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<title>arteyliteratura: Mis relatos</title>
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<description>Secciones: Cine, libros, biograf&#237;as, relatos originales, poemas favoritos, rec</description>
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<title>ZoomBlog</title>
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 <title>En Oxford</title>
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<img class="centerenm" alt="20060119213406-universidad-de-oxford-siglo-xvii.jpg" src="http://arteyliteratura.blogia.com/upload/20060119213406-universidad-de-oxford-siglo-xvii.jpg" /> 
<p>Algunos profesores de Oxford abusaban del l&#225;tigo. Otros nos demandaban el conocimiento memor&#237;stico de interminables vocabularios latinos. En una larga carta, Ben Jonson me escribi&#243; que aquellos maestros s&#243;lo serv&#237;an para ganarse la vida azotando a los ni&#241;os peque&#241;os.</p>
<p>Un profesor tuve que me entreg&#243; los secretos de su arte y fue Juan Gray, que vio en mi inter&#233;s serio y concentrado el germen del disc&#237;pulo. Era hereje protestante, pero me tom&#243; bajo su protecci&#243;n y me hizo profundizar en la astrolog&#237;a, la matem&#225;tica y la geograf&#237;a. Con &#233;l aprend&#237; las esferas celestes y sus mapas y comprend&#237; a Cop&#233;rnico y comenc&#233; a calcular las distancias de los astros conocidos y me concentr&#233; en la n&#225;utica. Tambi&#233;n me ense&#241;&#243; que, preguntado por la estructura y funcionamiento del universo, no admitir&#237;a yo nunca, ni siquiera bajo tortura, que con &#233;l hab&#237;a yo aprendido los conocimentos alcanzados por Cop&#233;rnico, Kepler o Galileo, pues aunque todos los sabios conoc&#237;an y propugnaban sus teor&#237;as incluso en las aulas, todav&#237;a se tem&#237;a que conocer que esa era la verdadera disposici&#243;n del universo porque pudiese cambiar la relaci&#243;n jer&#225;rquica de las clases sociales, que tan clara quedaba reflejada en la antigua concepci&#243;n. Se tem&#237;a que la nuevas teor&#237;as cosmol&#243;gicas alentaran una revoluci&#243;n en el &#225;mbito de lo pol&#237;tico, afectando la paz de los reinos. As&#237; que jur&#233; y cumpl&#237; mi promesa: en p&#250;blico segu&#237; admitiendo como &#250;nica verdad que la tierra estaba inm&#243;vil en el centro del universo y que los astros se encontraban insertos en esferas de cristal fr&#237;o. Nunca lo compromet&#237; ni lo traicion&#233;. Aun en mis salmos rehus&#233; apartarme ni un &#225;pice del pseudo conocimiento ptolemaico-aristot&#233;lico que era defendido como pilar de la concepci&#243;n cristiana de este universo. Esta es la primera vez que admito que tales conocimientos me fueron dados por el buen maestro que fue Juan Gray.</p>
<p>A menudo me parece que los hombres que vendr&#225;n despu&#233;s de nosotros no podr&#225;n entender este miedo a la verdad que atenaza, desde hace tantos siglos, a los hombres creyentes. Tienen miedo a la verdad de Dios, pero Dios acabar&#225; imponi&#233;ndola. Se empe&#241;an en condenar a los verdaderos sabios y arrojan la luz, rechaz&#225;ndola, &nbsp;que podr&#237;a abrir sus ojos. Condenan la luz como si fuera oscuridad y demoniaca, cuando es Dios el Creador de este universo. Temen que sus verdades acaben con su reino de las mentiras. Son hijos de las tinieblas y se presentan como campeones de la Luz. Buscan ocultar la sabidur&#237;a y dan preeminencia a la ignorancia, por ellos adorada, y quieren subvertir con sus palabras las realidades del conocimiento, pues esas realidades, en efecto, comportan la llegada de un nuevo orden moral y de un nuevo camino que nos libere como hombres. Temen que los que hasta hora son ignorantes y&nbsp;mantenidos en una infancia mental les quiten su poder y su falsa gloria en cuanto se desvele la verdad de la ley natural de Dios. Muchas cosas le debo yo a Juan Gray y la m&#225;s peque&#241;a de todas es su confianza, pues a mis ojos dio luz de conocimiento y alumbr&#243; con sus mapas celestes y sus esferas mis pensamientos.</p>
<p>Por las noches, ya despojado del uniforme escolar, apartado del corro de los nobles que s&#243;lo quer&#237;an jugar a los bolos o a las cartas&nbsp;y que apostaban por todo mientras beb&#237;an&nbsp;sus cervezas, escrib&#237;a la obra en defensa de la fe. Gray no sab&#237;a cu&#225;les eran mis prop&#243;sitos: si aspiraba a ingresar en la carrera de la diplomacia o si deseaba dedicarme a la pol&#237;tica o a la pirater&#237;a o al espionaje. Nunca me pregunt&#243; nada a m&#237;. Yo nada hubiera podido responderle, pues lo ignoraba todo acerca de mi futuro. Tampoco le interes&#243; investigar si era cat&#243;lico o protestante: s&#243;lo quiso iluminar mi entendimiento con las verdades del cosmos y del n&#250;mero.</p>
<p>Mi ayo me propueso viajar a Francia y a Espa&#241;a en su compa&#241;&#237;a y all&#237; seguir la preparaci&#243;n de mi intelecto y mi servicio a la religi&#243;n verdadera, acumulando todos aquellos cnocimientos que pudieran servir a mi nobleza y a la gloria de mis padres y de mi patria. Para lo cual recabar&#237;a el permiso de mi padre por v&#237;a de un mensajero y la anuencia de mi t&#237;o Arturo, claro est&#225;.</p>
<p>&#191;A qu&#233; muchacho no fascinar&#237;an estas propuestas? Se me anunciaba el peligro, el servicio a Dios, la&nbsp;aventura del viaje, el secreto de la camarader&#237;a de los hombres, tal vez gloria mundana y con seguridad, la eterna. Mi padre y mi abuelo hab&#237;an viajado as&#237; tambi&#233;n y acrecentaron sus conocimientos y las haza&#241;as de sus espadas en guerras y proezas en toda Europa, lo mismo que los condes de Tyrone y Tyrconell, mis primos, y Arturo Rahail y casi todos sus amigos y el conde de Desmond y otros muchos irlandeses e ingleses fieles. Mi padre ansiaba que su hijo tercero se cubriera con la gloria&nbsp;en el camino de las&nbsp;armas o de las letras, pues ya hab&#237;a dado su primog&#233;nito al matrimonio, para gloria de su casa, otro a Dios, para su salvaci&#243;n eterna, y quedaba yo, que deber&#237;a hacer que nuestra casa&nbsp;y nombre no fueran olvidados por los siglos.</p>
<p>Letras y armas me atra&#237;an por igual y dediqu&#233; mi tiempo a una defensa de la verdadera religi&#243;n en la que argumentaba la importancia de admitir como v&#225;lido el nuevo conocimiento. El c&#237;rculo de mi t&#237;o Arturo la alab&#243; grandemente y as&#237; fue como se decidi&#243; que pasase a ser impresa en una treintena de ejemplares que ser&#237;an distribuidos en secreto entre nuestros amigos cat&#243;licos. El editor fue Thomas Thorpe, quien hab&#237;a publicado obras de Ben Jonson y de Guillermo Shakespeare y que se hallaba semi retirado desde 1624, pero que, atendiendo al extraordinario texto salido de la pluma de un joven de s&#243;lo catorce a&#241;os, se ocup&#243; de buscar el impresor, que fue Jorge Eld. Fue un grave error, pues pronto mi obrita circulaba por toda la ciudad. El temor de la persecusi&#243;n del Rey Carlos y para prevenir el tormento que seguramente me esperaba, si por mi mal los miembros de la C&#225;mara Estrellada se enteraban que yo era el autor, hizo que Arturo decidiera que yo embarcar&#237;a con destino a Espa&#241;a de inmediato para escapar de mis enemigos. Yo estaba en ese momento ocupado en fr&#237;volo asunto de vestimenta, como luego contar&#233;, y la impresi&#243;n de mi precipitada fuga y de todos los detalles curiosos que la acompa&#241;aron ahora me hacen sonre&#237;r.</p>
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 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>El jard&#237;n ingl&#233;s</title>
<link>http://arteyliteratura.zoomblog.com/archivo/2006/01/19/el-jardin-ingles.html</link>
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<p><span style="FONT-SIZE: 10px">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <img class="centerenm" alt="20060119143026-el-jardin-de-arturo-en-threadneedle-street.jpg" src="http://arteyliteratura.blogia.com/upload/20060119143026-el-jardin-de-arturo-en-threadneedle-street.jpg" /></span></p>
<p><span style="FONT-SIZE: 10px">Para la linda&nbsp;inglesita, Rachel C.,&nbsp;que me record&#243;, tras a&#241;os de olvido, la poes&#237;a inglesa.</span>&nbsp;</p>
<p>Mis d&#237;as estaban llenos de actividad pues tambi&#233;n frecuent&#233; con mi t&#237;o las casas de aquellos nobles que, siendo protestantes, no aprobaban las extremadas premisas de los fanatizantes y como &#233;l deseaban instaurar una tolerancia entre religiones. Eran John Vaux, William Lilly, Peter Chamberlen, Walter Travers y otros como ellos. Todos estos sabios buscaban un tercer camino de encuentro entre unos y otros para unir a la Inglaterra anglicana con la cat&#243;lica. Esa misma posibilidad hab&#237;a defendido Giordano Bruno en Oxford algunos a&#241;os antes. </p>
<p>Pocas semanas despu&#233;s de mi llegada abandonamos mi t&#237;o y yo el callejeo, las visitas y los cumplidos y yo me zambull&#237; en aquel mar de libros con la seria intenci&#243;n de salir hecho un sabio, pero volv&#237;a mis ojos continuamente hacia el parque, que extend&#237;a su verdor y ah&#237; me refugiaba muchas ma&#241;anas con un libro en las manos.</p>
<p>Sir Arturo pose&#237;a tambi&#233;n el saber de la bot&#225;nica y era due&#241;o y art&#237;fice de un hermos&#237;simo jard&#237;n. All&#237; cultivaba las m&#225;s bellas flores y las m&#225;s ex&#243;ticas plantas, tra&#237;das a su casa desde lejanos pa&#237;ses. Arturo fue, en Londres, el primero que consigui&#243; comer de sus huerto una extra&#241;a fruta llamada pi&#241;a, que se da abundantemente en tierras tropicales, pero que en Londres era m&#225;s preciada que algunas joyas por su rareza. Tambi&#233;n el cultivo de las plantas ten&#237;a una sabidur&#237;a: se consideraba que No&#233; hab&#237;a sido el primer viticultor y se escrib&#237;an tratados sobre el oficio de la jardiner&#237;a que eran apreciados como islotes de saber por su relaci&#243;n con la geometr&#237;a (en el trazado de los parterres), por la afici&#243;n a la paleta de los pintores en la selecci&#243;n de los colores de las flores que se eleg&#237;a, y que eran simb&#243;licos, y por las cualidades medicinales o terap&#233;uticas que estaban ligadas a las plantas, a las ra&#237;ces y a las hierbas y&nbsp;que con&nbsp;la alquimia y otras artes tambi&#233;n conven&#237;a dominar. Arturo pose&#237;a un jard&#237;n de hierbas medicinales cuyos aromas, picantes, dulces o frutales se extend&#237;an por el per&#237;metro del parque y alcanzaban el l&#237;mite del extenso laberinto que como en tantas casas nobles de Inglaterra estaba situado en un lugar principal del jard&#237;n. Con Arturo aprend&#237; los nombres de todas las plantas, los arbustos, los &#225;rboles, las flores y las hierbas que ah&#237; viv&#237;an, sus propiedades, sus lugares de origen, sus particulares aplicaciones. Con ellas experiment&#233; p&#243;cimas curativas, venenos, bebedizos y licores en un taller que mi t&#237;o pose&#237;a en una de las esquinas del parque. All&#237; hab&#237;a retortas y utensilios de alqu&#237;mica, matraces y todo tipo de instrumentos para la destilaci&#243;n y la cocci&#243;n de las plantas y las flores y las hierbas. John Donne hab&#237;a escrito hac&#237;a poco en <em>El primer aniversario</em> sobre una alquimia verdaderamente religiosa, y citaba a Isa&#237;as para decir que <em>Dios puede trabajar todas</em> <em>las cosas y transmutarlas y tambi&#233;n puede hacerlo su criatura: el hombre.</em> Mi t&#237;o ten&#237;a a su servicio a un joven perfumista muy h&#225;bil en su oficio, quien me regal&#243; un frasco de olor que conten&#237;a todos los olores, seg&#250;n el humor con que se ol&#237;a o el sentimiento.&nbsp;Frasco milagroso&nbsp;que me fue arrebatado despu&#233;s, en la Nueva Espa&#241;a, cuando me detuvo la Inquisici&#243;n. Ese frasco ha sido uno de los tesoros que he pose&#237;do y perdido irremediablemente. El extra&#241;o y solitario perfumista desapareci&#243; un d&#237;a, misteriosamente, de la casa de Threadneedle y sin una explicaci&#243;n. Su talento para crear olores m&#225;gicos era tal que pod&#237;a compararse con el genio. Era de origen franc&#233;s y un d&#237;a me confes&#243; que conoc&#237;a el secreto de la eterna juventud.</p>
<p>Por los caminos del jard&#237;n de Arturo yo me perd&#237;a, libro en mano, aspirando los deliciosos perfumes de la naturaleza dome&#241;ada y leyendo los versos de Felipe Sydney, que hab&#237;a muerto en plena juventud pero que viv&#237;a en sus versos para la posteridad. Felipe dec&#237;a que los verdaderos monarcas de la tierra no eran los reyes ni los pr&#237;ncipes, sino los poetas, porque la poes&#237;a era la m&#225;s perfecta de todas las artes. Le&#237; tambi&#233;n alguna vez a Spencer, para quien el don po&#233;tico requiere del entusiasmo y de la celestial inspiraci&#243;n que yo ya sent&#237;a, a mis trece a&#241;os, arder en mi alma. Eran sentimientos que yo supon&#237;a que se parecen a los que tienen los santos que buscan unirse con su Creador convocando palabras. Drayton, por su parte, opinaba que el poeta debe ser presa de la locura de la c&#243;lera para levantar el velo que cubre la faz de la poes&#237;a. Guillermo Shakespeare, ese actor tan apreciado por el c&#237;rculo de mi t&#237;o, me ense&#241;&#243; en sus versos que el estado divino po&#233;tico surge de la <em>fina locura</em>. A menudo recitaba sus sonetos en voz alta,&nbsp;sentado a la sombra de los arces.</p>
<p>En las tertulias de mi t&#237;o se le&#237;a por igual a los poetas de todas las religiones, pues s&#243;lo se confiaba en una: la que aunaba el saber y la belleza del concepto</p>
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 <dc:date>2006-01-19T14:32:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>Poiesis</title>
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<img class="center" alt="20060111190550-friedrich.jpg" src="http://arteyliteratura.blogia.com/upload/20060111190550-friedrich.jpg" /> 
<p><span style="FONT-SIZE: 10px">Los r&#237;os se adentran eternamente en el mar. Mi vida en el silencio (Pascal Quignard, <em>Vida Secreta</em>)</span>&nbsp;</p>
<p></p>
<p>&nbsp;Yo intu&#237; una tarde de oto&#241;o, cuando cumpl&#237;a mis trece a&#241;os y no me equivoqu&#233;, que el <em>daimon</em> del poeta debe ser cultivado; que no crece&nbsp;en su esp&#237;ritu ni puede formarse como se forma el hielo sobre el agua de un lago en el invierno: por orden de la naturaleza. Supuse, y no me equivoqu&#233;, que la santa locura, la santa profec&#237;a de la poes&#237;a verdadera ha de nacer del dolor y de la soledad, del estudio y de las muchas horas pasadas ante los libros que guardan la sabidur&#237;a, teniendo como centinela la luz de los candiles. Fatigada la vista y vacilantes las manos que sostienen los libros. Hambriento el cuerpo, adoloridas las articulaciones por la inmovilidad. Rota el alma, si es preciso, por la deseada comunidad con los hombres. Sedienta la pupila de la luz del d&#237;a, el o&#237;do anheloso de escuchar el bullicio de las calles o el ruido de las tabernas.&nbsp;La locura y la verdad de la palabra po&#233;tica s&#243;lo pueden provenir de esta lucha entre el mundo y el yo. Para obtener la poes&#237;a hay que velar, sufrir, callar, meditar, resistir.</p>
<p>Para llegar al conocimiento no se puede traicionar el silencio por el&nbsp;bullicio ni la soledad por la compa&#241;&#237;a de los otros hombres. No se puede dejar la incomodidad por el descanso. Para encontrar la palabra verdadera hay que resistir las distracciones. Ser fuerte. Olvidar toda otra necesidad del cuerpo para elevar el alma y ver lo que otros no ven: aquello que yace oculto para todos, menos para los iniciados. Para ser poeta divino hace falta estar en absoluto silencio, pues de otro modo no se escucha esa voz m&#225;s callada que la nuestra, que es el latido del mundo, y que se oculta en el interior de los hombres sabios.&nbsp; Esa voz que es percibida por las sibilas o que hablaba por boca de los profetas b&#237;blicos. Esa voz que entre enigmas y callados susurros dice la mayor verdad y proclama en s&#237;labas apenas pronunciadas los secretos del universo. Lo perenne. Nada debe perturbar el silencio de las almas si quieren escucharla: ni se debe agotar esa voz en los placeres ni se puede ocultar entre los velos, m&#225;s sensuales, de lo superfluo.</p>
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 <dc:date>2006-01-11T19:18:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>Aniversario</title>
<link>http://arteyliteratura.zoomblog.com/archivo/2005/12/23/aniversario.html</link>
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<div class="articulo" id="art2005122304">
<div class="textoarticulo"><img class="leftenm" alt="20051223163643-el-beso-graffiti.jpg" src="http://arteyliteratura.blogia.com/upload/20051223163643-el-beso-graffiti.jpg" /> 
<p><strong><font face="Times New Roman"><span style="FONT-SIZE: 10px">En <em>Arr&#225;ncame la vida</em>, la escritora mexicana &#193;ngeles Mastretta dice que las mujeres inteligentes, si no se enamoran como idiotas, nom&#225;s no se enamoran</span></font></strong><strong><font face="Times New Roman"><span style="FONT-SIZE: 10px">.</span></font></strong></p><font face="Times New Roman"><span style="FONT-SIZE: 10px">
<p><br /><span style="FONT-SIZE: 14px"><br /></span><font face="Times New Roman"><font face="Times New Roman"><span style="FONT-SIZE: 12px"><span style="FONT-SIZE: 14px">La intuici&#243;n de Claire se confirm&#243; al pasar de los d&#237;as. Octavio era. Era &#233;l. Por su parte, &#233;l tambi&#233;n tuvo la certeza de que Claire era su ella.<br />No fue un amor f&#225;cil. Ambos eran dif&#237;ciles, especialmente Claire, que era caprichosa a veces, salvaje otras, pero que nunca tuvo que reivindicar nada. Ninguno de sus sacrosantos derechos. Porque &#233;l siempre se los respet&#243; todos.<br />Las dificultades eran log&#237;sticas. Claire viv&#237;a muy lejos. M&#225;s adelante , &#233;l le dijo, con su sorna habitual, si me caso contigo es nada m&#225;s por no seguir viniendo tan lejos a buscarte... Desde ese quinto piso, ella buscaba el peque&#241;o Fiat rojo de &#233;l subiendo por la curva, ya pasa el Deportivo, ya sube la cuesta, ya busca estacionamiento, ya baja, ah&#237; viene, ya sube por el ascensor, ya toca, ya llega, ya soy, ya te beso, ya soy, ya soy, ya existo.<br />&#201;l no ten&#237;a tel&#233;fono en su casa. Ella tampoco, all&#225; en la Torre Toll&#225;n, en el departamento 22, en el quinto piso. Eso los obligaba a verse sin fecha fija, sin horas fijas. A ver si te encuentro, a ver si no. Tal vez por eso, nunca entendieron la felicidad sino como sorpresa.<br />Lleg&#243; Diciembre. La t&#237;a y Patsy se iban a pasar la Navidad a Nueva York. &#191;Qu&#233; hacemos con Claire? Me quedo con Iliana. Iliana es mi prima, es pintora, vive sola en una casita con chimenea y sus dos preciosas hijas en Copilco, muy cerca de la Universidad. A esta altura del partido, el pap&#225; de Claire ya se hab&#237;a inhibido casi completamente. Claire se va con Iliana. Iliana, a su vez, se va a pasar la Navidad a Valle de Bravo. &#191;Te quedas sola aqu&#237;? Ay, Claire, no me vayas a meter en un l&#237;o. Que Octavio se vaya antes de las tres de la ma&#241;ana. &#191;Me lo prometes? Te lo prometo.<br />Iliana s&#237; tiene tel&#233;fono. Quedan. Suena el timbre de la puerta. Ella abre, all&#237; en la puerta todav&#237;a, &#233;l le dice, por un momento pens&#233; &#191; y si no existe? &#191;y si toco a la puerta y me dicen, aqu&#237; no hay ninguna Claire? Pero s&#237; existes. Menos mal. V&#225;monos.<br />Es el 23 de Diciembre y Claire pasea con &#233;l por esos terrenos bald&#237;os llenos de piedra volc&#225;nica que rodean la casa de Iliana. Por fin, el primer beso. Y es lo que ella esperaba. &#201;l no le pide, s&#233; mi novia: no es tan convencional. Los dos saben. Antes de las tres de la ma&#241;ana, &#233;l se va. Han estado abrazados all&#237;, frente a la chimenea. Despu&#233;s, &#233;l le escribe, "Claire sabes, el resto te lo dir&#233; d&#237;a a d&#237;a, al desgarrarse el tul, mientras se derriten las nieves de tu foso".<br />La Prepa 6, &#233;l, Claire se despierta de pronto en una realidad por un lado anhelante de cari&#241;o, por otra, una realidad social. Ya antes ella ha tenido ciertas inquietudes pol&#237;ticas, ciertos contactos. Claire sabe que esa sociedad est&#225; enferma de hipocres&#237;a y de injusticia. Y en ese momento, cree, quiere creer, eso se puede cambiar. La t&#237;a se enfrenta cada d&#237;a a Claire y entre ellas se pierde el antiguo lazo &#191;Por qu&#233; &#233;l me tiene que traer a las diez de la noche?&#191;Qu&#233; pasa despu&#233;s de esa hora que no pueda pasar antes? Son puras pendejadas &#191;no te das cuenta? Puras convenciones est&#250;pidas. &#201;l le escribe, "La costumbre magisterial de ejemplificar mis pensamientos te define entre tus compa&#241;eros de la Prepa 6, como una aceituna en un vaso con leche".<br />Por qu&#233; Claire se enamor&#243; de &#233;l est&#225; muy claro. Pero &#191;por qu&#233; &#233;l se enamor&#243; de Claire?... tal vez porque &#233;l tambi&#233;n estuvo siempre solo. Y estaba, creo, resignado a su soledad. Hab&#237;a tenido un amor. Un amor s&#243;lo...Y ella lleg&#243; cuando no la esperaba. &#201;l tambi&#233;n la reconoci&#243;. La relaci&#243;n suscit&#243; sorpresa. &#201;l tan guapo, con 30 a&#241;os. Abogado. Ella tan joven, con cara y cuerpo de ni&#241;a, estudiando en la Prepa. Paloma se lo pregunt&#243; una vez a &#233;l. &#201;l le dijo, no lo comprender&#237;as, prima. Claire y yo somos una pareja aparte. S&#237;, aparte, de otro sexo que todos. "T&#250;, semi recostada en el sof&#225;, la cabeza arrebujada en mi pecho. Yo, sintiendo en la Osa Mayor la c&#225;lida humedad de tu aliento. Ambos en el acto equilibrista de prolongar una vivencia &#250;nica en el tiempo".<br />Hacia Octubre, ya llevaban muchas tardes de cine en el cineclub de la Universidad, muchos caf&#233;s y pastelitos de mole en el ex-convento de Santo Domingo o en El Coyote Flaco, de Coyoac&#225;n; muchos conciertos, muchas noches platicando en el sof&#225; de la casa de Claire, con la t&#237;a vigilante; muchas idas y venidas en el coche desde Chapultepec hasta la Torre Toll&#225;n; muchos primeros besos, segundos besos, terceros besos y besos de despedida a las diez de la noche. Por fin, un d&#237;a, ella minti&#243; a su t&#237;a<br />y se fue a pasar la noche con &#233;l. Ahora sonr&#237;o y supongo que la t&#237;a pensar&#237;a que lo que pas&#243; esa noche ya hab&#237;a tenido lugar mucho antes, pero no fue as&#237;. Ambos se tomaron su tiempo y lo que ha de pasar, pasa: un d&#237;a u otro d&#237;a, pasa.<br />En Noviembre, &#233;l se fue a Guadalajara en un viaje de siete d&#237;as que a Claire le pareci&#243; eterno. Cuando volvi&#243;, le explic&#243; a Claire que ya ten&#237;a fecha para la boda, que ser&#237;a el 23 de diciembre, que el cura ser&#237;a muy guapo para que ella estuviera entretenida, que...y ella le dijo, entre molesta y emocionada &#191;Pero no vas a preguntarme si quiero casarme contigo? Y &#233;l, no, ya s&#233; que s&#237;. &#191;Para qu&#233; iba a preguntar? <br />"Claire, a la serie de voces que me niegan el derecho a volcarme en tu estanque, impongo mi devoci&#243;n a tu proximidad y el amparo que me ofrece tu ( a veces), caritativa mirada. Y comenzamos el peligroso juego en el v&#233;rtice de la Y griega, en el filo del delta y pr&#243;ximos al mar".</span></span></font></font></p>
<p><font face="Times New Roman"><font face="Times New Roman"><span style="FONT-SIZE: 12px"><span style="FONT-SIZE: 14px"><br /></span><span style="FONT-SIZE: 14px">Por fin se iban a acabar los besos de despedida..</span>.</span></font></font><span style="FONT-SIZE: 14px"><br /></span></p></span></font><span style="FONT-SIZE: 14px"><br /></span></div></div></div></div>
 ]]>
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 <dc:date>2005-12-23T16:39:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>Un mon&#243;logo descartado</title>
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 <![CDATA[
&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <img class="center" alt="20051130200010-soliloquio.jpg" src="http://arteyliteratura.blogia.com/upload/20051130200010-soliloquio.jpg" /><span><span><span><span><span> 
<p><em>Para M.J.S.</em></p>
<p><br /><font size="3"><font face="Times New Roman">Mi c&#225;rcel comenz&#243; siendo una met&#225;fora, pero hoy es una espantosa realidad. En ella el tormento se acrecienta a causa de la soledad. He tenido todos los a&#241;os de esta prisi&#243;n m&#237;a para pensar en m&#237;, en mi vida, en mis errores, en mis dichas, en mis fracasos, en mis &#233;xitos, en mi dolor de hombre solo. He tratado de dialogar con Dios, pero Dios no me ha contestado.<br /></font></font><span><br /><font size="3"><font face="Times New Roman">A menudo he sentido que rodeaban mis hombros los delicados brazos de la muerte o que tocaban mis cabellos los dedos de la locura. Las palabras le&#237;das taladran mis sesos y me hacen desvariar en la oscuridad de la noche. La noche me ha negado su misericordioso sue&#241;o, y en la vigilia retumban en mi mente las frases de los libros y las notas de mis composiciones favoritas. Como el caballero de Cervantes, quise crearme una realidad diferente, de justicia po&#233;tica y de honor, pero a menudo en mi vigilia me pregunto si por todo esto he sido incapaz de vivir de verdad, aceptando el error o el fracaso plenamente, como los dem&#225;s mortales. He tenido crueles enemigos: la enfermedad, el dolor, la soledad, el miedo, y me he creado mis propias grandezas &#237;ntimas, mis alegr&#237;as al compartir mis saberes, mis momentos de &#233;xtasis. Anhelo el respeto de los dem&#225;s y he tratado de volar por encima de mis iguales elev&#225;ndome por medio de mis conocimientos, en parte para olvidar que estoy pegado al suelo, igual que ellos.<br /></font></font></span><span><br /><font size="3"><font face="Times New Roman">Ambicion&#233; un reino para m&#237;. El de la belleza que no se corrompe y que no muere. El de las suaves palabras o el de las notas sublimes. &nbsp;Quiz&#225; leyendo a Campanella o a Bacon pens&#233; en una ut&#243;pica regi&#243;n, en la que no cupiesen injusticias ni desigualdades. Mi amada no fue ni la Beatriz de Dante, ni la Laurita del &#146;Cancionero&#146; ni la dama oscura de Shakespeare. Tampoco un noble hermoso como Southampton, aunque quiz&#225; en ciertos jardines busqu&#233; la complicidad de un joven-ni&#241;o que hab&#237;a perdido su sombra, como yo perd&#237; la m&#237;a.<br /></font></font></span><span><br /><font size="3"><font face="Times New Roman">A pesar de mi amor por la m&#250;sica, he amado el silencio. Y s&#243;lo los salvajes bosques que rodeaban mi casa y los caminos que me llevaban al r&#237;o a trav&#233;s de las monta&#241;as con sus profundos precipicios, con sus bancos de arena o sus altos arbustos consegu&#237;an hacerme salir de mi c&#225;mara. A&#250;n cuando paseaba por esos lejanos sitios, mec&#237;a junto a mi pecho los sonidos interiores.<br /></font></font></span><span><br /><font size="3"><font face="Times New Roman">Como todo hombre que piensa, yo he sido una isla para los otros hombres.<br /></font></font></span><span><br /><font size="3"><font face="Times New Roman">Al mirar esa estrecha frontera que separa el cielo de la tierra buscaba mi propia trascendencia, sin encontrarla. Am&#233; y busqu&#233; la trascendencia en mis creaciones y a trav&#233;s de la observaci&#243;n de los astros, por las armon&#237;as que descubr&#237;a en el concierto de la naturaleza que me rodeaba, pero no pude encontrarla. Ni antes ni ahora se me ha revelado el secreto de la trascendencia, ni he saboreado en mi boca el dulce n&#233;ctar de la satisfacci&#243;n.<br /></font></font></span><span><br /><font size="3"><font face="Times New Roman">Hoy pienso que crec&#237; con el recuerdo de la muerte. Que fue ella quien me acompa&#241;&#243; en mis paseos y lecturas, en mis divagaciones y en todos mis trayectos. Ella quien me acun&#243; en mis sue&#241;os y ella quien toc&#243; con sus fr&#237;os huesos mis labios desde la cuna, quiz&#225; desde el mismo momento de mi alumbramiento. La muerte dict&#243; desde el inicio de mi vida el libro que escrib&#237;, viviendo: los caracteres que deb&#237;an cifrar mi destino. Paso a paso y acto a acto he querido negarla, vencerla y acobardarla. Y s&#243;lo despu&#233;s, cuando todo esto acabe, sabr&#233; si lo he logrado.<br /></font></font></span><span><br /><font size="3"><font face="Times New Roman">Dentro de m&#237; emerg&#237;a la amargura por un destino que era injusto y era cruel. Luchaba contra la amargura y el dolor con la alegr&#237;a de la respiraci&#243;n y de la vida, que a pesar de todo se manifestaban en m&#237; con inmensa fuerza. La rabia y el dolor fueron mis compa&#241;eros y la ira era seca, era un deseo de no seguir m&#225;s, nunca cumplido, pero yo avanc&#233;, yo camin&#233; a pesar de todo, luchando contra esa ira con amor &#191;C&#243;mo puede alguien albergar amor en este caso? Sin embargo, lo opuse a la amargura y &nbsp;lo dej&#233; fluir, a veces calladamente, como una imperceptible fuente Castalia: suave, pura y transparente a la que dej&#233; cruzar mi alma; consent&#237; que ese amor traspasase mi coraz&#243;n, d&#225;ndome fuerza para resistir un poco m&#225;s, a veces un minuto m&#225;s. Despu&#233;s de pronto todo estaba en su sitio nuevamente. Pod&#237;a ver la luz, aunque s&#243;lo parcialmente, en medio de la salvaje oscuridad del bosque; a&#250;n en medio de la noche, mi peque&#241;a l&#225;mpara pod&#237;a arder: alumbraba, s&#237;, alumbraba con su min&#250;scula luz un trozo de mundo, que me correspond&#237;a a m&#237; habitar.</font></font></span></p></span><span><span><font face="Times New Roman" size="3">&#191;Present&#237;a yo de ni&#241;o que la m&#237;a iba a ser una existencia extra&#241;a? No busqu&#233; jam&#225;s lo que otros hombres buscan: la felicidad simple, el fuego amable del hogar, la dulce charla de las mujeres &nbsp;o la gloria y la honra de una vida entre los aceros y las armas. No busqu&#233; la oraci&#243;n que conforta las almas en los tranquilos claustros. No jugu&#233; con las letras como suelen hacer los caballeros, por mera distracci&#243;n o adorno, ni puls&#233; las cuerdas de los instrumentos o me entretuve en un piano para cantar canciones de galanter&#237;a, no. Me volqu&#233; en letras y notas, verso a verso y nota a nota. Busqu&#233; el supremo conocimiento de las cosas para anegarme en ellas y disolver el dolor que me causaba mi existencia. Busqu&#233; la pureza, pero no pude ser &#225;ngel.</font></span></span></span></span></span></span>
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 <dc:date>2005-11-30T19:12:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>Ep&#237;stola final a Mario</title>
<link>http://arteyliteratura.zoomblog.com/archivo/2005/11/19/epistola-final-a-Mario.html</link>
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 <![CDATA[
<p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt" align="justify"><span lang="en"><em>&nbsp;&nbsp; Es la primera vez que te env&#237;o algo no escrito directamente en el momento de enviarlo. Lo hago </em></span></p>
<p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt" align="justify"><span lang="en"><em>porque estos estadios en los que necesito expresarme duran unos d&#237;as. No quiero saturarte de escritos.</em> 
<p></p></span></p>
<p></p>
<p></p>
<p></p>
<p></p>
<p></p>
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<p></p>
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<p></p>
<p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"><span lang="en">No quisiste saber c&#243;mo soy ni qui&#233;n soy. Si esto no fuera as&#237;, habr&#237;as aceptado mi amistad, y no lo hiciste. Quiero que sepas que no hay una similitud tan grande entre mis escritos y yo. Por el contrario, lo que escribo es la parte menos visible de m&#237;. Si cuando escribo soy yo en mi parcela m&#225;s aut&#233;ntica o m&#225;s falsa, lo ignoro. S&#233; que lo hago por necesidad. Pero no s&#233; por necesidad de qu&#233;. S&#233; que una vez escrito, aquello deja de interesarme (cosa que alguna gente me reprocha). Para m&#237;, lo escrito es una cosa que caduca una vez ha salido de mi interior. Es melanc&#243;lico lo que escribo, como lo es la propia esencia de lo literario. Es la habitaci&#243;n en la que duerme el ni&#241;o sin madre. Es el cuarto del silencio, de lo oculto. El sitio en el que puedo permitirme<span style="mso-spacerun: yes">&nbsp; </span>ser melanc&#243;lico, un lugar de silencio y de meditaci&#243;n, un lugar triste, si, un lugar de lucha callada, aunque constante&#133; </span></p>
<p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"><span lang="en"></span><span lang="en">Si algo me molesta es que los otros busquen descubrirme a trav&#233;s de esto. Es cierto que hay quienes buscan mostrar su interior a trav&#233;s de lo escrito, pero yo no: yo busco solamente salida para algo que no es m&#237;o, una conciencia de m&#237; que salta de m&#237; hacia fuera, pero que no quiere definirse como un yo. Otro &#191;tal vez" S&#237;, posiblemente. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"><span lang="en"></span><span lang="en">Cu&#225;ntas palabras vanas para decir que no admiro, en absoluto, las confesiones, a no ser que sean post-mortem. Si en los Siglos de Oro de las letras en Europa todos escriben es, en parte, porque no se editan sus libros. Circulan solamente algunas copias, entre amigos. Tal vez podr&#237;a yo haber sido candidato a la comunidad que planeaba Arias Montano. Un apartado lugar, una roca agreste, poblada de fil&#243;sofos. Ojal&#225; no se hubiese muerto <a href="http://www.geocities.com/Paris/LeftBank/2238/aldana.htm" target="_blank"><strong><font color="#993399">Francisco de Aldana</font></strong></a>&nbsp;y hubiese podido ah&#237; escribir contra la guerra, no ya sonetos, sino disquisiciones. </span></p><span lang="en">
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">Otro aqu&#237; no se ve que, frente a frente, </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">animoso escuadr&#243;n moverse guerra, </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">sangriento humor te&#241;ir la verde tierra </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">y tras honroso fin correr la gente. </font></p><font face="Times New Roman" size="2"><font face="Times New Roman" size="2">
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">Este es el dulce son que ac&#225; se siente: </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">"&#161;Espa&#241;a, Sant&#239;ago, cierra, cierra!" </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">y por s&#252;ave olor, que el aire atierra, </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">humo que azufre da con llama ardiente.</font></p>
<p align="center"><font size="2"><font face="Times New Roman">&nbsp;</font></font><font face="Times New Roman" size="2">El gusto envuelto va tras corrompida </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">agua, y el tacto s&#243;lo apalpa y halla </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">duro trofeo de acero ensangrentado,</font></p>
<p align="center"><font size="2"><font face="Times New Roman">&nbsp;</font></font><font face="Times New Roman" size="2">hueso en astilla, en &#233;l carne molida, </font></p>
<p align="center"><font face="Times New Roman" size="2">despedazado arn&#233;s, rasgada malla: </font></p>
<p align="center"><font size="2"><font face="Times New Roman">&#161;Oh s&#243;lo de hombres digno y noble estado!</font></font></p></font></font></span>
<p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"><span lang="en"></span><span lang="en">Ah&#237;, alejados, juntos los eruditos, en concili&#225;bulos, quiz&#225; s&#237; ser&#237;a posible hablar. Pero no confesarse &#191;sabes? Hablar en general tambi&#233;n te muestra el interior de la persona, pero reduce el n&#250;mero de aquellos que pueden entenderte. Es una ventaja. Impone un esfuerzo, esfuerzo que no todos est&#225;n dispuestos a hacer. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"><span lang="en"></span><span lang="en">El n&#250;mero y el nombre de los que saben los secretos debe ser limitado. No todos deben saber, porque el secreto impuesto es una cadena dulce, que se da por amor, no por otras razones. Y as&#237;, si todos saben &#191;C&#243;mo sabr&#233; yo qui&#233;n me es querido? No lo sabr&#237;a &#191;Y c&#243;mo sabr&#237;a el que es querido que lo es? No lo sabr&#237;a. Y es por eso que escribo &#250;nicamente de lo no m&#237;o. Escribo para que salga, pero no yo. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="MARGIN: 0cm 0cm 0pt"><span lang="en"></span><span lang="en">Cuando aparezca el sol sobre este campo y venga el d&#237;a, vendr&#225;n con &#233;l los quehaceres de la lucha. Puede que muera ah&#237;, entre el barro de la tierra mojada por la lluvia<span style="mso-spacerun: yes">&nbsp; </span>y la sangre de los otros. Si eso ocurre, y en estos a&#241;os has guardado mis escritos, no des las cartas que durante tanto tiempo he venido escribi&#233;ndote a mi viuda. Que la luz de una vela encendida por nuestra fracasada amistad inicie el incendio de mi alma escrita aqu&#237; para tus manos, querido amigo m&#237;o, dulce y esquivo siempre.</span></p>
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 <dc:date>2005-11-19T22:56:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>Giorgos de Rodas</title>
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 <![CDATA[
<p align="justify"><img style="PADDING-RIGHT: 6px; PADDING-LEFT: 6px; FLOAT: left; PADDING-BOTTOM: 6px; PADDING-TOP: 6px" alt="" src="http://arteyliteratura.blogia.com/upload/20051117215458-ahogarse-.jpg" />De alguna manera desesperante, quisiera renegar de mi bondad, porque&nbsp; a&nbsp;veces la siento totalmente falsa y lacerante. Me hiere porque no es&nbsp;m&#237;a:&nbsp;es un agregado que me ha sido impuesto, por educaci&#243;n y&nbsp;por cultura.</p>
<p align="justify"><br />Hay&nbsp;ocasiones en que la sensibilidad ante el mundo todo me provoca&nbsp;estados&nbsp;de dolor tan extremos que ni siquiera encerr&#225;ndome en m&#237; mismo puedo evitar sentir con todos los poros de mi cuerpo. &#201;sa es mi condena.</p>
<p align="justify"><br />Es&nbsp;como si desde dentro de mi piel pugnaran por salir todas las&nbsp;sangres.</p>
<p align="justify"><br />Cuando ese monstruo destructivo suena, creo ver a mi madre en medio&nbsp;de&nbsp;un gran charco de sangre. Chapoteo en esa sangre, y me ahogo en esa&nbsp;sangre. Desnudo, no soy sino un esqueleto cuyos huesos son&nbsp;delicuescentes. El dolor de mi espalda me taladra y quisiera&nbsp;romperme en&nbsp; mil fragmentos, pero no in&#250;tilmente. Con esos fragmentos de m&#237; mismo&nbsp;que&nbsp;son como dardos de cristal de roca, herir&#237;a, podr&#237;a matar. &#191;Por qu&#233;&nbsp;no? Mi&nbsp;propia cobard&#237;a, a ese respecto, me confunde. Hasta ahora no creo&nbsp;haber&nbsp;hecho da&#241;o a nadie, y sin embargo siento en m&#237; el impulso del mal,&nbsp;de la&nbsp;crueldad y del asesino. Y no s&#233; si ser&#225;n las palabras las que templen&nbsp;esos&nbsp; instintos, o si ellas ser&#225;n las que me entierren en este magma&nbsp;asqueroso&nbsp;cerrando la salida, sin que haya un pasillo o una&nbsp;escalera, ni&nbsp;hacia afuera ni hacia arriba, ni hacia adentro. El sentimiento de entierro es absoluto.&nbsp;</p>
<p align="justify">Descubro dentro de m&#237; un sinf&#237;n de nimios des&#243;rdenes vegetales. Ascos que tienen que ver con los cristales, con los gatos que se pasean por las ruinas, con los placeres o con las margaritas. De nada me sirve amanecer&nbsp;en la isla de Rodas.</p>
<p align="justify">Sue&#241;o despierto con ver flotar mi cuerpo sobre un r&#237;o, aqu&#237; que no hay ning&#250;n r&#237;o, o que las camas donde duermen los ni&#241;os se elevan al espacio, dejando&nbsp;caer un n&#233;ctar venenoso y dulcemente azul, como el mar de la isla. Aqu&#237;, donde los dioses nos vencieron.</p>
<p align="justify">Dame tu mano, dime una palabra &#161;Oh, muerte! Me bastar&#225; un chasquido de tu lengua amorosa para ir a tu encuentro.</p>
<p>Delibera. Yo esperar&#233;, sereno, el juicio que t&#250; hagas.</p>
<p></p>
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 <dc:date>2005-11-17T21:08:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>Debacle total</title>
<link>http://arteyliteratura.zoomblog.com/archivo/2005/11/05/debacle-total.html</link>
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<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <img class="center" alt="20051105001850-debacle.jpg" src="http://arteyliteratura.blogia.com/upload/20051105001850-debacle.jpg" /></p>
<p><span style="FONT-SIZE: 12pt; mso-ansi-language: ES; mso-bidi-font-size: 10.0pt"><font face="Times New Roman">Me siento hundido en el barroco vac&#237;o de mi propia charca. Como si miles de tent&#225;culos peque&#241;os, transparentes, me acercaran al fondo &#191;Es el ahogo y el v&#233;rtigo lo que me hunde? Hay voces all&#225; afuera, que me llaman, pero caigo, me desboco hacia abajo, mientras las hormigas de tu boca me provocan a&#250;n, escalofr&#237;os. Esos labios ya liqu&#237;dos ya los veo putrefactos. Me recuerdan a otros cad&#225;veres. Los cad&#225;veres del pasado se unen en danza alegre a mi alrededor; las calaveras r&#237;en, se burlan de mis penas, de mis l&#225;grimas. Oigo la voz con tan fuerte intensidad, que parece que sale de mi boca, pero mi boca permanece muda, callada. Estoy en este vasto espacio de vac&#237;o solamente acompa&#241;ado de mi llanto. All&#225; a lo lejos alguien me ofrece un jard&#237;n, que habito a veces, cuando hay luna llena y pienso en olas, en lunas, en amapolas; pero esas flores se extinguen, esas lunas se apagan, esas olas naufragan en las playas de arena negra, de arena inf&#233;rtil. Entristecida y turbia, mi alma se enreda en las palabras. Solamente tengo estas palabras. Ya no te llamo. Est&#225;s en el otro lado, en la otra orilla. Como si hubieras muerto &#191;O soy yo el que se ha muerto? Te lo pregunta el que no ve su imagen en la ventana. El que no puede abrir la puerta de su alma. El que, desnudo, clama por ti. </font></span></p>
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 <dc:date>2005-11-05T09:19:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>Cuando llegaron los cantantes</title>
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<p><em><span style="COLOR: #000000"><img style="PADDING-RIGHT: 6px; PADDING-LEFT: 6px; FLOAT: left; PADDING-BOTTOM: 6px; PADDING-TOP: 6px" src="http://photos1.blogger.com/img/167/3725/320/Patricia9.jpg" alt="" /></span></em></p>
<p><em><span style="COLOR: #000000">Para </span><a href="http://porqueyoasiloquise.blogspot.com/" target="_blank"><font color="#999999">Lety Ricardez</font></a><span style="COLOR: #000000">, que quer&#237;a saber esta historia que yo no conoc&#237;a (y me la tuve que inventar).</span></em></p>
<p style="COLOR: #000000">Usted quiere saber la historia de Patricia y yo se la voy a contar. Debo comenzar cuando los cantantes llegaron a la ciudad &#191;Usted sabe que en esta ciudad no hab&#237;a teatro? Parece mentira &#191;verdad? Pero es rigurosamente cierto. Los cantantes llegaron de la ciudad de Ponte &nbsp;y lo hicieron en una carretita color chicle masticado llena de cosas, de triques y con sus colchones, sus vestidos, sus instrumentos para la orquesta y sus estampitas. No eran estampitas de v&#237;rgenes o de santocristos, sino que eran fotograf&#237;as de ellos mismos en sus distintos papeles y que vend&#237;an a la salida de la funci&#243;n para redondear la ganancia. No me olvid&#233; de eso con los a&#241;os, porque mi prima Pachita se entusiasm&#243; con el negro que cantaba el <em>Otelo </em>de Verdi y&nbsp;que en realidad no era negro, como usted comprender&#225;, sino s&#243;lo se pintaba la cara hasta el cuello y le llamo "estampita" porque cuando se fueron los cantantes, Pachi puso la estampa en un marquito de plata en un altarcito, con su vela, sus flores, sus conchitas de mar y su jarrito con tequila que se tomaba todas las noches antes de irse a acostar.</p>
<p><span style="COLOR: #000000">Patricia andaba por la calle de la Reforma de la Patria muy quitada de la pena, cuando el bar&#237;tono de la compa&#241;&#237;a, que estaba paseando al perro (no le cont&#233; que en el intermedio hab&#237;a un n&#250;mero de perro amaestrado que ten&#237;a mucho &#233;xito), la vio. Desde el otro lado de la avenida, el bar&#237;tono la salud&#243;, haciendo una profunda reverencia, cual si estuviese enfrente de una reina. Con la gracia aprendida en miles de reverencias repetidas delante de&nbsp; los p&#250;blicos m&#225;s diversos, el bar&#237;tono acert&#243; a caerle en gracia a Patricia, por aquel tiempo una mujer que ten&#237;a un pecho abundante y unas caderas amplias, as&#237; como unos p&#243;mulos salientes y unos ojos tremendos, como de loba o de pantera negra. No era exactamente hermosa, pero parec&#237;a una mujer romana y su nombre le quedaba que ni pintado.</span><span style="COLOR: #000000"> </span></p><span style="COLOR: #000000"><span style="COLOR: #000000">La avenida de la Reforma de la Patria en ese momento qued&#243; paralizada por ambos lados de la v&#237;a. Los coches y caballos que sub&#237;an y los coches y caballos que bajaban no se movieron. Un segundo y siguieron su camino para arriba y para abajo con gran prisa, pero no se movieron durante ese segundo que tard&#243; el bar&#237;tono en ver a su ya desde instante amada Patricia hasta que los ojos de ella le devolvieron la mirada y le sonrieron. </span></span><span style="COLOR: #000000">
<p style="COLOR: #000000">No hizo falta m&#225;s para que se encendiera en ambos la llama de la pasi&#243;n.</p>
<p style="COLOR: #000000">Durante tres d&#237;as y tres noches el bar&#237;tono y Patricia no hicieron m&#225;s que fornicar. Cuando llegaba la hora de la funci&#243;n, y ya vestido &#233;l con su traje&nbsp; de <em>Gianni Schicchi</em>, ya se sent&#237;a &nbsp;deseoso de terminar lo m&#225;s pronto posible, desde antes de empezar a cantar, aunque no descuidaba sus actuaciones para que&nbsp;la obrita no&nbsp;perdiera el inter&#233;s: no quer&#237;a que la compa&#241;&#237;a pudiera resentirse de un fracaso.</p>
<p style="COLOR: #000000">El lugar elegido para la representaci&#243;n era la plaza de toros, por lo que el esfuerzo de los cantantes se ve&#237;a multiplicado, intentando llegar, sin ayuda de ac&#250;stica alguna, hasta el &#250;ltimo rinc&#243;n. </p>
<p style="COLOR: #000000">Sin embargo, Patricia y el bar&#237;tono estaban felices porque al menos la &#243;pera s&#243;lo constaba de un acto. En cuanto finalizaba &#233;ste, el bar&#237;tono ejecutaba unas cuantas reverencias r&#225;pidas, despu&#233;s de recitar alegremente la &#250;ltima frase de su papel: <em>Por esta travesura me han arrojado al infierno.</em></p>
<p style="COLOR: #000000">Las reverencias las hac&#237;a ya sin la gracia de su gran reverencia de la Avenida de la Reforma de la Patria, para volver volando a los brazos de su amada.</p>
<p style="COLOR: #000000">La desaparici&#243;n de Patricia, entretanto, me angusti&#243;. Por aquel entonces se hallaba viviendo conmigo y al no recibir noticias suyas, me asust&#233;. Usted ya sabe que conf&#237;o poco en la buena suerte y m&#225;s en la mala suerte y cre&#237; o so&#241;&#233; que Patricia estaba delicadamente tirada debajo de un puente de las afueras de la ciudad, con el cuello cortado y el vestido en desorden.</p><span style="COLOR: #000000">Afortunadamente, recib&#237; una carta. Patricia me explicaba lac&#243;nicamente que hab&#237;a encontrado al hombre de su vida y que se iba con &#233;l.</span><span style="COLOR: #000000">Para entonces, cada una de las obras del <em>Tr&#237;ptico</em> de Puccini ya hab&#237;a sido escuchada por todos los que en el pueblo acud&#237;an a esos acontecimientos, de modo que no quedaba otra que despedirse de su amado cantante o partir en calidad de acompa&#241;ante.&nbsp; Por supuesto, Patricia decidi&#243; irse con &#233;l. Apresuradamente la ayud&#233; a juntar sus cosas;&nbsp;nos besamos, lloramos un poco -yo m&#225;s que ella-, y se fue. Aunque yo tuve mis temores, le dese&#233; buena suerte y me desentend&#237;. Estaba -no se lo niego,- un poquito enojada con ella.</span><span style="COLOR: #000000"> </span>
<p style="COLOR: #000000">&#191;Usted conoce la obra de Puccini? Acababa de ser estrenada la obra y aqu&#237; ya se cantaba. Es la historia de un p&#237;caro. Un p&#237;caro plebeyo que aprovecha la oportunidad para que su hija y el noble Rinuccio, su novio, se queden con la herencia que no ha querido dejarles un t&#237;o lejano del muchacho. Para ello, se sirve de una suplantaci&#243;n. La an&#233;cdota es recogida por Dante Alighieri, quien la relata en el Canto XXX de su <em>Inferno</em>. Yo pensaba que el tal bar&#237;tono era tambi&#233;n un p&#237;caro, llev&#225;ndose a mi amiga con &#233;l sin el santo matrimonio. Pero quien quiera que no haya pecado, que tire la primera piedra. Me aguant&#233;. No les deseaba un mal, pero quise dejar de pensar en ellos.</p>
<p style="COLOR: #000000">No quisiera describirle al bar&#237;tono, s&#243;lo dir&#233; que se llamaba Arturo,&nbsp; que era muy alto y que en su cara resplandec&#237;an unos ojos verdes que podr&#237;an incendiar la iglesia de San Felipe con una sola mirada, aunque ya no era tan joven. &nbsp;Y nada dir&#233; de su voz, tan poderosa y clara que cualquier inflexi&#243;n inundaba el pueblo con una capa de roc&#237;o improcedente y s&#250;bita.</p>
<p style="COLOR: #000000">Pas&#243; el tiempo. Nada se volvi&#243; a saber de la huida. Casi la&nbsp; hab&#237;a olvidado yo, cuando poco despu&#233;s de mi matrimonio, vi llegar a una mujer con sus dos ni&#241;os. Uno de ellos era alto y rubio como un &#225;ngel, mientras que el otro era moreno y peque&#241;o y ten&#237;a una expresi&#243;n amarga en la cara. Era ella. Patricia, transformada en un triste fantasma de s&#237; misma.</p>
<p style="COLOR: #000000">El bar&#237;tono hab&#237;a perdido la voz una noche&nbsp; que hab&#237;a cantado desde la plaza del pueblo a Patricia, oculta en su habitaci&#243;n por causa de una trastada de su amado con una mujer cuyo nombre era Laura y que le hab&#237;a robado el coraz&#243;n, aunque ya se hallaba arrepentido. A base de romanzas, Rigolettos, Papagenos y Don Giovannis se quer&#237;a hacer perdonar la infidelidad. Estaba tan borracho que ni siquiera se dio cuenta de que hac&#237;a un viento atroz y de que nadie le escuchaba. Todos los habitantes de la ciudad hab&#237;an cerrado las ventanas y hab&#237;an huido a los rincones m&#225;s profundos de sus casas, espantados por el aire sibilante. Patricia tambi&#233;n estaba en lo m&#225;s profundo de la casa entonces compartida con su amante, llorando, indignada y perdida. Por la ma&#241;ana hab&#237;a recibido un regalo: un beb&#233; peque&#241;o, delgaducho y moreno, que llevaba una nota ensartada en el babero: <em>Soy el hijo de Gianni Schicchi&nbsp;y me llamo Pablo. Si t&#250; no me cuidas me voy a morir sin m&#225;s.</em></p>
<p style="COLOR: #000000">No se sabe si fue la aparici&#243;n del hijo, el viento helado de la noche&nbsp;o la tristeza porque Patricia no le volvi&#243; a franquear la puerta de la alcoba, pero el bar&#237;tono perdi&#243; la voz: se qued&#243; completamente mudo. Completamente. Para evitar la ruina, decidi&#243; dedicarse entonces a la escritura y a la composici&#243;n. Sol&#237;a, me cont&#243; luego Patricia, escribir libretos con sus correpondientes partituras, que nunca llegaba a terminar. Sus ideas sal&#237;an por la ventana en busca de aquel viento que le hab&#237;a arrebatado la voz. Como no pod&#237;a comunicarse, su humor se agri&#243; hasta tal punto que acab&#243; bebiendo, hasta el fondo, todos los vasos de vino que pudo llenar.</p>
<p style="COLOR: #000000">Al principio y s&#243;lo por orgullo, Patricia no le buscaba para darle consuelo o para decirle cu&#225;nto le amaba a&#250;n; &nbsp;pero poco a poco el amor se fue tambi&#233;n por la ventana, se hizo m&#225;s hondo el rencor, y el amor acab&#243; huyendo como todo lo que hab&#237;an tenido, tras aquel viento atroz.</p>
<p style="COLOR: #000000">Volvi&#243; pues al pueblo con sus dos hijos. Nunca sinti&#243;&nbsp;otra cosa que&nbsp;amor por aquel peque&#241;o regalado que hab&#237;a sido el causante de su desdicha. Lo quiso tanto como a su propio hijo. Volvi&#243; a mi casa, ahora m&#237;a, de mi marido y de mis hijos. No pude dejarla sola y sin amparo. De vez en cuando recib&#237;a una carta. Una carta que no ten&#237;a nada escrito: una carta en blanco. Patricia la guardaba en un caj&#243;n. Los ni&#241;os crec&#237;an, ella iba envejeciendo. Nunca m&#225;s volvi&#243; a amar.</p>
<p style="COLOR: #000000">Aquellas cartas sin palabras se iban amontonando, ya sin abrir. Patricia hab&#237;a perdido la esperanza. Antes de morir, me pidi&#243; que las diera a sus hijos. Me se&#241;al&#243; el caj&#243;n donde las guardaba. Me dijo: <em>As&#237;, mudo y en blanco se qued&#243; mi coraz&#243;n. </em></p>
<p style="COLOR: #000000">Al poco de morir ella, reun&#237; fuerzas, escrib&#237; a sus hijos, que ya viv&#237;an lejos del pueblo, que estaban ya casados, que ya no se acordaban casi de su madre. Vinieron a recoger su pobre herencia. Cuando vieron las cartas se indignaron, se fueron gritando improperios. Nunca m&#225;s&nbsp;volv&#237; a ver al alto, rubio, hermoso Felipe, ni al moreno y delgado Pablo. Recog&#237; las cartas. Por un extra&#241;o presentimiento las abr&#237;, una por una.</p>
<p style="COLOR: #000000">Todas dec&#237;an lo mismo: <em>Vuelve conmigo</em>, y segu&#237;an las partituras. </p><span style="COLOR: #000000">
<p>Cuando las hab&#237;a abierto Patricia &#150; y yo estaba con ella, yo soy testigo-, no hab&#237;a nada escrito &#191;Por qu&#233; ahora aparec&#237;an esas pocas palabras seguidas de ese torrente de notas escritas? Claramente se ve&#237;an el <em>Vuelve conmigo</em> y los pentagramas, las claves, las notas, los compases: eran canciones de amor. </p></span>
<p style="COLOR: #000000">Llorando, me acerqu&#233; a la ventana y escuch&#233; en silencio: un viento&nbsp;helado se desat&#243; y rugi&#243; toda la noche.</p></span>
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 <dc:date>2005-10-30T01:08:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>El cazador</title>
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<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <img style="PADDING-RIGHT: 6px; PADDING-LEFT: 6px; FLOAT: right; PADDING-BOTTOM: 6px; PADDING-TOP: 6px" alt="" src="http://www.seelennahrung.de/WEBLOG/Kreidefelsen&#37;20-&#37;20Friedrich.jpg" /></p>
<p>Hace tiempo escuch&#233; esta historia.<br />En el Valle de Graf, en las monta&#241;as leonesas, viv&#237;a un cazador. Era conocido en todo el lugar por su hosquedad y su dif&#237;cil car&#225;cter. Nadie se explicaba por qu&#233; Refr&#233;n no bajaba hasta el pueblo en los d&#237;as de fiesta, o c&#243;mo era posible que viviera all&#225; arriba, en medio de las pe&#241;as, sin m&#225;s compa&#241;&#237;a que la de su perro.<br />Lo que los aldeanos ignoraban era que el perro de Refr&#233;n hablaba. Y por las tardes y durante las grises ma&#241;anas lluviosas, mientras transportaban la le&#241;a al hogar o buscaban la pieza, disertaban sobre todos los temas, sobre lo humano y lo divino. El perro argumentaba demasiado e incluso defend&#237;a ciertos puntos de vista contrarios a los de su amo, y &#233;ste, a menudo, cansado de su ch&#225;chara, le hac&#237;a callar con un pescoz&#243;n. Entonces el perro le miraba con ojos tristes. Aguardaba a que el amo recuperara el humor y le diera, de nuevo, permiso para hablar. <br />Poco a poco, las charlas se fueron haciendo m&#225;s cortas y menos gratas. Las palabras se fueron haciendo fr&#237;as, y las discusiones subieron de temperatura. Refr&#233;n exig&#237;a que el perro estuviera siempre de acuerdo con &#233;l. Demandaba continuos halagos y no aceptaba la menor cr&#237;tica. Y el perro ten&#237;a una personalidad tan definida que no se arredraba y defend&#237;a sus puntos de vista. La amistad entre ambos se fue enrareciendo.<br />Una noche ( hac&#237;a fr&#237;o y el cierzo estaba por caer), en medio de una discusi&#243;n intrascendente, Refr&#233;n decidi&#243; castigar a su perro. Primero le hizo callar. Luego le prohibi&#243; que le hablara hasta nueva orden. Abri&#243; la puerta de la casita y se&#241;al&#243; el monte. -Esta noche duermes fuera, le dijo. No quiero o&#237;rte ni rechistar. Ya te llamar&#233; cuando lo considere pertinente.<br />El perro sali&#243; y call&#243;. Conoc&#237;a a Refr&#233;n y sab&#237;a que sus c&#243;leras eran terribles. Triste y dolido, busc&#243; un saliente bajo la roca y ah&#237; pas&#243; la noche. Al llegar la ma&#241;ana esper&#243;, pero el amo no le llamaba.<br />Nervioso, triste, el perro pas&#243; algunos d&#237;as, un n&#250;mero de d&#237;as indeterminado, sin o&#237;r el silbido de su amo. Hasta que un d&#237;a, el amo silb&#243;. El perro, casi enfermo de pena, pero decidido, se dirigi&#243; a la caba&#241;a y le mir&#243;.<br />Le dijo: "Si vine aqu&#237; a hacerte compa&#241;&#237;a fue porque tuve compasi&#243;n de tu soledad y de tu exilio de los hombres, y no para que me maltrataras. Te has convertido en un tirano.Te dejo aqu&#237;. No mereces mi fiel amor, ni mi compa&#241;&#237;a, ni mis palabras". <br />Mientras miraba alejarse al perro, Refr&#233;n pens&#243;: "Ya encontrar&#233; otro perro que me hable"</p>
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 <dc:date>2005-10-28T15:27:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>El sue&#241;o de Mela Aizpuru</title>
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<p><em>Antes de todo, debo deciros que este cuento es parte ficci&#243;n y parte realidad y que no me bas&#233; en los personajes, ya de todos conocidos, de mis abuelos maternos: s&#243;lo tom&#233; prestadas algunas cosas.</em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>
<p></p>
<p><img style="PADDING-RIGHT: 6px; PADDING-LEFT: 6px; FLOAT: left; PADDING-BOTTOM: 6px; PADDING-TOP: 6px" alt="" src="http://www.galaxy.bedfordshire.gov.uk/webingres/bedfordshire/vlib/0.local_studies/0.images/julia_strachey.jpg" />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Mela... cuando la pienso, la veo erguida, alta y delgada como un junco, erguida y delgada por el cors&#233; que us&#243; durante a&#241;os, siempre diciendo ender&#233;zate, hijita. Hay que ir siempre erguida en esta vida, pase el que pase.<br />Ojos azules, piel transl&#250;cida de tan blanca. Manos de pianista y tocaba...c&#243;mo tocaba Mela. Si todo lo hac&#237;a bien: leer, recitar, amasar pan o encender el horno a las cinco de la ma&#241;ana, all&#225; en Honduras, para alimentar a aquella ilustre tropa de sus hijos: Alberto, Vicente, Melita, Leonor, Sara, Samuel, Raquel y Mar&#237;a . Aquella tropa que en los r&#237;os se lanzaba a la brava, nalga al aire, salvaje, riente e inconsciente. Mi t&#237;o Sami aprendi&#243; a nadar antes que a andar porque lo lanzaron al r&#237;o, y &#233;l, muy listo, movi&#243; las patitas y las manos diminutas: flot&#243;. Hay milagros. A caballo se desplazaban por los campos. Mela, amazona osada. Hasta en una edad m&#225;s que madura la veo montada, en los prados del Desierto de los Leones, qu&#233; nombre parad&#243;jico para un valle cubierto de bosques milenarios, cruzando rauda, diciendo, te juego una carrera, a ver qui&#233;n gana.<br />Mela, obstinada, voluntariosa. Corr&#237;a la voz en la casa, "Melita quiere"...<br />Melita quiere y consigue. Consigui&#243; a su marido, un hombre raro, un hombre honesto, vegetariano, socialista , culto y con barbas de chivo, porque le gust&#243; c&#243;mo la tom&#243; del talle en un baile, all&#225; en Chihuahua, en su Parral de los recuerdos. Todos los galanes eran t&#237;midos. Tomaban a las se&#241;oritas como con miedo, y ella me dijo, tu abuelito me agarr&#243; firmemente por el talle y me dijo, m&#237;reme a la cara, se&#241;orita, porque est&#225; usted viendo la cara de su marido, del que se va a casar con usted dentro de un a&#241;o. As&#237; que m&#237;reme de frente, a ver si le gusto. Y si le gusto, quedamos cuando quiera.<br />En esa &#233;poca, me dijo Mela, las muchachas decentes no miraban a los ojos a los hombres, s&#243;lo de refil&#243;n, no fuera a ser que se pensaran que ellas andaban buscando l&#237;os. Pero mi abuela lo mir&#243;, lo mir&#243; a la cara fijamente, me dijo, y le sonri&#243;. Le dijo, pues s&#237;, usted me gusta. Tiene los ojos transparentes y le voy a decir una cosa, si usted me quiere por esposa, yo tambi&#233;n lo querr&#233; a usted. Pero no me haga bolas. Sea usted firme en sus sentimientos. Una canita al aire y usted no me ve m&#225;s. Casados o no casados &#191;Estamos?<br />Mi abuela Mela y Pedro se casaron al a&#241;o. A&#241;o de 1898. &#201;l andaba siempre estudiando, con sus libros alemanes, franceses, sus libros en griego y en lat&#237;n ,y era muy muchachero, jugaba siempre con sus hijos, les ense&#241;aba cosas desordenadamente. Ella mandaba en la casa, qu&#233; duda cabe. Ella impon&#237;a el orden. Melita quiere. Fueron naciendo los hijos, y vino la Bola. La revoluci&#243;n. Pedro vio su momento. Momento de cumplir sus anhelos de justicia social. M&#233;xico es un pa&#237;s de aprovechados y de ladrones. Hay que dar a los pobres lo que es suyo, lo que les han quitado todos &#233;stos. Y se apunt&#243; a las filas del Constitucionalismo. Nunca fue de Pancho Villa, nunca le gustaron esas bromas del Centauro del Norte, esas pachangas. Es un simple cuatrero, eso le dijo a Mela. Te voy a mandar fuera con los ni&#241;os, porque no quiero que vengan esos cabrones y te violen, te maten y me presenten tu cabeza. Te me vas a ir muy lejos. Con la tropa. Te nombro capitana de tu peque&#241;o ej&#233;rcito, ah&#237; me los cuidas. Me les ense&#241;as lo que en la escuela no ense&#241;an. A ser hombres y mujeres de bien. Samuel estaba tan chiquito que ni siquiera gateaba.<br />Pedro acompa&#241;&#243; a Venustiano Carranza en todas sus campa&#241;as. Era un hombre de letras y era un hombre de acci&#243;n. Estuvo en el Congreso Constituyente y en las buenas y en las malas fue siempre fiel a sus ideas y a Mela. Tal como le prometi&#243;.<br />Mi abuelita, desde el comienzo, entendi&#243; que la decisi&#243;n de su marido era una orden. Y ah&#237; se fue mi abuelita, cruzando la Rep&#250;blica de lado a lado, atravesando Guatemala, a caballo, en burro, en carreta y en tren, que todo eso us&#243; para llegar tan lejos, y se instal&#243; en Olanchito, donde encontr&#243; un lugar a su gusto. En el monte. Junto al r&#237;o Agu&#225;n. All&#225; la llamaban la inglesita, por sus cabellos claros y sus ojos azules, pero era m&#225;s mexicana que el mole. Melita quiere. Mujer del norte mexicano, brava como un le&#243;n herido, dulce como una canci&#243;n. Con la tropa siempre ordenada, a&#250;n en medio de aquellas selvas, de aquellos montes, en medio del bravo r&#237;o, remando para ir a buscar las vituallas. T&#250; vas por la le&#241;a, Alberto; a ver, Vicente, esas manos, lavadas; vamos a ponernos con el solfeo despu&#233;s de la siembra del maicito; v&#237;stanse para comer. Y todos ellos aprendieron a solfear, a amasar pan, a hacer tortillas, a nadar y a cazar conejos y palomas. Aprendieron a leer en franc&#233;s y en castellano, y los grandes cuidaban de los chicos, y a veces, como he dicho, los tiraban al r&#237;o.<br />En la noche, las camas con mosquitera los guardaban como las alas del &#225;ngel de la guarda.<br />Y esa noche, la noche del sue&#241;o de Mela, Mela vio c&#243;mo su cama comenzaba a arder. Se despert&#243; en el sue&#241;o, en el sue&#241;o so&#241;&#243; que despertaba. La cama ard&#237;a y en la puerta estaba Pedro. Pedro herido, con una raja en el pecho, con la camisa hecha jirones, descalzo y todo ennegrecido por el fuego. En la mano llevaba una carta sellada.<br />Mi abuela le dijo, Pedro &#191;se est&#225; quemando la casa? Y &#233;l contest&#243;, no Mela, soy yo que ya estoy muerto. Vengo a avisarte. Nunca te dije que te quer&#237;a como te quer&#237;a. Mis palabras no fueron reflejo de mi amor. Te lo hice ver, s&#237; es cierto, pero tuve siempre miedo de decirte palabra a palabra lo feliz que me hiciste. Lo mucho que te quiero. Por eso, en las noches, en las madrugadas, cuando llegaba a los ranchos o dorm&#237;a al raso, me ocup&#233; de escribirte poco a poco lo que estuve sintiendo todos estos a&#241;os por ti. Y aqu&#237; te traigo la carta: es muy larga, es como un diario de mi amor. L&#233;ela con gusto, sabe cu&#225;nto te quise, cu&#225;nto te estoy queriendo.<br />Mela, en el sue&#241;o, se levant&#243; y apart&#243; los tules de la cama, que ard&#237;an. Iba descalza, me cuenta, sintiendo el suelo fr&#237;o. Se acerc&#243; a su marido y le tom&#243; la carta de las manos. &#201;l desapareci&#243;.<br />Cuando se despert&#243; al otro d&#237;a, Melita supo que el sue&#241;o era verdad, que su Pedro hab&#237;a muerto en alg&#250;n lado. Busc&#243; la carta por toda la pieza, pero no la encontr&#243;. Pens&#243;, ya llegar&#225; la carta, y prepar&#243; a sus hijos. Les dijo, muchachos, su pap&#225; se muri&#243;. Anoche vino a verme. No nos vamos a poner de luto porque el luto se lleva dentro. Vamos a dar una vuelta por el monte, vamos a recoger muchas flores, las vamos a tirar al r&#237;o, para que le lleguen.<br />Prepar&#243; luego a la tropa, &#243;rdenes y contra&#243;rdenes, y comenz&#243; el regreso hasta Parral. Tard&#243; m&#225;s de un a&#241;o en llegar, y cuando por fin lleg&#243;, la estaba esperando una carta de mi abuelo. Un compa&#241;ero de armas la hab&#237;a llevado hasta la casa de los padres de Mela. Mi abuelo, tal vez presintiendo el fin, se la hab&#237;a dado a Bernardo &#193;lvarez, por si le pasaba algo. <br />Pedro hab&#237;a muerto en Tlaxcaltongo, al lado de su general Carranza, en la emboscada. Se hab&#237;an refugiado de la balacera en una iglesia y all&#237; los hab&#237;an matado. Los encerraron y prendieron fuego a la iglesia. As&#237; hab&#237;a muerto Pedro. Chamuscado.<br />&#191;Y la carta, abuelita? &#191;La carta?... Mela me mir&#243;, ojos azules, piel transl&#250;cida. La carta, m' hijita, la tengo en esa cajita de terciopelo. Ya les dije a tus t&#237;os. Cuando me muera, que me incineren con ella. Yo tambi&#233;n quiero arder, me dijo, con esa carta en mis manos.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>
<p><font size="1">La ilustraci&#243;n: Retrato de Julia Strachey de Dora Carrington</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </p>
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 <dc:date>2005-10-12T12:22:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>Otelo</title>
<link>http://arteyliteratura.zoomblog.com/archivo/2005/10/10/otelo.html</link>
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<p>&nbsp;<img style="PADDING-RIGHT: 6px; PADDING-LEFT: 6px; FLOAT: left; PADDING-BOTTOM: 6px; PADDING-TOP: 6px" src="http://www.kt.rim.or.jp/~m-haya/cocteau_tapi.jpg" alt="" />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </p>
<p>Por la noche, sigiloso, lo sent&#237; abrir la puerta de la c&#225;mara donde yo yac&#237;a, ya tr&#233;mula, esperando su abrazo. Estaba desnuda sobre la seda azul de las s&#225;banas de Oriente. Vi brillar, a la luz de las velas, sus profundos ojos negros. Alcanc&#233; a sentir sus manos recorriendo mi cuerpo. Sus dedos alrededor de mi cuello. Dej&#233; escapar un ligero suspiro. Y comenc&#233; a disfrutar del mayor placer que jam&#225;s conoc&#237;. Tan&nbsp;hermso fue, que no quise despertarme a pesar de que, en la lejan&#237;a, escuch&#233; que me llamaba desesperadamente.</p>
<p></p>
<p><em><font face="Arial, Helvetica, sans-serif" size="1">La ilustraci&#243;n&nbsp; es de Jean Cocteau</font></em></p>
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 <dc:date>2005-10-10T09:12:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>La mujer que ten&#237;a dos corazones</title>
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<img style="PADDING-RIGHT: 6px; PADDING-LEFT: 6px; FLOAT: left; PADDING-BOTTOM: 6px; PADDING-TOP: 6px" src="http://photos1.blogger.com/img/167/3725/320/lamujerdedos.jpg" alt="" />Esa mujer. La vi por primera vez una ma&#241;ana de junio en 1999. La vi corriendo por la calle. Hab&#237;a llovido pero por un momento, la lluvia ces&#243;. Ella se apresuraba por la Gran V&#237;a esperando, supongo, esquivar la lluvia que volver&#237;a a caer enseguida. La vi con su faldita blanca que volaba entre las rodillas huesudas, de mujer flaca, de joven mujer flaca que corre. La blusa, no me fij&#233; en la blusa, pero deb&#237;a ser una blusa de colores, porque por aquella &#233;poca, luego me di cuenta, ella llevaba siempre flores en el pecho: flora urbana. Entr&#243; apresuradamente en un edificio de oficinas. Yo la observaba desde el caf&#233; de La Habana. Me tomaba un caf&#233; y unas tostadas cuando la vi pasar. Cuerpo delgado y &#225;gil de muchacha. Piernas flacas. S&#237;, pero muslos carnosos, m&#225;s sensuales: casi como delfines que saltan alegres y despreocupados en la bocana del puerto. Los muslos de la joven me retrotrajeron al puerto, a su olor salado y bochornoso, a ese aire caliente y h&#250;medo y como grisazulado del aire del puerto. Aire salitroso y espeso, cargado de sensualidad, como el semen de un marinero reci&#233;n desembarcado que busca sexo en las esquinas de la ciudad del puerto.<br />Al ver las piernas de la joven que corr&#237;a y sin embargo, al detenerme a pensar en esas piernas veloces que corr&#237;an, mi pensamiento se detuvo en ellas a pesar de la velocidad que esas piernas alcanzaron. Pens&#233; que la carne de las mujeres no es rosada ni blanca ni es morena o amarillenta, seg&#250;n la raza. Todas ellas tienen infinidad de matices, de colores, que van desde el azul prusia, en leves venillas insolentes, hasta cierto verde agua, que las relaciona con el mar y las ondas, y que proviene de su origen marino. Luego vienen los rosas y los rojos, rojos que proceden del coraz&#243;n caliente de las mujeres, tan proclive a amar como a odiar de pronto y sin previo aviso. Y la carne de ellas tambi&#233;n tiene tonos suavemente sepias y marrones, porque algo las lleva a ser dulces como el membrillo y luego duras, cortantes como cuchillos. Esos colores tienen que ver, yo creo, con la variedad de emociones que las traspasan, que las hienden. Amarillos para la envidia y los celos, verde para la suave esperanza de sus vidas; gris para los d&#237;as de cada d&#237;a, en las ma&#241;anas en que, como hoy, ellas se apresuran a llegar al trabajo intentando no mojarse con esa lluvia pertinaz y sucia que moja las calles de la ciudad.<br />Coches y asfalto, ruidos y gases, gentes que huelen a sudor h&#250;medo y ella, la joven a&#250;n desconocida, corriendo para esquivar la lluvia. Con sus veloces piernas, sus rodillas huesudas y sus muslos de delf&#237;n joven.<br />Esa fue la primera vez que la vi.
<p>No vi su rostro aquel d&#237;a. No imagin&#233; sus ojos, tan azules como el Prusia, con peque&#241;os destellos plateados, a veces amarillentos, otras verdosos. Su pupila. Una de ellas siempre m&#225;s dilatada que la otra. Luego me di cuenta que era completamente asim&#233;trica: una parte de su cara era casi siempre oscura, casi siempre estaba te&#241;ida de azul, en sombra. La otra parte de la cara era luminosa, casi amarilla de tan clara: tan casi blanca que reluc&#237;a entre las luces del alba, entre las s&#225;banas. Uno de sus ojos era m&#225;s grande: ligeramente m&#225;s grande que el otro ojo, y miraba con astucia; tambi&#233;n con desconfianza. El otro ojo, ligeramente m&#225;s peque&#241;o, compensaba esta condici&#243;n porque el p&#225;rpado era m&#225;s alto, m&#225;s hermoso que el otro p&#225;rpado, el del ojo grande y suspicaz. As&#237;, supongo, los dos ojos se armonizaban entre s&#237;, y esa asimetr&#237;a no la notaba nadie. Nadie que no observara atentamente esa cara hubiera notado lo que yo: pero yo la observ&#233;, s&#237;, atentamente, lujuriosamente, calmadamente, obsesivamente y lo vi, vi el ojo suspicaz y el otro, el ojo amoroso y dulce. El ojo con que a veces me miraba, ocultando el otro en la almohada. Pero yo sab&#237;a que ella me contemplaba desde su interior con los dos ojos, y sab&#237;a tambi&#233;n que con ambos ojos me juzgaba y me condenaba a veces, y en otras ocasiones, con ambos ojos me absolv&#237;a, me arropaba en su amor, me abrazaba con ambas pupilas, con ambos p&#225;rpados, con las dos miradas.<br />Al otro d&#237;a, como suele ocurrir en junio, hac&#237;a calor. El clima de la ciudad hab&#237;a cambiado completamente. La ciudad se hab&#237;a despertado llena de humos y ruidos: ruidos, voces, calor que sub&#237;a desde el asfalto hasta el m&#225;s alto de los edificios. Sub&#237;a el calor como sube el humo de un incendio y as&#237;, incendiado, pero por otro fuego, la vi pasar de nuevo. Esta vez las dos piernas la llevaban con suavidad, con energ&#237;a suave y delicada, con peque&#241;os saltos imperceptibles hacia el edificio de las oficinas que ya supon&#237;a yo que era donde ella trabajaba. Conjugar este verbo en relaci&#243;n a su persona de pronto me pareci&#243; incongruente y extra&#241;o, pues no la imaginaba sentada, las dos piernas una sobre otra o las dos en paralelo ligeramente inclinado sobre una imaginaria vertical, ante una mesa: est&#225;tica. No la imaginaba as&#237;, no pod&#237;a hacerlo, porque hasta ahora, las dos veces que la hab&#237;a visto la hab&#237;a visto en movimiento, en movimiento atl&#233;tico el d&#237;a anterior y ahora en movimiento lento, sincopado, aunque en&#233;rgico. Porque su juventud la llevaba, s&#237;, con lentitud pero con segura energ&#237;a, hasta su puerto. Sus muslos, ahora cubiertos por la falda que ya no danzaba ni se arremolinaba sobre las flacas rodillas, la llevaban de nuevo frente a m&#237;: a mostrarse de nuevo.</p>
<p>Aun en esta segunda vez no me fij&#233; en su rostro, porque segu&#237; mirando fijamente esas piernas, ahora ya no veloces, sino seguras y pausadas, la segu&#237; viendo mientras esperaba ver algo de delf&#237;n, algo de bocana, de puerto... y desde lejos, contempl&#225;ndola, me sorprend&#237; aspirando hondo, como si quisiera oler su olor de pez, de pez que llega a saltos hasta cerca de la playa. De pez gris azulado y saltar&#237;n.Y me so&#241;&#233; por un momento en una esquina del puerto, de una de sus calles, oliendo a salitre y a h&#250;medo calor procedente del mar, y sent&#237; c&#243;mo suavemente se alzaba la tela de mi pantal&#243;n, se impregnaban mis ingles y mi sexo &#233;l tambi&#233;n del dulce olor a agrio del sudor y del puerto, sin que en realidad, por supuesto, pudiera yo oler a esa joven de piernas ahora pausadas. Ni por asomo pude olerla aquel d&#237;a, pues pasaba, aunque lenta, muy lejos de m&#237;, aunque cerca de mi mirada evocadora la tuviera un momento, o m&#225;s bien, la retuviera y le hablara en mis pensamientos, y le dijera: detente, dime algo, m&#237;rame. D&#233;jame olerte un poco, s&#233; que hueles a puerto. </p>
<p>Al tercer d&#237;a, mi impaciencia me llev&#243; ya fuera del caf&#233; La Habana.<br />La esper&#233; en la esquina de Gran V&#237;a y Aribau. Esta vez la vi emerger de la escalera del Metro, y por primera vez vi primero sus ojos, sus ojos asim&#233;tricos, aunque en ese momento a&#250;n no me percat&#233; de tan sutil asimetr&#237;a. Pero s&#237; vi que su rostro estaba partido en dos mitades, una mitad azul oscuro, de sombra, la otra mitad amarilla, casi blanca, casi hecha de pura luz matinal, inocente y serena. Vi su nariz, algo larga y un poco ancha en la parte de abajo, y la boca, de labios amplios, serios, labios algo son&#225;mbulos, que besan -pens&#233; entonces y luego confirm&#233;- como si estuvieran un poco ausentes de todo. Labios que luego bes&#233; tanto y tan in&#250;tilmente, intentando llevar hasta ellos mis miriadas de hormigas. Pero mis hormigas no consiguieron trepar hasta all&#237;, si acaso hasta las manos, a veces. Las manos que eran tambi&#233;n como las rodillas, huesudas y flacas, grandes, casi de hombre. Manos bruscas, nerviosas, que a veces me llegaron a hacer pensar que s&#237;, que hab&#237;a hormigas, porque ella de pronto met&#237;a sus manos debajo de mis pantalones y sacaba violentamente los faldones de mi camisa, y me levantaba la camisa, y las manos buscaban mi piel, mi espalda, especialmente, pero tambi&#233;n mi pecho, y las manos sub&#237;an y bajaban con premura por mi torso, por mis om&#243;platos, sobando y a veces, incluso ara&#241;ando y haciendo apresurado todo, pero sin que las piernas, en cambio, consiguieran saltar hacia m&#237; en actitud de delf&#237;n euf&#243;rico, porque siempre hab&#237;a algo en ese cuerpo raro que iba despacio, pausado, aunque otras de sus partes anduvieran con prisas. Esa fue otra de las asimetr&#237;as que logr&#233; concretar. La asimetr&#237;a entre lo r&#225;pido y lo lento.<br /><br />Ella se llamaba Carmen. Carmen. Carmen. Carmen. Carne y sangre y piel se llamaban Carmen, pero un ojo y algunas veces los labios no deb&#237;an llamarse as&#237;. Ten&#237;a ella otro nombre que no quiso decirme y que luego averig&#252;&#233;, ya cuando la hab&#237;a perdido.Y no ten&#237;a solamente un nombre sino dos, porque dos eran sus ojos: uno astuto y suspicaz; otro suave y amoroso, y dos eran las velocidades de su amor, uno era lento y el otro apresurado, y dos eran los corazones que lat&#237;an en su pecho, uno era m&#237;o y el otro era de otro. Y mientras yo repet&#237;a en la habitaci&#243;n y sobre sus pechos Carmen , Carmen, Carmen, ella deb&#237;a de estar oyendo tambi&#233;n, por el otro o&#237;do y en el otro coraz&#243;n el otro nombre, porque de pronto se levantaba y retornaba la vista a su ojo suspicaz, y pon&#237;a en marcha las piernas r&#225;pidas y el movimiento acelerado, y recog&#237;a sus cosas, y se vest&#237;a a toda prisa, y medio sonre&#237;a con media boca - la otra mitad de la boca ya se estaba yendo- y se marchaba toda ella, se iba y una mano, una de sus huesudas manos se agitaba, ya bajando la escalera del mi estudio, y me dec&#237;a la mitad del adi&#243;s, porque la otra mitad era ya un "Ya he vuelto", dicho al otro, al que la esperaba despu&#233;s.<br />Pero en el momento, yo todo esto lo intu&#237;a solamente.</p>
<p>El cuarto d&#237;a, el sorprendido fui yo, pues ella lleg&#243; por detr&#225;s m&#237;o. Me toc&#243; el hombro ligeramente y me volv&#237;. Al verla, sin saber por qu&#233;, se me llenaron los ojos de l&#225;grimas. La hab&#237;a pensado mucho, hab&#237;a intentado comenzar una introducci&#243;n. Me acord&#233; de Mar&#237;a Iribarne, al ver a Carmen, al constatar que era ella la que hab&#237;a estado buscando, como Juan Pablo hab&#237;a buscado a Mar&#237;a. Pero no sab&#237;a a&#250;n si ella era mi ella, pues mis dientes no se hab&#237;an hundido todav&#237;a, suavemente, en esa piel de sol y sombra que era su vientre. sinti&#233;ndome tan en ella como quien quiere naufragar, jam&#225;s salir a flote. <br />- Disculpe &#191; le pasa algo? Me pregunt&#243;. <br />-Nada &#191;por qu&#233;?<br />-Ayer le vi. Parec&#237;a usted perdido, y al verle hoy de nuevo, me pregunt&#233; si tal vez est&#225; usted enfermo, o si se encuentra bien.<br />Me di cuenta de que , en efecto, mi aspecto deb&#237;a ser pat&#233;tico. Sin afeitar desde hac&#237;a cuatro d&#237;as, sin cambiar de ropa, solamente pensando obsesivamente en ese momento que ya hab&#237;a llegado. Le dije:<br />-Necesito desayunar &#191;me invita?</p>
<p>Sentado frente a la mesita de m&#225;rmol del caf&#233; de La Habana, tomando un caf&#233;, unas tostadas, sorbiendo el aire que me separaba de ella, la mir&#233;. Fijamente. Y ella a m&#237;. Ya no hubo preguntas, sino certezas. Ella trabajaba en efecto, en el dominical del diario "La Vanguardia", se ocupaba del dise&#241;o gr&#225;fico. No se sentaba demasiado, como imagin&#233;. Brevemente, le hice un resumen de mi vida. Pinto. Hago esculturas. Escribo a veces historias que me sugieren mis cuadros, pues a menudo un medio solamente no es suficiente para expresar lo que quiero expresar. As&#237;, las letras se mezclan con los colores. Surge el personaje en el relato y la forma se establece en el lienzo. As&#237; me son m&#225;s familiares, m&#225;s cercanos mis mu&#241;ecos. Me acompa&#241;an en mi soledad. Y apareci&#243; la primera pregunta:<br />-&#191;Y por qu&#233; est&#225; solo?<br />-No lo s&#233;. &#191;Quiere usted remediarlo?<br />-Podemos intentarlo, dijo.<br />Durante dos semanas, pr&#225;cticamente no nos separamos. No s&#233; c&#243;mo, cu&#225;ndo ni qu&#233; dir&#237;a ella a los dem&#225;s: en el trabajo, a su familia, al mundo suyo. S&#243;lo s&#233; que duch&#225;ndome con ella, sec&#225;ndole la suave piel, despertando en la misma cama que ella, me sent&#237; por fin, cogido al mundo con las dos manos.<br />Escrib&#237;a por las ma&#241;anas, cuando ella dorm&#237;a. La pintaba a veces, cuando se pon&#237;a a leerme. Era una excelente lectora, y dominaba el arte de no despojar a la poes&#237;a de su misterio. No exageraba las inflexiones de la voz ni levantaba nunca &#233;sta por encima del susurro. Escuchaba su intimidad mientras dec&#237;a los versos, sin recitarlos. Me acompasaba al ritmo de sus s&#237;labas, como un gato sobre un regazo maternal.<br />B&#225;jabamos a veces, por las tardes, a ver el mundo, a constatar que segu&#237;a all&#237; existiendo ese ruido, esas otras gentes desconocidas, esos olores tan carnales; a aceite frito, a jab&#243;n, a sudor, a humo. Y por la noche, las luces de los faros de los coches y el zumbido de las m&#225;quinas que los llevaban a destino, parec&#237;an recordarnos que el tiempo corre sin cesar, que no podemos detenerlo. En un momento u otro &#233;l nos atrapa, nos hace el rizo. Nos lleva al otro lado de la cinta y ya estamos otra vez sumergidos en la rutina, en el aburrimiento, en el sopor de cada d&#237;a. Se acaba la magia y se acaba y se va.<br />Y as&#237; se fue el tiempo nuestro, y empezamos a hablar de vida en com&#250;n, y ella me cont&#243; de su trabajo, al que deb&#237;a volver, de su familia, de sus padres, hermanos, de sus amigas y yo...que ten&#237;a mucho menos que contar, tambi&#233;n habl&#233; de mi infancia, de mis padres, ya muertos, de mis dos hermanas, gemelas id&#233;nticas, y sin embargo, tan diferentes entre s&#237;. Y le expliqu&#233; que en mi soledad, antes de encontrarla a ella, yo era feliz. Estaba tranquilo y resignado. Amaba lo poco que ten&#237;a: la pintura, las formas que adoptaban a veces mis esculturas, mis palabras... que de vez en cuando ten&#237;an un sentido, y en cambio ahora eso parec&#237;a tan poco, me dejaba tan vac&#237;o solamente tener eso. Porque la necesitaba a ella, y cada d&#237;a la anhelaba, y cada frase suya me hac&#237;a desear escuchar la siguiente frase y necesitaba tocarla y si no la tocaba sent&#237;a que a mi mano, a mi cuerpo todo le faltaba una parte, y buscaba su cuerpo, su dedo, su pie, cualquier parte de su cuerpo, para tocarlo y para sentir que era. Que yo era. que yo exist&#237;a, en efecto, All&#237;. En ese pedacito de carne, de dedo, de pie. All&#237; era yo, exist&#237;a todo yo, concentrado en su existencia como un ni&#241;o en la silueta de un globo que se pierde en el espacio.<br />Pero ya hab&#237;a yo observado que a veces ella me juzgaba y no le gustaba del todo. Ya notaba yo que parte de su cara me negaba lo que con la otra parte me conced&#237;a. Ya comenzaba ella a veces a saltar de la cama y a irse...Y una noche escuch&#233; ese otro tic-tac del segundo coraz&#243;n. Antes no lo hab&#237;a o&#237;do, anegado como estaba en mi propio placer ego&#237;sta. Pero una noche lo o&#237;.<br />No dije nada.<br />Call&#233;, por miedo a escuchar una verdad insoportable.<br />Ella volvi&#243; al trabajo, a su vida. Llegaba siempre a las seis de la tarde. Eso me tranquiliz&#243;. Pens&#233;: debe haber alg&#250;n eco extra&#241;o en ese pecho tan hermoso; alg&#250;n desv&#225;n donde el coraz&#243;n retumbe de tan grande que es.<br />Un d&#237;a, ya pasados algunos meses, ella ya no volvi&#243; a las seis.<br />Y por la noche, mientras dorm&#237;a, comprob&#233; que el segundo latido del coraz&#243;n del otro lado era m&#225;s y m&#225;s fuerte cada vez. Cada noche, durante un tiempo, volv&#237; a escuchar ese latido, a comprobar si exist&#237;a verdaderamente ese segundo coraz&#243;n. Y a&#250;n m&#225;s. Encontr&#233; unas llaves, unas llaves en su bolso. Cuando las encontr&#233;, porque las buscaba, mi propio coraz&#243;n reson&#243; tan estruendosamente que me asust&#233;. Qued&#233; sobresaltado. Ella ya no se duchaba, para entonces, conmigo. Ya se secaba sola la suave piel. Hab&#237;a pasado el tiempo, nuestro tiempo. El viento y el frescor se hac&#237;an m&#225;s evidentes, y en mi alma se anunciaba una tormenta. Porque &#191;qu&#233; pod&#237;a hacer? Enga&#241;arme o afrontar... hablar. No, no quise hablar. Tuve miedo de perderla. Pero la espi&#233; cuando me miraba, con esos dos ojos asim&#233;tricos, y cuando me dec&#237;a hola con una mano y adi&#243;s con la otra mano, y cuando un coraz&#243;n ya lat&#237;a d&#233;bilmente por m&#237;, mientras que el otro iba vigorosamente alado al coraz&#243;n del otro. La espi&#233;, pero no la segu&#237;.<br />No la segu&#237; porque poco a poco me fui recluyendo en m&#237; mismo, en mi casa, en mi obra. Deseaba el ostracismo. Me convert&#237; en un hombre cuya &#250;nica vida entraba por la puerta a cualquier hora. Ya no contaba las horas que ella estaba conmigo, ni escuchaba las palabras de conmiseraci&#243;n que le despertaba mi aspecto. Yo me encerraba en el ba&#241;o, a veces, a llorar y mirar mi imagen reflejada en el espejo. T&#225;ntalo seducido y paralizado por el miedo. Sab&#237;a que la perd&#237;a y no pod&#237;a hacer nada. Ni siquiera llamarla por el nombre del otro. <br />Y un d&#237;a, ella no lleg&#243;.<br />Y otro d&#237;a, ella no lleg&#243;.<br />Y el tercer d&#237;a, y el cuarto, ella no volvi&#243;.<br />Y yo no fui a buscarla; no sal&#237; a la Gran V&#237;a a ver si la ve&#237;a. Ni me detuve delante de la escalera del metro , entre Aribau y Plaza Universidad. No lo hice. En cambio, pint&#233; y pint&#233; su rostro en muchos lienzos; su rostro azul y amarillo, con un ojo ligeramente m&#225;s grande que el otro, con una pupila algo m&#225;s dilatada, un ojo m&#225;s dulce, y otro m&#225;s amargo, cr&#237;tico, con el que sin duda me juzg&#243; indigno de ser due&#241;o de sus dos corazones.</p>
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 <dc:date>2005-09-29T08:34:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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 <title>El inocente asesino</title>
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<img style="PADDING-RIGHT: 6px; PADDING-LEFT: 6px; FLOAT: left; PADDING-BOTTOM: 6px; PADDING-TOP: 6px" src="http://blogia.com/arteyliteratura/upload/asesino_b.JPG" alt="" />El tiempo aqu&#237; fuera pasa de otro modo. El tiempo no tiene una sola interpretaci&#243;n. Todos saben que sus ritmos son variables. El tiempo aqu&#237;, el tiempo en que te recuerdo, es infinitamente lento. Salgo del piso. Camino hacia el Portal del &#193;ngel. Tengo tiempo y miro con detenimiento los escaparates de anticuarios, de marquistas; las galer&#237;as comerciales, las tiendas de discos, los bares. Atravieso las Ramblas y la calle Canuda antes de llegar a la Plaza. Entro en el caf&#233; de la Catedral, todav&#237;a cerca de donde ocurri&#243; aquel parricidio que a&#250;n recuerdan en el barrio, por su horrible crudeza.<br />Nadie conoc&#237;a a aquel chico, me dice mi casual compa&#241;era de mesa. El bar est&#225; lleno hasta los topes y me ha pedido que la deje sentar mientras bebe su copa de cerveza. Me conoc&#237;a de vista, me dice, me ha visto en otras ocasiones por aqu&#237;. Asiento. Didier, me cuenta, fue condenado a cumplir la pena en el Hospital Psiqui&#225;trico de Reus hasta llegar a la mayor&#237;a de edad. Despu&#233;s, ser&#237;a liberado. Un ni&#241;o aislado, que desconoc&#237;a el mundo que se extend&#237;a m&#225;s all&#225; de los visillos de la ventana. Al parecer, la mayor parte del tiempo la hab&#237;a pasado en una cuna, dormido o drogado. Su &#250;nico entretenimiento fue mirar y mirar a su alrededor, haciendo un d&#237;a tras otro de su corta vida, el mon&#243;tono cat&#225;logo de los objetos de la habitaci&#243;n: la colcha de la cama de su madre, las figuras de un bel&#233;n que a&#241;os atr&#225;s se hab&#237;a montado y no hab&#237;a sido guardado. Las botellas de colonia, los frascos de crema, los pintalabios de Julie.<br />Mi desconocida narradora era una mujer cuyos ojos me recordaban vivamente los tuyos. De ah&#237; que la escuchara con absoluta atenci&#243;n y accediera, gustoso, a escuchar la truculenta historia de aquel crimen.<br />Julie, la madre, era una mujer a&#250;n atractiva. Cuando digo &#147;a&#250;n&#148;, me refiero, me dijo mi narradora, a que todav&#237;a las arrugas que surcaban su rostro la hac&#237;an parecer interesante, todav&#237;a no decr&#233;pita. Su cuerpo segu&#237;a siendo gr&#225;cil, pero la sonrisa no acababa de cuajar en el delicado rostro. Siempre vestida de negro y con sencillez, recordaba a todos la &#233;poca en que Saint Germain se hallaba lleno de cuevas de jazz y la &#147;bohemia&#148; a&#250;n exist&#237;a. Julie se parec&#237;a a aquella cantante &#191;Yo no la conoc&#237;a? &#191;no hab&#237;a o&#237;do hablar de ella? Se llamaba Juliette Greco. Estuvo muy de moda en mis a&#241;os de juventud, dijo mi narradora. Claro que yo era demasiado joven para conocerla. El caso es que, delgada y distante, Julie, una francesa que hablaba con dificultad el castellano, iba y ven&#237;a, abr&#237;a y cerraba la puerta del portal, sin intercambiar palabra con nadie. Por eso mismo, nadie sab&#237;a que en su vida exist&#237;a un secreto: la existencia de Didier, su presencia, hac&#237;a a&#241;os, en la casa.<br />La ma&#241;ana que Didier sali&#243; a la calle por vez primera, semidesnudo, manchado de sangre y balbuceando incoherencias, no se pudo establecer en un primer momento de d&#243;nde proven&#237;a. Bastante alto y encorvado, el albornoz azul con ositos blancos que vest&#237;a le llegaba apenas a cubrir las nalgas. Los brazos dif&#237;cilmente entraban en las mangas. Le cubr&#237;an hasta los codos, apretando sus macilentas carnes. La blancura extrema del rostro y de todo su cuerpo revelaban bien a las claras que no hab&#237;a sido expuesto directamente a la luz del sol. Azorado, el muchacho se qued&#243; hecho un ovillo en la acera, con los ojos cerrados y los labios temblando, a unos cincuenta metros de su domicilio. Casi enseguida, personas sol&#237;citas y extra&#241;adas le rodearon &#191;Qu&#233; ocurre, chaval? Su balbuceo no ces&#243;, pero era ininteligible. No lloraba (despu&#233;s se comprob&#243;, dijo mi narradora, que ni siquiera al sufrir un da&#241;o f&#237;sico, un golpe fuerte o una ca&#237;da, Didier era capaz de llorar: no conoc&#237;a el consuelo de las l&#225;grimas). Se le ve&#237;a abatido y confuso y su mirada era err&#225;tica. Nadie se atrevi&#243; a tocarlo hasta la llegada del SAMUR. <br />Entre las calles de este barrio de estudiantes, de artistas y de malvivientes, te recuerdo, querida m&#237;a. Recorro estas calles observando todas las nucas, buscando en todos los ojos. Esperando que un d&#237;a, por un extra&#241;o milagro (pero qu&#233; digo: todos los milagros son extra&#241;os y &#233;sa es, precisamente, su naturaleza), vengas a m&#237; o vislumbre tus cabellos o tu cuello. Tu estrecha cintura, tus hermosas, sinuosas caderas. Sue&#241;o con frecuencia que me buscas en la estrecha calle. Que llamas a mi puerta. Cada vez que suena el timbre me sobresalto, pensando en ti; late mi coraz&#243;n aceleradamente por ti, hasta parecer que va a estallarme dentro del pecho; mis dedos esperan tus mejillas, tus sienes, tus cabellos; mi boca muerde la tuya, antes de besarla. Pero nunca eres t&#250;. T&#250; no llamas nunca a mi puerta. El tiempo eternizado de tu p&#233;rdida me inunda mansamente: la certidumbre de tu p&#233;rdida. Mis ojos ya no te lloran. Tu ausencia es ya sustancial en m&#237;. Inquieto con tu recuerdo, desosegado, vuelvo a mirar los ojos de mi interlocutora y vuelvo a la historia de Didier. Mientras la narra, la mujer fuma compulsivamente. Mira hacia el vac&#237;o o hacia la copa de cerveza que bebe lentamente. Evita mi mirada al narrar la terrible historia. Mi mirada escrutadora, fija en ella, atenta.<br />Poco despu&#233;s de llegar el SAMUR, lleg&#243; tambi&#233;n la polic&#237;a. Se sigui&#243; el breve rastro de sangre que el muchacho hab&#237;a dejado tras de s&#237; en sentido inverso y penetraron en el portal, subieron la escalera, abrieron la puerta y hallaron el lugar del crimen.<br />All&#237; se hallaba el cad&#225;ver decapitado de una mujer, cuidadosamente colocado dentro de la cuna en la que luego se supo que hab&#237;a dormido Didier desde su nacimiento. Una cuna rom&#225;ntica, inocente como todas las cunas, pintada de blanco y con los esbeltos barrotes torneados. Sobre la cama de matrimonio que se hallaba en la misma habitaci&#243;n, fue encontrada la cabeza, depositada sobre una de las almohadas.<br />La autopsia demostr&#243; despu&#233;s que Julie no hab&#237;a sido violada. Sin embargo, su cuerpo hab&#237;a sido cubierto con saliva y despu&#233;s, rociado con el semen del adolescente de 13 a&#241;os. La cabeza hab&#237;a sido lavada, me dijo, estremeci&#233;ndose, mi narradora. Didier hab&#237;a removido todo rastro de sangre. El cabello hab&#237;a sido secado y peinado. En el rostro destacaba un &#147;rouge&#148; intenso de Chanel. Ten&#237;a una expresi&#243;n tranquila. S&#237;, tranquila. No era m&#225;s que una cabeza limpia, perfectamente colocada encima de un almohad&#243;n. Ominosa, la cabeza casi esbozaba aquella sonrisa que en vida de Julie no hab&#237;a conseguido cuajar.<br />Mientras escucho la historia, impasible, recorro el rostro de la mujer del bar. Miro sus manos nerviosas, que van del cigarrillo al cenicero y luego a la copa de cerveza. Y miro su boca, que se abre y cierra al articular la narraci&#243;n y al fumar y al beber el dorado l&#237;quido. Miro tambi&#233;n la ceniza acumulada en el cenicero, inmunda. Al mirar sus manos blancas me vienen a la memoria tus blancas manos, tan dulces, tan peque&#241;itas. Tus dedos finos, las afiladas u&#241;as con que ara&#241;aste mis manos y mi rostro, querida madre m&#237;a, mientras yo te cortaba el gr&#225;cil cuello. Una vez terminadas la historia del ni&#241;o asesino y la copa de cerveza, he invitado a la mujer narradora a tomar una segunda copa en mi piso de la Calle Escudellers. Y ella ha aceptado, sonriente. Desde luego, tiene una hermosa cabeza.
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 <dc:date>2005-09-27T17:03:00+01:00</dc:date>
 <dc:creator>reinadegrillos</dc:creator>
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