velocidad y muy rápido. Por la noche proyecta la luz de su bombilla sobre la flor creando figuras y ambientes de baile.

       Al principio ella no le hace mucho caso, pero al final acaba por enamorarse de él. Para mostrar su alborozo y hacer partícipe de él a su amado, adopta la forma de una orquídea, de una rosa, de un clavel, etc. Sin embargo, quieren estar juntos y no pueden tocarse. La flor da botes en la maceta intentando llegar hasta él, pero no lo consigue. Él tampoco puede bajar tanto sus aspas.

       La salud de la anciana empeora y poco a poco se olvida de regar la flor y de limpiar el ventilador, sobre el que se acumula una capa de polvo. Éste contempla apesadumbrado e impotente cómo su flor se marchita. Las hojas se desprenden de ella una tras otra. En una noche lluviosa, cuando el ventilador ya presagia la muerte inminente de su flor, sale de su inactividad y comienza a hacer girar sus aspas. Empieza lento, con esfuerzo, pero poco a poco incrementa su velocidad hasta superar el límite permitido.

       El techo retumba hasta romperse, y el ventilador sale disparado hacia el cielo, girando sus aspas hasta que el impacto contra el suelo lo hace añicos. Sin embargo, la lluvia se filtra por la brecha que el ventilador ha abierto en el techo y cae sobre la flor, que con el sacrificio de su amado revive. La anciana fallece y una nueva familia se instala en el piso. El padre decide plantar la flor en el jardín. Allí florece y adopta tal variedad de colores y formas que los vecinos se arremolinan en torno a ella para contemplar el maravilloso espectáculo. La flor cobra la apariencia del ventilador, lanzando al aire unos pétalos que giran como aspas.

    (El ventilador y la flor:The Fan and the flower/USA/7 min/Color/ Animador y director: Bill Plympton, Productor y guionista: Dan o"Shannon/ Edición y composición: Biljana Labovic, Narrador: Paul Giamatti, Asistentes artísticos: Jeremiah Dickey y Lisa La Bracio, Música: Didier Carmier/ Corey Jackson/ Nicole Reanud/ Pink Martini/, Editor de Sonido: Mike Juárez)

    Bill  Plympton es bastante conocido por sus cortos, ya que la MTV emite sus Microtoons.  También ha realizado diversos anuncios comerciales siguiendo su característico estilo. Otros cortos suyos son: I married a strange person; Mutant Aliens, The Clakamas y Hair High, entre otros.

    Podéis ver una breve muestra de éste y otros cortos del mismo autor pinchando aquí

    Por reinadegrillos, en: Cine

    Publicado el 26 de Noviembre, 2005, 9:12

    20051126100247-nacho-osorio.jpg

    Ayer estuve con mi hijo Arturo (también llamado "el cellista" por mi querido emejota), recordando a nuestros dos mejores amigos en México.

    Roberto Heredia no es un latinista canónico en el sentido de que no es raro. Es un tipo simpático, alegre y sorprendente. Roberto estuvo en España en su juventud y aquí convenció a todos de que era un famoso cantante mexicano. Salió en el programa de José María íñigo tocando su guitarra y cantando. Y también, según me contó ayer Rafa, en un documental de Basilio Martín Patino, "Torerillos", que está editado con el DVD de "Nueve cartas a Berta", porque también hizo sus pinitos en el noble arte de torear. Así es Roberto: un hombre con muchas facetas, como los buenos diamantes. Acaba de recibir la máxima distinción que concede la UNAM a sus investigadores. Porque Roberto es también el investigador serio, solvente y erudito que edita, traduce e interpreta ( en la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana), a Juvenal, a Tácito, a Petronio o a Apuleyo, rescatando sus textos menos conocidos.

    Cuando Juan (hoy Catedrático de Latín de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona), llegó a México siguiéndome y dejó por mí su puesto en la Universidad Autónoma de Barcelona, se dedicó a promocionar los libros de la editorial Crítica entre los profesores de la UNAM. Roberto, intrigado por su erudición, le hizo un tercer grado y averiguó que mi amado ex (todos los ex deberían ser siempre amados: no en balde los amamos alguna vez, y fue por algo), era el excelente latinista y ex profesor de las universidades Central y Autónoma de Barcelona que lo había dejado todo por amor ( yo entonces estudiaba el doctorado en El Colegio de México). Roberto Heredia consiguió que la UNAM le contratara como profesor en la Facultad de Letras (Clásicas).

    Así que Roberto avaló a Juanito y la amistad se extendió a otro personaje cuyo recuerdo sigue muy vivo en mi corazón: Ignacio Osorio Romero. Vital, generoso, alegre, Ignacio fue un hombre cuyo sentido del honor era muy alto. Tenía conciencia política, cosa tan rara a veces. Y además era amoroso y tierno. Nacho trabajó sobre todo en latín Novohispano y en historia de las bibliotecas y cuando murió, en 1991, era Director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y de la Biblioteca Nacional de México. Todavía corren por aquí algunos de sus libros:Tópicos sobre Cicerón en México (1976); Colegios y Profesores Jesuitas que enseñaron latín en Nueva España 1572-1767 (1979); Floresta y Gramática Poética y Retórica en Nueva España (1980); Conquistar el eco.  La paradoja de la conciencia criolla (1989); y La enseñanza del latín a los indios (1990). Historia de las bibliotecas novohispanas (1987) e Historia de las bibliotecas en Puebla (1988). 

    Nacho y Roberto son dos autoridades en el campo del Latín Clásico y Novohispano, y  a este estudio han dado sus mejores, más encomiables esfuerzos.

    Hay un México, hay unos mexicanos...quizá desconocidos de este lado del charco: Serios y alegres, trabajadores y bohemios, eruditos y campechanos.

    Nacho y Roberto fueron (son), dos buenos amigos nuestros de allá de México: el corazón no olvida.

    Publicado el 24 de Noviembre, 2005, 7:42

    20051124083409-pizarraelctronica.jpg

    Dar clase como en el siglo XVII. Ésa es la sensación que tengo cuando me coloco de pie ante mis alumnos e intento dinamizar mi clase hablando casi toda la hora, moviéndome, escribiendo en la pizarra (como lo hicieron mis maestros hace 50 años), con la misma tiza y el mismo borrador...cambiando el tono de mi voz, haciendo algún que otro chiste, llamando al atención a quien se distrae o habla... explicando con la mejor intención de amenidad cosas abstractas o cosas culturales: historia, o moda, o costumbres de las épocas que nos toca tratar.

    Hay poco dinero público para dotar las aulas, pero también hay poco interés por parte de los centros educativos. Nunca comprenderé por qué hay centros que dotan a sus profes de PDA para pasar sus listas, para poner sus notas, que tienen pizarras electrónicas, y otros que no tienen absolutamente nada. Debo decir que en mi Instituto, como en muchos otros, no tenemos nada de eso. El Instituto consta de tres edificios, y en dos tenemos ¡un aula multimedia! Cuando por fin se consigue estar en esa aula, resulta que no va internet, que el servidor se ha caído o estropeado, que el ratón no tiene pilas o no funciona el cañón de luz. Desesperante.

    ¿Cuál es la dotación necesaria para que tengamos una conexión a internet en cada aula? En este ordenador portátil desde el que os escribo, tengo recursos didácticos para dar varios años de clases interesantes, con imágenes, esquemas, poesías seleccionadas, enlaces que aportan mucho a los conocimientos que debo transmitir, música de la época, tan importante para conocer la poesía oral... pero de nada me sirve, porque no puedo utilizarlos. 

    El primer obstáculo es la falta de conciencia de la mayoría de los compañeros sobre este medio como medio educativo. Oyen la palabra "internet" y parece que oigan: basura y pornografía. Algunos ni siquiera saben cómo escribir un e-mail, otros, conocen este medio únicamente por los chats, tan denostados. De modo que de la población profesoril, sólo un pequeñísimo número es consciente de la utilidad y de los recursos que se pueden extraer utilizando internet en la enseñanza. El impulso que se da al conocimiento de las nuevas tecnologías es mínimo desde la administración, y además, la inercia hace que solamente algunos de entre los más jóvenes puedan interesarse por esto o tengan interés por aprender las cuatro cosas que se necesitan para utilizar recursos de la red.

    Por otro lado, desde la dirección de muchos centros tampoco se contempla la utilización de internet como prioritaria. Se gastan mucho dinero inútil en papel: fotocopiar los anuncios de claustros, reuniones o informaciones varias constituye la práctica común. No sólo se trata de una práctica antiecológica ( y eso que con denuedo se prohibe fumar en la sala de profes o en otro lugar del Instituto por no contaminar al resto del personal), sino que el uso abusivo del papel ni siquiera se ve como un gasto inútil.

    En mi Instituto, dos personas trabajan en la web del Instituto que es, con mucho, sobresaliente entre las otras webs de Instituto que he podido conocer. Su trabajo no sólo no es apreciado por los demás compañeros, que ni siquiera abren la web, sino tampoco por los padres, que la visitan poco, y solamente los alumnos la consultan con fines de información de matrícula y otras cosas de tipo burocrático, principalmente. Tanto Joan Estalrich como Carles Ferrer son dos personas voluntariosas y capacitadas, que ven con resignación o con pena cómo su trabajo es infrautilizado por todos los sectores que conforman el Instituto (dirección, profesores, padres, alumnos).

    Por lo que a mí toca, me siento únicamente respaldada por ellos dos en mi lucha por conseguir que el manejo de las TIC sea normal en la enseñanza. Por mi edad, supongo que ya no lo veré. Lo que hago, (mi blog educativo, o las noticias que envío a la web del Instituto), lo hago en solitario, careciendo de todo apoyo institucional o de mis compañeros del departamento, que creo que ni siquiera han abierto el famoso blog. Sé que muchos de mis compañeros no se toman en serio mis opiniones al respecto y que opinan que es una más de mis excentricidades o rarezas. De modo que solamente puedo recibir satisfacciones fuera del ámbito de trabajo, lo cual es preocupante.

    Mis alumnos de Primero de Bachillerato B han respondido muy bien al uso (externo, forzosamente) del blog. Pero este uso no se hace en clase, sino fuera de ella, lo que limita su interés a los aledaños de la asignatura y no incide directamente en la enseñanza que podría yo impartir, de tener los medios para ello.

    Es una pena.  

    Publicado el 22 de Noviembre, 2005, 18:19

                                                               20051122212504-rothko-rojoynegro.jpg

    La última vez que estuve en París, volvía de Holanda. Había llevado a cabo un viaje que ya comenzaba a hacerse demasiado largo. Ansiaba llegar a casa. En el viaje de ida, había permanecido unos días en la capital francesa, en la que me siento casi como en casa, pero a la vuelta no pensaba ya detenerme. Llegué a la estación del Norte y, como me quedaban unas horas libres antes de coger el tren en la de Austerlitz con destino a Barcelona, decidí bajar zigzagueando, con mi maletita de ruedas, por las calles de París.

    Caminar es una de las cosas que hay que hacer cuando se viaja. Pensé atravesar París a pie y en último caso, si se me hacía ya un poco tarde, tomaría un taxi en cualquier punto de mi recorrido.

    Y así, me lancé a la caminata o al vagabundeo. Sabiendo más o menos hacia donde me dirigía, pero sin estar verdaderamente preocupada por la ruta que iba a seguir.

    Antes de llegar a un parque, donde pensé detenerme a fumar un cigarrillo y a pensar (sí, me gusta detenerme en los parques a pensar o a hablar conmigo misma, machadianamente), tuve una sorpresa inesperada y sentí una gran emoción. En un edificio cualquiera de una avenida cualquiera, vi una placa. En ella se decía, más o menos, que en esa ubicación, en una casa ya inexistente, había vivido Henry Beyle, más conocido como Stendhal. Como la tentación de hincar dos rodillas en tierra era excesiva ( no había tierra sino vulgar cemento, las calles de París son inmundas y el edificio en cuestión no era la casa de Stendhal ya), simplemente permanecí delante, emocionada, sintiendo el improbable fetichismo del lugar.

    Todo esto lo recuerdo ahora con una media sonrisa ¡Lo románticos que podemos ser los lectores!

    Mi primera incursión en el universo stendhaliano fue con La Cartuja de Parma y yo era una niña de unos 14 ó 15 años. La lucha, destino de Fabrizio del Dongo, el fresco de la Europa postnapoleónica y esa figura femenina poderosa, ambigua, encantadora de la Sanseverina, más las incontables aventuras del héroe, me cautivaron. Sin duda esta novela stendhaliana posee la misma grandeza que los cuadros épicos de Delacroix. De momento, todo ello no me llevó a Sorel. Ya estaba yo en mis veinte cuando se cruzó ante mí, Julien. Casi al mismo tiempo en que descubrí a Maupassant. Sorel es el prototipo del hombre que contempla cómo sus propios merecimientos se ven oscurecidos por su situación social.  Simpaticé con él instantáneamente. Cuántas veces he pensado en la ambigüedad de su alma, por un lado sensible, romántica y generosa; por otro, mezquina, envidiosa y  amarga. Sorel es el hombre capaz de terminar con la vida de la única persona que en verdad ha amado y también el que llora en silencio su frustración intelectual y social. Su crimen es castigado con una crueldad sin paliativos por esa sociedad injusta e hipócrita, y su culpa sólo puede ser atenuada por el perdón sublime de su víctima: ese otro personaje extraordinario que es Madame Renal.

    Mi ejemplar de Rojo y Negro era una belleza. Se trataba de dos pequeños volúmenes, encuadernados delicadamente en piel, con algunas ilustraciones y editados en 1919, traducidos al español por Enrique de Mesa. Antes de venir a España, los regalé a su nieta, Teresa Lobo, exiliada en México a causa de la Guerra Civil, que no los tenía. Nunca he poseído ejemplares más bonitos que ésos, ni tampoco me he desprendido con menos pena de ellos, dadas las circunstancias.

    Julien Sorel ha vuelto a aparecer, esta vez en la pantalla, en la última película de Woody Allen, Match Point, que no voy a reseñar aquí, a la espera del artículo que mi querido Óscar estará ya preparando para su Parnasillo. Óscar ve a Chris Wilton más como Raskolnikov que como Sorel. Yo, sin dejar de darle la razón, prefiero pensar hoy en Sorel y dedicarle estos pensamientos al gran Stendhal, autor de esa maravilla que es Rojo y Negro.

    Publicado el 19 de Noviembre, 2005, 22:56

       Es la primera vez que te envío algo no escrito directamente en el momento de enviarlo. Lo hago

    porque estos estadios en los que necesito expresarme duran unos días. No quiero saturarte de escritos.

    No quisiste saber cómo soy ni quién soy. Si esto no fuera así, habrías aceptado mi amistad, y no lo hiciste. Quiero que sepas que no hay una similitud tan grande entre mis escritos y yo. Por el contrario, lo que escribo es la parte menos visible de mí. Si cuando escribo soy yo en mi parcela más auténtica o más falsa, lo ignoro. Sé que lo hago por necesidad. Pero no sé por necesidad de qué. Sé que una vez escrito, aquello deja de interesarme (cosa que alguna gente me reprocha). Para mí, lo escrito es una cosa que caduca una vez ha salido de mi interior. Es melancólico lo que escribo, como lo es la propia esencia de lo literario. Es la habitación en la que duerme el niño sin madre. Es el cuarto del silencio, de lo oculto. El sitio en el que puedo permitirme  ser melancólico, un lugar de silencio y de meditación, un lugar triste, si, un lugar de lucha callada, aunque constante…

    Si algo me molesta es que los otros busquen descubrirme a través de esto. Es cierto que hay quienes buscan mostrar su interior a través de lo escrito, pero yo no: yo busco solamente salida para algo que no es mío, una conciencia de mí que salta de mí hacia fuera, pero que no quiere definirse como un yo. Otro ¿tal vez" Sí, posiblemente.

    Cuántas palabras vanas para decir que no admiro, en absoluto, las confesiones, a no ser que sean post-mortem. Si en los Siglos de Oro de las letras en Europa todos escriben es, en parte, porque no se editan sus libros. Circulan solamente algunas copias, entre amigos. Tal vez podría yo haber sido candidato a la comunidad que planeaba Arias Montano. Un apartado lugar, una roca agreste, poblada de filósofos. Ojalá no se hubiese muerto Francisco de Aldana y hubiese podido ahí escribir contra la guerra, no ya sonetos, sino disquisiciones.

    Otro aquí no se ve que, frente a frente,

    animoso escuadrón moverse guerra,

    sangriento humor teñir la verde tierra

    y tras honroso fin correr la gente.

    Este es el dulce son que acá se siente:

    "¡España, Santïago, cierra, cierra!"

    y por süave olor, que el aire atierra,

    humo que azufre da con llama ardiente.

     El gusto envuelto va tras corrompida

    agua, y el tacto sólo apalpa y halla

    duro trofeo de acero ensangrentado,

     hueso en astilla, en él carne molida,

    despedazado arnés, rasgada malla:

    ¡Oh sólo de hombres digno y noble estado!

    Ahí, alejados, juntos los eruditos, en conciliábulos, quizá sí sería posible hablar. Pero no confesarse ¿sabes? Hablar en general también te muestra el interior de la persona, pero reduce el número de aquellos que pueden entenderte. Es una ventaja. Impone un esfuerzo, esfuerzo que no todos están dispuestos a hacer.

    El número y el nombre de los que saben los secretos debe ser limitado. No todos deben saber, porque el secreto impuesto es una cadena dulce, que se da por amor, no por otras razones. Y así, si todos saben ¿Cómo sabré yo quién me es querido? No lo sabría ¿Y cómo sabría el que es querido que lo es? No lo sabría. Y es por eso que escribo únicamente de lo no mío. Escribo para que salga, pero no yo.

    Cuando aparezca el sol sobre este campo y venga el día, vendrán con él los quehaceres de la lucha. Puede que muera ahí, entre el barro de la tierra mojada por la lluvia  y la sangre de los otros. Si eso ocurre, y en estos años has guardado mis escritos, no des las cartas que durante tanto tiempo he venido escribiéndote a mi viuda. Que la luz de una vela encendida por nuestra fracasada amistad inicie el incendio de mi alma escrita aquí para tus manos, querido amigo mío, dulce y esquivo siempre.

    Publicado el 18 de Noviembre, 2005, 19:40

    Recuerdo perfectamente aquella primera conversación con Óscar sobre Anna Karenina. Anna sólo puede ser objeto de amor (o sujeto de amor, si preferís), lo mismo que Anita Ozores. Karenina es tan superior a la sociedad que la rodea (en honestidad, en entrega, en inocencia), que se yergue como arquetipo de inconsciencia por la manera en que se abisma en su amor, sin importarle nada, ni su hijo amado, ni la posición económica, ni la situación social y política de su marido. Víctima (como tantas otras heroínas decimonónicas), de un matrimonio convenido y de una unión sin amor: mujer sin hogar verdadero, aunque dueña o huésped de un palacio. Anna tiene el arrojo suficiente para oponerse abiertamente a una sociedad con doble moral que tolera el adulterio de manera complaciente, pero que en cambio condena sin paliativos la franca exhibición de su amor por Vronski. Mi lectura no pudo ser feminista, puesto que cuando la leí por primera vez, yo era una niña; pero la injusticia de aquel juicio social hipócrita, la crueldad de Karenin, el sufrimiento del hijo, (súbita e inexplicablemente separado de su madre), el estupor de Kitty, la ingratitud de Vronski y el suicidio de Anna en aquel andén, después de haberla acompañado tantas veces de Moscú a San Petesburgo, de San Petesburgo a Moscú me hicieron derramar muchas lágrimas. Sentí, cuando se muere Anna, como si se muriera un familiar querido, una amiga íntima, alguien muy cercano. Como lectora conocí todos los secretos de Anna, todos sus anhelos, sus sueños, sus decepciones.

    Amar a Anna nos unió a Óscar y a mí en 2001. Sí, lo recuerdo. En cambio, he olvidado cómo empecé a amar a Anna. Ya no sé si fue gracias a Greta Garbo que me acerqué a la novela de Tolstoi o si fue la novela la que me llevó a la Garbo. Cuando yo era chica, en el canal 4 de la Televisión Mexicana pasaban los grandes clásicos, y entonces conocí a Garbo, a Davies, a Bogart, Edward G. Robinson, John Garfield. Ahí nació mi pasión por el cine. Para mí, Anna no puede ser otra que Garbo, a pesar de que Vronski seguramente no debería haber sido el gris Frederick March, sino Clark Gable, pero claro, hay ciertas cosas imposibles en el cine. La deliciosa Greta es la débil Anna, que se convierte en la aguerrida Anna, la que se enfrenta a Karenin, monolítico, inapelable en su decisión de alejarla para siempre del pobre Freddie Bartholomew…  Y amé a Greta-Anna, bajando las escaleras, mientras la criada llora, para reunirse con su amor, que resultará, inevitablemente, indigno de su sacrificio. Y sufrí viéndola enceguecida por el amor, soportando las cada vez más frías miradas de su amante...

    La historia de amor y de traición de Anna y de Vronski, ahora me doy cuenta, es similar a la de Dido y Eneas (que  en mi juventud también tenía muy fresca en la memoria). Pero por aquel tiempo, yo todavía no sabía relacionar las cosas. Supongo que al crecer, uno va estableciendo los sutiles vasos comunicantes que más o menos constituirán eso que llamamos cultura. Anna y Dido: dos mujeres traicionadas, entregadas absolutamente, y sin miedo o noción del futuro abandono. Orilladas a morir (a suicidarse, mejor dicho), como lógica consecuencia de un amor tajante y crudamente interrumpido.

    En el Lamento de Dido, Henry Purcell plasma con absoluta genialidad esta desesperación cerrada, este desasosiego, imposible de superar: "Recuérdenme, recuérdenme, pero, ay, olviden mi destino", canta Emma Kirkby, aunque en su libreto, Nahum Tate (1689) Eneas no se va de Cartago por su gusto: In spite of Jove"s command,/ I"ll stay/ offend the Gods/ and Love obey (Me quedaré, a pesar/ de las órdenes de Júpiter/ ofendiendo a los dioses/ y obedeciendo al Amor), sino que es obligado a ello por la propia Dido, que cree en su destino, inducida por el engaño de las hechiceras. Sin embargo, rápidamente (como Vronski), Eneas se deja convencer y parte a la guerra (a la gloria), abandonando a Dido a la muerte, que ella le anuncia.

    Dido y Anna pueden decir lo mismo: Sí, en él había el triunfo del éxito que halagaba su amor propio. Desde luego y también había amor, pero, más que nada, había orgullo. Se enorgullecía de mí (...) Ha tomado de mí todo lo que ha podido y ya no le hago falta. Le molesto, aunque trata de no ser cruel conmigo (...) Mi amor se vuelve cada vez más apasionado y más susceptible y el de él, en cambio, se va extinguiendo...  En la novela, Tolstoi compara a Anna con una vela que se apaga. Arde un momento y se extingue, junto con sus recuerdos de la infancia, su amor y todas sus emociones: Chisporroteó, comenzó a extinguirse y se apagó para siempre. Para nosotros, esa vela sigue ardiendo.

     Anna Karenina (1935) Dirección: Clarence Brown, Diálogos: S.N.Berhman-Clarence Dane, con Greta Garbo, Fredric March, Freddie Bartholomew, Maureen 0"Sullivan, Basil Rathbone (USA).

    Leon Tolstoi, Anna Karenina, en Obras Completas (vol. II), trad. de Irene y Laura Andresco, Madrid, 2003.

    Publicado el 17 de Noviembre, 2005, 21:08

    De alguna manera desesperante, quisiera renegar de mi bondad, porque  a veces la siento totalmente falsa y lacerante. Me hiere porque no es mía: es un agregado que me ha sido impuesto, por educación y por cultura.


    Hay ocasiones en que la sensibilidad ante el mundo todo me provoca estados de dolor tan extremos que ni siquiera encerrándome en mí mismo puedo evitar sentir con todos los poros de mi cuerpo. Ésa es mi condena.


    Es como si desde dentro de mi piel pugnaran por salir todas las sangres.


    Cuando ese monstruo destructivo suena, creo ver a mi madre en medio de un gran charco de sangre. Chapoteo en esa sangre, y me ahogo en esa sangre. Desnudo, no soy sino un esqueleto cuyos huesos son delicuescentes. El dolor de mi espalda me taladra y quisiera romperme en  mil fragmentos, pero no inútilmente. Con esos fragmentos de mí mismo que son como dardos de cristal de roca, heriría, podría matar. ¿Por qué no? Mi propia cobardía, a ese respecto, me confunde. Hasta ahora no creo haber hecho daño a nadie, y sin embargo siento en mí el impulso del mal, de la crueldad y del asesino. Y no sé si serán las palabras las que templen esos  instintos, o si ellas serán las que me entierren en este magma asqueroso cerrando la salida, sin que haya un pasillo o una escalera, ni hacia afuera ni hacia arriba, ni hacia adentro. El sentimiento de entierro es absoluto. 

    Descubro dentro de mí un sinfín de nimios desórdenes vegetales. Ascos que tienen que ver con los cristales, con los gatos que se pasean por las ruinas, con los placeres o con las margaritas. De nada me sirve amanecer en la isla de Rodas.

    Sueño despierto con ver flotar mi cuerpo sobre un río, aquí que no hay ningún río, o que las camas donde duermen los niños se elevan al espacio, dejando caer un néctar venenoso y dulcemente azul, como el mar de la isla. Aquí, donde los dioses nos vencieron.

    Dame tu mano, dime una palabra ¡Oh, muerte! Me bastará un chasquido de tu lengua amorosa para ir a tu encuentro.

    Delibera. Yo esperaré, sereno, el juicio que tú hagas.

    Publicado el 13 de Noviembre, 2005, 13:16

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    Para vivir y para escribir hay que ser un caballo salvaje.

    Cravan vs Cravan, Dirección y Guión: Isaki Lacuesta Fotografía: Gerardo Gormezano Montaje: Domi Parra Música: Víctor Nubla Intérpretes: Frank Nicotra, Enrique Casamitjana, José Castillo Escalona. Documental (2002, España)

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