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Mis relatos
Publicado el
25 de Enero, 2006, 6:33
Algunos profesores de Oxford abusaban del látigo. Otros nos demandaban el conocimiento memorístico de interminables vocabularios latinos. En una larga carta, Ben Jonson me escribió que aquellos maestros sólo servían para ganarse la vida azotando a los niños pequeños.
Un profesor tuve que me entregó los secretos de su arte y fue Juan Gray, que vio en mi interés serio y concentrado el germen del discípulo. Era hereje protestante, pero me tomó bajo su protección y me hizo profundizar en la astrología, la matemática y la geografía. Con él aprendí las esferas celestes y sus mapas y comprendí a Copérnico y comencé a calcular las distancias de los astros conocidos y me concentré en la náutica. También me enseñó que, preguntado por la estructura y funcionamiento del universo, no admitiría yo nunca, ni siquiera bajo tortura, que con él había yo aprendido los conocimentos alcanzados por Copérnico, Kepler o Galileo, pues aunque todos los sabios conocían y propugnaban sus teorías incluso en las aulas, todavía se temía que conocer que esa era la verdadera disposición del universo porque pudiese cambiar la relación jerárquica de las clases sociales, que tan clara quedaba reflejada en la antigua concepción. Se temía que la nuevas teorías cosmológicas alentaran una revolución en el ámbito de lo político, afectando la paz de los reinos. Así que juré y cumplí mi promesa: en público seguí admitiendo como única verdad que la tierra estaba inmóvil en el centro del universo y que los astros se encontraban insertos en esferas de cristal frío. Nunca lo comprometí ni lo traicioné. Aun en mis salmos rehusé apartarme ni un ápice del pseudo conocimiento ptolemaico-aristotélico que era defendido como pilar de la concepción cristiana de este universo. Esta es la primera vez que admito que tales conocimientos me fueron dados por el buen maestro que fue Juan Gray.
A menudo me parece que los hombres que vendrán después de nosotros no podrán entender este miedo a la verdad que atenaza, desde hace tantos siglos, a los hombres creyentes. Tienen miedo a la verdad de Dios, pero Dios acabará imponiéndola. Se empeñan en condenar a los verdaderos sabios y arrojan la luz, rechazándola, que podría abrir sus ojos. Condenan la luz como si fuera oscuridad y demoniaca, cuando es Dios el Creador de este universo. Temen que sus verdades acaben con su reino de las mentiras. Son hijos de las tinieblas y se presentan como campeones de la Luz. Buscan ocultar la sabiduría y dan preeminencia a la ignorancia, por ellos adorada, y quieren subvertir con sus palabras las realidades del conocimiento, pues esas realidades, en efecto, comportan la llegada de un nuevo orden moral y de un nuevo camino que nos libere como hombres. Temen que los que hasta hora son ignorantes y mantenidos en una infancia mental les quiten su poder y su falsa gloria en cuanto se desvele la verdad de la ley natural de Dios. Muchas cosas le debo yo a Juan Gray y la más pequeña de todas es su confianza, pues a mis ojos dio luz de conocimiento y alumbró con sus mapas celestes y sus esferas mis pensamientos.
Por las noches, ya despojado del uniforme escolar, apartado del corro de los nobles que sólo querían jugar a los bolos o a las cartas y que apostaban por todo mientras bebían sus cervezas, escribía la obra en defensa de la fe. Gray no sabía cuáles eran mis propósitos: si aspiraba a ingresar en la carrera de la diplomacia o si deseaba dedicarme a la política o a la piratería o al espionaje. Nunca me preguntó nada a mí. Yo nada hubiera podido responderle, pues lo ignoraba todo acerca de mi futuro. Tampoco le interesó investigar si era católico o protestante: sólo quiso iluminar mi entendimiento con las verdades del cosmos y del número.
Mi ayo me propueso viajar a Francia y a España en su compañía y allí seguir la preparación de mi intelecto y mi servicio a la religión verdadera, acumulando todos aquellos cnocimientos que pudieran servir a mi nobleza y a la gloria de mis padres y de mi patria. Para lo cual recabaría el permiso de mi padre por vía de un mensajero y la anuencia de mi tío Arturo, claro está.
¿A qué muchacho no fascinarían estas propuestas? Se me anunciaba el peligro, el servicio a Dios, la aventura del viaje, el secreto de la camaradería de los hombres, tal vez gloria mundana y con seguridad, la eterna. Mi padre y mi abuelo habían viajado así también y acrecentaron sus conocimientos y las hazañas de sus espadas en guerras y proezas en toda Europa, lo mismo que los condes de Tyrone y Tyrconell, mis primos, y Arturo Rahail y casi todos sus amigos y el conde de Desmond y otros muchos irlandeses e ingleses fieles. Mi padre ansiaba que su hijo tercero se cubriera con la gloria en el camino de las armas o de las letras, pues ya había dado su primogénito al matrimonio, para gloria de su casa, otro a Dios, para su salvación eterna, y quedaba yo, que debería hacer que nuestra casa y nombre no fueran olvidados por los siglos.
Letras y armas me atraían por igual y dediqué mi tiempo a una defensa de la verdadera religión en la que argumentaba la importancia de admitir como válido el nuevo conocimiento. El círculo de mi tío Arturo la alabó grandemente y así fue como se decidió que pasase a ser impresa en una treintena de ejemplares que serían distribuidos en secreto entre nuestros amigos católicos. El editor fue Thomas Thorpe, quien había publicado obras de Ben Jonson y de Guillermo Shakespeare y que se hallaba semi retirado desde 1624, pero que, atendiendo al extraordinario texto salido de la pluma de un joven de sólo catorce años, se ocupó de buscar el impresor, que fue Jorge Eld. Fue un grave error, pues pronto mi obrita circulaba por toda la ciudad. El temor de la persecusión del Rey Carlos y para prevenir el tormento que seguramente me esperaba, si por mi mal los miembros de la Cámara Estrellada se enteraban que yo era el autor, hizo que Arturo decidiera que yo embarcaría con destino a España de inmediato para escapar de mis enemigos. Yo estaba en ese momento ocupado en frívolo asunto de vestimenta, como luego contaré, y la impresión de mi precipitada fuga y de todos los detalles curiosos que la acompañaron ahora me hacen sonreír.
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Publicado el
19 de Enero, 2006, 14:32
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Para la linda inglesita, Rachel C., que me recordó, tras años de olvido, la poesía inglesa.
Mis días estaban llenos de actividad pues también frecuenté con mi tío las casas de aquellos nobles que, siendo protestantes, no aprobaban las extremadas premisas de los fanatizantes y como él deseaban instaurar una tolerancia entre religiones. Eran John Vaux, William Lilly, Peter Chamberlen, Walter Travers y otros como ellos. Todos estos sabios buscaban un tercer camino de encuentro entre unos y otros para unir a la Inglaterra anglicana con la católica. Esa misma posibilidad había defendido Giordano Bruno en Oxford algunos años antes.
Pocas semanas después de mi llegada abandonamos mi tío y yo el callejeo, las visitas y los cumplidos y yo me zambullí en aquel mar de libros con la seria intención de salir hecho un sabio, pero volvía mis ojos continuamente hacia el parque, que extendía su verdor y ahí me refugiaba muchas mañanas con un libro en las manos.
Sir Arturo poseía también el saber de la botánica y era dueño y artífice de un hermosísimo jardín. Allí cultivaba las más bellas flores y las más exóticas plantas, traídas a su casa desde lejanos países. Arturo fue, en Londres, el primero que consiguió comer de sus huerto una extraña fruta llamada piña, que se da abundantemente en tierras tropicales, pero que en Londres era más preciada que algunas joyas por su rareza. También el cultivo de las plantas tenía una sabiduría: se consideraba que Noé había sido el primer viticultor y se escribían tratados sobre el oficio de la jardinería que eran apreciados como islotes de saber por su relación con la geometría (en el trazado de los parterres), por la afición a la paleta de los pintores en la selección de los colores de las flores que se elegía, y que eran simbólicos, y por las cualidades medicinales o terapéuticas que estaban ligadas a las plantas, a las raíces y a las hierbas y que con la alquimia y otras artes también convenía dominar. Arturo poseía un jardín de hierbas medicinales cuyos aromas, picantes, dulces o frutales se extendían por el perímetro del parque y alcanzaban el límite del extenso laberinto que como en tantas casas nobles de Inglaterra estaba situado en un lugar principal del jardín. Con Arturo aprendí los nombres de todas las plantas, los arbustos, los árboles, las flores y las hierbas que ahí vivían, sus propiedades, sus lugares de origen, sus particulares aplicaciones. Con ellas experimenté pócimas curativas, venenos, bebedizos y licores en un taller que mi tío poseía en una de las esquinas del parque. Allí había retortas y utensilios de alquímica, matraces y todo tipo de instrumentos para la destilación y la cocción de las plantas y las flores y las hierbas. John Donne había escrito hacía poco en El primer aniversario sobre una alquimia verdaderamente religiosa, y citaba a Isaías para decir que Dios puede trabajar todas las cosas y transmutarlas y también puede hacerlo su criatura: el hombre. Mi tío tenía a su servicio a un joven perfumista muy hábil en su oficio, quien me regaló un frasco de olor que contenía todos los olores, según el humor con que se olía o el sentimiento. Frasco milagroso que me fue arrebatado después, en la Nueva España, cuando me detuvo la Inquisición. Ese frasco ha sido uno de los tesoros que he poseído y perdido irremediablemente. El extraño y solitario perfumista desapareció un día, misteriosamente, de la casa de Threadneedle y sin una explicación. Su talento para crear olores mágicos era tal que podía compararse con el genio. Era de origen francés y un día me confesó que conocía el secreto de la eterna juventud.
Por los caminos del jardín de Arturo yo me perdía, libro en mano, aspirando los deliciosos perfumes de la naturaleza domeñada y leyendo los versos de Felipe Sydney, que había muerto en plena juventud pero que vivía en sus versos para la posteridad. Felipe decía que los verdaderos monarcas de la tierra no eran los reyes ni los príncipes, sino los poetas, porque la poesía era la más perfecta de todas las artes. Leí también alguna vez a Spencer, para quien el don poético requiere del entusiasmo y de la celestial inspiración que yo ya sentía, a mis trece años, arder en mi alma. Eran sentimientos que yo suponía que se parecen a los que tienen los santos que buscan unirse con su Creador convocando palabras. Drayton, por su parte, opinaba que el poeta debe ser presa de la locura de la cólera para levantar el velo que cubre la faz de la poesía. Guillermo Shakespeare, ese actor tan apreciado por el círculo de mi tío, me enseñó en sus versos que el estado divino poético surge de la fina locura. A menudo recitaba sus sonetos en voz alta, sentado a la sombra de los arces.
En las tertulias de mi tío se leía por igual a los poetas de todas las religiones, pues sólo se confiaba en una: la que aunaba el saber y la belleza del concepto
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11 de Enero, 2006, 19:18
Los ríos se adentran eternamente en el mar. Mi vida en el silencio (Pascal Quignard, Vida Secreta)
Yo intuí una tarde de otoño, cuando cumplía mis trece años y no me equivoqué, que el daimon del poeta debe ser cultivado; que no crece en su espíritu ni puede formarse como se forma el hielo sobre el agua de un lago en el invierno: por orden de la naturaleza. Supuse, y no me equivoqué, que la santa locura, la santa profecía de la poesía verdadera ha de nacer del dolor y de la soledad, del estudio y de las muchas horas pasadas ante los libros que guardan la sabiduría, teniendo como centinela la luz de los candiles. Fatigada la vista y vacilantes las manos que sostienen los libros. Hambriento el cuerpo, adoloridas las articulaciones por la inmovilidad. Rota el alma, si es preciso, por la deseada comunidad con los hombres. Sedienta la pupila de la luz del día, el oído anheloso de escuchar el bullicio de las calles o el ruido de las tabernas. La locura y la verdad de la palabra poética sólo pueden provenir de esta lucha entre el mundo y el yo. Para obtener la poesía hay que velar, sufrir, callar, meditar, resistir.
Para llegar al conocimiento no se puede traicionar el silencio por el bullicio ni la soledad por la compañía de los otros hombres. No se puede dejar la incomodidad por el descanso. Para encontrar la palabra verdadera hay que resistir las distracciones. Ser fuerte. Olvidar toda otra necesidad del cuerpo para elevar el alma y ver lo que otros no ven: aquello que yace oculto para todos, menos para los iniciados. Para ser poeta divino hace falta estar en absoluto silencio, pues de otro modo no se escucha esa voz más callada que la nuestra, que es el latido del mundo, y que se oculta en el interior de los hombres sabios. Esa voz que es percibida por las sibilas o que hablaba por boca de los profetas bíblicos. Esa voz que entre enigmas y callados susurros dice la mayor verdad y proclama en sílabas apenas pronunciadas los secretos del universo. Lo perenne. Nada debe perturbar el silencio de las almas si quieren escucharla: ni se debe agotar esa voz en los placeres ni se puede ocultar entre los velos, más sensuales, de lo superfluo.
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23 de Diciembre, 2005, 16:39
En Arráncame la vida, la escritora mexicana Ángeles Mastretta dice que las mujeres inteligentes, si no se enamoran como idiotas, nomás no se enamoran.
La intuición de Claire se confirmó al pasar de los días. Octavio era. Era él. Por su parte, él también tuvo la certeza de que Claire era su ella. No fue un amor fácil. Ambos eran difíciles, especialmente Claire, que era caprichosa a veces, salvaje otras, pero que nunca tuvo que reivindicar nada. Ninguno de sus sacrosantos derechos. Porque él siempre se los respetó todos. Las dificultades eran logísticas. Claire vivía muy lejos. Más adelante , él le dijo, con su sorna habitual, si me caso contigo es nada más por no seguir viniendo tan lejos a buscarte... Desde ese quinto piso, ella buscaba el pequeño Fiat rojo de él subiendo por la curva, ya pasa el Deportivo, ya sube la cuesta, ya busca estacionamiento, ya baja, ahí viene, ya sube por el ascensor, ya toca, ya llega, ya soy, ya te beso, ya soy, ya soy, ya existo. Él no tenía teléfono en su casa. Ella tampoco, allá en la Torre Tollán, en el departamento 22, en el quinto piso. Eso los obligaba a verse sin fecha fija, sin horas fijas. A ver si te encuentro, a ver si no. Tal vez por eso, nunca entendieron la felicidad sino como sorpresa. Llegó Diciembre. La tía y Patsy se iban a pasar la Navidad a Nueva York. ¿Qué hacemos con Claire? Me quedo con Iliana. Iliana es mi prima, es pintora, vive sola en una casita con chimenea y sus dos preciosas hijas en Copilco, muy cerca de la Universidad. A esta altura del partido, el papá de Claire ya se había inhibido casi completamente. Claire se va con Iliana. Iliana, a su vez, se va a pasar la Navidad a Valle de Bravo. ¿Te quedas sola aquí? Ay, Claire, no me vayas a meter en un lío. Que Octavio se vaya antes de las tres de la mañana. ¿Me lo prometes? Te lo prometo. Iliana sí tiene teléfono. Quedan. Suena el timbre de la puerta. Ella abre, allí en la puerta todavía, él le dice, por un momento pensé ¿ y si no existe? ¿y si toco a la puerta y me dicen, aquí no hay ninguna Claire? Pero sí existes. Menos mal. Vámonos. Es el 23 de Diciembre y Claire pasea con él por esos terrenos baldíos llenos de piedra volcánica que rodean la casa de Iliana. Por fin, el primer beso. Y es lo que ella esperaba. Él no le pide, sé mi novia: no es tan convencional. Los dos saben. Antes de las tres de la mañana, él se va. Han estado abrazados allí, frente a la chimenea. Después, él le escribe, "Claire sabes, el resto te lo diré día a día, al desgarrarse el tul, mientras se derriten las nieves de tu foso". La Prepa 6, él, Claire se despierta de pronto en una realidad por un lado anhelante de cariño, por otra, una realidad social. Ya antes ella ha tenido ciertas inquietudes políticas, ciertos contactos. Claire sabe que esa sociedad está enferma de hipocresía y de injusticia. Y en ese momento, cree, quiere creer, eso se puede cambiar. La tía se enfrenta cada día a Claire y entre ellas se pierde el antiguo lazo ¿Por qué él me tiene que traer a las diez de la noche?¿Qué pasa después de esa hora que no pueda pasar antes? Son puras pendejadas ¿no te das cuenta? Puras convenciones estúpidas. Él le escribe, "La costumbre magisterial de ejemplificar mis pensamientos te define entre tus compañeros de la Prepa 6, como una aceituna en un vaso con leche". Por qué Claire se enamoró de él está muy claro. Pero ¿por qué él se enamoró de Claire?... tal vez porque él también estuvo siempre solo. Y estaba, creo, resignado a su soledad. Había tenido un amor. Un amor sólo...Y ella llegó cuando no la esperaba. Él también la reconoció. La relación suscitó sorpresa. Él tan guapo, con 30 años. Abogado. Ella tan joven, con cara y cuerpo de niña, estudiando en la Prepa. Paloma se lo preguntó una vez a él. Él le dijo, no lo comprenderías, prima. Claire y yo somos una pareja aparte. Sí, aparte, de otro sexo que todos. "Tú, semi recostada en el sofá, la cabeza arrebujada en mi pecho. Yo, sintiendo en la Osa Mayor la cálida humedad de tu aliento. Ambos en el acto equilibrista de prolongar una vivencia única en el tiempo". Hacia Octubre, ya llevaban muchas tardes de cine en el cineclub de la Universidad, muchos cafés y pastelitos de mole en el ex-convento de Santo Domingo o en El Coyote Flaco, de Coyoacán; muchos conciertos, muchas noches platicando en el sofá de la casa de Claire, con la tía vigilante; muchas idas y venidas en el coche desde Chapultepec hasta la Torre Tollán; muchos primeros besos, segundos besos, terceros besos y besos de despedida a las diez de la noche. Por fin, un día, ella mintió a su tía y se fue a pasar la noche con él. Ahora sonrío y supongo que la tía pensaría que lo que pasó esa noche ya había tenido lugar mucho antes, pero no fue así. Ambos se tomaron su tiempo y lo que ha de pasar, pasa: un día u otro día, pasa. En Noviembre, él se fue a Guadalajara en un viaje de siete días que a Claire le pareció eterno. Cuando volvió, le explicó a Claire que ya tenía fecha para la boda, que sería el 23 de diciembre, que el cura sería muy guapo para que ella estuviera entretenida, que...y ella le dijo, entre molesta y emocionada ¿Pero no vas a preguntarme si quiero casarme contigo? Y él, no, ya sé que sí. ¿Para qué iba a preguntar? "Claire, a la serie de voces que me niegan el derecho a volcarme en tu estanque, impongo mi devoción a tu proximidad y el amparo que me ofrece tu ( a veces), caritativa mirada. Y comenzamos el peligroso juego en el vértice de la Y griega, en el filo del delta y próximos al mar".
Por fin se iban a acabar los besos de despedida...
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30 de Noviembre, 2005, 19:12
Para M.J.S.
Mi cárcel comenzó siendo una metáfora, pero hoy es una espantosa realidad. En ella el tormento se acrecienta a causa de la soledad. He tenido todos los años de esta prisión mía para pensar en mí, en mi vida, en mis errores, en mis dichas, en mis fracasos, en mis éxitos, en mi dolor de hombre solo. He tratado de dialogar con Dios, pero Dios no me ha contestado.
A menudo he sentido que rodeaban mis hombros los delicados brazos de la muerte o que tocaban mis cabellos los dedos de la locura. Las palabras leídas taladran mis sesos y me hacen desvariar en la oscuridad de la noche. La noche me ha negado su misericordioso sueño, y en la vigilia retumban en mi mente las frases de los libros y las notas de mis composiciones favoritas. Como el caballero de Cervantes, quise crearme una realidad diferente, de justicia poética y de honor, pero a menudo en mi vigilia me pregunto si por todo esto he sido incapaz de vivir de verdad, aceptando el error o el fracaso plenamente, como los demás mortales. He tenido crueles enemigos: la enfermedad, el dolor, la soledad, el miedo, y me he creado mis propias grandezas íntimas, mis alegrías al compartir mis saberes, mis momentos de éxtasis. Anhelo el respeto de los demás y he tratado de volar por encima de mis iguales elevándome por medio de mis conocimientos, en parte para olvidar que estoy pegado al suelo, igual que ellos.
Ambicioné un reino para mí. El de la belleza que no se corrompe y que no muere. El de las suaves palabras o el de las notas sublimes. Quizá leyendo a Campanella o a Bacon pensé en una utópica región, en la que no cupiesen injusticias ni desigualdades. Mi amada no fue ni la Beatriz de Dante, ni la Laurita del ’Cancionero’ ni la dama oscura de Shakespeare. Tampoco un noble hermoso como Southampton, aunque quizá en ciertos jardines busqué la complicidad de un joven-niño que había perdido su sombra, como yo perdí la mía.
A pesar de mi amor por la música, he amado el silencio. Y sólo los salvajes bosques que rodeaban mi casa y los caminos que me llevaban al río a través de las montañas con sus profundos precipicios, con sus bancos de arena o sus altos arbustos conseguían hacerme salir de mi cámara. Aún cuando paseaba por esos lejanos sitios, mecía junto a mi pecho los sonidos interiores.
Como todo hombre que piensa, yo he sido una isla para los otros hombres.
Al mirar esa estrecha frontera que separa el cielo de la tierra buscaba mi propia trascendencia, sin encontrarla. Amé y busqué la trascendencia en mis creaciones y a través de la observación de los astros, por las armonías que descubría en el concierto de la naturaleza que me rodeaba, pero no pude encontrarla. Ni antes ni ahora se me ha revelado el secreto de la trascendencia, ni he saboreado en mi boca el dulce néctar de la satisfacción.
Hoy pienso que crecí con el recuerdo de la muerte. Que fue ella quien me acompañó en mis paseos y lecturas, en mis divagaciones y en todos mis trayectos. Ella quien me acunó en mis sueños y ella quien tocó con sus fríos huesos mis labios desde la cuna, quizá desde el mismo momento de mi alumbramiento. La muerte dictó desde el inicio de mi vida el libro que escribí, viviendo: los caracteres que debían cifrar mi destino. Paso a paso y acto a acto he querido negarla, vencerla y acobardarla. Y sólo después, cuando todo esto acabe, sabré si lo he logrado.
Dentro de mí emergía la amargura por un destino que era injusto y era cruel. Luchaba contra la amargura y el dolor con la alegría de la respiración y de la vida, que a pesar de todo se manifestaban en mí con inmensa fuerza. La rabia y el dolor fueron mis compañeros y la ira era seca, era un deseo de no seguir más, nunca cumplido, pero yo avancé, yo caminé a pesar de todo, luchando contra esa ira con amor ¿Cómo puede alguien albergar amor en este caso? Sin embargo, lo opuse a la amargura y lo dejé fluir, a veces calladamente, como una imperceptible fuente Castalia: suave, pura y transparente a la que dejé cruzar mi alma; consentí que ese amor traspasase mi corazón, dándome fuerza para resistir un poco más, a veces un minuto más. Después de pronto todo estaba en su sitio nuevamente. Podía ver la luz, aunque sólo parcialmente, en medio de la salvaje oscuridad del bosque; aún en medio de la noche, mi pequeña lámpara podía arder: alumbraba, sí, alumbraba con su minúscula luz un trozo de mundo, que me correspondía a mí habitar. ¿Presentía yo de niño que la mía iba a ser una existencia extraña? No busqué jamás lo que otros hombres buscan: la felicidad simple, el fuego amable del hogar, la dulce charla de las mujeres o la gloria y la honra de una vida entre los aceros y las armas. No busqué la oración que conforta las almas en los tranquilos claustros. No jugué con las letras como suelen hacer los caballeros, por mera distracción o adorno, ni pulsé las cuerdas de los instrumentos o me entretuve en un piano para cantar canciones de galantería, no. Me volqué en letras y notas, verso a verso y nota a nota. Busqué el supremo conocimiento de las cosas para anegarme en ellas y disolver el dolor que me causaba mi existencia. Busqué la pureza, pero no pude ser ángel.
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Publicado el
19 de Noviembre, 2005, 22:56
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Es la primera vez que te envío algo no escrito directamente en el momento de enviarlo. Lo hago
porque estos estadios en los que necesito expresarme duran unos días. No quiero saturarte de escritos.
No quisiste saber cómo soy ni quién soy. Si esto no fuera así, habrías aceptado mi amistad, y no lo hiciste. Quiero que sepas que no hay una similitud tan grande entre mis escritos y yo. Por el contrario, lo que escribo es la parte menos visible de mí. Si cuando escribo soy yo en mi parcela más auténtica o más falsa, lo ignoro. Sé que lo hago por necesidad. Pero no sé por necesidad de qué. Sé que una vez escrito, aquello deja de interesarme (cosa que alguna gente me reprocha). Para mí, lo escrito es una cosa que caduca una vez ha salido de mi interior. Es melancólico lo que escribo, como lo es la propia esencia de lo literario. Es la habitación en la que duerme el niño sin madre. Es el cuarto del silencio, de lo oculto. El sitio en el que puedo permitirme ser melancólico, un lugar de silencio y de meditación, un lugar triste, si, un lugar de lucha callada, aunque constante…
Si algo me molesta es que los otros busquen descubrirme a través de esto. Es cierto que hay quienes buscan mostrar su interior a través de lo escrito, pero yo no: yo busco solamente salida para algo que no es mío, una conciencia de mí que salta de mí hacia fuera, pero que no quiere definirse como un yo. Otro ¿tal vez" Sí, posiblemente.
Cuántas palabras vanas para decir que no admiro, en absoluto, las confesiones, a no ser que sean post-mortem. Si en los Siglos de Oro de las letras en Europa todos escriben es, en parte, porque no se editan sus libros. Circulan solamente algunas copias, entre amigos. Tal vez podría yo haber sido candidato a la comunidad que planeaba Arias Montano. Un apartado lugar, una roca agreste, poblada de filósofos. Ojalá no se hubiese muerto Francisco de Aldana y hubiese podido ahí escribir contra la guerra, no ya sonetos, sino disquisiciones.
Otro aquí no se ve que, frente a frente,
animoso escuadrón moverse guerra,
sangriento humor teñir la verde tierra
y tras honroso fin correr la gente.
Este es el dulce son que acá se siente:
"¡España, Santïago, cierra, cierra!"
y por süave olor, que el aire atierra,
humo que azufre da con llama ardiente.
El gusto envuelto va tras corrompida
agua, y el tacto sólo apalpa y halla
duro trofeo de acero ensangrentado,
hueso en astilla, en él carne molida,
despedazado arnés, rasgada malla:
¡Oh sólo de hombres digno y noble estado!
Ahí, alejados, juntos los eruditos, en conciliábulos, quizá sí sería posible hablar. Pero no confesarse ¿sabes? Hablar en general también te muestra el interior de la persona, pero reduce el número de aquellos que pueden entenderte. Es una ventaja. Impone un esfuerzo, esfuerzo que no todos están dispuestos a hacer.
El número y el nombre de los que saben los secretos debe ser limitado. No todos deben saber, porque el secreto impuesto es una cadena dulce, que se da por amor, no por otras razones. Y así, si todos saben ¿Cómo sabré yo quién me es querido? No lo sabría ¿Y cómo sabría el que es querido que lo es? No lo sabría. Y es por eso que escribo únicamente de lo no mío. Escribo para que salga, pero no yo.
Cuando aparezca el sol sobre este campo y venga el día, vendrán con él los quehaceres de la lucha. Puede que muera ahí, entre el barro de la tierra mojada por la lluvia y la sangre de los otros. Si eso ocurre, y en estos años has guardado mis escritos, no des las cartas que durante tanto tiempo he venido escribiéndote a mi viuda. Que la luz de una vela encendida por nuestra fracasada amistad inicie el incendio de mi alma escrita aquí para tus manos, querido amigo mío, dulce y esquivo siempre.
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Publicado el
17 de Noviembre, 2005, 21:08
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De alguna manera desesperante, quisiera renegar de mi bondad, porque a veces la siento totalmente falsa y lacerante. Me hiere porque no es mía: es un agregado que me ha sido impuesto, por educación y por cultura.
Hay ocasiones en que la sensibilidad ante el mundo todo me provoca estados de dolor tan extremos que ni siquiera encerrándome en mí mismo puedo evitar sentir con todos los poros de mi cuerpo. Ésa es mi condena.
Es como si desde dentro de mi piel pugnaran por salir todas las sangres.
Cuando ese monstruo destructivo suena, creo ver a mi madre en medio de un gran charco de sangre. Chapoteo en esa sangre, y me ahogo en esa sangre. Desnudo, no soy sino un esqueleto cuyos huesos son delicuescentes. El dolor de mi espalda me taladra y quisiera romperme en mil fragmentos, pero no inútilmente. Con esos fragmentos de mí mismo que son como dardos de cristal de roca, heriría, podría matar. ¿Por qué no? Mi propia cobardía, a ese respecto, me confunde. Hasta ahora no creo haber hecho daño a nadie, y sin embargo siento en mí el impulso del mal, de la crueldad y del asesino. Y no sé si serán las palabras las que templen esos instintos, o si ellas serán las que me entierren en este magma asqueroso cerrando la salida, sin que haya un pasillo o una escalera, ni hacia afuera ni hacia arriba, ni hacia adentro. El sentimiento de entierro es absoluto.
Descubro dentro de mí un sinfín de nimios desórdenes vegetales. Ascos que tienen que ver con los cristales, con los gatos que se pasean por las ruinas, con los placeres o con las margaritas. De nada me sirve amanecer en la isla de Rodas.
Sueño despierto con ver flotar mi cuerpo sobre un río, aquí que no hay ningún río, o que las camas donde duermen los niños se elevan al espacio, dejando caer un néctar venenoso y dulcemente azul, como el mar de la isla. Aquí, donde los dioses nos vencieron.
Dame tu mano, dime una palabra ¡Oh, muerte! Me bastará un chasquido de tu lengua amorosa para ir a tu encuentro.
Delibera. Yo esperaré, sereno, el juicio que tú hagas.
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Publicado el
5 de Noviembre, 2005, 9:19
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Me siento hundido en el barroco vacío de mi propia charca. Como si miles de tentáculos pequeños, transparentes, me acercaran al fondo ¿Es el ahogo y el vértigo lo que me hunde? Hay voces allá afuera, que me llaman, pero caigo, me desboco hacia abajo, mientras las hormigas de tu boca me provocan aún, escalofríos. Esos labios ya liquídos ya los veo putrefactos. Me recuerdan a otros cadáveres. Los cadáveres del pasado se unen en danza alegre a mi alrededor; las calaveras ríen, se burlan de mis penas, de mis lágrimas. Oigo la voz con tan fuerte intensidad, que parece que sale de mi boca, pero mi boca permanece muda, callada. Estoy en este vasto espacio de vacío solamente acompañado de mi llanto. Allá a lo lejos alguien me ofrece un jardín, que habito a veces, cuando hay luna llena y pienso en olas, en lunas, en amapolas; pero esas flores se extinguen, esas lunas se apagan, esas olas naufragan en las playas de arena negra, de arena infértil. Entristecida y turbia, mi alma se enreda en las palabras. Solamente tengo estas palabras. Ya no te llamo. Estás en el otro lado, en la otra orilla. Como si hubieras muerto ¿O soy yo el que se ha muerto? Te lo pregunta el que no ve su imagen en la ventana. El que no puede abrir la puerta de su alma. El que, desnudo, clama por ti.
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Publicado el
30 de Octubre, 2005, 1:08
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Para Lety Ricardez, que quería saber esta historia que yo no conocía (y me la tuve que inventar).
Usted quiere saber la historia de Patricia y yo se la voy a contar. Debo comenzar cuando los cantantes llegaron a la ciudad ¿Usted sabe que en esta ciudad no había teatro? Parece mentira ¿verdad? Pero es rigurosamente cierto. Los cantantes llegaron de la ciudad de Ponte y lo hicieron en una carretita color chicle masticado llena de cosas, de triques y con sus colchones, sus vestidos, sus instrumentos para la orquesta y sus estampitas. No eran estampitas de vírgenes o de santocristos, sino que eran fotografías de ellos mismos en sus distintos papeles y que vendían a la salida de la función para redondear la ganancia. No me olvidé de eso con los años, porque mi prima Pachita se entusiasmó con el negro que cantaba el Otelo de Verdi y que en realidad no era negro, como usted comprenderá, sino sólo se pintaba la cara hasta el cuello y le llamo "estampita" porque cuando se fueron los cantantes, Pachi puso la estampa en un marquito de plata en un altarcito, con su vela, sus flores, sus conchitas de mar y su jarrito con tequila que se tomaba todas las noches antes de irse a acostar.
Patricia andaba por la calle de la Reforma de la Patria muy quitada de la pena, cuando el barítono de la compañía, que estaba paseando al perro (no le conté que en el intermedio había un número de perro amaestrado que tenía mucho éxito), la vio. Desde el otro lado de la avenida, el barítono la saludó, haciendo una profunda reverencia, cual si estuviese enfrente de una reina. Con la gracia aprendida en miles de reverencias repetidas delante de los públicos más diversos, el barítono acertó a caerle en gracia a Patricia, por aquel tiempo una mujer que tenía un pecho abundante y unas caderas amplias, así como unos pómulos salientes y unos ojos tremendos, como de loba o de pantera negra. No era exactamente hermosa, pero parecía una mujer romana y su nombre le quedaba que ni pintado. La avenida de la Reforma de la Patria en ese momento quedó paralizada por ambos lados de la vía. Los coches y caballos que subían y los coches y caballos que bajaban no se movieron. Un segundo y siguieron su camino para arriba y para abajo con gran prisa, pero no se movieron durante ese segundo que tardó el barítono en ver a su ya desde instante amada Patricia hasta que los ojos de ella le devolvieron la mirada y le sonrieron.
No hizo falta más para que se encendiera en ambos la llama de la pasión.
Durante tres días y tres noches el barítono y Patricia no hicieron más que fornicar. Cuando llegaba la hora de la función, y ya vestido él con su traje de Gianni Schicchi, ya se sentía deseoso de terminar lo más pronto posible, desde antes de empezar a cantar, aunque no descuidaba sus actuaciones para que la obrita no perdiera el interés: no quería que la compañía pudiera resentirse de un fracaso.
El lugar elegido para la representación era la plaza de toros, por lo que el esfuerzo de los cantantes se veía multiplicado, intentando llegar, sin ayuda de acústica alguna, hasta el último rincón.
Sin embargo, Patricia y el barítono estaban felices porque al menos la ópera sólo constaba de un acto. En cuanto finalizaba éste, el barítono ejecutaba unas cuantas reverencias rápidas, después de recitar alegremente la última frase de su papel: Por esta travesura me han arrojado al infierno.
Las reverencias las hacía ya sin la gracia de su gran reverencia de la Avenida de la Reforma de la Patria, para volver volando a los brazos de su amada.
La desaparición de Patricia, entretanto, me angustió. Por aquel entonces se hallaba viviendo conmigo y al no recibir noticias suyas, me asusté. Usted ya sabe que confío poco en la buena suerte y más en la mala suerte y creí o soñé que Patricia estaba delicadamente tirada debajo de un puente de las afueras de la ciudad, con el cuello cortado y el vestido en desorden. Afortunadamente, recibí una carta. Patricia me explicaba lacónicamente que había encontrado al hombre de su vida y que se iba con él.Para entonces, cada una de las obras del Tríptico de Puccini ya había sido escuchada por todos los que en el pueblo acudían a esos acontecimientos, de modo que no quedaba otra que despedirse de su amado cantante o partir en calidad de acompañante. Por supuesto, Patricia decidió irse con él. Apresuradamente la ayudé a juntar sus cosas; nos besamos, lloramos un poco -yo más que ella-, y se fue. Aunque yo tuve mis temores, le deseé buena suerte y me desentendí. Estaba -no se lo niego,- un poquito enojada con ella.
¿Usted conoce la obra de Puccini? Acababa de ser estrenada la obra y aquí ya se cantaba. Es la historia de un pícaro. Un pícaro plebeyo que aprovecha la oportunidad para que su hija y el noble Rinuccio, su novio, se queden con la herencia que no ha querido dejarles un tío lejano del muchacho. Para ello, se sirve de una suplantación. La anécdota es recogida por Dante Alighieri, quien la relata en el Canto XXX de su Inferno. Yo pensaba que el tal barítono era también un pícaro, llevándose a mi amiga con él sin el santo matrimonio. Pero quien quiera que no haya pecado, que tire la primera piedra. Me aguanté. No les deseaba un mal, pero quise dejar de pensar en ellos.
No quisiera describirle al barítono, sólo diré que se llamaba Arturo, que era muy alto y que en su cara resplandecían unos ojos verdes que podrían incendiar la iglesia de San Felipe con una sola mirada, aunque ya no era tan joven. Y nada diré de su voz, tan poderosa y clara que cualquier inflexión inundaba el pueblo con una capa de rocío improcedente y súbita.
Pasó el tiempo. Nada se volvió a saber de la huida. Casi la había olvidado yo, cuando poco después de mi matrimonio, vi llegar a una mujer con sus dos niños. Uno de ellos era alto y rubio como un ángel, mientras que el otro era moreno y pequeño y tenía una expresión amarga en la cara. Era ella. Patricia, transformada en un triste fantasma de sí misma.
El barítono había perdido la voz una noche que había cantado desde la plaza del pueblo a Patricia, oculta en su habitación por causa de una trastada de su amado con una mujer cuyo nombre era Laura y que le había robado el corazón, aunque ya se hallaba arrepentido. A base de romanzas, Rigolettos, Papagenos y Don Giovannis se quería hacer perdonar la infidelidad. Estaba tan borracho que ni siquiera se dio cuenta de que hacía un viento atroz y de que nadie le escuchaba. Todos los habitantes de la ciudad habían cerrado las ventanas y habían huido a los rincones más profundos de sus casas, espantados por el aire sibilante. Patricia también estaba en lo más profundo de la casa entonces compartida con su amante, llorando, indignada y perdida. Por la mañana había recibido un regalo: un bebé pequeño, delgaducho y moreno, que llevaba una nota ensartada en el babero: Soy el hijo de Gianni Schicchi y me llamo Pablo. Si tú no me cuidas me voy a morir sin más.
No se sabe si fue la aparición del hijo, el viento helado de la noche o la tristeza porque Patricia no le volvió a franquear la puerta de la alcoba, pero el barítono perdió la voz: se quedó completamente mudo. Completamente. Para evitar la ruina, decidió dedicarse entonces a la escritura y a la composición. Solía, me contó luego Patricia, escribir libretos con sus correpondientes partituras, que nunca llegaba a terminar. Sus ideas salían por la ventana en busca de aquel viento que le había arrebatado la voz. Como no podía comunicarse, su humor se agrió hasta tal punto que acabó bebiendo, hasta el fondo, todos los vasos de vino que pudo llenar.
Al principio y sólo por orgullo, Patricia no le buscaba para darle consuelo o para decirle cuánto le amaba aún; pero poco a poco el amor se fue también por la ventana, se hizo más hondo el rencor, y el amor acabó huyendo como todo lo que habían tenido, tras aquel viento atroz.
Volvió pues al pueblo con sus dos hijos. Nunca sintió otra cosa que amor por aquel pequeño regalado que había sido el causante de su desdicha. Lo quiso tanto como a su propio hijo. Volvió a mi casa, ahora mía, de mi marido y de mis hijos. No pude dejarla sola y sin amparo. De vez en cuando recibía una carta. Una carta que no tenía nada escrito: una carta en blanco. Patricia la guardaba en un cajón. Los niños crecían, ella iba envejeciendo. Nunca más volvió a amar.
Aquellas cartas sin palabras se iban amontonando, ya sin abrir. Patricia había perdido la esperanza. Antes de morir, me pidió que las diera a sus hijos. Me señaló el cajón donde las guardaba. Me dijo: Así, mudo y en blanco se quedó mi corazón.
Al poco de morir ella, reuní fuerzas, escribí a sus hijos, que ya vivían lejos del pueblo, que estaban ya casados, que ya no se acordaban casi de su madre. Vinieron a recoger su pobre herencia. Cuando vieron las cartas se indignaron, se fueron gritando improperios. Nunca más volví a ver al alto, rubio, hermoso Felipe, ni al moreno y delgado Pablo. Recogí las cartas. Por un extraño presentimiento las abrí, una por una.
Todas decían lo mismo: Vuelve conmigo, y seguían las partituras.
Cuando las había abierto Patricia – y yo estaba con ella, yo soy testigo-, no había nada escrito ¿Por qué ahora aparecían esas pocas palabras seguidas de ese torrente de notas escritas? Claramente se veían el Vuelve conmigo y los pentagramas, las claves, las notas, los compases: eran canciones de amor.
Llorando, me acerqué a la ventana y escuché en silencio: un viento helado se desató y rugió toda la noche.
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28 de Octubre, 2005, 15:27
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Hace tiempo escuché esta historia. En el Valle de Graf, en las montañas leonesas, vivía un cazador. Era conocido en todo el lugar por su hosquedad y su difícil carácter. Nadie se explicaba por qué Refrén no bajaba hasta el pueblo en los días de fiesta, o cómo era posible que viviera allá arriba, en medio de las peñas, sin más compañía que la de su perro. Lo que los aldeanos ignoraban era que el perro de Refrén hablaba. Y por las tardes y durante las grises mañanas lluviosas, mientras transportaban la leña al hogar o buscaban la pieza, disertaban sobre todos los temas, sobre lo humano y lo divino. El perro argumentaba demasiado e incluso defendía ciertos puntos de vista contrarios a los de su amo, y éste, a menudo, cansado de su cháchara, le hacía callar con un pescozón. Entonces el perro le miraba con ojos tristes. Aguardaba a que el amo recuperara el humor y le diera, de nuevo, permiso para hablar. Poco a poco, las charlas se fueron haciendo más cortas y menos gratas. Las palabras se fueron haciendo frías, y las discusiones subieron de temperatura. Refrén exigía que el perro estuviera siempre de acuerdo con él. Demandaba continuos halagos y no aceptaba la menor crítica. Y el perro tenía una personalidad tan definida que no se arredraba y defendía sus puntos de vista. La amistad entre ambos se fue enrareciendo. Una noche ( hacía frío y el cierzo estaba por caer), en medio de una discusión intrascendente, Refrén decidió castigar a su perro. Primero le hizo callar. Luego le prohibió que le hablara hasta nueva orden. Abrió la puerta de la casita y señaló el monte. -Esta noche duermes fuera, le dijo. No quiero oírte ni rechistar. Ya te llamaré cuando lo considere pertinente. El perro salió y calló. Conocía a Refrén y sabía que sus cóleras eran terribles. Triste y dolido, buscó un saliente bajo la roca y ahí pasó la noche. Al llegar la mañana esperó, pero el amo no le llamaba. Nervioso, triste, el perro pasó algunos días, un número de días indeterminado, sin oír el silbido de su amo. Hasta que un día, el amo silbó. El perro, casi enfermo de pena, pero decidido, se dirigió a la cabaña y le miró. Le dijo: "Si vine aquí a hacerte compañía fue porque tuve compasión de tu soledad y de tu exilio de los hombres, y no para que me maltrataras. Te has convertido en un tirano.Te dejo aquí. No mereces mi fiel amor, ni mi compañía, ni mis palabras". Mientras miraba alejarse al perro, Refrén pensó: "Ya encontraré otro perro que me hable"
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Publicado el
12 de Octubre, 2005, 12:22
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Antes de todo, debo deciros que este cuento es parte ficción y parte realidad y que no me basé en los personajes, ya de todos conocidos, de mis abuelos maternos: sólo tomé prestadas algunas cosas.
Mela... cuando la pienso, la veo erguida, alta y delgada como un junco, erguida y delgada por el corsé que usó durante años, siempre diciendo enderézate, hijita. Hay que ir siempre erguida en esta vida, pase el que pase. Ojos azules, piel translúcida de tan blanca. Manos de pianista y tocaba...cómo tocaba Mela. Si todo lo hacía bien: leer, recitar, amasar pan o encender el horno a las cinco de la mañana, allá en Honduras, para alimentar a aquella ilustre tropa de sus hijos: Alberto, Vicente, Melita, Leonor, Sara, Samuel, Raquel y María . Aquella tropa que en los ríos se lanzaba a la brava, nalga al aire, salvaje, riente e inconsciente. Mi tío Sami aprendió a nadar antes que a andar porque lo lanzaron al río, y él, muy listo, movió las patitas y las manos diminutas: flotó. Hay milagros. A caballo se desplazaban por los campos. Mela, amazona osada. Hasta en una edad más que madura la veo montada, en los prados del Desierto de los Leones, qué nombre paradójico para un valle cubierto de bosques milenarios, cruzando rauda, diciendo, te juego una carrera, a ver quién gana. Mela, obstinada, voluntariosa. Corría la voz en la casa, "Melita quiere"... Melita quiere y consigue. Consiguió a su marido, un hombre raro, un hombre honesto, vegetariano, socialista , culto y con barbas de chivo, porque le gustó cómo la tomó del talle en un baile, allá en Chihuahua, en su Parral de los recuerdos. Todos los galanes eran tímidos. Tomaban a las señoritas como con miedo, y ella me dijo, tu abuelito me agarró firmemente por el talle y me dijo, míreme a la cara, señorita, porque está usted viendo la cara de su marido, del que se va a casar con usted dentro de un año. Así que míreme de frente, a ver si le gusto. Y si le gusto, quedamos cuando quiera. En esa época, me dijo Mela, las muchachas decentes no miraban a los ojos a los hombres, sólo de refilón, no fuera a ser que se pensaran que ellas andaban buscando líos. Pero mi abuela lo miró, lo miró a la cara fijamente, me dijo, y le sonrió. Le dijo, pues sí, usted me gusta. Tiene los ojos transparentes y le voy a decir una cosa, si usted me quiere por esposa, yo también lo querré a usted. Pero no me haga bolas. Sea usted firme en sus sentimientos. Una canita al aire y usted no me ve más. Casados o no casados ¿Estamos? Mi abuela Mela y Pedro se casaron al año. Año de 1898. Él andaba siempre estudiando, con sus libros alemanes, franceses, sus libros en griego y en latín ,y era muy muchachero, jugaba siempre con sus hijos, les enseñaba cosas desordenadamente. Ella mandaba en la casa, qué duda cabe. Ella imponía el orden. Melita quiere. Fueron naciendo los hijos, y vino la Bola. La revolución. Pedro vio su momento. Momento de cumplir sus anhelos de justicia social. México es un país de aprovechados y de ladrones. Hay que dar a los pobres lo que es suyo, lo que les han quitado todos éstos. Y se apuntó a las filas del Constitucionalismo. Nunca fue de Pancho Villa, nunca le gustaron esas bromas del Centauro del Norte, esas pachangas. Es un simple cuatrero, eso le dijo a Mela. Te voy a mandar fuera con los niños, porque no quiero que vengan esos cabrones y te violen, te maten y me presenten tu cabeza. Te me vas a ir muy lejos. Con la tropa. Te nombro capitana de tu pequeño ejército, ahí me los cuidas. Me les enseñas lo que en la escuela no enseñan. A ser hombres y mujeres de bien. Samuel estaba tan chiquito que ni siquiera gateaba. Pedro acompañó a Venustiano Carranza en todas sus campañas. Era un hombre de letras y era un hombre de acción. Estuvo en el Congreso Constituyente y en las buenas y en las malas fue siempre fiel a sus ideas y a Mela. Tal como le prometió. Mi abuelita, desde el comienzo, entendió que la decisión de su marido era una orden. Y ahí se fue mi abuelita, cruzando la República de lado a lado, atravesando Guatemala, a caballo, en burro, en carreta y en tren, que todo eso usó para llegar tan lejos, y se instaló en Olanchito, donde encontró un lugar a su gusto. En el monte. Junto al río Aguán. Allá la llamaban la inglesita, por sus cabellos claros y sus ojos azules, pero era más mexicana que el mole. Melita quiere. Mujer del norte mexicano, brava como un león herido, dulce como una canción. Con la tropa siempre ordenada, aún en medio de aquellas selvas, de aquellos montes, en medio del bravo río, remando para ir a buscar las vituallas. Tú vas por la leña, Alberto; a ver, Vicente, esas manos, lavadas; vamos a ponernos con el solfeo después de la siembra del maicito; vístanse para comer. Y todos ellos aprendieron a solfear, a amasar pan, a hacer tortillas, a nadar y a cazar conejos y palomas. Aprendieron a leer en francés y en castellano, y los grandes cuidaban de los chicos, y a veces, como he dicho, los tiraban al río. En la noche, las camas con mosquitera los guardaban como las alas del ángel de la guarda. Y esa noche, la noche del sueño de Mela, Mela vio cómo su cama comenzaba a arder. Se despertó en el sueño, en el sueño soñó que despertaba. La cama ardía y en la puerta estaba Pedro. Pedro herido, con una raja en el pecho, con la camisa hecha jirones, descalzo y todo ennegrecido por el fuego. En la mano llevaba una carta sellada. Mi abuela le dijo, Pedro ¿se está quemando la casa? Y él contestó, no Mela, soy yo que ya estoy muerto. Vengo a avisarte. Nunca te dije que te quería como te quería. Mis palabras no fueron reflejo de mi amor. Te lo hice ver, sí es cierto, pero tuve siempre miedo de decirte palabra a palabra lo feliz que me hiciste. Lo mucho que te quiero. Por eso, en las noches, en las madrugadas, cuando llegaba a los ranchos o dormía al raso, me ocupé de escribirte poco a poco lo que estuve sintiendo todos estos años por ti. Y aquí te traigo la carta: es muy larga, es como un diario de mi amor. Léela con gusto, sabe cuánto te quise, cuánto te estoy queriendo. Mela, en el sueño, se levantó y apartó los tules de la cama, que ardían. Iba descalza, me cuenta, sintiendo el suelo frío. Se acercó a su marido y le tomó la carta de las manos. Él desapareció. Cuando se despertó al otro día, Melita supo que el sueño era verdad, que su Pedro había muerto en algún lado. Buscó la carta por toda la pieza, pero no la encontró. Pensó, ya llegará la carta, y preparó a sus hijos. Les dijo, muchachos, su papá se murió. Anoche vino a verme. No nos vamos a poner de luto porque el luto se lleva dentro. Vamos a dar una vuelta por el monte, vamos a recoger muchas flores, las vamos a tirar al río, para que le lleguen. Preparó luego a la tropa, órdenes y contraórdenes, y comenzó el regreso hasta Parral. Tardó más de un año en llegar, y cuando por fin llegó, la estaba esperando una carta de mi abuelo. Un compañero de armas la había llevado hasta la casa de los padres de Mela. Mi abuelo, tal vez presintiendo el fin, se la había dado a Bernardo Álvarez, por si le pasaba algo. Pedro había muerto en Tlaxcaltongo, al lado de su general Carranza, en la emboscada. Se habían refugiado de la balacera en una iglesia y allí los habían matado. Los encerraron y prendieron fuego a la iglesia. Así había muerto Pedro. Chamuscado. ¿Y la carta, abuelita? ¿La carta?... Mela me miró, ojos azules, piel translúcida. La carta, m' hijita, la tengo en esa cajita de terciopelo. Ya les dije a tus tíos. Cuando me muera, que me incineren con ella. Yo también quiero arder, me dijo, con esa carta en mis manos.
La ilustración: Retrato de Julia Strachey de Dora Carrington
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Publicado el
10 de Octubre, 2005, 9:12
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Por la noche, sigiloso, lo sentí abrir la puerta de la cámara donde yo yacía, ya trémula, esperando su abrazo. Estaba desnuda sobre la seda azul de las sábanas de Oriente. Vi brillar, a la luz de las velas, sus profundos ojos negros. Alcancé a sentir sus manos recorriendo mi cuerpo. Sus dedos alrededor de mi cuello. Dejé escapar un ligero suspiro. Y comencé a disfrutar del mayor placer que jamás conocí. Tan hermso fue, que no quise despertarme a pesar de que, en la lejanía, escuché que me llamaba desesperadamente.
La ilustración es de Jean Cocteau
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29 de Septiembre, 2005, 8:34
Esa mujer. La vi por primera vez una mañana de junio en 1999. La vi corriendo por la calle. Había llovido pero por un momento, la lluvia cesó. Ella se apresuraba por la Gran Vía esperando, supongo, esquivar la lluvia que volvería a caer enseguida. La vi con su faldita blanca que volaba entre las rodillas huesudas, de mujer flaca, de joven mujer flaca que corre. La blusa, no me fijé en la blusa, pero debía ser una blusa de colores, porque por aquella época, luego me di cuenta, ella llevaba siempre flores en el pecho: flora urbana. Entró apresuradamente en un edificio de oficinas. Yo la observaba desde el café de La Habana. Me tomaba un café y unas tostadas cuando la vi pasar. Cuerpo delgado y ágil de muchacha. Piernas flacas. Sí, pero muslos carnosos, más sensuales: casi como delfines que saltan alegres y despreocupados en la bocana del puerto. Los muslos de la joven me retrotrajeron al puerto, a su olor salado y bochornoso, a ese aire caliente y húmedo y como grisazulado del aire del puerto. Aire salitroso y espeso, cargado de sensualidad, como el semen de un marinero recién desembarcado que busca sexo en las esquinas de la ciudad del puerto. Al ver las piernas de la joven que corría y sin embargo, al detenerme a pensar en esas piernas veloces que corrían, mi pensamiento se detuvo en ellas a pesar de la velocidad que esas piernas alcanzaron. Pensé que la carne de las mujeres no es rosada ni blanca ni es morena o amarillenta, según la raza. Todas ellas tienen infinidad de matices, de colores, que van desde el azul prusia, en leves venillas insolentes, hasta cierto verde agua, que las relaciona con el mar y las ondas, y que proviene de su origen marino. Luego vienen los rosas y los rojos, rojos que proceden del corazón caliente de las mujeres, tan proclive a amar como a odiar de pronto y sin previo aviso. Y la carne de ellas también tiene tonos suavemente sepias y marrones, porque algo las lleva a ser dulces como el membrillo y luego duras, cortantes como cuchillos. Esos colores tienen que ver, yo creo, con la variedad de emociones que las traspasan, que las hienden. Amarillos para la envidia y los celos, verde para la suave esperanza de sus vidas; gris para los días de cada día, en las mañanas en que, como hoy, ellas se apresuran a llegar al trabajo intentando no mojarse con esa lluvia pertinaz y sucia que moja las calles de la ciudad. Coches y asfalto, ruidos y gases, gentes que huelen a sudor húmedo y ella, la joven aún desconocida, corriendo para esquivar la lluvia. Con sus veloces piernas, sus rodillas huesudas y sus muslos de delfín joven. Esa fue la primera vez que la vi.
No vi su rostro aquel día. No imaginé sus ojos, tan azules como el Prusia, con pequeños destellos plateados, a veces amarillentos, otras verdosos. Su pupila. Una de ellas siempre más dilatada que la otra. Luego me di cuenta que era completamente asimétrica: una parte de su cara era casi siempre oscura, casi siempre estaba teñida de azul, en sombra. La otra parte de la cara era luminosa, casi amarilla de tan clara: tan casi blanca que relucía entre las luces del alba, entre las sábanas. Uno de sus ojos era más grande: ligeramente más grande que el otro ojo, y miraba con astucia; también con desconfianza. El otro ojo, ligeramente más pequeño, compensaba esta condición porque el párpado era más alto, más hermoso que el otro párpado, el del ojo grande y suspicaz. Así, supongo, los dos ojos se armonizaban entre sí, y esa asimetría no la notaba nadie. Nadie que no observara atentamente esa cara hubiera notado lo que yo: pero yo la observé, sí, atentamente, lujuriosamente, calmadamente, obsesivamente y lo vi, vi el ojo suspicaz y el otro, el ojo amoroso y dulce. El ojo con que a veces me miraba, ocultando el otro en la almohada. Pero yo sabía que ella me contemplaba desde su interior con los dos ojos, y sabía también que con ambos ojos me juzgaba y me condenaba a veces, y en otras ocasiones, con ambos ojos me absolvía, me arropaba en su amor, me abrazaba con ambas pupilas, con ambos párpados, con las dos miradas. Al otro día, como suele ocurrir en junio, hacía calor. El clima de la ciudad había cambiado completamente. La ciudad se había despertado llena de humos y ruidos: ruidos, voces, calor que subía desde el asfalto hasta el más alto de los edificios. Subía el calor como sube el humo de un incendio y así, incendiado, pero por otro fuego, la vi pasar de nuevo. Esta vez las dos piernas la llevaban con suavidad, con energía suave y delicada, con pequeños saltos imperceptibles hacia el edificio de las oficinas que ya suponía yo que era donde ella trabajaba. Conjugar este verbo en relación a su persona de pronto me pareció incongruente y extraño, pues no la imaginaba sentada, las dos piernas una sobre otra o las dos en paralelo ligeramente inclinado sobre una imaginaria vertical, ante una mesa: estática. No la imaginaba así, no podía hacerlo, porque hasta ahora, las dos veces que la había visto la había visto en movimiento, en movimiento atlético el día anterior y ahora en movimiento lento, sincopado, aunque enérgico. Porque su juventud la llevaba, sí, con lentitud pero con segura energía, hasta su puerto. Sus muslos, ahora cubiertos por la falda que ya no danzaba ni se arremolinaba sobre las flacas rodillas, la llevaban de nuevo frente a mí: a mostrarse de nuevo.
Aun en esta segunda vez no me fijé en su rostro, porque seguí mirando fijamente esas piernas, ahora ya no veloces, sino seguras y pausadas, la seguí viendo mientras esperaba ver algo de delfín, algo de bocana, de puerto... y desde lejos, contemplándola, me sorprendí aspirando hondo, como si quisiera oler su olor de pez, de pez que llega a saltos hasta cerca de la playa. De pez gris azulado y saltarín.Y me soñé por un momento en una esquina del puerto, de una de sus calles, oliendo a salitre y a húmedo calor procedente del mar, y sentí cómo suavemente se alzaba la tela de mi pantalón, se impregnaban mis ingles y mi sexo él también del dulce olor a agrio del sudor y del puerto, sin que en realidad, por supuesto, pudiera yo oler a esa joven de piernas ahora pausadas. Ni por asomo pude olerla aquel día, pues pasaba, aunque lenta, muy lejos de mí, aunque cerca de mi mirada evocadora la tuviera un momento, o más bien, la retuviera y le hablara en mis pensamientos, y le dijera: detente, dime algo, mírame. Déjame olerte un poco, sé que hueles a puerto.
Al tercer día, mi impaciencia me llevó ya fuera del café La Habana. La esperé en la esquina de Gran Vía y Aribau. Esta vez la vi emerger de la escalera del Metro, y por primera vez vi primero sus ojos, sus ojos asimétricos, aunque en ese momento aún no me percaté de tan sutil asimetría. Pero sí vi que su rostro estaba partido en dos mitades, una mitad azul oscuro, de sombra, la otra mitad amarilla, casi blanca, casi hecha de pura luz matinal, inocente y serena. Vi su nariz, algo larga y un poco ancha en la parte de abajo, y la boca, de labios amplios, serios, labios algo sonámbulos, que besan -pensé entonces y luego confirmé- como si estuvieran un poco ausentes de todo. Labios que luego besé tanto y tan inútilmente, intentando llevar hasta ellos mis miriadas de hormigas. Pero mis hormigas no consiguieron trepar hasta allí, si acaso hasta las manos, a veces. Las manos que eran también como las rodillas, huesudas y flacas, grandes, casi de hombre. Manos bruscas, nerviosas, que a veces me llegaron a hacer pensar que sí, que había hormigas, porque ella de pronto metía sus manos debajo de mis pantalones y sacaba violentamente los faldones de mi camisa, y me levantaba la camisa, y las manos buscaban mi piel, mi espalda, especialmente, pero también mi pecho, y las manos subían y bajaban con premura por mi torso, por mis omóplatos, sobando y a veces, incluso arañando y haciendo apresurado todo, pero sin que las piernas, en cambio, consiguieran saltar hacia mí en actitud de delfín eufórico, porque siempre había algo en ese cuerpo raro que iba despacio, pausado, aunque otras de sus partes anduvieran con prisas. Esa fue otra de las asimetrías que logré concretar. La asimetría entre lo rápido y lo lento.
Ella se llamaba Carmen. Carmen. Carmen. Carmen. Carne y sangre y piel se llamaban Carmen, pero un ojo y algunas veces los labios no debían llamarse así. Tenía ella otro nombre que no quiso decirme y que luego averigüé, ya cuando la había perdido.Y no tenía solamente un nombre sino dos, porque dos eran sus ojos: uno astuto y suspicaz; otro suave y amoroso, y dos eran las velocidades de su amor, uno era lento y el otro apresurado, y dos eran los corazones que latían en su pecho, uno era mío y el otro era de otro. Y mientras yo repetía en la habitación y sobre sus pechos Carmen , Carmen, Carmen, ella debía de estar oyendo también, por el otro oído y en el otro corazón el otro nombre, porque de pronto se levantaba y retornaba la vista a su ojo suspicaz, y ponía en marcha las piernas rápidas y el movimiento acelerado, y recogía sus cosas, y se vestía a toda prisa, y medio sonreía con media boca - la otra mitad de la boca ya se estaba yendo- y se marchaba toda ella, se iba y una mano, una de sus huesudas manos se agitaba, ya bajando la escalera del mi estudio, y me decía la mitad del adiós, porque la otra mitad era ya un "Ya he vuelto", dicho al otro, al que la esperaba después. Pero en el momento, yo todo esto lo intuía solamente.
El cuarto día, el sorprendido fui yo, pues ella llegó por detrás mío. Me tocó el hombro ligeramente y me volví. Al verla, sin saber por qué, se me llenaron los ojos de lágrimas. La había pensado mucho, había intentado comenzar una introducción. Me acordé de María Iribarne, al ver a Carmen, al constatar que era ella la que había estado buscando, como Juan Pablo había buscado a María. Pero no sabía aún si ella era mi ella, pues mis dientes no se habían hundido todavía, suavemente, en esa piel de sol y sombra que era su vientre. sintiéndome tan en ella como quien quiere naufragar, jamás salir a flote. - Disculpe ¿ le pasa algo? Me preguntó. -Nada ¿por qué? -Ayer le vi. Parecía usted perdido, y al verle hoy de nuevo, me pregunté si tal vez está usted enfermo, o si se encuentra bien. Me di cuenta de que , en efecto, mi aspecto debía ser patético. Sin afeitar desde hacía cuatro días, sin cambiar de ropa, solamente pensando obsesivamente en ese momento que ya había llegado. Le dije: -Necesito desayunar ¿me invita?
Sentado frente a la mesita de mármol del café de La Habana, tomando un café, unas tostadas, sorbiendo el aire que me separaba de ella, la miré. Fijamente. Y ella a mí. Ya no hubo preguntas, sino certezas. Ella trabajaba en efecto, en el dominical del diario "La Vanguardia", se ocupaba del diseño gráfico. No se sentaba demasiado, como imaginé. Brevemente, le hice un resumen de mi vida. Pinto. Hago esculturas. Escribo a veces historias que me sugieren mis cuadros, pues a menudo un medio solamente no es suficiente para expresar lo que quiero expresar. Así, las letras se mezclan con los colores. Surge el personaje en el relato y la forma se establece en el lienzo. Así me son más familiares, más cercanos mis muñecos. Me acompañan en mi soledad. Y apareció la primera pregunta: -¿Y por qué está solo? -No lo sé. ¿Quiere usted remediarlo? -Podemos intentarlo, dijo. Durante dos semanas, prácticamente no nos separamos. No sé cómo, cuándo ni qué diría ella a los demás: en el trabajo, a su familia, al mundo suyo. Sólo sé que duchándome con ella, secándole la suave piel, despertando en la misma cama que ella, me sentí por fin, cogido al mundo con las dos manos. Escribía por las mañanas, cuando ella dormía. La pintaba a veces, cuando se ponía a leerme. Era una excelente lectora, y dominaba el arte de no despojar a la poesía de su misterio. No exageraba las inflexiones de la voz ni levantaba nunca ésta por encima del susurro. Escuchaba su intimidad mientras decía los versos, sin recitarlos. Me acompasaba al ritmo de sus sílabas, como un gato sobre un regazo maternal. Bájabamos a veces, por las tardes, a ver el mundo, a constatar que seguía allí existiendo ese ruido, esas otras gentes desconocidas, esos olores tan carnales; a aceite frito, a jabón, a sudor, a humo. Y por la noche, las luces de los faros de los coches y el zumbido de las máquinas que los llevaban a destino, parecían recordarnos que el tiempo corre sin cesar, que no podemos detenerlo. En un momento u otro él nos atrapa, nos hace el rizo. Nos lleva al otro lado de la cinta y ya estamos otra vez sumergidos en la rutina, en el aburrimiento, en el sopor de cada día. Se acaba la magia y se acaba y se va. Y así se fue el tiempo nuestro, y empezamos a hablar de vida en común, y ella me contó de su trabajo, al que debía volver, de su familia, de sus padres, hermanos, de sus amigas y yo...que tenía mucho menos que contar, también hablé de mi infancia, de mis padres, ya muertos, de mis dos hermanas, gemelas idénticas, y sin embargo, tan diferentes entre sí. Y le expliqué que en mi soledad, antes de encontrarla a ella, yo era feliz. Estaba tranquilo y resignado. Amaba lo poco que tenía: la pintura, las formas que adoptaban a veces mis esculturas, mis palabras... que de vez en cuando tenían un sentido, y en cambio ahora eso parecía tan poco, me dejaba tan vacío solamente tener eso. Porque la necesitaba a ella, y cada día la anhelaba, y cada frase suya me hacía desear escuchar la siguiente frase y necesitaba tocarla y si no la tocaba sentía que a mi mano, a mi cuerpo todo le faltaba una parte, y buscaba su cuerpo, su dedo, su pie, cualquier parte de su cuerpo, para tocarlo y para sentir que era. Que yo era. que yo existía, en efecto, Allí. En ese pedacito de carne, de dedo, de pie. Allí era yo, existía todo yo, concentrado en su existencia como un niño en la silueta de un globo que se pierde en el espacio. Pero ya había yo observado que a veces ella me juzgaba y no le gustaba del todo. Ya notaba yo que parte de su cara me negaba lo que con la otra parte me concedía. Ya comenzaba ella a veces a saltar de la cama y a irse...Y una noche escuché ese otro tic-tac del segundo corazón. Antes no lo había oído, anegado como estaba en mi propio placer egoísta. Pero una noche lo oí. No dije nada. Callé, por miedo a escuchar una verdad insoportable. Ella volvió al trabajo, a su vida. Llegaba siempre a las seis de la tarde. Eso me tranquilizó. Pensé: debe haber algún eco extraño en ese pecho tan hermoso; algún desván donde el corazón retumbe de tan grande que es. Un día, ya pasados algunos meses, ella ya no volvió a las seis. Y por la noche, mientras dormía, comprobé que el segundo latido del corazón del otro lado era más y más fuerte cada vez. Cada noche, durante un tiempo, volví a escuchar ese latido, a comprobar si existía verdaderamente ese segundo corazón. Y aún más. Encontré unas llaves, unas llaves en su bolso. Cuando las encontré, porque las buscaba, mi propio corazón resonó tan estruendosamente que me asusté. Quedé sobresaltado. Ella ya no se duchaba, para entonces, conmigo. Ya se secaba sola la suave piel. Había pasado el tiempo, nuestro tiempo. El viento y el frescor se hacían más evidentes, y en mi alma se anunciaba una tormenta. Porque ¿qué podía hacer? Engañarme o afrontar... hablar. No, no quise hablar. Tuve miedo de perderla. Pero la espié cuando me miraba, con esos dos ojos asimétricos, y cuando me decía hola con una mano y adiós con la otra mano, y cuando un corazón ya latía débilmente por mí, mientras que el otro iba vigorosamente alado al corazón del otro. La espié, pero no la seguí. No la seguí porque poco a poco me fui recluyendo en mí mismo, en mi casa, en mi obra. Deseaba el ostracismo. Me convertí en un hombre cuya única vida entraba por la puerta a cualquier hora. Ya no contaba las horas que ella estaba conmigo, ni escuchaba las palabras de conmiseración que le despertaba mi aspecto. Yo me encerraba en el baño, a veces, a llorar y mirar mi imagen reflejada en el espejo. Tántalo seducido y paralizado por el miedo. Sabía que la perdía y no podía hacer nada. Ni siquiera llamarla por el nombre del otro. Y un día, ella no llegó. Y otro día, ella no llegó. Y el tercer día, y el cuarto, ella no volvió. Y yo no fui a buscarla; no salí a la Gran Vía a ver si la veía. Ni me detuve delante de la escalera del metro , entre Aribau y Plaza Universidad. No lo hice. En cambio, pinté y pinté su rostro en muchos lienzos; su rostro azul y amarillo, con un ojo ligeramente más grande que el otro, con una pupila algo más dilatada, un ojo más dulce, y otro más amargo, crítico, con el que sin duda me juzgó indigno de ser dueño de sus dos corazones.
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Publicado el
27 de Septiembre, 2005, 17:03
El tiempo aquí fuera pasa de otro modo. El tiempo no tiene una sola interpretación. Todos saben que sus ritmos son variables. El tiempo aquí, el tiempo en que te recuerdo, es infinitamente lento. Salgo del piso. Camino hacia el Portal del Ángel. Tengo tiempo y miro con detenimiento los escaparates de anticuarios, de marquistas; las galerías comerciales, las tiendas de discos, los bares. Atravieso las Ramblas y la calle Canuda antes de llegar a la Plaza. Entro en el café de la Catedral, todavía cerca de donde ocurrió aquel parricidio que aún recuerdan en el barrio, por su horrible crudeza. Nadie conocía a aquel chico, me dice mi casual compañera de mesa. El bar está lleno hasta los topes y me ha pedido que la deje sentar mientras bebe su copa de cerveza. Me conocía de vista, me dice, me ha visto en otras ocasiones por aquí. Asiento. Didier, me cuenta, fue condenado a cumplir la pena en el Hospital Psiquiátrico de Reus hasta llegar a la mayoría de edad. Después, sería liberado. Un niño aislado, que desconocía el mundo que se extendía más allá de los visillos de la ventana. Al parecer, la mayor parte del tiempo la había pasado en una cuna, dormido o drogado. Su único entretenimiento fue mirar y mirar a su alrededor, haciendo un día tras otro de su corta vida, el monótono catálogo de los objetos de la habitación: la colcha de la cama de su madre, las figuras de un belén que años atrás se había montado y no había sido guardado. Las botellas de colonia, los frascos de crema, los pintalabios de Julie. Mi desconocida narradora era una mujer cuyos ojos me recordaban vivamente los tuyos. De ahí que la escuchara con absoluta atención y accediera, gustoso, a escuchar la truculenta historia de aquel crimen. Juli |
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