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    Publicado el 23 de Marzo, 2006, 18:33

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    Hace unos días me llegó un libro de arte: Seeing Ourselves ( Women's self-portraits), de Frances Bozzello, Thames&Hudson, Londres, 1998) que es una historia del autorretratos femenino desde el siglo XVI hasta nuestros días.

    De todas las reproducciones he decidido compartir éstas:

                          

    Catharina Van Hemessen :el primer autorretrato de un pintor (que se sepa), independientemente del sexo, que muestra a un/a pintor/a ante el lienzo (1548)

                         

    Ana Waser se pintó a los 12 años. Fue una niña prodigio (1691)

                        

     Anna Dorothea Therbusch se pintó mostrando los estragos de la edad y con el anteojo necesario para la lectura (1762)

                        

    Elisabeth Vigée-Lebrun se presentó a la sociedad de su tiempo llena de candor y belleza juvenil (1781)

                       

    Zinaida Serebryakova se muestra en la intimidad de su tocador (1909) con buen humor y un toque de erotismo

                       

    Dorothea Tanning, pintora surrealista, se muestra hermosa y con las puertas que la circundan abiertas a lo desconocido. A sus pies una bestia sugiere el poder de lo onírico (1942)

                       

    La chicana (mexicano-americana) Yolanda M.López se pinta usurpando los hábitos de la Virgen de Guadalupe y con aspecto feliz y dinámico (1978)

                       

    Rachel Lewis pinta su enfermedad en un collage con el trasfondo de los recortes de diarios y revistas que la oprimen con la presión soscial de la delgadez y de la moda (1990)

                       

    Jenny Saville pinta su enorme cuerpo sin pudor, un cuerpo marcado con palabras o marcado, como esperando el escalpelo de cirujano plástico (1992)  

    Publicado el 14 de Marzo, 2006, 19:03

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                                                                                             Desnudos de Antonio López 

    Mi madre, aunque era una mujer culta y muy preparada, hacía pocas cosas conmigo. Su trabajo centraba su vida. La definiría con esa afortunada palabra en inglés: Workoholic. Adicta al trabajo. Una adicción que para los demás puede ser tan devastadora como cualquier otra. El caso es que recuerdo que los domingos solía llevarnos al teatro del Bosque (en Chapultepec) a ver obras infantiles, o al zoo y al trenecito, pero sólo cuando estaba a bien con mi tío Mario, que era quien llevaba la batuta en estas salidas. A veces fuimos al museo del Castillo de Chapultepec, que era muy didáctico (no sé cómo estará ahora), con sus muñequitos figurando batallas, sus escenas miniaturescas de la historia de mi país y dos preciosos cuadros (creo que parecían de algún seguidor de Wintelhalter) de Maximiliano de Habsburgo y de Carlota, fugaces e inoportunos emperadores de México. De todo el museo, lo que más me gustaba eran esos cuadros. Pero no tuve una educación artística de niña. Sin embargo, como ya he contado antes, en la biblioteca de mi abuelo había muchos libros, y por ellos comencé a ver cuadros en ilustración. Mi madre recibía varias revistas en inglés, y ahí también me enteré de qué se cocía en el mundo el arte, porque recuerdo que cuando yo tenía 16 años y entré en la Prepa 6 de Coyoacán (había perdido un año a causa de la muerte de mi madre y una estancia que resultó frustrante en Wisconsin, con mi tía Chata), ya sabía quiénes eran Leonardo, Rafael, Miguel Ángel y Henry Moore, Alexander Calder y algunos otros. Recibí algunas clases de pintura junto con mi gran amiga de la secundaria Marilú Nájera Coronado. No recuerdo más que visitas escolares a los museos de San Ángel, ni recuerdo con precisión cómo comencé a sentirme atraída por la pintura. A los 17, yo pintaba esporádicamente, aunque, como he mudado tanto de casa, no conservo nada de lo pintado entonces.

    Quizá no fue hasta que llegué a Europa ( a los 23 años) que verdaderamente comencé a ver arte en el Louvre, el museo de Orsay (entonces en la Orangerie). Como dice David Hockney en su libro El conocimiento secreto, lo normal es familiarizarse con el arte a través de las ilustraciones. Puede que sea cutre, pero es así. Por eso es importante internet: pone a nuestra disposición un gran número de ilustraciones. ¿Cómo se puede aprender a apreciar el arte? Viendo arte, no importa en qué forma: por internet, a través de libros, in situ. Lo que sí es verdad es que para ver arte no hay que tener prejuicios, no hay que tener miedo tampoco. Si a alguien no le gusta Picasso ¿por qué no va decirlo? Y hay que tener gusto ¿Gusto? tal vez el gusto se educa cuando se ve arte. Yo sé que siempre he tenido buen ojo. Y que nunca he dudado sobre la calidad de una obra, sea abstracta o figurativa. Como soy impulsiva, no me importa lo que opinen los demás. No tengo complejos. Soy ecléctica en mis gustos artísticos. Salvo la pintura italiana en su mayoría (que encuentro excesivamente esteticista y por ello, superficial, salvo excepciones), adoro la pintura de todos los tiempos y de todas las tendencias si me parece buena, si me habla.

    Dialogo con las obras. Cuando las veo, ellas me hacen preguntas, me suscitan una indagación estética. Una emoción, también, aunque no soy de las que lloran frente a un cuadro. La única vez que recuerdo haber llorado fue en el Prado, ante las sonrosadas mejillas de la Maja vestida de Goya, que parece que esté respirando. 

    Es importante no confundir el arte con la búsqueda o el hallazgo de la Belleza. El arte no busca la Belleza, como dice Tomás Segovia (en A Contracorriente): a veces la encuentra, casi de pasada. El arte busca la verdad. El arte tampoco busca la fiel reproducción del mundo, ni siquiera en las épocas realistas: busca un simbolismo de ese mundo. Una interpretación. El arte no busca la perfección de la forma: busca la transmisión de una emoción o de un sentimiento, o de un pensamiento. El arte es a menudo feo, irrealista, imperfecto.

    En cuanto a la pintura figurativa, he aquí algunas muestras de pintores que me interesan:

    Valerio Adami:

    Hermen Anglada-Camarasa:

    Francis Bacon:

    Marc Chagall:

    André Derain:

    Vassily Kandinsky:

    Paul Klee:

    René Magritte:

    Henri Matisse:

    Publicado el 30 de Enero, 2006, 9:10

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    Para el amigo Portnoy 

    Siempre me ha atraído la pintura flamenca. Tal vez porque mis antepasados De Lille provenían de la zona de los Países Bajos que después pasó a ser de Francia o más seguramente porque su sencillez y su sobriedad reflejan mejor mi concepción del arte. Más allá del detalle cotidiano, del paisaje o del acercamiento religioso, en la pintura flamenca noto una contención que me dice más que la exuberancia italiana o que la dulzura francesa, exceptuando, claro está, a pintores jansenistas como Georges de la Tour del que ya he hablado aquí.

    Mi primera visita a Brujas fue en compañía de mi marido, Juan Francisco, cuando se hizo aquella exposición de Europalia en que se pretendía mostrar el ligamen íntimo que hubo en las etapas humanista y renacentista (y aun en el barroco,) entre los Países Bajos y España. Los Países Bajos costaron a la corona española muchas vidas, muchos esfuerzos, mucho dinero. Al mismo tiempo, las influencias artísticas quedaron de manifiesto, lo mismo en pintura que en otras artes como la literatura o la música.  No por casualidad los museos españoles están llenos de pintura flamenca, traída principalmente a España durante el reinado de Carlos V, ese rey flamenco que no hablaba español cuando llegó a España...

    En Brujas vi la mayor parte de las obras de Hans Memling que hoy forman parte de mi pinacoteca mental y emocional. Ya le había visto antes, en El Prado, pero no en todo su esplendor. El número en pintura es importante: una obra no dice mucho, muchas obras nos lo dicen casi todo.Sus retratos siempre contienen un detalle digno de ser observado, una mirada cómplice, una mano que se apoya en el marco, como voyeurista, una expresión peculiar...

                                 

    He vuelto varias veces a Brujas, y en sus dos principales museos, el de Groeninge y el de Hans Memling, en el Hospital de San Juan, que es una ubicación perfecta. He reafirmado mi amor por esta pintura seria y meditativa, pura en líneas y colores. Cuya sutil trascendencia es transparente casi, como los velos que pinta en sus retratos femeninos.

    Esta trascendencia de los transparente, de lo puro, de lo uniforme y de lo sereno se ve claramente en este detalle del Tríptico de la familia Morleen, donde se aprecian perfectamente las cualidades que poseen sus retratos femeninos.

                   Triptico de la Familia Morleen

    En cuanto a su capacidad para la composición exterior e interior, veamos este hermosos cuadro de La presentación en el templo, en el que contrasta la geomatría del edicficio gótico, con la actitud, tan flexible, de la figuras humanas que conforman el conjunto central. 


    Y esa serenidad y esa blancura de la tez, esa sobria manera de asentarse en el mundo, armoniosa, callada, surge en toda su obra, tiñendo todo de paz.

                                                                                               

    El retrato de Memling es ecuánime, pero no inexpresivo. y su composición posee una gran riqueza, tanto cuando se refiere a los paisajes como a los personajes que aparecen y siempre hay un detalle para el movimiento y la imaginación:

      

    También llama la atención la capacidad miniaturista de Memling, concentrada tanto en sus altares como en sus trípticos ( son maravillosos los de El Juicio Final, el de San Juan Bautista, el de la Pasión, algunos de ellos encargados por mecenas italianos) y en el arca de Santa Úrsula, maravilloso relicario que es una obra extraordinaria y llena de detalles: en un espacio tan reducido, una pintura narrativa asombrosa. verdadera joya del arte flamenco:

             

    Además de los retratos y de la las obras con tema religioso, Memling también ejecuta bodegones o Vanitas (esas pinturas que tanto me gustan, en que se ejemplifica la vanidad de lo visible y el Tempus fugit) y cuya utlidad consistía en recordar a los espectadores la fugacidad de lo material y la importancia de lo trascendente. Pero sobresale su maestra en la composición de grandes escenas pintadas en pequeños paneles como el de El Juicio Final:

     

    Un detalle:

                                

    Por lo que toca al Museo del Prado, ahí podéis ver este alucinante cuadro, que debe mucho al colorido y la composición de Van der Weyden (pintor también extraordinario e indispensable) y que es el tríptico de la Adoración de los Reyes:

                                 

    En el Museo Thyssen también se encuentra algún cuadro valioso de este gran artista flamenco: Un maravilloso bodegón:

                               

    Y un espléndido retrato masculino de la época más madura del pintor:

                                 

    En realidad, Memling nació en Man, Alemania, cerca de la ciudad de Frankfurt (1440?-1494), pero en 1465 se presentó a las autoridades de la ciudad de Brujas para registrarse como pintor. Fue ahí donde floreció su obra. Los grandes pioneros de la pintura flamenca son Jan van Eyck, el Maestro de Flémalle y Rogier van der Wyden, quienes crearon esa magnífica paleta de colores vivos, naturales, esplendorosos. Esos rojos, esos brocados, esas transparencias de los velos en donde lo religioso y lo humano se dan la mano. Sus seguidores fueron cuatro pintores estupendos: Dieric Bouts en Lovaina. Hugo van der Goes en Gante y Petrus Christus y Memling en Brujas. Se cree que Memling nunca fue pintor independiente, sino que trabajó para Carlos el Calvo, aunque esto no está probado. También se cree que fue alumno de wan del Wyden en Bruselas y es posible que esto haya sido así. Cuadros como los de La adoración de los reyes o el Matrimonio de Santa Catalina así lo atestiguan.

    En suma, un pintor indispensable. Si vais a Brujas, esa ciudad un poco cursi, un mucho hermosa, no dejéis de visiat sus museos y de asombraros ante este gran artista del detalle y la línea. 

    Memling in Brugge (Fotografías de Hugo Maertens), Stitchboek, Brugee, 2005.

    Nota : La fotografía del Arca de Santa Úrsula la he tomado de Francis Toussaint , que documentó su viaje a Brujas con estupendas fotografías.

    Publicado el 20 de Enero, 2006, 15:54

    Me han interesado siempre los artistas multifacéticos. César Manrique (Arrecife, Lanzarote 1919-1992) no sólo dedicó su vida a la pintura (él se consideraba, prinicpalmente, pintor), sino que también fue escultor, arquitecto medioambiental, escritor, fotógrafo, diseñador...

    Mii hija mayor, Paulina, me trajo de Lanzarote este libro de aforismos escrito por Manrique durante sus últimos años. La naturaleza es su gran maestra y ella se refleja tanto en su pensamiento como en su obra. Tanto es así, que no sé si llamarlo un pintor realista, porque la tierra, su tierra, está presente como sustancia misma de su obra.

    Voy a dejar aquí algunas de sus frases. Hablarán de Manrique mucho mejor que yo:

    * Lo importante es la mera atracción emocional de loq ue se encuentra frente a uno mismo y la frescura de su solución: el poder de comunicar en ese espacio de la mirada.

    * Me pregunto muchas veces: ¿Dónde está la perfección? pero en este juego es dnde lleno mi alma, al endfrentarme al desconocimiento del infinito. Esta es la causa para hacer de la vida un juego y saltar por encima de las recetas de los prejuicio y de esas torpes normas que han ensuciado el sentimiento.

    * El comprender la belleza y el saber su armonía es la clave del secreto universal. Ella nos lleva a los estratos superiores y nos impone la atención hacia el desarrollo de la energía de la vida, las plumas simples de las aves, la increíble finura del ala de una mosca, el cmplicado mecanismo de un ojo, la concisa estructura de las fibras de una hoja seca.

    * El arte se tiene que desarrollar en el ámbito en el que uno vive, con el conocimiento y olfato de todas sus posibilidades, reorganizando cambios del propio medio y en su misma longitud de onda.

    * Siempre he caminado solo y sin miedos, con absoluta libertad, y sin necesidad de grupos formando un rebaño como defensa colectiva.

    * Ante el exterminio suicida de nuestro planeta, la intervención de los artistas en defensa de la conservación del medio se convierte en una cuestión urgente de máxima responsabilidad, ya que es hora de traspasar las fronteras y ampliar los ambiguos límites del arte.

    Fernando Gómez Aguilera (Selección e introducción), César Manrique. En sus palabras, Fundación César Manrique, Lanzarote, 2004.

    Publicado el 6 de Enero, 2006, 17:44

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    Cuando yo tenía 23 años, el Louvre no tenía el aspecto que tiene actualmente. No existía la famosa pirámide, ni el gran vestíbulo...Se accedía por la puerta del Carrousel y se atravesaba una gran galería subterránea con las esculturas griegas, romanas y etruscas hasta llegar a la gran escalinata principal que coronaban la Victoria de Samotracia y la Venus de Milo. Era una visión de ésas que quitan el hipo, pero decimonónica.

    En la Gran Galería de pintura, un cuadro llamó poderosamente mi atención. Qué rarita he sido siempre: no se trataba de la Gioconda, ni de ninguna obra de Rafael, ni siquiera de Frans Hals, aunque su pequeño retrato sonriente también me daba la bienvenida a la Gran Galería: era un cuadro de Georges de La Tour. Un enigma. Ese cuadro me ha llamado siempre. Por su expresividad, por la historia que se adivina detrás de las caras, por su composición, por su colorido, por la relación que se adivina entre los personajes, por el sentido del humor, y (last but not least), por la luz cambiante que ilumina o ensombrece los rostros y las figuras del cuadro. Las miradas establecen la dirección de la mirada del espectador y van desde el centro ocupado por la dama que mira de reojo al jugador tramposo, a la criada que escancia el vino y mira, también de reojo, al jugador absorto de la derecha y sólo después, al final de las miradas,  nos detenemos en el detalle del jugador que nos da la espalda y que oculta el as de diamantes. La intención es didáctica, el color, lúdico, como el tema: la partida de cartas, mil veces representada. El fondo es oscuro pero una misteriosa luz les ilumina a todos, sólo la cara del tramposo queda en penumbra, como su gesto, para los demás jugadores. Sin embargo, dos de esas personas saben  ¡Cómo lucen los pechos femeninos, los hombros, los tocados las plumas, la manga del joven absorto. Hay un engaño y hay una complicidad. Hay una zona de luz y otra de sombra. Rojos, naranjas, bermellones y ocres sobre esa oscuridad uniforme de la escena que no está en ningún lugar, como dice Racine. Y seguramente, son las ocho de la tarde. 

    La fascinación que me ha inspirado de La Tour ha proseguido. Me compré en Laie -esa buena librería barcelonesa de la Via Layetana-, un ensayo de Pascal Quignard sobre él. Quizá su nombre no os diga nada, pero si os digo que es el autor de la novela (que en realidad no es una novela) en que se basó la película de Alain Corneau Tous les matins du monde (Todas las mañanas del mundo) lo recordaréis.

                                           

    He comentado a veces mi devoción por la prosa francesa que bebe en las fuentes de la sobriedad neoclásica. Mi fascinación por el jansenismo se reflejó en mi tesis doctoral. El jansenismo es una doctrina cristiana que busca volver a las fuentes de la religiosidad y si me permitís, de la ética cristiana. El jansenismo quiere volver a la sobriedad y a la austeridad fundacionales, a la autenticidad de los tiempos carentes de pompa y circustancias, ajenos todavía al boato ceremonial e iconográfico, al estallido del lujo del espectáculo eclesial. Su filiación es problemática, pues muchos lo confundieron con el protestantismo. Fue considerado peligroso, cercano a la herejía, cuando no era más que una vuelta a la raíz. Por supuesto, esa fidelidad a la raíz era una traición a la Iglesia. Y más todavía a la iglesia del Barroco, pura plasticidad, puro lujo, puro oro y puro espectáculo. Quignard, que escribe en los siglos XX y XXI es uno de sus estudiosos más lúcidos y uno de sus penúltimos amantes. Él describe a Georges de La Tour como el pintor del barroco jansenista, opuesto a la eclosión suntuosa de un Poussin o de un Le Nain. Acierta, por supuesto. Ninguna pintura es más sobria que la de La Tour, está despojada la escena del no-lugar; es el instante del silencio, la búsqueda de lo interior, sea abandono del mundo y de los placeres, como en sus Magdalenas, sea en el momento de la trampa, como en El as de diamantes o en el de La adivinación de la fortuna

                La lección de lectura

    Su breve ensayo sobre de La Tour comienza con una referencia a Racine, que traduzco libremente: Racine dice que la escena es un lugar inexistente, en un tiempo ignoto, a las ocho de la tarde, iluminado por la luz de las velas y que nunca se encuentra al alba, por mucho que uno se esfuerce en buscar el más lejano rincón de las calles de la ciudad donde uno vive.

    En 1600, en Vic, dice Quignard, un nene ( de La Tour) ignora que pasará la vida buscándose a sí mismo a la luz de una vela...Sus cuadros son la expresión del instante detenido, en medio del silencio, a la luz de esa vela. La luz de la vela ilumina la noche, la oscuridad y el silencio, pero se trata de una luz íntima, no de una luz cegadora. En la luz que ilumina esa sombra, uno se pregunta por el sueño, por la realidad, por la verdad. Todos los personajes de La Tour buscan su propia historia. La Magdalena dice adiós a los fantasmas de su voluptuosidad. No es rubia, no es perceptible (sólo se adivina) su belleza. Su largo cabello negro es ya una renuncia. Se despide de todos los placeres de su cuerpo a la luz de esa vela.

                La adivinación de la fortuna

    El jansenismo, dice Quignard, va en busca de un destino que llega más allá de su tiempo, escapando de la doctrina clásica. Su fundamento es el estupor ante la muerte (Sobre el jansenismo, ningún libro mejor que el de Lucien Goldmann, Le dieu caché - El dios oculto-). El tiempo, el abandono, el terror, la sexualidad forman parte de esa familia del nuevo hombre, que  está solo ante ellas, no acompañado por Dios. El mundo sólo puede ser asido a través de la nada. La negación es la llave de la vida. La muerte abre, por fin el misterio de la vida; la vida sólo existe si se niega. Dice San Juan de la Cruz: La completa oscuridad de la noche oscura es el único amanecer que puede conocer el alma.

                San José Carpintero

    La Magdalena que no contempla la vela o la calavera, sino su propia reverberación interior duplicada por esa llama que incendia en el espejo, para oscurecer mejor el mundo... La lección de lectura, en que una niña se asoma al misterio de la letra a la luz de la candela...El San José, preguntándose también si esa luz es la que iluminará el camino de ese niño que prometerá a otros la vida eterna, mientras pierde la suya, crucificado. La ternura en la mirada del padre carpintero se posa en la carita de ese niño para, entre las sombras, iluminar su triste calvario con su amor. La mirada lo dice todo. La luz, también. Y en el instante del misterioso nacimiento de ese mismo niño salvador nada perturba nuestra vista que no sea lo esencial. Las pinturas de Georges de La Tour son enigmas. Misterios interiores, silenciosos.

    Amo el silencio, amo la pintura silenciosa de Georges de La Tour, amo la literatura callada de Pascal Quignard, que dice: Ante La Tour, el Verbo mismo se queda en silencio. El silencio se convierte en la verdadera Pasión. Es el último silencio.

    Pascal Quignard, Georges de La Tour, ed. Galaxie, Paris, 2004.

    Publicado el 3 de Enero, 2006, 12:21

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    Hola a todos mis lectores, silenciosos o elocuentes, fieles e infieles.

    Estos días he estado ausente del blog, pero he procurado ir a visitar a los otros blogueros, a Portnoy,  emejota, retroklang, Apostillas, a mi amiga Lety; a Fernando, Bardamu, Orfa, Laura, Indianguman, Felipe, Ramon, Diana...

    Me ha faltado tiempo para escribir, porque he estado pintando. Para pintar en casa (otra cosa son las clases, ahí se impone la disciplina y pintas porque pintas: no hay otra), necesito atmósfera, silencio y un poco de orden. Como ha venido mi pequeña filóloga de Bolonia...como ha habido cierto jaleo de fiestas con mis otros hijos, Paulina y Arturo y Teresita...como he visto a mi querido güerito... se me ha complicado la cosa del tiempo.

    Tenía un encargo y acabo de cumplirlo. Ha sido placentero y peligroso. Complacer a alguien que quieres mucho es arriesgado: puede que no lo consigas. No sé si él se ha sentido contento con los intentos. Gracias a Picasso, tengo mis defensas preparadas: Cuando Gertude Stein le encargó su retrato y Picasso se lo llevó, ella le dijo, disgustada: ¡No me parezco en nada! ¡No me reconozco! Y él le dijo: No te preocupes, Gertrude, ya te parecerás...  Gracias a esa frase, mi conciencia queda un poquitín más tranquila. También recuerdo un hermoso retrato de una dama, pintado por ese otro ser maravilloso que es Henri Matisse. La dama del encargo no se lo quiso comprar por la misma razón arguyendo que ella no tenía la cara verde. Y es un cuadro hermosísimo...Pero no piensen que me creo Picasso o Matisse: es sólo una disculpa que me doy a mí misma por mi torpeza.

                                                                                                   

    Ya saben: quien no se consuela es porque no quiere.

    He hecho lo que he podido, aunque sé muy bien que en estas cosas el esfuerzo y la buena voluntad no sólo no bastan. Es que no tienen importancia.

    El parecido es algo que los pintores artesanos del pasado dominaban: su técnica les permitía todo tipo de expresiones. Cuando estudiaban en los talleres de los maestros, éstos les encargaban pares de ojos: ojos risueños, ojos melancólicos, ojos redondos, ojos rasgados...y así, bocas, manos, posturas, expresiones.

                                                                                                  

    Yo no tengo técnica y lo lamento. No es una cosa que me enorgullezca, pero sé que tengo estilo. Algo es algo y menos da una piedra.

    Así que vuelvo por acá otra vez, deseando a todos un Feliz 2006. Y mucha vida. 

    Publicado el 6 de Diciembre, 2005, 18:55

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    Leonora Carrington (Lancanshire, Inglaterra, 1917) es, con Remedios Varo (a quien debo el logo de mi blog), y Leonor Fini, una de las tres representantes más importantes del surrealismo femenino ¿Surrealismo? A veces las palabras llaman a engaño. Pintura imaginativa, onírica, profunda. Quizá no sean sinónimos.

                                                                                                     

    Carrington nació en Inglaterra, en el seno de una familia aristocrática de ascendencia irlandesa que muy pronto la envió a diversos conventos a seguir su (católica) educación y pronto comenzaron a manifestarse en ella las dos características más importantes de su carácter: la rebeldía y la imaginación. Para entender a Carrington resulta indispensable tomar en cuenta los mitos celtas y los elementos fantásticos que acompañaron su niñez, marcando para siempre su estilo, llenándolo de animales que en la mitología celta tienen un significado especial: caballos, hienas, halcones y lechuzas. Todos pueblan sus cuadros y dialogan con sus personajes, establecen con ellos una dialéctica vitalista y especial.

    Carrington se enamoró primero de Max Ernst, en Londres, para luego pasar con él a Francia hasta los inicios de la Segunda Guerra Mundial. En París, Carrington intimó con Breton, Miró, Péret o Arp. Ernst fue encarcelado varias veces por los nazis, y Carrington, después de intentar salvarlo en dos ocasiones, emprende una larga huida hacia España y Portugal, donde casualmente encuentra a Ernst en compañía de su nueva amante, Peggy Guggenheim. Entonces viaja de Lisboa a Nueva York y finalmente, a México, cuando acepta el matrimonio que le ofrece el cónsul mexicano y periodista Renato Leduc, en 1942.

                                                                                                             

    En México transcurrirá el resto de su vida y crecerán sus hijos Pablo y Gabriel (nacidos de su matrimonio con el fotógrafo húngaro Imre Weisz). Consolida su amistad con Remedios Varo, y con su marido Benjamin Péret, al mismo tiempo que año tras año se hace mayor su peso como artista y se acrecienta su presencia en galerías y museos de América Latina y Europa. Carrington coincide pues con esa inmensa diáspora europea que puebla México y lo enriquece con su aportación artística y humana. Tras algunas breves estancias neoyorkinas, en los años ochenta, vuelve a México.

    Carrington no sólo pinta, también escribe cuentos (La dama oval o La debutante), novelas (La casa del miedo, La puerta de piedra) y obras teatrales (como La camisa de franela y Penélope), y su aportación al arte mexicano no puede resumirse en unas cuantas líneas. Sin embargo, le dedico este breve articulito para picar vuestra curiosidad y que vayáis en su busca.

                                                                                          

    Sus colores y formas son vívidos y oníricos al mismo tiempo. Sugerentes y fantasiosos, los cuadros sugieren historias no explicadas. Su ascendencia inglesa e irlandesa dotan a su obra de un sentido del humor muy especial. Amiga de lo oculto y lo esotérico, ha incursionado en el budismo, en la filosofía china y en el espiritualismo tibetano. Como otras mujeres de su tiempo, fue internada por trastornos emocionales. Ella ha declarado después que sintió el rechazo y la represión social por causa de su sexo y su rebeldía. Pero como artista que es, supo volcar en narraciones y pinturas su angustia vital, transformándola de destructora en generadora de trascendencia a través de su arte.

    Publicado el 13 de Octubre, 2005, 14:48

    Lope de Vega, con su talento desbordante, eclipsó la obra teatral de Cervantes. Lo mismo le pasó a María Izquierdo, que el azar hizo contemporánea de Frida Kahlo.

    Nació en San Juan de los Lagos, Jalisco, en 1902. Se casó muy jovencita, a los 14 años, y se divorció, ates de entrar, a los 26 años, en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos. Duró solamente un año ahí, porque su carácter no se adecuaba al academicismo que imperaba entonces en aquella escuela. A los 28 años expuso por primera vez, y fue la primera mujer mexicana que expuso en los Estados Unidos, París y Tokio. 

    Vivió una estrecha relación tanto pictórica como sentimental con Rufino Tamayo de 1929 a 1933. Dicen que él marcó la obra de María: yo no lo veo. Su mundo es femenino, íntimo, secreto, telúrico. Hay en ella algo de niña, sobre todo en sus alacenas o sus naturalezas vivas, o en sus escenas de circo, que me recuerdan tanto al circo de Calder como a algunas pinturas de Seurat.

    En sus retratos, ella pinta la apariencia, no el interior secreto de los retratados: ni siquiera sus autoretratos son explícitos. Siempre hay un vínculo entre el concepto persona-máscara. El hieratismo no es fruto de la ignorancia técnica, sino de la convicción de que todo rostro es un enigma.

    A Frida la elogió Breton, a Izquierdo la admiró Artaud. Su relación con Tamayo no enturbió las relaciones con otros intelectuales y pintores de la época, como Diego Rivera o Siqueiros.

    María tiene una paleta telúrica e indigenista, hecha de verdes, marrones y amarillos.

    A veces el rosa irrumpe en sus cuadros como breve metáfora de dulzura o alegría.

    Mi preferido es esta naturaleza muerta con huachinangos por su decidida originalidad,  por la desolación que muestra el contraste del azul prusia con los sepias y marrones, y por el estremecido tratamiento de los peces.

    María Izquierdo murió en 1955, después de haber padecido una hemiplejia que le paralizó el brazo derecho. Aún así, siguió pintando. De momento, la posteridad no le ha dado el reconocimiento que merece. Esperemos que éste llegue algún día.

    Publicado el 9 de Octubre, 2005, 12:23

    Para Lety, que me ilumina los días.

    Estaba yo apenas comenzando a aprender a pintar en la Escola Municipal d'Art de Sant Cugat, cuando nuestro profesor, Pere, nos pidió hacer una acuarela. La acuarela a todos parece difícil. Pero su naturaleza, que es impulsiva y atarantada, que te exige pintar en unos minutos, mientras está húmeda la hoja, que no te permite elaborar demasiado y que te da el resultado bueno o malo de inmediato, se lleva bien con mi carácter impaciente. Yo abandono las tareas más pesadas. Desde chica me ha gustado llegar y besar el santo. Y si no me sale algo, pues lo dejo, pero ¿yo trabajar?. Así que la acuarela se me entregó: somos iguales. Echadas a perder o válidas, pero luego, luego. Me salió bonita.

                                                                    

    A Pere le gustó mucho. Me salió en dos patadas. Luego me puse a pensar. El caracol es como un oído. Un oído femenino o si queréis, sensible. Un oído en el que se esconden los sonidos del mar, de donde venimos. Es una cosa húmeda que guarda secretos insondables, secretos de profundidades y de oscuros silencios, pero oscuros no por perversos, sino por antiguos. El caracol es femenino y musical. En él se esconde la vida que no se ve, pero que existe, como en nuestro cuerpo de mujeres. Late ahí un ser. Estamos, tantas veces, ocultas incluso para nosotras mismas... ¿Y en qué reside el erotismo del caracol? en su misterio. En la tibieza interior, que aguarda un oído que escuche. Sobre todo, queremos ser oídas, descubiertas en nuestro ser interior. Más allá de la belleza del envoltorio, que no todas tuvimos, dentro hay algo precioso: el alma, la música.

    Poco después hice un par de acuarelas con ese mismo tema. La siguiente no me gustó tanto, aunque si lo veis bien, es más evidente la característica sexual. Creo que es una acuarela más física que la anterior, que es más alma que carne y en ésta se invierten los términos:

                                                                

    Para mi sorpresa, la que vendí fue la tercera de la serie, que a mí no me gustó y que me hizo abandonar el tema. Ni siquiera la escaneé. Ahora la incorporo:

                                                                                       

    No he buscado fuentes literarias para esta reflexión. No sé si el caracol ha sido en algún momento emblema de lo más hondo de nuestras almas de mujeres. Para mí lo es. Por eso al leerte, Lety, sentí que, aunque distantes, navegamos por las mismas aguas.

    Publicado el 7 de Octubre, 2005, 19:58

    La primera vez que fui a Bilbao aún no conocía a mi buen amigo Óscar. Soy un poco rara y me gusta viajar sola. Me gusta el silencio o dialogar con las obras de pintura, de música o de cine que por ahí me aguardan. Parezco una persona abierta y sociable y en realidad soy un poco solitaria. Fui a Bilbao un mes de enero a ver el Guggenheim de Frank Gehry, que bien vale una misa. Pero su contenido no me entusiasmó. Así que esa misma mañana me fui al Museo de Bellas Artes de Bilbao.

    Todo amante del arte deja en cada museo uno o dos amores, como los marineros literaturizados dejan uno o dos amores en cada puerto. Yo en el de Bilbao tengo a la Condesa Mathieu de Noailles de Ignacio Zuloaga y un hermosísimo Francis Bacon ante el que he pasado  muchos momentos de emoción.

                                                      La condesa Mathieu de Noailles

                               

    Intelectual, escritora, mecenas, amiga de otro de mis amores, Jean Cocteau, la condesa me miró desafiante. Morena de blancas lunas, su pie asoma, fetiche erótico. Vestida de rosa y rodeada de rosas en las cortinas y en la mesilla, emerge del verde del tercipelo de su canapé como flor tenebrosa, baudeleriana. En sus ojeras se adivinan la poesía y la droga. A su lado, una sutil Vanitas con joya, libros, flores, nos recuerda el tiempo, que huye. Con él, la belleza y el esplendor. Ella, melancólica, parece esperar que le aguantemos la mirada y nos dejemos seducir, mientras escuchamos, devotos, una pieza de Satie. La condesa nos inquieta.

                                                                    Natasha Gelman

    Diego Rivera no me entusiasma. Sé que compone como nadie murales multitudinarios, que tiene un color muy personal, que su capacidad pictórica es extraordinaria, pero me parece excesivamente comercial en sus cuadros de caballete y demasiado maniqueo en sus murales nacionalistas. Como cubista, no me convence. Pero hay algunas obras suyas que me parecen insuperables. Por ejemplo, su retrato de Lupe Marín, rara muestra de vasallaje admirativo del "Señor sapo" a la fuerza desbocada y libre de su primera esposa. Ese cuadro por sí solo pone en cuestión el tópico del machismo mexicano (que yo no digo que no exista pero no más que en otros sitios). Ningún pintor europeo ha pintado así a su pareja. 

    El retrato que Diego pintó de su mecenas Natasha Gelman es el día, frente al nocturno de Zuloaga. 

                         

    La bella Natasha posa en primer plano ante los alcatraces de Rivera. Flores eróticas y a la vez elevadas a la categoría de emblema por el pintor mexicano en muchos de sus cuadros. También ella reposa en un sofá de terciopelo verde, como la condesa pintada por Zuloaga, pero lo hace decorativamente, mostrando su belleza y evidenciando la analogía 'mujer/flor' que en Zuloaga sólo se ha insinuado por la fuerza evocadora del color (los rosas del vestido y el verde del canapé/las rosas de las cortinas y del búcaro). Natasha es flor. La condesa es comparación y Natasha es metáfora. Su níveo traje se abre como el pétalo del alcatraz y sus piernas son el largo pistilo erótico. Rubia y hermosa, no va más allá de su belleza. No produce inquietud en quien la mira. Hay placer. Se oye la música de Gershwin.