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  • 17 de Noviembre, 2005


    Publicado el 17 de Noviembre, 2005, 21:08

    De alguna manera desesperante, quisiera renegar de mi bondad, porque  a veces la siento totalmente falsa y lacerante. Me hiere porque no es mía: es un agregado que me ha sido impuesto, por educación y por cultura.


    Hay ocasiones en que la sensibilidad ante el mundo todo me provoca estados de dolor tan extremos que ni siquiera encerrándome en mí mismo puedo evitar sentir con todos los poros de mi cuerpo. Ésa es mi condena.


    Es como si desde dentro de mi piel pugnaran por salir todas las sangres.


    Cuando ese monstruo destructivo suena, creo ver a mi madre en medio de un gran charco de sangre. Chapoteo en esa sangre, y me ahogo en esa sangre. Desnudo, no soy sino un esqueleto cuyos huesos son delicuescentes. El dolor de mi espalda me taladra y quisiera romperme en  mil fragmentos, pero no inútilmente. Con esos fragmentos de mí mismo que son como dardos de cristal de roca, heriría, podría matar. ¿Por qué no? Mi propia cobardía, a ese respecto, me confunde. Hasta ahora no creo haber hecho daño a nadie, y sin embargo siento en mí el impulso del mal, de la crueldad y del asesino. Y no sé si serán las palabras las que templen esos  instintos, o si ellas serán las que me entierren en este magma asqueroso cerrando la salida, sin que haya un pasillo o una escalera, ni hacia afuera ni hacia arriba, ni hacia adentro. El sentimiento de entierro es absoluto. 

    Descubro dentro de mí un sinfín de nimios desórdenes vegetales. Ascos que tienen que ver con los cristales, con los gatos que se pasean por las ruinas, con los placeres o con las margaritas. De nada me sirve amanecer en la isla de Rodas.

    Sueño despierto con ver flotar mi cuerpo sobre un río, aquí que no hay ningún río, o que las camas donde duermen los niños se elevan al espacio, dejando caer un néctar venenoso y dulcemente azul, como el mar de la isla. Aquí, donde los dioses nos vencieron.

    Dame tu mano, dime una palabra ¡Oh, muerte! Me bastará un chasquido de tu lengua amorosa para ir a tu encuentro.

    Delibera. Yo esperaré, sereno, el juicio que tú hagas.