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    Publicado el 24 de Septiembre, 2005, 12:48

    Cuando yo estudiaba el primer año de doctorado, Margit Frenk (cuyos conocimientos de la literatura española sólo son comparables con su magnífico olfato literario), nos mandó escribir un trabajo sobre El Castigo sin Venganza de Lope de Vega. Disfruté. Lope había sacado el argumento, como era común en su época, de un novellino de Bandello, en 1631-32. Con él consiguió uno de los dramas más originales del Barroco. Mi compañero de departamento, Gonçal Tomás y yo, llevaremos a nuestros alumnos de Primero de Bachillerato a ver la obra en el Teatre Nacional de Catalunya y eso me ha llevado a releerla y reseñarla aquí. Es hermoso releer y seguir deslumbrándose con una obra tan excelente como ésta.
    El tema de la obra no es únicamente el honor/deshonor. También lo es la justicia/injusticia que convoca el castigo que sucede al delito y que alcanza a los tres personajes: Duque, Federico y Casandra. La mirada de Lope siempre crítica, plantea estos temas en la radicalidad de una relación incestuosa entre Casandra, la mujer y Federico, el hijo bastardo del Duque de Ferrara. Un incesto que no por técnico es menos real en el XVII. Inserta queda la reflexión sobre el matrimonio desigual, concertado entre una joven inocente y pura y un hombre viejo y vicioso. Una mujer que ha sido obligada a casarse (el tema del matrimonio de conveniencia ya queda planteado como clara injusticia en Lope, en Cervantes, en otros muchos escritores precursores de la visión Ilustrada) por razones políticas con un hombre que no la amará nunca y la desprecia con su indiferencia tras la noche de bodas. Y un hijo bastardo, hasta ese momento único heredero del ducado, que se enamora a primera vista al contemplar a la bella Casandra…

    Como es costumbre en Lope, en el primer acto quedan ya trazadas con claridad las líneas argumentales.
    Al principio, Federico deplora este matrimonio que le aleja del poder que podría traerle la jugosa herencia del ducado paterno, al existir la posibilidad de que su padre engendre un hijo legítimo. Batín, juicioso, le quiere mostrar la conveniencia de que el padre ajuste su hasta entonces licenciosa vida, a una más moral y conveniente, pero Federico insiste:

    Mas, ¿qué me importa a mí
    que se sosiegue mi padre, y que se niegue
    a los vicios pasados,
    si han de heredar sus hijos sus estados,
    y yo, escudero vil, traer en brazos
    algún león que me ha de hacer pedazos?

    Pero tras la primera vista, Federico se enamora. Batín lo nota. Casandra también se siente atraída. Mientras en Ferrara, el Duque espera que su hijo le lleve a la esposa (como en las novelas artúricas, cuando Lancelot es el encargado de conducir a Ginebra hasta Arturo, o Tristán lleva a Isolda hacia el rey Marco).
    Aurora, la sobrina que está destinada a casarse con Federico, intuye desde el primer momento que algo va a suceder, cuando pregunta a Batín, una vez llegada la esposa:

    AURORA: Yo quiero
    que me des nuevas también.
    BATÍN: ¡Oh, Aurora, que a la del cielo
    das ocasión con el nombre
    para decirte conceptos!
    ¿Qué me quieres preguntar?
    AURORA: Deseo de saber tengo
    si es muy hermosa Casandra.
    BATÍN: Esa pregunta y deseo
    no era de vuestra excelencia,
    sino del duque; mas pienso
    que entrambos sabéis por fama
    lo que repetir no puedo,
    porque ya llegan.

    Se produce entonces el encuentro entre Aurora y el marqués, primo de Casandra.
    La frialdad del recibimiento que hace el Duque a su esposa contrasta con el calor y los versos que le dedica Federico.
    El Duque en todo momento se muestra culpable por hacer menos a Federico con este matrimonio, que contrae únicamente a petición de sus vasallos para dar heredero legítimo al ducado. Federico es su pasión y si ha accedido, dice, es por temor a una guerra de sucesión.
    Ésta es la razón por la que El Duque recibe fríamente a Casandra. Finalmente, sabremos que el único que obra sin duplicidad es él.

    El segundo acto se inicia con una Casandra ultrajada por el despego del Duque:

    Sola una noche le vi
    en mis brazos en un mes,
    y muchas le vi después
    que no quiso verme a mí.

    Lope defiende a la mujer. Leyendo a los clásicos, una se da cuenta de cuántos tópicos se habrán vertido sobre el tema de la sumisión de la mujer en estas èpocas y que no se corresponden con la realidad. Veamos estos versos, esta reivindicación de Casandra:

    El duque debe de ser
    de aquéllos cuya opinión
    en tomando posesión,
    quieren en casa tener
    como alhaja la mujer,
    para adorno, lustre y gala,
    silla o escritorio en sala;
    y es término que condeno,
    porque con marido bueno,
    ¡cuándo se vio mujer mala?

    En otras palabras: la mujer no es ningún objeto. Y si se la quiere buena, hay que tratarla bien.
    Por su parte, en este segundo acto ya todo es fingimiento y todo ocurre en un nivel que sólo el público advierte. El Duque atribuye la tristeza de Federico a su matimonio, pero no sabe que es porque está enamorado de Casandra. Lo cree triste y meditabundo por haber perdido la herencia y le ofrece como compensación, un matrimonio con Aurora, pero no es ella quien le atrae, por lo que trata de escapar de ese compromiso manchando el honor de Aurora. En efecto, entre Aurora y el marqués de Gonzaga, primo de Casandra, él ha notado una cierta atracción, y así lo dice al padre:

    Al que se ha de casar le da cuidado
    el galán que ha servido y aún enojo
    que es escribir sobre papel borrado.

    A lo que el Duque, sorprendentemente, responde:

    Si andan los hombres a mirar antojos,
    encierren en castillos las mujeres
    desde que nacen, contra tantos ojos;
    que el más puro cristal, si verte quieres,
    se mancha del aliento; mas, ¿qué importa
    si del mirar escrupuloso eres?
    Pues luego que se limpia y se reporta,
    tan claro queda como estaba antes.

    La verdad es que Federico está muerto de amor por Casandra, como le dice Batín: Amor y muerte en su pecho disputan.
    Aurora, sin quererlo, va a desatar el nudo gordiano en que se encuentran presos Casandra y el conde Federico. Pide ayuda a Casandra, y ésta, sin malicia, va a hablar con Federico para que retire sus sospechas sobre Aurora y Gonzaga, y acepte casarse con su prima. En cambio, lo que ocurre será la confesión del verdadero amor de Federico: la prpia Casandra. La escena es una de las más bellas. Casandra intuye, pero no sabe, Federico no se atreve, al principio, a decir. Insinúa, da vueltas, finalmente, habla acelerado, casi ahogándose por la gravedad de la situación y de los sentimientos:

    Mis pensamientos, que son
    hijos de mi amor, que guardo
    en el nido del silencio,
    se están, señora, abrasando.
    Bate las alas amor,
    y enciéndelos por librarlos.
    Crece el fuego, y él se quema.
    Tú me engañas, yo me abraso;
    tú me incitas, yo me pierdo;
    tú me animas, yo me espanto;
    tú me esfuerzas, yo me turbo;
    tú me libras, yo me enlazo;
    tú me llevas, yo me quedo;
    tú me enseñas, yo me atajo;
    porque es tanto mi peligro,
    que juzgo por menos daños,
    pues todo ha de ser morir,
    morir sufriendo y callando.

    El marqués Carlos de Gonzaga ama a Aurora. Aurora recela de Federico. Federico ama y finalmente habla de su amor a Casandra, quien a su vez, le ama y el Duque parte a Mantua para la guerra. Así, el segundo acto consolida el drama: el clímax se produce en la hermosa escena en que por fin Federico desata sus sentimientos y pasiones ante Casandra y ella le descubre los suyos. La forzosa ausencia del Duque propiciará la consumación de ese amor.
    En el tercer acto, la relación ya ha pasado del platonismo a la acción. Han pasado cuatro meses y el duque vuelve a casa arrepentido de su mal comportamiento con la esposa. Pero Aurora comunica a su tío que hay una relación incestuosa entre Casandra y Federico y el Duque debe cumplir el castigo "sin venganza", pues la ofensa ha sido privada y no pública y él tiene su propia cuota de culpa. Mientras tanto, lo sorprendente es que, una vez saciado su amor y su deseo, Federico finge "celos" por la creciente intimidad entre el marqués Gonzaga y su prima Aurora. Lo hace, le dice a Casandra, para salvar a ambos de la muerte cierta que les espera si el Duque se entera de su infidelidad. Se respira el peligro, que acecha. Ella, más atrevida, no teme a la muerte. Teme más los celos y el dolor que le producirían el ver casado al conde Federico. Una vez más, ella se eleva por encima de él, valiente, consecuente y firme.

    El Duque, persuadido de la enorme traición de su mujer e hijo, y con pruebas suficientes, sólo puede hacer una cosa: castigar. Federico se asusta, se acobarda. Retrocede. Finalmente, no puede sino obedecer al padre.
    Casandra, en cambio, sumida como está desde el principio en la convicción de que su amor es Federico, no retrocede ni se asusta. Asume el peligro que conlleva su traición al marido.
    La obra termina con el castigo de los tres. Muerte para Casandra, a manos de Federico. Muerte para Federico, por haber traicionado al padre y a Casandra. Dolor infinito, pérdida irreparable para el Duque, cuyo gran amor ha sido siempre Federico: el hijo, el heredero. La línea sucesoria se termina con él, tremendo castigo de su vida licenciosa.