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    Publicado el 26 de Marzo, 2006, 8:18

    20060325232643-cousinek.jpg

    Un algeriano, Mohammed  Moulessehoul, que escribe con seudónimo femenino (Yasmina Khadra), ha de ser necesariamente un ser especial. Un escritor especial.  Nació en 1955 en el pueblo de Kenadsa, en el Sahara Algeriano y se ha convertido en una de las voces más importantes del mundo cultural árabe dentro del panorama francés. Traducido a diecisiete lenguas, Khadra es autor de Las golondrinas de Khaboul, Los corderos del Señor, Lo que sueñan los lobos. Khadra fue hasta el 2000, oficial superior del Estado Mayor argelino. Por esa razón, sus obras habrían sido fuertemente censuradas y por ello optó por utilizar. como seudónimo, el nombre de su mujer.  Khadra es uno de los pocos escritores árabes capaz de explicar la atroz situación que vive su país (y el mundo islámico en general), a causa de las luchas entre integristas y moderados, mediante una literatura de denuncia altamente corrosiva. Destaca su espléndida Trilogía de Argel: Morituri, Doble Blanco y El otoño de las quimeras, novelas policíacas de ambiente argelino que han conseguido sacudir las conciencias de muchos lectores europeos. Adscrito a una unidad de elite que ha combatido el terrorismo durante estos últimos años, el autor llevaba tiempo intentando abandonar las armas para dedicarse por entero a la escritura, y sólo en septiembre de 2000 consiguió licenciarse para dedicarse plenamente a la literatura.  Merecen también mención especial : La parte del muerto (2004) además de esta pequeña joya que es Cousine K ( La prima K), que he leído en francés pero que está traducida al español, como casi toda su obra.

    Víctima del dolor, el protagonista, innombrado, vuelve la vista atrás para contar (¿a quién, por qué?), el incandescente dolor de la infancia. La infancia puede ser un Paraíso, pero también puede ser un Infierno. Marcado por la muerte brutal de su padre, a quien él mismo encontró colgando de una viga en el establo cuando tenía cinco años, y herido por la ausencia de su amadísimo hermano Amine, el innombrado vive (no vive) en perpetua agonía. Hay un amor que ilumina fugazmente sus días: la prima K. Pero ese amor se convierte en obsesión primero y luego en dolor inmenso. Inaccesible, la prima K, también adolescente, se convierte en su verdugo. El hombre narra desde una casa que han abandonado ya los criados, cansados de la tiranía de la madre. La madre lo ignora absolutamente: sólo tiene miradas y caricias para el otro hijo. Visitas del hermano: abandonos también, cada vez que se aleja camino del cuartel (es primero cadete, luego oficial del ejército). La casa, sola, antigua, el pueblo, como un espejismo. El cementerio, que visita los viernes, fascinado por los rituales de los entierros. La soledad. El tiempo, siempre igual, que pasa. En medio de esa monotonía, de ese dolor sordo, una luz. Luz que se convierte en sombra: la prima K., que aparece cuando el innombrado tiene 14 años. Luz y día, sombra y noche:
    " Nunca había visto nada más grande que sus ojos. Nunca había visto nada más duro que su corazón. Ella era, ella sola, el día y la noche."

    En la primera parte de este relato predomina la figura del hermano. El hermano y la madre, unidos, cercanos. El innombrado queda excluido del vínculo. Apenas se le mira. La madre apenas existe hasta que llega el hijo, entonces, vive, tiembla, se emociona, cantan sus ojos, su cabello reluce, sus dedos avanzan una caricia.

    "Su habitación no era un santuario, más bien era una ciudad prohibida".

    "Cada vez que él vuelve, se diría que los dioses entran en trance."

    "Mi madre fluye, mi madre es cascada; no es más que un surtidor, una resaca, rápidos espumeantes. Sus manos – por lo general reservadas, distantes-, sus manos son riberas, sus brazos, deltas; mi madre es océano".

    La madre, cuando Amine llega con una joven hermosa, se encela, se rebela. El hijo es feliz. Amado por dos mujeres.

    "Mi hermano nació para ser feliz".

    La escuela, parapetado tras su mesita de escolar. La juventud en el liceo, apartado de los jóvenes que ríen, que juegan, que disfrutan. Siempre el tiempo, la ventana, a lo lejos, el pueblo, el odiado lugar: "He buscado por todas partes un rostro, una mirada digna de interés: nada. En Douar Yatim todo está enterrado…una vez terminada la plegaria del viernes, nadie se detiene en sus calles…es el estío, el estío magrebí…Los escasos olivos parecen supliciados: ellos jalonan el camino que lleva a las puertas del Infierno."

    La soledad y el tiempo minan el alma del innombrado. Ausente, ya para siempre la prima K., el tiempo: "Hoy como ayer, seguramente igual que mañana, continúo escrutando la penumbra sin saber por qué, velando el silencio sin saber para qué. Me tiendo en mi lecho. Los ojos cerrados, las manos sobre el pecho, yo me tiendo y espero...pero el tiempo no espera, él, no. Sordo como la suerte, ciego como la muerte. Traiciona con magnificencia la inconstancia de las penas perdidas."

    El dolor se volvió odio. El amor despreciado, la crueldad de los otros, el desprecio, el despego, la soledad, la ausencia, todo clamó venganza.  

    Incandescente, el dolor acumulado se levantó como un puñal sobre el muro.

    Yasmina Khadra, Cousine K, Éditions Julliard, París, 2003. En español: La prima K, Zoela Ediciones, 2003.

    Publicado el 19 de Marzo, 2006, 13:07

                                            20060319130857-alberto-durero-1507-adan-y-eva.jpg

    Me gustan los libros que me hacen pensar. Me gustan incluso los libros que me hacen pensar y con los que no estoy de acuerdo. Algo, en el fondo de los libros de Pascal Quignard entra en contacto conmigo. Algo que está oculto, quizá la perversión que está en el origen del lenguaje, quizá la conciencia de que el lenguaje es impuro. La convicción de que en él descansa el secreto del árbol del Bien y del Mal, como en el cuadro de Durero.

                                                                  ***

    "La sonata de la casa antigua, ignorando las generaciones minúsculas, tiene una lentitud que rebasa la memoria de sus habitantes sucesivos. El piso gime. Las persianas golpetean. A cada escalera corresponde una llave. La puerta del armario cruje y el resorte de los viejos divanes de cuero contesta. Desecadas por el verano, las maderas de la casa ensamblan un instrumento de música a la vez regular y desordenado, que interpreta una obra de perdición, afligida por un deterioro tanto más amenazador cuanto que es efectivo, incluso si su lentitud no la torna jamás íntegramente perceptible para los oídos de sus habitantes humanos.

    La casa antigua canta un melos que, sin ser divino, rebasa la escala de quienes allí fueron educados o de quienes allí murieron y conocimos, que sólo agregaron sus cantos al amanecer o al ocaso. Es una melopea lenta que habla a la familia, comprendida como una masa de varias generaciones, en acto, sin que ninguno de sus elementos globales o moléculas privadas y provisorias la capte verdaderamente, y que llora sin fin su propia ruina, que ella misma anuncia."

     

    Pascal Quignard, El odio a la música Diez pequeños tratados (La Haine de la Musique), Trad. y notas de Pierre Jacomet, Editorial Andrés Bello, Capellades, 1998.

    Publicado el 18 de Marzo, 2006, 23:25

    20060318220417-adele.jpgDe entre los libros más bonitos que tenía mi abuelo, destacaban los de una editorial barcelonesa cuyas ediciones estaban cuidadas al máximo: bellos grabados interiores, hermosas tipografías y cubiertas grabadas sobre tela de distintos colores, con reproducciones sobre cartoné, ediciones donde el arte modernista se revelaba también fructífero en la vertiente libresca. La Colección de Arte y Letras , editada en Barcelona entre los años 1881 y 1890, constituyó una biblioteca con verdaderas joyas bibliográficas. Entre esos bellos libros se encontraban las obras teatrales de Víctor Hugo: recuerdo perfectamente la lectura de Hernani, mi primer acercamiento al gran hombre: el mayor escritor de Francia. Más tarde, en mi adolescencia, leí Los miserables, la obra cumbre.
    Entonces yo desconocía la trágica vida del escritor: Hugo sufrió durante toda su vida por la pérdida de sus seres más queridos y padeció un larguísimo exilio por defender los derechos del hombre y por oponerse a Napoleón III, antes de recibir los lauros nacionales y la aclamación popular.
    La familia de Adèle
    Víctor Hugo vivió una infancia nómada, siguiendo el trayecto que la carrera militar y política de su padre le marcaba: Italia, varios lugares de Francia y España, con José Bonaparte, y algunos periodos de internado le marcaron profundamente. Sus padres tuvieron un matrimonio infeliz, lleno de altibajos. La madre de Hugo tuvo un sonado romance con otro general, bonapartista como su marido, Víctor Lohaire y desafiante, bautizó a su hijo con su nombre. El padre de Hugo, por su parte, vivió abiertamente durante años con su amante, Catherine Thomas, hasta que Bonaparte le obligó a abandonarla. Finalmente, los padres del poeta se divorciaron.

    Víctor Hugo conoció a los 7 años a una niña de 6: Adèle Foucher, hija de unos íntimos amigos de sus padres. Sorprendentemente, tanto los Foucher como los Hugo opusieron muchos obstáculos al matrimonio de Adèle y Víctor cuando éstos decidieron unir sus vidas, a pesar de que Hugo, en 1822, ya comenzaba a hacerse célebre tras vencer en los Juegos Florales y publicar su primer libro de poemas, Odas, por el que obtuvo una pensión de Luis XVIII. Finalmente, el matrimonio se llevó a cabo tras la muerte de la madre del poeta en ese mismo año. El hermano de Víctor, Eugène, enamorado perdidamente de su cuñada, padeció una crisis mental tan terrible que tuvo que ser internado en un asilo, tres meses después de la boda. La sombra de la locura comenzó entonces a planear sobre la familia del poeta. Adèle Foucher fue una mujer hermosa, inteligente, cuyo espíritu inquieto se manifestaba en sus escritos, dibujos y pinturas. Aun cuando su amor por Víctor Hugo fue muy grande, el narcisismo de Hugo y la vocación exigente de su esposo la decepcionaron. Ambos vivieron juntos y separados en una relación inestable que no consiguió romperse del todo ni ser del todo satisfactoria para ninguno de los dos.

                                
    El matrimonio tuvo cinco hijos y a todos los vio morir Víctor Hugo, con excepción de Adèle, quien murió en 1915: Léopold (1823), el primogénito, murió recién nacido; Léopoldine (1824), murió ahogada junto con su esposo, Charles Vacquerie, a los pocos meses de su boda; Charles (1826), por una tuberculosis galopante, François-Víctor (1828) de cáncer. Sólo le sobrevivió Adèle (1830).

    Tanto Adèle Foucher como Víctor Hugo fueron infieles: Adèle amó sin discreción al famoso crítico literario Charles Augustin Sainte-Beuve. Incluso se llegó a rumorear que Adèle era hija de Sainte-Beuve y así lo creyó también el célebre crítico, cuando escribió que su único aliciente en la vida era la hija menor de ’los Hugo’. Adéle Foucher, cuando la niña cumplió diez años, envió a Sainte-Beuve un retrato -dibujado por ella misma-, de la niña de sus amores, a lo que el crítico respondió con la publicación de un libro de poemas cuyo título es suficientemente explícito: Livre d’Amour.

                                 
    Víctor Hugo tuvo varias amantes.  Especialmente importante fue Juliette Drouet, también inteligente y hermosa, con quien compartió su vida durante más de 30 años. Y tuvo algún que otro affaire, alguno de opereta, como cuando fue sorprendido en flagrante delito por un ofendido marido. Aunque la ley penalizaba el adulterio, sólo la amante cumplió pena de cárcel, pero Hugo fue objeto de burla para todo París.
    Así pues, la tragedia, el drama y el melodrama (aparte de alguna que otra astracanada), formaban parte de la vida de la familia Hugo.


    La tragedia de Léopoldine
    La gran tragedia de la familia fue la muerte de Léopoldine. Adèle tenía 13 años cuando su hermana, la preferida de Hugo, cayó de una barca en el Sena y se ahogó. Su marido, Charles Vacquerie, excelente nadador, se tiró tras ella y se dijo que prefirió morir con ella que salvarse. Sus cuerpos se encontraron en el fondo del río en ceñido abrazo. En el infortunado accidente murieron también un tío y un primo de  Charles.
    Durante años, los Hugo se reunieron en la salita del apartamento parisino para invocar a Léopoldine, desplegando el vestido que llevaba cuando cayó al río, en inútiles, patéticas reuniones espiritistas. No cabe duda de que todo esto afectó profundamente a la joven Adèle.

    La tristeza invadió a toda la familia y se puede observar en el semblante de Adèle en las pocas fotografías que conocemos. Melancolía que no es sólo retórica fotográfica.

    Amor (es) y Exilio (s)
    A partir de 1848, la situación política se complicó para Hugo y para sus hijos y amigos, que se oponían francamente a Napoleón III y que defendían la necesidad de la República.
    Hugo no compendió, a pesar de sentirse campeón de la libertad, la necesidad de Adèle de llevar su propia vida. Adèle se quejó de que no podía siquiera salir sola a comprar un periódico. George Sand y otras mujeres luchaban por la emancipación femenina. Leer a Sand fue para Adèle una revelación. Francia se agitaba bajo vientos de renovación.
    Los hijos de Hugo fueron encarcelados, así como Auguste Vacquerie, hermano de Charles y enamorado de Adèle, quien probablemente fue su primer amor.
    Auguste Vacquerie representaba para Adèle –bastante más joven que él- , la oportunidad de saber qué tipo de pasión había encendido su hermana Léopoldine en Charles. Ambos hermanos eran tan parecidos como las dos hermanas. El amor que sintió Adèle por él fue intenso y fugaz y probablemente no fue un amor platónico.
    Adéle escribió: Sé que sufres. Me entregué a ti porque sufrías. La prostitución puede significar una sublime devoción y no sabemos si una mujer pública no es una hermana de la caridad.

    Este enamoramiento duró poco.

    En ese mismo año de 1846 (ella tenía 16 años), Adèle se enamoró de un escultor mucho mayor que ella y muy poco recomendable: solía maltratar a sus amantes. Se trataba de Jean-Baptiste Augustin Clésinger. Años después, en su diario íntimo, ella escribió: ¿Qué sentí por tres años? ¡Clésinger! Recuerdo la última vez que te vi, fue en París. Te amé. Estuviste cerca de mí toda la noche, me cortejabas, estabas absorto en mi amor ¡Oh, eras un genio! ¡Había genio en tus manos, genio en tus ojos! Cuando estabas conmigo, era feliz.
    El diario sugiere intimidad amorosa, pero él pronto se cansó de la joven Hugo y se casó con la hija adolescente de George Sand, Solange. En una ocasión, el violento Clésinger estuvo a punto de matar a Solange, a su hermano y a George, quien juró que nunca más le admitiría en su casa. Sin embargo, Adèle (quien debía conocer todo esto a través de Sainte-Beuve), escribía después: Tuve el cielo en mi alma. Amé, sentí que me encontrabas hermosa. Tenía 18 años ¡Amor, amor feliz! ¡No hay nada más hermoso en este mundo!
    Poco después, Adèle soñó (ella siempre pensó que premonitoriamente), que encontraría a un inglés y que ese inglés sería su verdadero amor. 
    En 1852 Hugo se ve precisado a exiliarse, primero a Bélgica, de donde es expulsado, luego a Jersey y Guernessey, islas del canal de la Mancha que gobernaba Inglaterra y en las que Adèle conocerá a Alfred Pinson, a quien identificó como el inglés de sus sueños. Escribió: Al verlo, me encendí. Sin embargo, rechazó su oferta de matrimonio. Para ella, el matrimonio equivalía a tiranía masculina.

    Antes de huir hacia Nueva Escocia en busca de ese sueño, Adéle intentó ser reconocida como compositora y pianista y comenzó a hacer trámites para publicar sus obras en Bruselas. Víctor Hugo no la apoyó. Para él, el piano era Una bestia de palo. Adèle proyectaba también un libro sobre  la emancipación femenina, pero el destino de una escritora era aún más incierto: claudicó, aunque siguió escribiendo compulsivamente.

    En 1892 fueron descubiertas dos mil páginas sobre los años de exilio de Hugo en las islas del canal Jersey y Guernessey, que fueron atribuidas, en un primer momento, al propio Víctor Hugo. En 1952, Réné de Messières, cónsul francés en Nueva York, reveló en la universidad de Harvard que la verdadera autora del dietario fue la hija más joven de Hugo: Adèle. En realidad había dos diarios, uno trataba con minuciosa exactitud de los días pasados en las islas por la familia Hugo. El otro, escrito en lenguaje cifrado, era el diario íntimo de Adèle.
    Como es normal en estos casos, los manuscritos estaban separados, algunos en Francia, otros en Estados Unidos. Hubo también algunos hallazgos de ciertas páginas perdidas en diferentes bibliotecas. Por fin, en 1968, Frances Vernor Guille publicó tres volúmenes (de los cuatro proyectados), del Diario íntimo de Adèle Hugo. Diario que sirvió a François Truffaut como base para la película que reseñé aquí.
    Escritora compulsiva, escribía sin parar, especialmente en los años que pasó en Nueva Escocia, mientras esperaba (inútilmente) que el mediocre teniente Alfred Andrew Pinson  le correspondiera. Víctor Hugo, campeón de la Libertad, nunca consideró a su hija como un talento digno de ser reconocido: para él era una mujer más, cuyo destino era el matrimonio. A los 33 años Adèle huyó en pos de un hombre que la había cortejado anteriormente y a quien ella había rechazado. Para entonces, Pinson había cambiado de idea: ya no la quería ¿Por qué, pues, ella le consideró digno de centrar sus obsesiones? ¿Por qué perseveró durante nueve años, de 1863 a 1872, en una persecución inútil, dolorosa, exacerbada?  Desde el 69 Pinson ya no se encontraba en las Barbados, hacia donde ella le había seguido tres años antes. Ella no se enteró. Vagaba sola, vestida de harapos, soñando con un amor que había soñado…soñando con un inglés que sería su amor eterno…
     Cuando Adèle decidió viajar sola a Halifax, en Nueva Escocia, al otro lado del mar, para seguir a quien en su imaginación amaba tierna y apasionadamente ¿qué buscaba?  Bajo nombre supuesto recibía la subvención de su padre quien, disgustado, no se atrevió a negarle su asignación. Pero las cartas las escribía su hermano François-Víctor.  Hugo no se desentendió de su hija, pero nunca le escribió.
    En 1872, Madame Baa llevó a Adèle a Francia. Víctor Hugo ingresó a su hija en una institución, Adèle murió para el mundo, aunque su vida acabó en 1915.
    François Truffaut la resucitó.


    Leslie Smith Dow, Adèle Hugo, La Miserable, Goose Lane Editions, New Brunswick, Canada, 1993.

    Publicado el 9 de Enero, 2006, 17:13

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    El señor de Oeiras replicó que no había sido su intención herirlo, pero que desde hacía algún tiempo, le había parecido que su vida no era tan diferente de la vida de las tinieblas y que los rasgos de su rostro revelaban penas que se asemejaban a aquellas que, es de suponer, se padecen en los infiernos.

    Como soy un poco obsesiva, hago ciclos. Tuve mi ciclo de música para clavecín, mi ciclo de música isabelina, mi ciclo operístico ( y dentro de éste, mi ciclos Wagner, mi ciclo Puccini), mi ciclo Paul Celan, mi ciclo Rilke, mi ciclo Thomas Bernhard, Mi ciclo Balzac, mi ciclo Paul Auster (un poco como Portnoy), que ahora está en su ciclo Faulkner, lo único que él es más organizado)...No sigo para no cansaros en exceso: ahora estoy en mi ciclo Pascal Quignard.

    Así que después de leer su Georges de La Tour y de postear sobre ello (sazonándolo con mis propias ideotas), me apetece hablaros de esta leyenda recogida en La Frontera, que no sé si es cierta o inventada (no he podido situarla en el omnisapiente Google), y que paso a comentar.

    En cuanto comencé la lectura supe que andaba en los dominios de las leyendas del tipo Corazón comido -ésa que habla de una mujer castigada por su marido a comer el corazón asado de su amante tras conocer sus traición-, tan amadas por la tradición francesa.

                                      

                                                             El libro del Castellano de Coucy 

    Leyenda que luego resurgió en versión light cuando se rumoreaba que Margot de Valois llevaba siempre encima un cinturón del que colgaban los corazones disecados de sus amantes muertos y que contribuyó a su fama europea como mujer extraordinariamente hermosa: la más hermosa de su tiempo, cosa que no confirman sus retratos.

                                      

                                                      Margarita de Valois

    Aparte del Corazón comido, encuentro referencia literaria a la leyenda narrada en La Frontera en la verdadera historia, narrada por el propio protagonista, de la Historia Calamitatum ( o sea, la de Pedro Abelardo), ya que el tema se anuncia o se propone desde el comienzo: se trata de una castración.

    La joven de Alcobaça había tenido también un compañero de juegos del que ser había encariñado; se llamaba Afonso  y era el hijo del intendente de la Casa de Colares. Cuando Luisa cumplió trece años a Afonso, en una capea, le había aplastado las glándulas de los genitales un toro que le había pisado salvajemente el vientre (...) Luisa de Alcobaça se precipitó, fue corriendo hasta una carreta que había ahí y en la que habían tendido el cuerpo de Afonso, quien todavía daba alaridos. Hacía tanto calor en la carreta que la habían cubierto con un cañizo.  La joven estrechó contra su pecho a su amigo mientras el barbero le hacía una incisión en uno de los testículos y extraía la glándula (p. 14). 

    Pero en la narración de Qugnard este castigo infamante, no sólo físico sino moral, viene envuelto en una historia con caracteres vodevilescos y escatológicos.

    La primera visión que el protagonista tiene de los encantos íntimos de la dama se da mientras ella hace sus necesidades en el jardín de Palacio. Después viene el despecho por la elección de un joven marido más atractivo que él, la cuidadosa puesta en escena de un engaño que Molière habría aprobado, la ingenuidad de los jóvenes esposos, opuesta a la fría plasmación de la venganza del amante despechado; la escena de caza, el jabalí ( el toro ha estado presente en la primera historia, la que nos da la pista de lo que vendrá), y el asesinato del  marido, crimen perfecto, con la consiguiente seducción de la joven viuda, la confesión: él mismo, el señor de Jaume, confiando demasiado en sí mismo, se delata y ello propicia la venganza de ella. Truculencia pura. Nouvelle renacentista, Chaucer más Petronio más Bandello: accidentes, camas que se convierten en trampas, engaños. Apariencia en contra de realidad. Conclusión: dolor y muerte. Traición. La perpetuación de la venganza o de la historia legendaria a través de los azules azulejos del paraíso residencial del mejor amigo del señor de Jaume, Mascarenhas, a pesar de la prohibición del  rey de recordar la terrible historia.

    La materia, siempre lo he dicho, es lo de menos. Lo importante es el lenguaje. Sobre qué mediocres novelitas italianas arma el señor Shakespeare su Romeo y Julieta o su Otelo (o Cervantes sus Novelas Ejemplares ).

    Lo que importa en Quignard es lo que no nos dice. Y el cómo no lo dice. El tatuaje del pubis de la dama: la cifra de todo su misterio. 

    La brutalidad al lado de lo sublime. Salvajismo y refinamiento. Sangre, excrementos y libaciones y amores que nacen, viven y no mueren. Toros y jabalíes, Hombres y mujeres apasionados o distraidos. Jardines de sueño, donde se reúne el universo todo o toda la belleza del mundo y donde todo puede ocurrir, especialmente lo más espantoso. O un pequeño tratado del amor en la Europa del siglo XVII.

     Pascal Quignard, La Frontera, trad.  y postfacio de Ascensión Cuesta, Editorial Funambulista, 2005.

    La leyenda del Castellano de Coucy (ed. de Isabel de Riquer), Alianza ed. 2002.

    Publicado el 5 de Enero, 2006, 13:07

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    Ahora que he tenido a mi pequeña filóloga conmigo, he sacado de uno de mis estantes una deliciosa recopilación de cartas amorosas escritas por Emilia Pardo Bazán a Benito Pérez Galdós, descubiertas y publicadas en 1976 por Carmen Bravo Villasante.

    En su momento, mi amiga Pilar Alegret y yo disfrutamos con ellas,  poniendo a la carta la voz, intentando buscar los matices del humor, de la inquietud amorosa, de la pena o de la culpa, que todo ello se reúne en esas extraordinarias muestras de la personalidad de la gran escritora gallega.  Una de mis pasiones en aquellos años fue leerla. Hace algún tiempo, cuando pude conocer la ciudad de A Coruña (para mí, la más bella de España), sentí una gran emoción al acercarme a su casa, visitar su pequeño museo, caminar por las habitaciones curioseando, como una invitada, las cosas de doña Emilia, sus retratos, sus muebles, sus manuscritos. La amabilidad de la gente que lleva el museo  me hizo sentir muy a gusto y al final de la visita me senté  en un lucernario que para ello han adecuado, a leer unos pasajes de su extraordinaria obra. Yo de niña ya conocí a esta señora. Mi mamá me había comprado una antología de Carlos González Peña: Florilegio de cuentos; el nombre me encantó, aunque no sabía qué significaba esa palabra. Ahí encontré varios de la Pardo. No olvido el de La cabellera de Laura, leído muchas veces y mi preferido junto con ¡Adiós, cordera!, de Clarín y El patio azul, de Santiago Rusiñol

    En los años de facultad, Pilar y yo disfrutamos como locas de la lectura de sus novelas, desde Un viaje de novios hasta La madre Naturaleza y también de  La cuestión palpitante, porque no hay que olvidar que además de su talento como escritora, la Pardo introdujo el tema del naturalismo francés en plan teórico y práctico en España, y también fue pionera en su interés por los escritores rusos que hoy todos admiramos. Entonces, allá por el 1976, estas Cartas a Galdós nos ayudaron a entrar un poquito en la intimidad de esta mujer, grande por su extraordinario talento, su humor y su valor como persona.

    De modo que, al llegar mi pequeña Sarita, ninguna otra propuesta me pareció más idónea que la lectura en voz alta de estas cartas, que ella desconocía. Francamente, disfrutamos. Hace poco, Sara había leído a Galdós en dos de sus obras más interesantes: Fortunata y Jacinta, y La Desheredada, novela injustamente relegada, cuando es tan interesante y enjundiosa como La Regenta de Clarín. Algún día os hablaré de ese personaje quijotesco y complejo que es Isidorita Rufete y de toda la gente que puebla su universo y que la acompaña en su imparable descenso a los infiernos.

                                                                          

    A lo que iba. No se puede decir que Emilia fuese una mujer hermosa. Era alta, robusta (luego sería algo más que robusta), ligeramente estrábica. Sin embargo, todos sus compañeros de generación (menos Juan Valera, que era misógino y antifeminista), la adoraron. Fue educada por un padre generoso y progresista, que jamás le prohibió leer ningún libro, consciente de que como heredera absoluta de sus bienes, que no eran pocos, y por su inmenso talento, su hija podía hacerlo todo: todo lo que quisiera. Ella se formó en la biblioteca paterna, aprendió idiomas, viajó. Se casó muy joven, como era costumbre y estuvo siempre unida a su madre y a sus numerosos hijos. La relativa facilidad con la que entró en el mundo literario no es ajena a su posición social y económica. Otro gallo le hubiera cantado de no haber sido quien era, pero lo que llegó a ser...eso se lo ganó a pulso ella solita, trabajando y escribiendo incansablemente.

    Bravo Villasante encontró estas 32 cartas inéditas datadas en 1889-1890 (la correspondencia de todos los miembros de esta generación del 68 es muy abundante), aunque la amistad entre doña Emilia y Galdós data probablemente de 1881, año de publicación de La Desheredada y de La cuestión palpitante y de la separación conyugal (muy discreta y de común acuerdo), de la autora gallega.

    El amor y la pasión de doña Emilia aparecen aquí teñidos con los tonos del humor, de la ternura y de la clandestinidad a que estaban obligados. También de la sinceridad.  Comienzan amablemente, asépticamente; son los inicios y la escritora encabeza: Mi querido amigo y maestro... y firma, muy seria, Su amiga, E., pero pronto cambia el signo: en la tercera carta, que le escribe desde París, dice:

    Triste, muy triste...como diría un orador de la mayoría, me quedé al separarme de ti, amado compañero, dulce vidiña...¿quién reemplazará condignamente nuestras expansiones a la mesa y en el execrable puesto, nuestras dulces y disparatadas causeries, nuestra charlas, ora guasonas, ora serias y literarias, nuestra ternura que era la salsa secreta de todo el compagnage y de toda el alma amistad que nos veníamos mintiendo? Ahora es cuando la p...ícara imaginación representa con lindos colores toda la poesía de este viaje feliz...Hemos realizado un sueño, miquiño adorado, un sueño bonito, un sueño fantástico que a los 30 años yo no creía posible. Le hemos hecho la mamola al mundo necio que prohibe estas cosas; a Moisés que las prohibe también con igual éxito; a la realidad, que nos encadena; a la vida que huye; a los angelitos el cielo, que se creen los únicos felices porque están en el Empireo con cara de bobos tocando el violín... Felices, nosotros ¡Ay, cuándo volveré a estrecharte en mis brazos, mono, felicidad mía, cuándo será!

    Y esta vez se despìde de modo muy distinto:

    ...Que sueñes en renovar horas tan venturosas, que vayas tramando el modo de realizarlo en compañía de tu

    Peinetita,

    que te besa un millón de veces el pelo, los ojos, la boca y el pescuezo.

    La dificultad de encontrarse se manifiesta en muchas de las cartas. Los encuentros debían ser secretos, a horas muy bien estudiadas, porque la Pardo viaja con frecuencia con su madre y con los niños:

    Le escribe desde Lourdes: Mi vida, en este momento acabo de perder el tren que debía llevarnos a España...Lo que me consterna es pensar que tal vez no me esperes ya, con tantas dilaciones...Soy tu rata, que te ama y está rabiando con este contratiempo...

    Y un lunes: Mi propósito es plantarme el jueves de 6 a 7 de la tarde near Maravillas Church (Palma Strasse), pero voy con mamá...Iré al loco citato, si no me es absolutamente imposible, el jueves; y si no, el viernes, a"l ora stessa. Te abrazo con toda la fuerza de mis brazos y de mi corazón, diletto, vita ed anima mia. Ti bacia caldamente, tu Porcia. 

    (La Pardo y Galdós solían reunirse en un discreto apartamento de la calle de La Palma, cerca de la iglesia de Maravillas, que ella llama, con su humor habitual, Palma Street o Palma Strasse y Maravillas Church).

    Un domingo, le escribe:

    Minino: Ayer nos convidaron al Real: mamá en casos tales se pone como una niña: quiere ver subir el telón...Al ver esto, y ver que en el fatídico reloj sonaba la media, y transcurría tiempo, y las siete se apropincuaban, huí del impuro nido. El martes ahí tendrás a tu Suriña. Se me hace el tiempo largo; la metá de mis deseos, cual huye ante mis asombradas pupilas ¡Ah! ¡Oh! ¡Seductor, no me fascines con tu serpentina lengua! Adiós mono, hasta el martes -loco citato, all"ora stessa: En cuantique te vea, te como.  

    No todo son mieles en la relación. Ella tiene un affaire con Lázaro Galdiano en Barcelona. Narcís Oller, que los ha presentado, se siente celoso y se lo cuenta a Galdós. En una carta que desconocemos (las cartas de él no han llegado hasta nosotros), se lo reprocha. Doña Emilia, sorprendentemente, confiesa:

    ...Mi infidelidad material no data de Oporto, sino de Barcelona...Perdona mi brutal franqueza. La hace más brutal el llegar tarde. Y no tener color de lealtad. Nada diré para excusarme y sólo a título de explicación te diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas. Eras mi felicidad y tuve miedo a quedarme sin ella. Creía yo que aquello sería para los dos culpables igualmente transitorio y accidental. Me equivoqué: me encontré seguida, apasionadamente querida y contagiada. Sólo entonces me pareció que existía problema: sólo entonces empecé a dejarme llevar hacia donde -al parecer- me solicitaban fuerzas mayores, creyendo que ahí llenaba yo mayor vacío y hacía mayor felicidad. Perdóname el agravio y el error, porque he visto que te hice mucho daño, a ti, que sólo mereces rosas y bienes, y que eres digno del amor de la misma Santa Teresa que resucitase...

    La relación prosiguió, pese al obstáculo. Y Emilia sigue desplegando su humor sano y contagioso:

    Cariño, caro (acabo de recibir una carta muy apasionada de un siciliano y por ende me dan ganas de seguir requebrándote en la lengua de Petrarca) no emprenderé il mio viaggio hasta domani, ossia martedí alle cinque e mezzo...y ahora recobro el idioma natal para decirte que es preciso, en esta ocasión tan excepcional, que te revistas de alguna indulgencia para la cuestión de las citas...Ratonciño, adiós, hasta mañana.

    De nuevo, desde París, adonde acude a ver la Exposición Universal, le invita:

    Por ahora la Exposición para mí sólo se traduce en gasto, polvo, sudor, mareo y traqueteo de tren. Veremos si mañana, ante la Torre Eiffel, mudo de pauta y canto un himno al progreso. De todas suertes se me figura que prefiero ya a Steinkopfenkerken o como se llama esa ignorada aldea en que...

    Y Tras los viajes a París, Suiza y Alemania, le escribe:

    Mi vida, al abrir los baúles fueron saliendo objetos que eran otras tantas reminiscencias de nuestra feliz escapatoria... Pero sobre todo lo que yo tengo presente es la (escena) de Francfort, que pertenece al número de las que por rebasar de los límites del amor nefando y el deleite vil, se graban en el espíritu con imborrable huella... Haz por venir pronto, cielo, feo, monigote...¡Cuán grande  va a ser mi orgullo si me dices que tus saudades corren parejas con las mías, y que tú también has encontrado en mí la compañera que se sueña y se desea para ciertas escapatorias en que burlamos a la sociedad impía y a sus mamarrachos de representantes!...Imposible parece que después de lo muchísimo que charlamos, ya en los fementidos y angostos lechos germánicos, ya en los lujosos vagones, al amparo de los feld-mariscales que nos abrían las portezuelas y nos llamaban príncipes, quede todavía una comezón tan grande de charlar más, y un deseo tal de verte otra vez en cualquier misterioso asilo, apretaditos el uno contra el otro, embozados en tu capa o en la mía los dos a la vez, o tumbados en el impuro lecho, que nuestra amistad tiernísima hace puro en tantas ocasiones. Sí, yo me acuesto contigo y me acostaré siempre, y si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria...porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro. 

    Sé que debo dejar de transcribir este delicioso diálogo, del que conservamos sólo una parte, la de doña Emilia. Debemos dejar al Miquiño y a Porcia. Antes sólo permitidme deciros que si algún día en alguna librería de viejo encontráis estas cartas, las llevéis con vosotros. Las vais a disfrutar. Ternura, humor, amor.

    Carmen Bravo Villasante, ed., Emilia Pardo Bazán, Cartas a Benito Pérez Galdós (1889-1890), Ediciones Turner, Madrid, 1975.

    Publicado el 18 de Diciembre, 2005, 20:06

    Desde pequeña me han gustado mucho las biografías. En la biblioteca de mis abuelitos había muchas, y especialmente las de André Maurois captaron mi interés (algún día no lejano os hablaré de su Ariel o la Vida de Shelley). Hoy por casualidad estaban pasando las imágenes que tengo por mi pantalla. He estado escribiendo un informe del trimestre en el Instituto y me he detenido demasiado a buscar unos papeles. He visto pasar la de Ludwig de Baviera y he pensado que, aunque no hace mucho tiempo que hablé de la película que Visconti le dedicó, podría hablar hablar también de los libros que tratan de su vida. Uno de ellos me lo regaló mi hija mayor, Paulina, sabedora de que me interesaba por su vida. Su figura está enmarcada en el contexto del panorama histórico de aquellos momentos previos a la primera unificación "alemana" y previos también a la Primera Guerra Mundial, pero su poderosa y extraordinaria personalidad acaba siempre centrando el interés biográfico.

    Las obras comienzan por el final, cuando Holnstein, Törring, Dursheim y otros escoltan el cadáver del Rey Ludwig II para conducirlo a su última morada. Detenido el 11 de junio en su castillo de Neuschwanstein, Luis II había sido conducido al día siguiente al castillo de Berg, a orillas del lago Starnberg. El 13 de junio, cuando paseaba en compañía del Dr. Von Gudden que tenía asignado como alienista de cabecera, se ahogó (se ahogaron) misteriosamente. Baviera entera hablaba de suicidio o de asesinato. Cualquiera de las dos posibilidades manchaba la honra real y hacía imposible un entierro católico. Al otro lado del lago, en Possenhofen, esa otra alma romántica y excéntrica que era Elisabeth de Baviera, emperatriz de Austria-Hungría, velaba la muerte de su primo más afín, quizá envidiándole. De él, escribirá: Lo amaba porque como yo, despreciaba a la multitud y no vivía sino para sus ensueños; más valiosa que su vida era su tristeza.

    La sucesión recae sólo nominalmente en el hermano menor del monarca, Otto, quien hace más de diez años está internado, a causa de una demencia profunda, en el castillo de Furstenried, a las afueras de Munich. La sucesión directa queda extinguida, ya que ni Luis ni Otto tuvieron descendencia.

    La locura asoma por todas partes al recorrer la historia de estas familias: se encuentra en los Hanover (Jorge III de Inglaterra), en Luis de Hesse, aterrorizado por su sombra; en la parte prusiana, Federico-Guillermo la padecerá también. Alejandra de Baviera cree haberse tragado un piano de vidrio...Parte de la excentricidad de la familia consistirá en su acendrada sensibilidad artística y en su desprecio por la politica. El escándalo que suscita la pasión de Ludwig por Wagner en la sociedad muniquesa ha sido precedido por la pasión, igualmente devoradora y pública, que sintió su abuelo por Lola Montez. Tanto Lola como Wagner tuvieron que salir por pies de la capital bávara.

    Desde pequeño, Ludwig se siente atraído por el arte. Y este amor, especialmente concretado en la música (de Wagner) y en la arquitectura serán los dos pilares sobre los que los cortesanos y las intrigas internacionales van a edificar su tumba. La megalomanía y el sentimiento de superioridad sobre los otros crecen con él desde pequeño. Manifestaciones extremas que entonces hacen gracia y que después serían esgrimidas como síntomas de enajenación, como cuando ata, amordaza y golpea a Otto (dos años menor que él) a los 8 años, y se justifica ante todos diciendo, con gran dignidad: Es mi vasallo y me faltó al respeto.

    Ludwig se encontrará a sí mismo en la figura del cisne, en Lohengrin, en la mitología y en la leyenda de los pueblos germánicos. Vivirá en un mundo mitológico, imaginario, en el que sólo lo bello y lo ideal conviven. Sin embargo, agitado por oscuras pasiones que él mismo rechaza y no comprende, yacerá en los refugios alpinos muchas veces, entre caballerizos borrachos y mozos analfabetos.

    El destino de Baviera no le será indiferente, pero como gobernante se limitará a firmar los acuerdos tomados por sus sucesivos gobiernos, sin implicarse nunca en la tarea, ni tampoco en la representación del Estado. Al igual que su prima Elisabeth en Viena, eludirá tercamente, todas las ceremonias oficiales. Como ella. huirá por lo caminos, escondiéndose, Elisabeth tras un abanico, Ludwig en el interior de sus castillos.

    Inmerso a su pesar, en una guerra fratricida, no tendrá más remedio que rendirse a la unión que se le propone. Pero él sabe que su patria, Baviera, ha dejado de existir como nación, al menos políticamente.

    Todos sus amores (Pablo de Thurn y Taxis, Wagner, Alberto Niemann, Emilio Rohde, Varicourt, Hornig, Josef Kainz y un largo etcétera), le decepcionaron, menos uno: el imposible, pero cierto amor que sintió por Elisabeth, su Paloma. Amor narcisista, pues amaba en ella lo que ella tenía de parecido con él: el elitismo, la fácil huida del mundo, la incapacidad de amar realmente, la poesía, el ideal siempre inalcanzado, la melancolía morbosa, la búsqueda compulsiva de la soledad...

    A los 25 años, Luis ha perdido ya su legendaria belleza. El kronprinz Federico, futuro emperador de Alemania, lo describe: El rey Luis ha cambiado de una manera que me ha sorpendido: ha perdido mucho de su hermosura. Le faltan varios dientes del frente. Pálido, nervioso, su palabra es inquieta, tiene tendencia a engordar. En cuanto a sus dientes, una enojosa inclinación por los dulces se los ha estragado definitivamente.

    Ocupado en la construcción de sus castillos, elude la posibilidad de reunirse con los otros príncipes alemanes tras la victoria contra Francia y por tanto, nadie se ocupa de los asuntos de Baviera en esos cónclaves sobre la unificación de los pueblos alemanes en una gran Confederación. A Luis le duelen las muelas, desea abdicar. Huir. Pero no es posible la abdicación. A su fiel aya Meulhais le escribe: ¡Es muy doloroso y desconsolador ver sufrir así al pobre Otto! cada día, su estado se agrava. A veces se queda dos días sin acostarse. No puede dormir. Durante ocho semanas no se ha quitado ni un momento su calzado o su ropa. Diríamos que ya es un loco. Hace gestos espantoso, ladra como un perro y llega a veces a decir las peores groserías. Se queda así varios días hasta que, agotado, vuelve a la normalidad.

    Bismarck le obliga a traspasar todos sus poderes reales a la Confederación. Consciente de lo que esto significa, Ludwig se niega a firmar, pero no puede ni siquiera negarse. El 18 de enero de 1871, el rey Guillermo de Prusia se proclama Emperador de Alemania en el salón de los Espejos del palacio de Versalles. En julio se firma la paz con Francia y días después, el kronprinz Federico hace su entrada triunfal en Munich. Al bajar del caballo, Ludwig exclama :Creo que he cumplido con mi primera cabalgata como vasallo.

    A partir de ahí, Ludwig se dedica a sí mismo, a su mitología, a sus castillos, a sus caballerizos borrachos. Hasta su muerte.

    El misterio de Ludwig es el de un hombre sensible, irrealista y romántico al que le tocó un papel equivocado en una obra en la que no quería actuar.

    Greg King, El Rey Loco, Luis II de Baviera (1835-1886), Javier Vergara ed., 1997.
    Pierre Combescot, Luis II de Baviera, Fondo de Cultura Económica, México, 1989. (Breviarios,504)

    Publicado el 17 de Diciembre, 2005, 16:47

    Como he escrito atrás, mi hija pequeña está haciendo su último curso de Filología Hispánica en la Universidad de Bolonia gracias a una beca Erasmus. Como sabéis, me gusta compartir lecturas con mis hijos, y también discutir o dialogar sobre ellas. Es una costumbre que tenemos desde que eran pequeños. Como mis lecturas de literatura italiana han sido recurrentes pero no uniformes, y como soy ecléctica por naturaleza, no tengo un verdadero conocimiento de esa literatura. En suma, no se podría hablar de mis lagunas, sino de los mares de mis desconocimientos.

    Y aquí entra Volponi, a quien ahora leemos las dos: escritor contemporáneo (y amigo) de Pasolini, quien lo inlcuyó como actor en Mamma Roma (1962). Nació en la bella ciudad de Urbino en 1924, y compaginó sus escritos con trabajos en la industria italiana (en la FIAT y en la Olivetti). De estas experiencias laborales nació sin duda la obra que nos ocupa, el Memoriale (1962), una de sus novelas más conocidas. Volponi pereteneció durante muchos años al Partido Comunista Italiano (PCI) y fue elegido senador de la República en 1983. Volponi es poeta: El lagarto-1948-, Las puertas de los Apeninos -1960- o Testo a fronte -1986-, y publicó una Antología poética que recogía su obra desde 1946 hasta 1966, (1980). Como narrador, Volponi escribió cuentos y novelas : el ya citado Memoriale (1962), La máquina mundial (1965), Corporal (1974), El planeta irritable (1978) o La mosca del capital y El camino hacie Roma (1991). El escritor italiano murió en 1994.

    Al principio, como no encontré la traducción, temí que mi italiano estuviese demasiado olvidado como para poderlo leer. Pero no fue así. El ritmo de la prosa me ha ido llevando adelante sin demasiados escollos. No soy una lectora preocupada por no entender exactamente alguna que otra palabra, y no me he visto en la necesidad de usar el diccionario con exceso.

    El Memoriale es el diario o recuento de un hombre enfermo que ha vuelto de la guerra y de la prisión sufrida al final de ésta en Alemania; padece tuberculosis y progresivamente, paranoia. Su mísero estado le conduce a la casa materna y a la oficina de colocación. Al principio, Albino confía que su salvación llegará a través del trabajo en la nueva fábrica, pero poco a poco la fábrica se transformará en el monstruo que va a devorarle. El protagonista está en manos de un sistema médico surgido del capital y que no se ocupa de su salud verdaderamente y de un sistema de trabajo que en su conjunto le rodea de normas, reglas, avisos e imposiciones que le colocan cada vez más en una situación desesperada, completamente incomprensible para él: asfixiante. 

    La obra transcurre entre los años 1946-1956, periodo en el que Italia desarrolla su neocapitalismo. En esos años, su paisaje urbano se hace radicalmente distinto y los italianos cambian la azada por el martillo o el destornillador en un proceso paralelo entre el despegue económico y la despersonalización del individuo.

    Albino Saluggia es en la obra el epítome de la destrucción del ser originario, rural,  que no puede convertirse en engranaje en medio de una Italia que trata de salir de la postguerra a base de  industrialización y que no repara en la depauperización y polución del campo o en la alienación del individuo. La fábrica (cuyo nombre y funciones concretas no llegamos a conocer), es la idea, convertida en realidad, de la opresión y de la industria deshumanizadora. La fábrica es totalitaria, abstracta, inhumana, inmensa. La fábrica no siente ni protege, no estimula ni ayuda al hombre: es un factor alienante y duro, ajeno a su naturaleza.

    La enfermedad (o mejor, las enfermedades) de Albino Saluggia son un síntoma de su desaveniencia con ese mundo incomprensible de la modernidad, en el que él no puede integrarse; de modo que paulatinamente sus delirios persecutorios pasan de los médicos de la compañía a los jefes, a la policía y a su propia madre, que no sólo no comprenden el profundo malestar que esa nueva vida le produce, sino que son vistos por él como cómplices y aliados de su destrucción.

    La obra entra de lleno en el discurso que otros hombres de su generación (de los que aquí he tratado superficialmente), como Pavese, Pasolini o Italo Calvino, elaboran sobre el dificultoso paso de la ntigua Italia rural, humanísima, quizá un punto perezosa, a la Italia industrializada de la postguerra.

    El estilo es rítmico, hipnótico y hermoso. El vocabulario asequible, coloquial y sin artificio y está al alcance de cualquiera que tenga alguna noción del italiano. Lo recomiendo.

    Dice Pasolini de Volponi: Yo pienso que ninguna voz de novelista, en estos últimos años, había encontrado la propia fisonomía con tanta precisión, con tanta pureza, con tanto poder revelador".

    (Paolo Volponi, Memoriale, Ed. Einaudi, Turín, 2004) 

    Publicado el 5 de Diciembre, 2005, 8:14

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    Hoy iré a buscar para mi hija un libro, editado póstumamente, de Pier Paolo Pasolini: Petróleo. Al comentarlo a Óscar, me ha dicho que ignoraba que Pasolini fuese escritor. Es curioso. Pasolini, es sobretodo, escritor. Poeta y novelista, pero también ensayista y autor teatral. Y vuelvo a él periódicamente, o él vuelve a mí, como hoy, en que debo ir a buscarlo entre los estantes de La Central, junto con el Memorial de Paolo Volponi, otro autor comunista cuya obra ella está a punto de conocer.

    Buscando entre mis recuerdos, creo que Pasolini, Gramsci, Pavese, Ungaretti, son los grandes compañeros de mi juventud.  Y de Pavese recupero hoy estos versos, que dedico a mi muchacho:

    Estas colinas duras que han formado mi cuerpo
    y lo sacuden con tantos recuerdos, me han abierto el prodigio
    de aquella que no sabe que la vivo y no llego a entenderla.

    Me la encontré una noche: una mancha más clara
    bajo las inciertas estrellas, en la oscuridad del verano.
    Percibíase en torno la fragancia de estas colinas
    más profunda que la sombra y de repente sonó
    como si saliera de estas colinas, una voz más limpia
    y áspera, a la vez, una voz de tiempos perdidos.

    Alguna vez la veo, y se pone ante mí
    definida, inmutable, como un recuerdo.
    Nunca he podido asirla: su realidad
    cada vez se me escapa y me lleva más lejos.
    Si es bella, no lo sé. Es joven entre las otras:
    me sorprende, al imaginarla, un lejano recuerdo
    de mi infancia vivida entre estas colinas,
    tan joven es. Semeja la mañana. Me muestra en los ojos
    todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas.
    Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz más limpia
    que jamás tuvo el alba sobre estas colinas.

    La he creado del fondo de todas las cosas
    que me son más queridas, y no llego a entenderla.

    (De Trabajar cansa, Florencia 1936, edición definitiva, 1946).

    Pavese (1908-1950) escribe en piamontés, porque quiere reivindicar el italiano de la provincia frente al habla burguesa y citadina, pero no lo hace por diletantismo dialectal, sino por conciencia de nobleza. Pavese, que es un poeta antifascista que se unirá a la resistencia, que probará la cárcel y la lejanía de todo lo que ama (tierra, mujer amada), intenta, como él mismo dice, nutrirse de lo propio para nutrir universalmente. Licenciado en Filología Inglesa y traductor de Steinbeck, de Hemingway y de Gertrude Stein, Pavese no puede estar más distante del provincianismo. Alcanzará lo universal desde lo cotidiano, desde lo contemporáneo, desde el propio yo transido de melancolía. Melancolía por la conciencia de lo perdido. Todo eso surge de la obra del poeta y novelista, editor y fundador de la editorial Einaudi, que una noche se suicidó en un hotel de Turín, después de haber recibido un premio literario, pero que nos dejó entre otras muchas obras eternas, el poema: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (1951) y ese Oficio de vivir (1952) inolvidable.

    Publicado el 22 de Noviembre, 2005, 18:19

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    La última vez que estuve en París, volvía de Holanda. Había llevado a cabo un viaje que ya comenzaba a hacerse demasiado largo. Ansiaba llegar a casa. En el viaje de ida, había permanecido unos días en la capital francesa, en la que me siento casi como en casa, pero a la vuelta no pensaba ya detenerme. Llegué a la estación del Norte y, como me quedaban unas horas libres antes de coger el tren en la de Austerlitz con destino a Barcelona, decidí bajar zigzagueando, con mi maletita de ruedas, por las calles de París.

    Caminar es una de las cosas que hay que hacer cuando se viaja. Pensé atravesar París a pie y en último caso, si se me hacía ya un poco tarde, tomaría un taxi en cualquier punto de mi recorrido.

    Y así, me lancé a la caminata o al vagabundeo. Sabiendo más o menos hacia donde me dirigía, pero sin estar verdaderamente preocupada por la ruta que iba a seguir.

    Antes de llegar a un parque, donde pensé detenerme a fumar un cigarrillo y a pensar (sí, me gusta detenerme en los parques a pensar o a hablar conmigo misma, machadianamente), tuve una sorpresa inesperada y sentí una gran emoción. En un edificio cualquiera de una avenida cualquiera, vi una placa. En ella se decía, más o menos, que en esa ubicación, en una casa ya inexistente, había vivido Henry Beyle, más conocido como Stendhal. Como la tentación de hincar dos rodillas en tierra era excesiva ( no había tierra sino vulgar cemento, las calles de París son inmundas y el edificio en cuestión no era la casa de Stendhal ya), simplemente permanecí delante, emocionada, sintiendo el improbable fetichismo del lugar.

    Todo esto lo recuerdo ahora con una media sonrisa ¡Lo románticos que podemos ser los lectores!

    Mi primera incursión en el universo stendhaliano fue con La Cartuja de Parma y yo era una niña de unos 14 ó 15 años. La lucha, destino de Fabrizio del Dongo, el fresco de la Europa postnapoleónica y esa figura femenina poderosa, ambigua, encantadora de la Sanseverina, más las incontables aventuras del héroe, me cautivaron. Sin duda esta novela stendhaliana posee la misma grandeza que los cuadros épicos de Delacroix. De momento, todo ello no me llevó a Sorel. Ya estaba yo en mis veinte cuando se cruzó ante mí, Julien. Casi al mismo tiempo en que descubrí a Maupassant. Sorel es el prototipo del hombre que contempla cómo sus propios merecimientos se ven oscurecidos por su situación social.  Simpaticé con él instantáneamente. Cuántas veces he pensado en la ambigüedad de su alma, por un lado sensible, romántica y generosa; por otro, mezquina, envidiosa y  amarga. Sorel es el hombre capaz de terminar con la vida de la única persona que en verdad ha amado y también el que llora en silencio su frustración intelectual y social. Su crimen es castigado con una crueldad sin paliativos por esa sociedad injusta e hipócrita, y su culpa sólo puede ser atenuada por el perdón sublime de su víctima: ese otro personaje extraordinario que es Madame Renal.

    Mi ejemplar de Rojo y Negro era una belleza. Se trataba de dos pequeños volúmenes, encuadernados delicadamente en piel, con algunas ilustraciones y editados en 1919, traducidos al español por Enrique de Mesa. Antes de venir a España, los regalé a su nieta, Teresa Lobo, exiliada en México a causa de la Guerra Civil, que no los tenía. Nunca he poseído ejemplares más bonitos que ésos, ni tampoco me he desprendido con menos pena de ellos, dadas las circunstancias.

    Julien Sorel ha vuelto a aparecer, esta vez en la pantalla, en la última película de Woody Allen, Match Point, que no voy a reseñar aquí, a la espera del artículo que mi querido Óscar estará ya preparando para su Parnasillo. Óscar ve a Chris Wilton más como Raskolnikov que como Sorel. Yo, sin dejar de darle la razón, prefiero pensar hoy en Sorel y dedicarle estos pensamientos al gran Stendhal, autor de esa maravilla que es Rojo y Negro.

    Publicado el 18 de Noviembre, 2005, 19:40

    Recuerdo perfectamente aquella primera conversación con Óscar sobre Anna Karenina. Anna sólo puede ser objeto de amor (o sujeto de amor, si preferís), lo mismo que Anita Ozores. Karenina es tan superior a la sociedad que la rodea (en honestidad, en entrega, en inocencia), que se yergue como arquetipo de inconsciencia por la manera en que se abisma en su amor, sin importarle nada, ni su hijo amado, ni la posición económica, ni la situación social y política de su marido. Víctima (como tantas otras heroínas decimonónicas), de un matrimonio convenido y de una unión sin amor: mujer sin hogar verdadero, aunque dueña o huésped de un palacio. Anna tiene el arrojo suficiente para oponerse abiertamente a una sociedad con doble moral que tolera el adulterio de manera complaciente, pero que en cambio condena sin paliativos la franca exhibición de su amor por Vronski. Mi lectura no pudo ser feminista, puesto que cuando la leí por primera vez, yo era una niña; pero la injusticia de aquel juicio social hipócrita, la crueldad de Karenin, el sufrimiento del hijo, (súbita e inexplicablemente separado de su madre), el estupor de Kitty, la ingratitud de Vronski y el suicidio de Anna en aquel andén, después de haberla acompañado tantas veces de Moscú a San Petesburgo, de San Petesburgo a Moscú me hicieron derramar muchas lágrimas. Sentí, cuando se muere Anna, como si se muriera un familiar querido, una amiga íntima, alguien muy cercano. Como lectora conocí todos los secretos de Anna, todos sus anhelos, sus sueños, sus decepciones.

    Amar a Anna nos unió a Óscar y a mí en 2001. Sí, lo recuerdo. En cambio, he olvidado cómo empecé a amar a Anna. Ya no sé si fue gracias a Greta Garbo que me acerqué a la novela de Tolstoi o si fue la novela la que me llevó a la Garbo. Cuando yo era chica, en el canal 4 de la Televisión Mexicana pasaban los grandes clásicos, y entonces conocí a Garbo, a Davies, a Bogart, Edward G. Robinson, John Garfield. Ahí nació mi pasión por el cine. Para mí, Anna no puede ser otra que Garbo, a pesar de que Vronski seguramente no debería haber sido el gris Frederick March, sino Clark Gable, pero claro, hay ciertas cosas imposibles en el cine. La deliciosa Greta es la débil Anna, que se convierte en la aguerrida Anna, la que se enfrenta a Karenin, monolítico, inapelable en su decisión de alejarla para siempre del pobre Freddie Bartholomew…  Y amé a Greta-Anna, bajando las escaleras, mientras la criada llora, para reunirse con su amor, que resultará, inevitablemente, indigno de su sacrificio. Y sufrí viéndola enceguecida por el amor, soportando las cada vez más frías miradas de su amante...

    La historia de amor y de traición de Anna y de Vronski, ahora me doy cuenta, es similar a la de Dido y Eneas (que  en mi juventud también tenía muy fresca en la memoria). Pero por aquel tiempo, yo todavía no sabía relacionar las cosas. Supongo que al crecer, uno va estableciendo los sutiles vasos comunicantes que más o menos constituirán eso que llamamos cultura. Anna y Dido: dos mujeres traicionadas, entregadas absolutamente, y sin miedo o noción del futuro abandono. Orilladas a morir (a suicidarse, mejor dicho), como lógica consecuencia de un amor tajante y crudamente interrumpido.

    En el Lamento de Dido, Henry Purcell plasma con absoluta genialidad esta desesperación cerrada, este desasosiego, imposible de superar: "Recuérdenme, recuérdenme, pero, ay, olviden mi destino", canta Emma Kirkby, aunque en su libreto, Nahum Tate (1689) Eneas no se va de Cartago por su gusto: In spite of Jove"s command,/ I"ll stay/ offend the Gods/ and Love obey (Me quedaré, a pesar/ de las órdenes de Júpiter/ ofendiendo a los dioses/ y obedeciendo al Amor), sino que es obligado a ello por la propia Dido, que cree en su destino, inducida por el engaño de las hechiceras. Sin embargo, rápidamente (como Vronski), Eneas se deja convencer y parte a la guerra (a la gloria), abandonando a Dido a la muerte, que ella le anuncia.

    Dido y Anna pueden decir lo mismo: Sí, en él había el triunfo del éxito que halagaba su amor propio. Desde luego y también había amor, pero, más que nada, había orgullo. Se enorgullecía de mí (...) Ha tomado de mí todo lo que ha podido y ya no le hago falta. Le molesto, aunque trata de no ser cruel conmigo (...) Mi amor se vuelve cada vez más apasionado y más susceptible y el de él, en cambio, se va extinguiendo...  En la novela, Tolstoi compara a Anna con una vela que se apaga. Arde un momento y se extingue, junto con sus recuerdos de la infancia, su amor y todas sus emociones: Chisporroteó, comenzó a extinguirse y se apagó para siempre. Para nosotros, esa vela sigue ardiendo.

     Anna Karenina (1935) Dirección: Clarence Brown, Diálogos: S.N.Berhman-Clarence Dane, con Greta Garbo, Fredric March, Freddie Bartholomew, Maureen 0"Sullivan, Basil Rathbone (USA).

    Leon Tolstoi, Anna Karenina, en Obras Completas (vol. II), trad. de Irene y Laura Andresco, Madrid, 2003.

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