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    Publicado el 2 de Diciembre, 2005, 15:17

    20051202160927-leonor.jpg

       Cuando oigo tocar el piano a Ernesto Lecuona, me parece que estoy oyendo tocar a mi tía Leonor.

    Mi tía Leonor no era una concertista, sino una mujer con sentido de la música. Tocaba de oído y lo hacía con un estilo que no sé cómo definir ¿Popular? Expresando mucho, sobre todo en el acompañamiento. Era capaz de ’sacar’ cualquier melodía en menos de dos minutos.

    En las fiestas familiares siempre tocaba el piano y nosotros cantábamos y/o bailábamos. Mis primos también tocan: Enrique (el que está en sus brazos, bebito), y Ramón, que después estudió medicina. Los dos tocan bien la guitarra y la armónica. Qué bien nos la pasábamos en esas ocasiones.

    Ahora que viene la Navidad, me acuerdo de esas reuniones familiares. Mi tía era una mujer alegre (aunque en esta foto está triste porque se le había muerto una amiga y se la ve melancólica), optimista y cariñosa. A los postres, después de la exquisita cena (Leonor cocinaba muy bien, otra de sus gracias), se brindaba por los ausentes. Ausentes que siempre están presentes. Como Leonor en mis pensamientos. La costumbre se ha extendido a mi hogar. Y cuando brindamos por los ausentes-siempre-presentes, su linda carita se me aparece en la memoria entre las primeras.  

    Publicado el 26 de Noviembre, 2005, 9:12

    20051126100247-nacho-osorio.jpg

    Ayer estuve con mi hijo Arturo (también llamado "el cellista" por mi querido emejota), recordando a nuestros dos mejores amigos en México.

    Roberto Heredia no es un latinista canónico en el sentido de que no es raro. Es un tipo simpático, alegre y sorprendente. Roberto estuvo en España en su juventud y aquí convenció a todos de que era un famoso cantante mexicano. Salió en el programa de José María íñigo tocando su guitarra y cantando. Y también, según me contó ayer Rafa, en un documental de Basilio Martín Patino, "Torerillos", que está editado con el DVD de "Nueve cartas a Berta", porque también hizo sus pinitos en el noble arte de torear. Así es Roberto: un hombre con muchas facetas, como los buenos diamantes. Acaba de recibir la máxima distinción que concede la UNAM a sus investigadores. Porque Roberto es también el investigador serio, solvente y erudito que edita, traduce e interpreta ( en la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana), a Juvenal, a Tácito, a Petronio o a Apuleyo, rescatando sus textos menos conocidos.

    Cuando Juan (hoy Catedrático de Latín de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona), llegó a México siguiéndome y dejó por mí su puesto en la Universidad Autónoma de Barcelona, se dedicó a promocionar los libros de la editorial Crítica entre los profesores de la UNAM. Roberto, intrigado por su erudición, le hizo un tercer grado y averiguó que mi amado ex (todos los ex deberían ser siempre amados: no en balde los amamos alguna vez, y fue por algo), era el excelente latinista y ex profesor de las universidades Central y Autónoma de Barcelona que lo había dejado todo por amor ( yo entonces estudiaba el doctorado en El Colegio de México). Roberto Heredia consiguió que la UNAM le contratara como profesor en la Facultad de Letras (Clásicas).

    Así que Roberto avaló a Juanito y la amistad se extendió a otro personaje cuyo recuerdo sigue muy vivo en mi corazón: Ignacio Osorio Romero. Vital, generoso, alegre, Ignacio fue un hombre cuyo sentido del honor era muy alto. Tenía conciencia política, cosa tan rara a veces. Y además era amoroso y tierno. Nacho trabajó sobre todo en latín Novohispano y en historia de las bibliotecas y cuando murió, en 1991, era Director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y de la Biblioteca Nacional de México. Todavía corren por aquí algunos de sus libros:Tópicos sobre Cicerón en México (1976); Colegios y Profesores Jesuitas que enseñaron latín en Nueva España 1572-1767 (1979); Floresta y Gramática Poética y Retórica en Nueva España (1980); Conquistar el eco.  La paradoja de la conciencia criolla (1989); y La enseñanza del latín a los indios (1990). Historia de las bibliotecas novohispanas (1987) e Historia de las bibliotecas en Puebla (1988). 

    Nacho y Roberto son dos autoridades en el campo del Latín Clásico y Novohispano, y  a este estudio han dado sus mejores, más encomiables esfuerzos.

    Hay un México, hay unos mexicanos...quizá desconocidos de este lado del charco: Serios y alegres, trabajadores y bohemios, eruditos y campechanos.

    Nacho y Roberto fueron (son), dos buenos amigos nuestros de allá de México: el corazón no olvida.

    Publicado el 2 de Noviembre, 2005, 12:32

    Cuando mi hijo Arturo nació, hace ya casi 25 años, al médico se le cayó el estetoscopio al suelo. El bebé, al escuchar el ruido, reaccionó. Mi médico dijo que el niño tenía oído de músico, porque no suele suceder que los bebés recién saliditos de la pancita materna respondan a los sonidos. Y no se equivocó. Para mí la música es la única cosa (no de primera necesidad o de supervivencia, se entiende), verdaderamente importante e insustituible. Podría vivir sin leer, sin ver pinturas o esculturas, sin viajar, pero no sin escuchar música; así que supongo que mi bebé, aún feto, disfrutó de ella y la amó antes de nacer. Como no sé de música, soy ecléctica. Me gustan Bach, Mozart, Rachmaninov, Beethoven, la música isabelina. Lully, Brahms, Telemann, Boulez, Copland, Gershwin, Revueltas, pero también Paquita la del Barrio, Lila Downs, Manu Chao, Calamaro, Piazzolla, Goyeneche. Adoro la ópera, especialmente la de Haëndel y Puccini. Los violines huastecos. En fin, no os canso más con mi eclecticismo.

    El caso es que mi cachorrito, que además, como también sabéis, desciende de una familia musical por mi lado, debió traer genéticamente algo de eso. Y su amor más activo y militante por la música nació de una manera curiosa, visitando la Casa-Museo de Pau Casals en El Vendrell. Arturo debía tener 4 años cuando en la guardería decidieron llevar a los niños de excursión. El impacto más grande se lo llevó al contemplar el pequeño cello de una sola cuerda que el padre de Pau Casals le había proporcionado a su hijo cuando era muy chiquito. Es una calabaza. Un pequeño instrumento maravilloso. Al mismo tiempo que visitas la casa, suena por los altavoces la maravilla de la música tocada por Casals con su intensidad característica. Casals no sólo es uno de los más grandes músicos del siglo XX, también es uno de sus grandes hombres. Honesto, luchador, fiel a sus ideas, nunca traicionó a la República  ni a su amada tierra catalana y vivió un exilio que se prolongó post-mortem cuando Franco prohibió que sus restos pudieran volver a Cataluña. El humanismo de Casals corre parejo con su altura como intérprete, sus innovaciones técnicas y la importancia que consiguió dar al cello en el contexto musical de nuestra época. La visita de la Casa-Museo concluye con un video del discurso de Casals en la ONU, Jo soc català, y con su maravillosa interpretación del Cant dels ocells.

    Entonces, mi pequeño hijo decidió en ese momento que su intrumento sería el violoncello. Con esa idea comenzó a 'estudiar' su  primer curso de música a los 5 años. Nos dijeron que era demasiado chiquito para tocar ya, como él hubiera querido. Así que hizo primero un curso de iniciación musical, y después dos años de solfeo antes de poder comenzar.

    Su primer cello fue un medio cello rumano que tenía un sonido maravilloso. No era bueno, pero sí lo era. Sonó de maravilla desde el principio. Yo nunca padecí por discordancias o desafinaciones. Desde el primer minuto, lo poquito que salía era afinadito y terso, sonaba en el plexo solar. Muchas tardes pasamos mi hijo y yo compartiendo el espacio de nuestro pequeño piso. Él ensayando, tocando sus piececitas, y yo escuchando con deleite a mi concertista particular, mientras corregía los trabajos de mis alumnos o preparaba mis clases.

    Hasta que ya fue demasiado mayor, los veranos solía hacer unas colonias musicales con los Hermanos Claret, en Sant Julià de Vilatorta. Tocó varias veces en la Casa de Cultura de Sant Cugat. Después ha tocado en algunas orquestas locales.  Juntos fuimos a escuchar a Rostropovich las Suites para cello de Bach, nuestra grabación favorita de Casals. Él la tocaba con un lirismo que el maestro ruso atempera. Fue una gran noche en el Palau de la Música Catalana.

    Con el tiempo, el medio cello rumano fue sustituido por uno entero que no tenía la misma belleza en la voz. Cómo nos gustaba ir a comprar la cera para las cuerdas del arco a una vieja casa de Música de la calle Hospital y ver los instrumentos que ahí se exhiben, tan bellos, tan femeninos, tan distintos entre sí. Cada instrumeto tiene su voz, un aspecto diferente, su propia personalidad.

    Arturo dejó los estudios de música al entrar en la facultad, en parte porque creyó que nunca sería un gran intérprete. Quizá no, pero toca muy bien, con mucho sentimiento, bellamente. Arturo marca la melodía con la nuez, que mueve imperceptiblemente, sin darse cuenta apenas. No hace tatata como Gould, pero marca la melodía en distintas partes de su garganta, sin emitir sonido alguno.

    Arturo no ha dejado su cello, ni su música. Ni ella le ha dejado a él.

    Hace unas días le pregunté ¿Qué fue lo que te impresionó tanto de ese primer cello de Casals? Y me dijo: Que iniciándose con aquella calabaza tan pobre, tan pequeña, tan rústica, un hombre fuese capaz de llegar a extraer tanta belleza, conseguir tanta perfección y llegar a ser tan grande. Si un hombre podía hacer eso, cualquier cosa podía ser conseguida.

    Publicado el 5 de Octubre, 2005, 13:19


    No conocí a mi abuelo: había muerto hacia 1942. A través de mi madre y de mis tíos se me transmitió el cariño. Ya se sabe que uno no muere mientras haya alguien que lo recuerde. Ya os conté que mi abuela no volvió a tocar el piano cuando él murió, a pesar de que para ella era una profesión muy amada, o por eso mismo. Hoy parece casi suicida. Sin embargo, creo que en ese tiempo, ese tipo de cosas solían hacerse. Una especie de tributo a la memoria del ser amado. No sé si romántico o tenebroso. El caso es que el piano desapareció, y mi madre también fue sacrificada con ello. Mi madre después prosiguió su vida profesional por otros cauces bien distintos, aunque, como creo haber dicho, terminó las carreras de piano y de organista.
    Al parecer mi bisabuelo vino de Burdeos, Francia ¿Sería un socialista utópico? Esa idea me gusta, aunque no lo sé. El caso es que fue dueño de una escuela en Parral. Murió prematuramente, y mi abuelo se hizo el cabeza de su pequeña familia: tuvo dos hermanos, José, médico, y Carlos, que murió muy joven y sin descendencia. Mi abuelo había nacido el 13 de enero de 1874, y su padre murió cuando él tenía 10 años.
    Mi abuelo estudió Química y Farmacología, y fue uno de los introductores de la Bacteriología en México. Además de sus farmacias y sus investigaciones, estuvo siempre ligado a la enseñanza y fue profesor de la Preparatoria y de la Facultad de Química, y también fundador del Instituto Politécnico Nacional. En Parral, había sido Director del Instituto Científico y Literario en 1911 y diputado por la circunscripción de Meoqui en una legislatura.
    Mi abuelo era un hombre interesado por la literatura clásica, y en su biblioteca fue donde yo leí a Dante, a Plutarco, a Homero o a Platón. Pedro De Lille Borja amaba también la música y tocaba el violín. En aquellos tiempos, las familias hacían música por las noches, porque no había televisión. Había que entretenerse, así que mi abuela o mi madre tocaban el piano, mi abuelo el violín y mis tíos y tía cantaban fragmentos operísticos, de zarzuela o canciones de Manuel M. Ponce o de Granados. Mi madre recordaba esas veladas con mucho cariño, y después nosotros proseguimos con ellas en casa de mi tía Leonor, que tocaba el piano de oído excelentemente. En mi familia ha seguido siendo muy importante la música: mi primo Pedro De Lille Sáenz también fue un excelente pianista. Mis primos Ramón y Enrique tocaban la guitarra y la armónica (y Ramón, interminablemente y de oído "El claro de luna", para irritación nuestra), y mis sobrinos Marisa, Gabriel, Luis y Alejandro son músicos o cantantes o ambas cosas. Mi hijo Arturo se ha dedicado al violoncello, aunque no profesionalmente, pero sí con continuado amor. De modo que parece que hay algunas redondas, blancas y negras, fusas y semifusas en nuestro ADN.
    Bueno, a lo que iba. Mi abuelo, como sabéis, se casó con doña María y tuvo con ella 5 hijos, de los cuales sólo uno se dedicó a la ciencia: Enrique, que siguió sus pasos. Todos ellos recordaban que mi abuela llevaba la casa y a la familia y que mi abuelo era el sabio que leía y estudiaba todas las noches varias horas: sus libros estaban en alemán, en latín, en inglés o en francés. En ese tiempo las traducciones escaseaban y había que conocer varias lenguas para estar al día. Mi abuelo también era el tierno de la familia. Mi madre me contó que cuando le bajó la regla estaba subida en un árbol. Al ver la sangre, creyó que se moría y fue a hablar con mi abuelo, quien con mucha ternura y tacto le explicó la transformación que estaba por llegar. El amable y cariñoso era él. Y el tolerante, pues en aquel tiempo no era frecuente un matrimonio como el suyo, en el que la mujer trabajase y tuviese mucho carácter y lo pudiese exhibir sin avergonzarse de ello. Mi abuelo nunca fue machista. Sospecho que a él le venía muy bien el carácter de María Aizpuru. Mi abuelo era un buen hombre distraído y pacífico, cuyo interés por aprender nunca se sació.
    Por temporadas vivieron en Guanaceví, Durango, en Eagle Pass o en Los Ángeles,Califronia, huyendo de la Revolución.
    Pancho Villa era para mi abuelo el ejemplo del cuatrero sinvergüenza, del hombre inculto y salvaje. Mi abuelo era un afrancesado y un europeísta. Y no veía más que destrucción y barbarie en aquellos hombres. Una vez, un hombre entró en su farmacia de Parral, exigiendo que fuese a curar a Villa. Mi abuelo se resistió, respondiendo: "Yo no curo cuatreros ni ladrones", pero fue llevado por la fuerza de las armas hasta el campamento. Villa tenía una herida en la pierna, que mi abuelo curó. Una vez hecho esto, Villa le dijo: "Pídame usted lo que quiera". Y mi abuelo le dijo: "No entre usted en Parral". Los saqueos, las violaciones y las muertes eran cosa normal cuando entraban los villistas. Y Villa no entró en Parral. Parral fue la única ciudad que no sufrió el saqueo de las tropas villistas. Durante años, pensamos que esta historia era falsa. Hasta que Enrique Krauze la recogió en su libro Caudillos de la Revolución Mexicana.
    Después de su estancia en USA, mi abuelo volvió a México. Él nunca tuvo deseos de progresar económicamente. En USA les iba muy bien, mucho mejor que en México, por la situación tan irregular que había en esos años en nuestro país. Pero él extrañaba su tierra. Se dejó allá un hijo: mi tío Enrique, de quien ya os he hablado. Y se trasladaron a la capital. Mi tío Pedro comenzó a trabajar en la XEW y a hacerse muy famoso. Y mi abuelo se dedicó entonces casi completamente a la enseñanza, primero en la Preparatoria (la famosa Prepa 1 del Centro de la Ciudad, pintada por Diego Rivera con esos hermosísimos murales), y después en la Facultad de Química. Más tarde, con otros preclaros científicos como Diodoro Antúnez, Enrique Suárez del Real, Marcelino García Junco, Leopoldo Ancona, Demetrio Socolov y Antonio Ramírez Laguna, concibieron la idea de fundar una nueva escuela profesional de Bacteriología en 1933, un año después de ser proclamada la autonomía de la Universidad Nacional de México. Fue escaso el número de alumnos, pues aún no se le concedía personalidad propia a la bacteriología, dado que esta actividad la cubrían médicos. En 1934, Lombardo Toledano y Alejandro Carrillo crearon la Universidad Obrera, germen del actual Instituto Politécnico Nacional, donde al final quedó inscrita la carrera de Químico Bacteriólogo.
    Mi abuelo llevó a cabo muchas investigaciones diversas, creó sueros contra mordeduras de serpientes, investigó sobre las enfermedades infecciosas o sobre la diabetes. Él mismo se curó la suya, pero la vida no le alcanzó para culminar esta investigación, que habría sido decisiva, pues murió antes de cumplir los 60 años.
    Mi madre contaba que su féretro fue llevado a hombros de sus muchos alumnos desde la casa de San Ángel hasta el Panteón Francés, donde descansa al lado de su esposa. Su herencia no fue material: fue el cariño y la ternura que dejó en sus hijos, y que éstos nos transmitieron a nosotros, con los valores del esfuerzo y del amor por el conocimiento