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  • Publicado el 17 de Diciembre, 2005, 16:47

    Como he escrito atrás, mi hija pequeña está haciendo su último curso de Filología Hispánica en la Universidad de Bolonia gracias a una beca Erasmus. Como sabéis, me gusta compartir lecturas con mis hijos, y también discutir o dialogar sobre ellas. Es una costumbre que tenemos desde que eran pequeños. Como mis lecturas de literatura italiana han sido recurrentes pero no uniformes, y como soy ecléctica por naturaleza, no tengo un verdadero conocimiento de esa literatura. En suma, no se podría hablar de mis lagunas, sino de los mares de mis desconocimientos.

    Y aquí entra Volponi, a quien ahora leemos las dos: escritor contemporáneo (y amigo) de Pasolini, quien lo inlcuyó como actor en Mamma Roma (1962). Nació en la bella ciudad de Urbino en 1924, y compaginó sus escritos con trabajos en la industria italiana (en la FIAT y en la Olivetti). De estas experiencias laborales nació sin duda la obra que nos ocupa, el Memoriale (1962), una de sus novelas más conocidas. Volponi pereteneció durante muchos años al Partido Comunista Italiano (PCI) y fue elegido senador de la República en 1983. Volponi es poeta: El lagarto-1948-, Las puertas de los Apeninos -1960- o Testo a fronte -1986-, y publicó una Antología poética que recogía su obra desde 1946 hasta 1966, (1980). Como narrador, Volponi escribió cuentos y novelas : el ya citado Memoriale (1962), La máquina mundial (1965), Corporal (1974), El planeta irritable (1978) o La mosca del capital y El camino hacie Roma (1991). El escritor italiano murió en 1994.

    Al principio, como no encontré la traducción, temí que mi italiano estuviese demasiado olvidado como para poderlo leer. Pero no fue así. El ritmo de la prosa me ha ido llevando adelante sin demasiados escollos. No soy una lectora preocupada por no entender exactamente alguna que otra palabra, y no me he visto en la necesidad de usar el diccionario con exceso.

    El Memoriale es el diario o recuento de un hombre enfermo que ha vuelto de la guerra y de la prisión sufrida al final de ésta en Alemania; padece tuberculosis y progresivamente, paranoia. Su mísero estado le conduce a la casa materna y a la oficina de colocación. Al principio, Albino confía que su salvación llegará a través del trabajo en la nueva fábrica, pero poco a poco la fábrica se transformará en el monstruo que va a devorarle. El protagonista está en manos de un sistema médico surgido del capital y que no se ocupa de su salud verdaderamente y de un sistema de trabajo que en su conjunto le rodea de normas, reglas, avisos e imposiciones que le colocan cada vez más en una situación desesperada, completamente incomprensible para él: asfixiante. 

    La obra transcurre entre los años 1946-1956, periodo en el que Italia desarrolla su neocapitalismo. En esos años, su paisaje urbano se hace radicalmente distinto y los italianos cambian la azada por el martillo o el destornillador en un proceso paralelo entre el despegue económico y la despersonalización del individuo.

    Albino Saluggia es en la obra el epítome de la destrucción del ser originario, rural,  que no puede convertirse en engranaje en medio de una Italia que trata de salir de la postguerra a base de  industrialización y que no repara en la depauperización y polución del campo o en la alienación del individuo. La fábrica (cuyo nombre y funciones concretas no llegamos a conocer), es la idea, convertida en realidad, de la opresión y de la industria deshumanizadora. La fábrica es totalitaria, abstracta, inhumana, inmensa. La fábrica no siente ni protege, no estimula ni ayuda al hombre: es un factor alienante y duro, ajeno a su naturaleza.

    La enfermedad (o mejor, las enfermedades) de Albino Saluggia son un síntoma de su desaveniencia con ese mundo incomprensible de la modernidad, en el que él no puede integrarse; de modo que paulatinamente sus delirios persecutorios pasan de los médicos de la compañía a los jefes, a la policía y a su propia madre, que no sólo no comprenden el profundo malestar que esa nueva vida le produce, sino que son vistos por él como cómplices y aliados de su destrucción.

    La obra entra de lleno en el discurso que otros hombres de su generación (de los que aquí he tratado superficialmente), como Pavese, Pasolini o Italo Calvino, elaboran sobre el dificultoso paso de la ntigua Italia rural, humanísima, quizá un punto perezosa, a la Italia industrializada de la postguerra.

    El estilo es rítmico, hipnótico y hermoso. El vocabulario asequible, coloquial y sin artificio y está al alcance de cualquiera que tenga alguna noción del italiano. Lo recomiendo.

    Dice Pasolini de Volponi: Yo pienso que ninguna voz de novelista, en estos últimos años, había encontrado la propia fisonomía con tanta precisión, con tanta pureza, con tanto poder revelador".

    (Paolo Volponi, Memoriale, Ed. Einaudi, Turín, 2004)