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  • Publicado el 3 de Noviembre, 2005, 19:23

    El gran tema de Auster es la soledad, el apartamiento del mundo. La soledad. La necesidad o la imperiosidad de apartarse de la vida para pensar, para sufrir, para agonizar , para morir en vida, para reinventarse, para poder salir de nuevo del cascarón, para seguir viviendo. Finalmente: para ser. Hacer un alto prolongado en el camino insoportable de la vida: huir. La validez de la huida del mundo. Hundirse en libros, en las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand y en las películas mudas de Héctor Mann, es lo que hace David Zimmer en El libro de las ilusiones. Huye de la vida, pero no para no sufrir, sino para sufrir plenamente el dolor causado por la muerte de su mujer y de sus hijos. Así, quien sacara a Marco Stanley Fogg de su propio aislamiento y huida radical del mundo y de la vida como un Robinson en Central Park en El palacio de la luna, es quien en este libro se erige a sí mismo como Robinson, igualmente emparedado en vida, apartado y radicalmente solo, primero en un apartamento neoyorkino, después en una casa de Vermont.

    Estas huidas del mundo son causadas por la muerte de los seres queridos: en El Palacio de la luna, la muerte del tío de Fogg, quien le deja sus cajas de libros. Y la tarea amorosa de Fogg consiste en leer esos libros antes de venderlos: incluso tocándolos con los dedos, repasando las líneas de las páginas, ya incapacitado para leer con los ojos, acuciado por el hambre y la necesidad, Fogg toca así los entresijos del alma de su tío, y esas líneas escritas son los caminos que le acercan a la vida. A la vida del mundo, escrita en literatura, en las literaturas.

    En  El libro de las ilusiones esas muertes de su mujer e hijos precipitan a Zimmer en la exhaustiva indagación de la obra cinematográfica de un hombre que a su vez ha desaparecido de la vida. Un día, Hector Mann desaparece, reencarnado en un fantasma nómada: Hermann Loesser (El hombre perdedor). No hay explicación. Y Zimmer se adentra en la obra de ese otro “muerto en vida”: ve todas sus obras, se sumerge en él, hasta que el muerto le habla, le escribe por medio de su esposa: le llama. Como siempre en Auster, los hilos conductores nos llevan de una historia a otra historia. Y el azar y las coincidencias no son sino muestas del orden secreto de las cosas. De los hilos conductores invisibles que dan sentido a este gran carnaval, a este guiñol, a este esperpento cuyas tripas estructuran nuestras vidas rotas, nuestras vidas desesperadas, nuestras estremecedoras soledades. Y por la vida de Mann, las mujeres que han pasado, dejando su profunda huella de deleite y de pecado o de salvación y redención: Dolores, Nora, Brigid, Sylvia, Frieda y Alma. Y por la de Zimmer, las estaciones de su calvario, de Nueva York a Vermont y a la casa de Zimmer, convertido ahora en Hector Spelling.

    Si en El Palacio de la luna el “otro muerto”, al que se enfrenta Fogg es Effing, el lisiado que se aparta del mundo para escribir sus memorias a través de la pluma de Fogg, y con el que van a unirle curiosas, mágicas relaciones que se descubrirán más tarde, en El libro de las ilusiones, Zimmer verá reflejada y reflectada su muerte tanto en Mann como en Chateaubriand, aquel hombre que estuvo escribiendo su vida con la voz de un muerto, porque, como dice, “estas memorias salen del sepulcro”. Y así, del sepulcro en que se convierte la vida de Zimmer, salen la traducción de las Memorias de Ultratumba, su libro sobre Hector Mann, y el propio  Libro de las Ilusiones que recoge su estremecedora aventura en Tierra del Sueño, Nuevo México.

    Como Fogg en El Palacio… Zimmer habitará en la casa de “el otro muerto”. Y como él, será redimido de su soledad a partir del encuentro con una mujer: aquí, Alma Grund, cuyo apartamiento del mundo (o diferencia sustancial), se debe a una marca de nacimiento que le ocupa media cara. Sin esa marca, ella sería como las demás, pero con ella… es también alguien como él: otra exiliada, alguien con quien Zimmer puede comunicarse desde la igualdad, desde el mismo lugar del exilio. Y él, mutilado y manchado también sustancialmente por las muertes de su mujer e hijos es para ella también, un ser de su sitio.

    Transcurrida la mitad de la novela, aún no ha empezado la novela. Y sin embargo, se nos han contado ya varias historias. Porque toda historia, ciertamente, es fruto de otras muchas: de cruces, de encabalgamientos, de coincidencias, de desvíos, de digresiones, de antinomias, paralelismos, dicotomías. Y el recorrido hacia esa historia no puede ser ni es nunca en Auster un recorrido lineal. Nuestros ojos siguen las líneas quebradas de su escritura, los meandros y las bifurcaciones. Porque él es el gran contador de vidas y de historias. Y despliega ante nosotros esas vidas sangrantes, esas soledades, esas muertes, esas desapariciones, esas renuncias, esas claudicaciones, esos despertares, esos destellos de luz, esas tormentas, esos accidentes, esos azares.

    La extraordinaria historia de Hector Mann.

    “Ahora sólo hablo con los muertos. Sólo en ellos confío, son los únicos que me comprenden. Como ellos, vivo sin futuro” (Chateaubriand)

    La novela se centra entonces en la extraordinaria historia del actor de cine mudo Hector Mann, su ascensión, su diversificada, fantástica y azarosa vida ; sus amores, desamores y culpas. Y su desaparición del mundo de los vivos con sus andanzas por diversas ciudades hasta la expiación final y la redención, que ocurre en aquel mismo lugar en que misteriosamente alguien inventó una vez que había nacido: Sadunsky, Ohio. Ahí en efecto, renacerá ( habiendo casi muerto para ello) y encontrará la compañera definitva: Frieda Spelling.
    La encargada de plasmar esa vida, (que en El Palacio… respecto a Effing, era Fogg), será Alma. Ella tomará nota de la vida de Mann, entrevistará a los supervivientes. Cotejará la verdad con los recuerdos del anciano. Ella será, también la que enviará esas películas mudas a las filmotecas de medio mundo, que han ocupado la vida y han sido la tabla de la salvación de Zimmer y será Alma quien propicie el encuentro de ambos náufragos, Zimmer y Mann, en aquella casa alejada en medio del desierto de Nuevo México en la que Mann, secretamente, había estado haciendo películas desde finales de los años 40.
    La mágica conjunción de los hechos narrados posee la perfección de un mecanismo en el que todo está a punto y acaba por ocurrir con la exactitud y la belleza del universo pensado en una fórmula científica de raíz einsteniana, pero herido y recorrido por la llama de la emoción y de la vibración humanas.
    El cataclismo final que cierra la novela termina con una pequeña, frágil, improbable...esperanza.