arteyliteratura



  • ¿Quién me enlaza?

  • Buscar en artículos


    Estadisticas web
  • Categorías

  • Calendario

    <<   Marzo 2006    
    LMMiJVSD
        1 2 3 4 5
    6 7 8 9 10 11 12
    13 14 15 16 17 18 19
    20 21 22 23 24 25 26
    27 28 29 30 31   
  • Archivos

  • Sindicación

  • Apúntate

  • Enlaces

  • 26 de Marzo, 2006


    Publicado el 26 de Marzo, 2006, 8:18

    20060325232643-cousinek.jpg

    Un algeriano, Mohammed  Moulessehoul, que escribe con seudónimo femenino (Yasmina Khadra), ha de ser necesariamente un ser especial. Un escritor especial.  Nació en 1955 en el pueblo de Kenadsa, en el Sahara Algeriano y se ha convertido en una de las voces más importantes del mundo cultural árabe dentro del panorama francés. Traducido a diecisiete lenguas, Khadra es autor de Las golondrinas de Khaboul, Los corderos del Señor, Lo que sueñan los lobos. Khadra fue hasta el 2000, oficial superior del Estado Mayor argelino. Por esa razón, sus obras habrían sido fuertemente censuradas y por ello optó por utilizar. como seudónimo, el nombre de su mujer.  Khadra es uno de los pocos escritores árabes capaz de explicar la atroz situación que vive su país (y el mundo islámico en general), a causa de las luchas entre integristas y moderados, mediante una literatura de denuncia altamente corrosiva. Destaca su espléndida Trilogía de Argel: Morituri, Doble Blanco y El otoño de las quimeras, novelas policíacas de ambiente argelino que han conseguido sacudir las conciencias de muchos lectores europeos. Adscrito a una unidad de elite que ha combatido el terrorismo durante estos últimos años, el autor llevaba tiempo intentando abandonar las armas para dedicarse por entero a la escritura, y sólo en septiembre de 2000 consiguió licenciarse para dedicarse plenamente a la literatura.  Merecen también mención especial : La parte del muerto (2004) además de esta pequeña joya que es Cousine K ( La prima K), que he leído en francés pero que está traducida al español, como casi toda su obra.

    Víctima del dolor, el protagonista, innombrado, vuelve la vista atrás para contar (¿a quién, por qué?), el incandescente dolor de la infancia. La infancia puede ser un Paraíso, pero también puede ser un Infierno. Marcado por la muerte brutal de su padre, a quien él mismo encontró colgando de una viga en el establo cuando tenía cinco años, y herido por la ausencia de su amadísimo hermano Amine, el innombrado vive (no vive) en perpetua agonía. Hay un amor que ilumina fugazmente sus días: la prima K. Pero ese amor se convierte en obsesión primero y luego en dolor inmenso. Inaccesible, la prima K, también adolescente, se convierte en su verdugo. El hombre narra desde una casa que han abandonado ya los criados, cansados de la tiranía de la madre. La madre lo ignora absolutamente: sólo tiene miradas y caricias para el otro hijo. Visitas del hermano: abandonos también, cada vez que se aleja camino del cuartel (es primero cadete, luego oficial del ejército). La casa, sola, antigua, el pueblo, como un espejismo. El cementerio, que visita los viernes, fascinado por los rituales de los entierros. La soledad. El tiempo, siempre igual, que pasa. En medio de esa monotonía, de ese dolor sordo, una luz. Luz que se convierte en sombra: la prima K., que aparece cuando el innombrado tiene 14 años. Luz y día, sombra y noche:
    " Nunca había visto nada más grande que sus ojos. Nunca había visto nada más duro que su corazón. Ella era, ella sola, el día y la noche."

    En la primera parte de este relato predomina la figura del hermano. El hermano y la madre, unidos, cercanos. El innombrado queda excluido del vínculo. Apenas se le mira. La madre apenas existe hasta que llega el hijo, entonces, vive, tiembla, se emociona, cantan sus ojos, su cabello reluce, sus dedos avanzan una caricia.

    "Su habitación no era un santuario, más bien era una ciudad prohibida".

    "Cada vez que él vuelve, se diría que los dioses entran en trance."

    "Mi madre fluye, mi madre es cascada; no es más que un surtidor, una resaca, rápidos espumeantes. Sus manos – por lo general reservadas, distantes-, sus manos son riberas, sus brazos, deltas; mi madre es océano".

    La madre, cuando Amine llega con una joven hermosa, se encela, se rebela. El hijo es feliz. Amado por dos mujeres.

    "Mi hermano nació para ser feliz".

    La escuela, parapetado tras su mesita de escolar. La juventud en el liceo, apartado de los jóvenes que ríen, que juegan, que disfrutan. Siempre el tiempo, la ventana, a lo lejos, el pueblo, el odiado lugar: "He buscado por todas partes un rostro, una mirada digna de interés: nada. En Douar Yatim todo está enterrado…una vez terminada la plegaria del viernes, nadie se detiene en sus calles…es el estío, el estío magrebí…Los escasos olivos parecen supliciados: ellos jalonan el camino que lleva a las puertas del Infierno."

    La soledad y el tiempo minan el alma del innombrado. Ausente, ya para siempre la prima K., el tiempo: "Hoy como ayer, seguramente igual que mañana, continúo escrutando la penumbra sin saber por qué, velando el silencio sin saber para qué. Me tiendo en mi lecho. Los ojos cerrados, las manos sobre el pecho, yo me tiendo y espero...pero el tiempo no espera, él, no. Sordo como la suerte, ciego como la muerte. Traiciona con magnificencia la inconstancia de las penas perdidas."

    El dolor se volvió odio. El amor despreciado, la crueldad de los otros, el desprecio, el despego, la soledad, la ausencia, todo clamó venganza.  

    Incandescente, el dolor acumulado se levantó como un puñal sobre el muro.

    Yasmina Khadra, Cousine K, Éditions Julliard, París, 2003. En español: La prima K, Zoela Ediciones, 2003.