arteyliteratura



  • ¿Quién me enlaza?

  • Buscar en artículos


    Estadisticas web
  • Categorías

  • Calendario

    <<   Diciembre 2005  >>
    LMMiJVSD
          1 2 3 4
    5 6 7 8 9 10 11
    12 13 14 15 16 17 18
    19 20 21 22 23 24 25
    26 27 28 29 30 31  
  • Archivos

  • Sindicación

  • Apúntate

  • Enlaces

  • Publicado el 18 de Diciembre, 2005, 20:06

    Desde pequeña me han gustado mucho las biografías. En la biblioteca de mis abuelitos había muchas, y especialmente las de André Maurois captaron mi interés (algún día no lejano os hablaré de su Ariel o la Vida de Shelley). Hoy por casualidad estaban pasando las imágenes que tengo por mi pantalla. He estado escribiendo un informe del trimestre en el Instituto y me he detenido demasiado a buscar unos papeles. He visto pasar la de Ludwig de Baviera y he pensado que, aunque no hace mucho tiempo que hablé de la película que Visconti le dedicó, podría hablar hablar también de los libros que tratan de su vida. Uno de ellos me lo regaló mi hija mayor, Paulina, sabedora de que me interesaba por su vida. Su figura está enmarcada en el contexto del panorama histórico de aquellos momentos previos a la primera unificación "alemana" y previos también a la Primera Guerra Mundial, pero su poderosa y extraordinaria personalidad acaba siempre centrando el interés biográfico.

    Las obras comienzan por el final, cuando Holnstein, Törring, Dursheim y otros escoltan el cadáver del Rey Ludwig II para conducirlo a su última morada. Detenido el 11 de junio en su castillo de Neuschwanstein, Luis II había sido conducido al día siguiente al castillo de Berg, a orillas del lago Starnberg. El 13 de junio, cuando paseaba en compañía del Dr. Von Gudden que tenía asignado como alienista de cabecera, se ahogó (se ahogaron) misteriosamente. Baviera entera hablaba de suicidio o de asesinato. Cualquiera de las dos posibilidades manchaba la honra real y hacía imposible un entierro católico. Al otro lado del lago, en Possenhofen, esa otra alma romántica y excéntrica que era Elisabeth de Baviera, emperatriz de Austria-Hungría, velaba la muerte de su primo más afín, quizá envidiándole. De él, escribirá: Lo amaba porque como yo, despreciaba a la multitud y no vivía sino para sus ensueños; más valiosa que su vida era su tristeza.

    La sucesión recae sólo nominalmente en el hermano menor del monarca, Otto, quien hace más de diez años está internado, a causa de una demencia profunda, en el castillo de Furstenried, a las afueras de Munich. La sucesión directa queda extinguida, ya que ni Luis ni Otto tuvieron descendencia.

    La locura asoma por todas partes al recorrer la historia de estas familias: se encuentra en los Hanover (Jorge III de Inglaterra), en Luis de Hesse, aterrorizado por su sombra; en la parte prusiana, Federico-Guillermo la padecerá también. Alejandra de Baviera cree haberse tragado un piano de vidrio...Parte de la excentricidad de la familia consistirá en su acendrada sensibilidad artística y en su desprecio por la politica. El escándalo que suscita la pasión de Ludwig por Wagner en la sociedad muniquesa ha sido precedido por la pasión, igualmente devoradora y pública, que sintió su abuelo por Lola Montez. Tanto Lola como Wagner tuvieron que salir por pies de la capital bávara.

    Desde pequeño, Ludwig se siente atraído por el arte. Y este amor, especialmente concretado en la música (de Wagner) y en la arquitectura serán los dos pilares sobre los que los cortesanos y las intrigas internacionales van a edificar su tumba. La megalomanía y el sentimiento de superioridad sobre los otros crecen con él desde pequeño. Manifestaciones extremas que entonces hacen gracia y que después serían esgrimidas como síntomas de enajenación, como cuando ata, amordaza y golpea a Otto (dos años menor que él) a los 8 años, y se justifica ante todos diciendo, con gran dignidad: Es mi vasallo y me faltó al respeto.

    Ludwig se encontrará a sí mismo en la figura del cisne, en Lohengrin, en la mitología y en la leyenda de los pueblos germánicos. Vivirá en un mundo mitológico, imaginario, en el que sólo lo bello y lo ideal conviven. Sin embargo, agitado por oscuras pasiones que él mismo rechaza y no comprende, yacerá en los refugios alpinos muchas veces, entre caballerizos borrachos y mozos analfabetos.

    El destino de Baviera no le será indiferente, pero como gobernante se limitará a firmar los acuerdos tomados por sus sucesivos gobiernos, sin implicarse nunca en la tarea, ni tampoco en la representación del Estado. Al igual que su prima Elisabeth en Viena, eludirá tercamente, todas las ceremonias oficiales. Como ella. huirá por lo caminos, escondiéndose, Elisabeth tras un abanico, Ludwig en el interior de sus castillos.

    Inmerso a su pesar, en una guerra fratricida, no tendrá más remedio que rendirse a la unión que se le propone. Pero él sabe que su patria, Baviera, ha dejado de existir como nación, al menos políticamente.

    Todos sus amores (Pablo de Thurn y Taxis, Wagner, Alberto Niemann, Emilio Rohde, Varicourt, Hornig, Josef Kainz y un largo etcétera), le decepcionaron, menos uno: el imposible, pero cierto amor que sintió por Elisabeth, su Paloma. Amor narcisista, pues amaba en ella lo que ella tenía de parecido con él: el elitismo, la fácil huida del mundo, la incapacidad de amar realmente, la poesía, el ideal siempre inalcanzado, la melancolía morbosa, la búsqueda compulsiva de la soledad...

    A los 25 años, Luis ha perdido ya su legendaria belleza. El kronprinz Federico, futuro emperador de Alemania, lo describe: El rey Luis ha cambiado de una manera que me ha sorpendido: ha perdido mucho de su hermosura. Le faltan varios dientes del frente. Pálido, nervioso, su palabra es inquieta, tiene tendencia a engordar. En cuanto a sus dientes, una enojosa inclinación por los dulces se los ha estragado definitivamente.

    Ocupado en la construcción de sus castillos, elude la posibilidad de reunirse con los otros príncipes alemanes tras la victoria contra Francia y por tanto, nadie se ocupa de los asuntos de Baviera en esos cónclaves sobre la unificación de los pueblos alemanes en una gran Confederación. A Luis le duelen las muelas, desea abdicar. Huir. Pero no es posible la abdicación. A su fiel aya Meulhais le escribe: ¡Es muy doloroso y desconsolador ver sufrir así al pobre Otto! cada día, su estado se agrava. A veces se queda dos días sin acostarse. No puede dormir. Durante ocho semanas no se ha quitado ni un momento su calzado o su ropa. Diríamos que ya es un loco. Hace gestos espantoso, ladra como un perro y llega a veces a decir las peores groserías. Se queda así varios días hasta que, agotado, vuelve a la normalidad.

    Bismarck le obliga a traspasar todos sus poderes reales a la Confederación. Consciente de lo que esto significa, Ludwig se niega a firmar, pero no puede ni siquiera negarse. El 18 de enero de 1871, el rey Guillermo de Prusia se proclama Emperador de Alemania en el salón de los Espejos del palacio de Versalles. En julio se firma la paz con Francia y días después, el kronprinz Federico hace su entrada triunfal en Munich. Al bajar del caballo, Ludwig exclama :Creo que he cumplido con mi primera cabalgata como vasallo.

    A partir de ahí, Ludwig se dedica a sí mismo, a su mitología, a sus castillos, a sus caballerizos borrachos. Hasta su muerte.

    El misterio de Ludwig es el de un hombre sensible, irrealista y romántico al que le tocó un papel equivocado en una obra en la que no quería actuar.

    Greg King, El Rey Loco, Luis II de Baviera (1835-1886), Javier Vergara ed., 1997.
    Pierre Combescot, Luis II de Baviera, Fondo de Cultura Económica, México, 1989. (Breviarios,504)