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    Publicado el 4 de Marzo, 2006, 11:12

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    El concepto de museo que ofrece el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona es el nuevo concepto de museo. Más allá de la mostración de obras de fondo (de las que carece), lo que ofrece el CCCB en cada una de sus exposiciones es una experiencia que no se olvida. Se trata de un museo interactivo ( pero no falsamente interactivo, que funcione por oprimir botoncitos, no), didáctico, que expone escenográficamente, que integra ambientes, atmósferas, olores, sensaciones, sonidos. Además, el CCCB ofrece proyecciones, cursos, conferencias y excursiones. Muy ligado a los temas urbanísticos y arquitectónicos, no está desvinculado de otras áreas que frecuentemente no entran en los museos como el cine, los temas políticos y sociales o la antropología urbana.

    Instalado en el barrio del Raval de Barcelona, se ha convertido, mucho mejor que el MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona), en una especie de universidad paralela, incitante y llena de vitalidad. Su exterior ya refleja esa proyección: el edificio moderno y transparente de vidrio refleja el antiguo edificio, con él cierra una plaza invitadora, presidida por una hermosa y antigua escultura de Sant Jordi, patrono de Cataluña. Esa plaza se abre a otra, árida, inmensa y fría que nos lleva al MACBA, para mí el museo más desangelado de la Ciudad Condal.

    En sus instalaciones he visto algunas de las mejores exposiciones : las de las Ciudades, (inolvidable la Praga de Kafka, con sus inmensos pasillos llenos de archivadores cerrados, teléfonos sonando interminablemente, laberintos burocráticos kafkianos), la de Julio Cortázar (nunca más cercano el cronopio de sus admiradores que en esa sucesión de fotos, de manuscritos, de voces de Julio), o la de la Segunda Guerra Mundial, opresiva, inmensa: cuadros, juguetes bélicos, armamento, sonidos de sirenas, bombas, destrucción...

    El CCCB ofrece, hasta el 21 de mayo, una estupenda exposición dialogística Erice-Kiarostami. A la entrada, dos vídeos de cada uno de los creadores: ambos miran fijamente a la cámara. Los perfiles del fondo coinciden, los lugares difieren. Tras estos minutos de mirada, ambos dan media vuelta y se van. Tras ellos, vamos. Nos internamos en su diálogo. Los seguimos.  

    Comenzamos la visita por el lado de Erice: la escasa obra de este hombre lo convierte en el Salinger de nuestro cine: si obra es escasa, pero invaluable. El tiempo, la luz. La infancia. Obsesiones recurrentes de su obra. Erice dialoga con Kiarostami en estos tres temas principales. Cada uno a su modo, han hecho girar sus obras sobre ellos. Lentitud...puede ser. Necesaria para la reflexión. Soledad. Los cortos de Erice: maestría de los tiempos, lugares secretos, buhardillas, silencios, relojes. Vida rural o tiempo rural, de antes del tiempo, recortada (siempre) sobre un contexto histórico. Sí, tras sus silencios, la historia existe. No es un cineasta abstracto, sino humanista. Y sin embargo, las historias son contadas. Contadas sin retórica, de una manera natural. Tras esta naturalidad, la planificación rigurosa de cada plano. Belleza en blanco y negro o en color.

     

     Los mitos. Las miradas infantiles, llenas de asombro, de reflexión, de seriedad. Un mundo infantil que escapa al tópico. Las cartas que escribe Erice a Kiarostami están llenas de eso: de tiempo y de miradas infantiles, de análisis de la justicia, de toma de posición ante lo justo y lo legal, que no son sinónimos. Valentía infantil sin alharacas. Colores. Pintura. Vuelve Erice al patio de Antonio López y nos muestra a los nietos del pintor, que lo retratan. El niño tiene la mirada de pintor, pero es la nieta pequeña, Aurora, la que capta la atmósfera en esa preciosa acuarela infantil: las nubes negras que se ciernen sobre el cielo de Madrid, la fragilidad del árbol y a la vez, su generosidad, esta vez volcada en flores...Naturalmente, el dibujo y el óleo inconclusos de Antonio López encuentran su lugar en esta muestra. Se nos aparecen en la penumbra absoluta de la madrugada. Poco a poco, una luz que imita la del sol los va iluminando lentamente: como en la película. Poco dura esa luz, mientras el pintor explica qué poco dura la luz que necesita para pintar su membrillero... Estamos dentro de la película, pero en el museo, de pie frente a ambas obras, sentimos la fragilidad de quien se atreve a desafiar el tiempo y la luz. Puestos en el lugar del pintor, comprendemos la imposibilidad de empeño. Y comprendemos por qué los cuadros de Antonio López son cuadros interrumpidos, necesariamente inacabados. Así lo demuestran los siguientes lienzos, mientras oímos los pájaros, o los coches en lo alto del cerro desde donde pinta, durante años, por las mañanas, una panorámica de Madrid, que también deja inacabada. Finalmente, nos situamos en el mismo punto en que se situó el  pintor en medio de la Gran Vía, ese cuadro estremecedor. La ciudad está vacía, estamos en el paso de peatones...poco a poco, a medida que va saliendo el sol, a medida que el cuadro se ilumina, comenzamos a oír el tráfico. Tenemos que marcharnos. En las escenas de El sol del membrillo, de nuevo la bellísima música de Pascal Gaigne nos mueve el alma: cuando el pintor está yacente, contando su sueño...como si estuviera muerto. En otra de las cartas, Erice asiste a la proyección de ¿Dónde está la casa de mi amigo? en una escuela de un pueblo de Extremadura ¿Qué nos transmite Erice aquí? Las caras: los silencios infantiles, la reflexión sobre la justicia en los niños. El estupor y la comprensión. La duda y la certeza sobre las conductas. La identificación, a pesar de la diferencia: lo humano.

    Por lo que toca a Kiarostami, vemos, no sólo en sus cartas, su relación con las texturas de la naturaleza. De ahí parte sus silencio. Del paisaje y de la fijación en lo que está más cerca, la vaca, el río, las montañas, los árboles. Colores y texturas. Una de las cartas es la observación casi a microscopio de la actividad que se desarrolla en la vaca, como si fuera un mapa del mundo. Las colinas, los ríos de la vaca, los pastos, que se forman en su piel...los ruidos. Al abrir el plano, todo ya nos resulta familiar. Es una simple vaca. Sin embargo, vista tan de cerca, apreciamos todo un universo. Es un análisis del punto de vista. Una afirmación de que el sujeto para el arte no es importante: es sólo un pretexto para analizar, para acercarnos, para conocer, para re-conocer. la segunda carta, una rama imaginaria del membrillero de Antonio López que sale del patio de su casa, da pie a Kiarostami para contarnos qué ha sido del membrillo. Caído en un río iraní, el membrillo recorre de nuevo texturas, piedras de colores, rápidos y zonas de calma acuática, hasta desembocar, mucho más tarde, en una planicie en donde un ganado repite, mágicamente, los colores de un paisaje casi lunar: sinfonía de ocres, rojos y marrones...Color, forma.

     

     Significativamente, en las dos cartas de Kiarostami no hay personas. Son las cosas las protagonistas. Mientras que en Erice son las personas las protagonistas. Diálogo y divergencias. Después, dos salas plagadas de fotografías del iraní: nieves, paisajes, montañas...belleza de la naturaleza y también desolación de la naturaleza. Y una instalación. Un falso bosque sin hojas en medio de espejos, por el que nos perdemos. Proyección de nuestra propia soledad al infinito, por los cuatro lados. Tiempo y soledad.   

    El catálogo incluye textos de Miguel Marías, Jordi Balló, Alain Bergala, José Saborit, Alberto Elena, Dominique Païni, Núria Aidelman, Charles Tesson, Víctor Erice, y las filmografías de ambos cineastas, más una excelente colección gráfica. Editado por el CCCB-Diputación de Barcelona-Obra Social de Caja Madrid, en Barcelona, 2006, y en varias lenguas. De ahí he extraído las fotos que acompañan esta superficial reseña de la exposición.