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  • Publicado el 24 de Febrero, 2006, 21:57

    20060224214725-cronoscart.jpg

    Como Guillermo del Toro, me siento fascinada por los mecanismos que hacen tic-tac y se mueven de maneras a menudo amenazantes. Me encantan los autómatas y las manecillas, los pernos, las ruedecillas en movimiento, los engranajes.

    Lo que primero y antes que nada me fascinó en Cronos es el mecanismo de Fulcanelli. Yo creo que sólo por estos dos prólogos a sus dos mejores películas: el de Fulcanelli en Cronos y el de Rasputín, en Hellboy, del Toro ya merecería mi atención (y mi admiración).

    Me gusta también el cine fantástico, desde el ingenuo de fantasmas (El fantasma y la Sra. Muir, o El fantasma de Canterville), como el más clásico: Frankenstein, Nosferatu y Drácula con toda su descendencia. Soy también una de las pocas personas a quien le gustó Inteligencia Artificial (lo digo como advertencia, por si esto resulta tan ominoso que no se quiera pasar de este párrafo).

    Cronos fue la película más cara del cine mexicano en su momento y la que mejor ha definido hasta ahora el posible y probable talento de su creador. Después de ella, del Toro patinó, aunque elegantemente, tanto con Mimic como con Blade II, aunque estos dos no eran productos personales. Ambas acabaron siendo tremendas gringadas, aunque mantenían la incógnita sobre la existencia de un universo personal y una forma de hacer cine del mexicano...El espinazo del diablo para mi gusto no despejó esa incógnita: es una película interesante, pero también fallida. El reparto no es convincente (no me gusta Noriega: yo habría elegido a David Selvas, un actor catalán de ese mismo tipo, pero mucho más misterioso y más hondo, que ha trabajado bastante con Ventura Pons). La relación Marisa Paredes-Federico Luppi recuerda demasiado, lo mismo que la atmósfera, a la estupenda, mucho más oscura y tenebrosa y en todo superior a ésta, Tras el cristal ( 1987, no reeditada en DVD), de uno mis ídolos más estimados: Agustí Villaronga. Hay algo en El espinazo, algo central, que no acaba de funcionar... ¿probablemente el guión?

    Para mí, hasta ahora, Cronos sigue siendo (espero con ansia El laberinto del Fauno), la mejor obra de Guillermo del Toro.

    La historia de Jesús Gris y su fortuito encuentro con el mecanismo que procede del siglo XVI, aunque se le supone muy anterior, es una variante muy fértil del matrimonio entre dos mitos: Frankenstein ( y la presencia de la inocente Aurora como testigo mudo y partícipe de la historia de la trasformación de su ser más amado en un vampiro y en un monstruo) y Drácula, en su afán por atravesar los umbrales de la vida eterna. El secreto o la adicción de Jesús Gris es codiciada por Ángel de la Guardia (Ron Perlman, actor fetiche del mexicano), que actúa como emisario sanguinario (pero no carente de humanidad o de ternura esporádica), de su tío, el magnífico Claudio Brook (Dieter de la Guardia) a su vez, actor fetiche de Alejandro Jodorowski en México y Simeón del Desierto de Luis Buñuel: un actor inmenso (no sólo por su altura: voz maravillosa, contención, sobriedad, expresividad: un mito). No puedo imaginar un matrimonio más interesante que el de Luppi-Gris con Margarita Isabel (Mercedes): actriz cuya frescura e inmediatez dialoga, contrastante, con la filosofía que a Luppi-Gris se le supone...Y a todo esto hemos de agregar la estupenda secuencia de humor negro, puro mexicano, surrealismo puro, que nos regala Daniel Giménez Cacho en el papel del incinerador del plátano. Secuencia que, me temo, sólo resulta comprensible y cómica para el público mexicano, tan acostumbrado a burlarse de La Calaca o de La Flaca, mucho más jacarandosa que la Muerte europea, aunque no sé qué opinaría Durero. Escena negra que es tan característica del humor de Guillermo del Toro: un humor políticamente incorrecto.

                            Durero

    Del Toro en Cronos nos cuenta una historia de amor incondicional: la de Aurora por Jesús Gris, su abuelo. Una historia de aceptación de la diferencia. Del Toro, obeso y conscientemente un freaky, nos cuenta esta historia en la que una niña que no es del todo inocente, pero sí pura (inocencia y pureza no son sinónimos), conseguirá probar que el amor todo lo puede. Aurora seguirá a su abuelo, le acompañará en su periplo desde la primera escena, con la irrupción inquietante del extraño (Ángel de la Guardia- Perlman) y el descubrimiento de mecanismo de Cronos, hasta su renuncia a la inmortalidad. Renuncia que Jesús Gris hará por amor: por amor a Aurora.

                            El mecanismo en marcha

    El estilo visual de del Toro es preciosista, es culto. Es bello. Gracias a la fotografía espléndida de Guillermo Navarro, del Toro despliega su conocida paleta de colores. Los contrastes del refugio de la niña (la luz que se filtra por la lámina asaeteando al vampiro aún naciente), los azules y fríos tonos del refugio de los De la Guardia... Los rojos de la carne en la nevera, que le llama, la sangre convertida en exquisito manjar, en anhelada pócima vitalizante; el ocre de la piel que se acartona, del fuego que enciende el incinerador.

    Todo en Cronos remite a algo: iconográficamente, simbólicamente, incluso los nombres de sus personajes simbolizan. Los colores, las figuras de los ángeles barrocos envueltas en plástico, los frascos que guardan las miserables vísceras del angustiado De la Guardia. Las diferentes atmósferas. La música, de tango en la escuela de la diurna esposa, y clásica, barroca, pesadamente ornada y solemnísima en las escenas vampíricas... La lucha épica en la fachada del almacén de los de la Guardia, y el sacrificio de Jesús. Aurora. Noche y día, luz y sombra, amor y ambición, eternidad y muerte. Todo ello en perfecto equilibrio estético y ético en la opera prima sorprendente de un Guillermo del Toro con 23 añitos... 

                            Hellboy y la puerta de la destrucción

    No vi Hellboy en su estreno. He esperado bastante, lo sé. No pensaba gastar mucho dinero en ella, a pesar de mi curiosidad. Tal vez la proximidad del estreno de El laberinto del Fauno sirvió de espoleta. No me ha decepcionado.

    El prólogo es espléndido y podría haber sido simplemente risible. Pero queda impecable, casi como la escena en la que Coppola hace que su Drácula haga brotar sangre de la cruz, cuando blasfema, cuando se convierte en ser inmortal, herido de amor y lleno de ira. A del Toro le queda un prólogo solemne, creíble, trágico y litúrgico con un final algo naïve que recoge el "nacimiento" de Helboy, ese pequeño demonio rojo que será adoptado como hijo del profesor Broom (espléndido, como siempre, John Hurt). Y que anunciando lo que vendrá después. Los caballeros de Thule, la asociación nazi, Ilse, la bella nazi, y Rasputín (el Rasputín de los Romanov), ven fracasar su intento de abrir las puertas de la destrucción. Broom y los soldados aliados abortan la operaciónq ue iba a dar la victoria a Hitler.

    Cincuanta y cinco años después, volvemos a encontrar a Hellboy y a su padre. La historia de Hellboy tiene que ver más con Frankenstein que con los superhéroes. Tiene la particularidad de que ha sido educado y entrenado para luchar contra los otros monstruos que se sabe que esperan desatar el Apocalipsis, él es un monstruo. Los hombres lo ven como tal. Debe destruir a los suyos, debe superar su parte de monstruo para  ser por fin un hombre. Para decidir. Su amor por la atormentada Liz ( Espléndida Selma Blair), mujer monstruo también, a pesar de su belleza y de su trágica mirada, pues es autoinflamable, los celos que le provoca la llegada del angelical ayudante de Broom, y centralmente, los trabajos que debe llevar a cabo (semejantes a los de Hércules en algunos momentos), para librar a la humanidad de la amenaza del Apocalipsis y del mal, constituyen los ejes de la película. A veces extremadamente bella, siempre bien fotografiada por Gabriel Navarro, a menudo excesivamente prolija...la obra me ha gustado.

    Me ha gustado la estética. El color, nuevamente, creo que muy distintivo del estilo del Toro... El humor, siempre presente, Las escenas evocadoras, como ésa de la azotea entre el monstruo y el niño, tan parecida a la de su fuente, la de Frankenstein con la niña en el estanque, pero sin elipsis. El amor, finalmente admitido, sin cursilería y sin crudeza. La amistad entre ese ser delirantemente hermoso que es el anfibio (Abe Sapien, interpretado por Doug Jones, quien también actúa en El laberinto) y Hellboy. la reconciliación, tras el mal trato y el desprecio, con el Jefe John Manning, interpretado con extrema eficacia por Jeffrey Tambor. La decisión, por encima de lo personal, ejemplarmente ética, de Hellboy. Los diálogos. Los escenarios, los exteriores e interiores, tan cuidadosamente filmados. En fin, que me ha parecido que, sin ser una obra maestra como la de Coppola, Hellboy es una obra elegante, inspirada, quizá con una estructura demasiado barroca, pero muy acertada.   

    Las actuaciones de los principales actores son estupendas: Ron Perlman, John Hurt y Selma Blair bordan los papeles. Menos acertados me han parecido Karel Roden (como Rasputín) y Rupert Evans como John Myers.

    La historia de amor entre Ilse y Rasputín es bella, aunque sea muy secundaria en la trama, porque contribuye a humanizar al enemigo, recurso que ya conocían los autores de poemas épicos, cuyos argumentos, en el fondo, no difieren demasiado de los de estas películas.

    Curiosidades: La reedición conmemorativa de Cronos en DVD (dos discos) es estimulante, porque del Toro es, además, un gran conversador y un hombre interesante y vitalista, que sabe comunicar a la perfección. Es también un dibujante de primera (el storyboard es interesantísimo, así como los detalles de diseño del  mecanismo), y en su comentario explica anécdotas muy curiosas, como que después de filmar, se enteró que la niña que hace de Aurora tenía poderes. No hay casualidades en esta vida.

    La versión comentada de Hellboy con del Toro y Mike Mignola, autor del conocido comic en que se basa la película es extraordinariamente divertida, chispeante, ilustrativa y no os la deberíais perder. El doble disco trae otros muchos contenidos para los fans más acérrimos. 

    Cronos. Dirección: Guillermo del Toro. Guión: Guillermo del Toro. Fotografía: Guillermo Navarro. Música: Javier Álvarez. Dirección artística: Talita Figueroa. Montaje: Raúl Dávalos. Intérpretes: Federico Luppi (Jesús Gris), Ron Perlman (Ángel de la Guardia), Claudio Brook (Dieter de la Guardia), Margarita Isabel (Mercedes Gris), Tamara Shanath (Aurora Gris), Daniel Giménez Cacho (Tito), Mario Iván Martínez (Alquimista) , México 1992.

    Hellboy. Dirección: Guillermo del Toro. Guión: Guillermo del Toro; basado en un argumento de Guillermo del Toro y Peter Briggs; basado en el cómic creado por Mike Mignola. Producción: Lawrence Gordon, Lloyd Levin y Mike Richardson. Música: Marco Beltrami. Fotografía: Guillermo Navarro. Montaje: Peter Amundson. Diseño de producción: Stephen Scott. Dirección artística: Marco Bittner Rosser y Peter Francis. Vestuario: Wendy Partridge. Intérpretes: Ron Perlman (Hellboy), John Hurt (Trevor "Broom" Bruttenholm), Selma Blair (Liz Sherman), Jeffrey Tambor (Tom Manning), Karel Roden (Grigori Rasputín), Rupert Evans (John Myers), Doug Jones (Abe Sapien), Brian Steele (Sammael), Ladislav Beran (Karl Ruprect Kroenen), Bridget Hodson (Ilsa), Corey Johnson (Agente Clay). USA. 2004.

    Por reinadegrillos, en: Cine

    Publicado el 18 de Febrero, 2006, 10:36

                        La burguesía nunca logrará convertir a todos los hombres en burgueses

    Cuando yo comencé a ver cine, comencé por los grandes, o sea, por el postre: Bergman, Visconti, Monicelli, Truffaut, Godard... Pasolini.

    La primera película que vi de Pasolini fue Teorema. Coincidía totalmente con mi visión del mundo burgués. Yo entonces era trostkista, que es una forma romántica de ser comunista. Pasolini me vino a confirmar que existe un rojerío romántico.

    Para entonces, por el lado del teatro yo estaba conociendo a Samuel Beckett y a Fernando Arrabal, a Antonin Artaud, a Cocteau, a Strindberg (El ensueño), todos ellos a través de los montajes que Alejandro Jodorowski llevaba a cabo en La Casa del Lago, o sea, a través del teatro universitario de Chapultepec. de los 16 a los 18 años, me alimenté de estos grandes escritores y cineastas. Como es obvio, algunos no me abandonado nunca. Pero algunas de sus obras no las he vuelto a ver sino años después, pasado ya tabnto tiempo que no sé, antes de revistitarlos, si me desguirán hablando al oído, como antaño, o si me van a parecer extraños, lejanos, insostenibles...

    Llevada por la curiosidad o por la nostalgia, he vuelto a ellos, a veces sintiendo ligeras decepciones ( es el caso de Jules et Jim, de Truffaut). Otras, reconsiderando el contenido simbólico, pero sintiéndome de nuevo implicada (Persona, de Bergman) y todavía más, reconstruyéndolas en mi interior como si el tiempo no hubiese pasado: es el caso de Teorema.

    Hace unos días, después de verla (gracias a la oportuna reedición en DVD del Fnac), escribí a mi amigo Óscar una carta que no fue bien recibida: a él no le interesa Pasolini. No habiendo visto ninguna película suya, ha decidido que Pier Paolo no tiene nada en su filmografía que pueda interesarle. Doctores tiene la Iglesia. Rescato la cartita porque me parece que a otros puede que sí les interese esta breve reseña desaliñada. 

    Anoche me puse a ver el Teorema de Pasolini. Visualmente, no ha envejecido. Pasolini tiene la cualidad de enmarcar a sus personajes desde una distancia que respeta su intimidad y que también nos muestra su carácter. Es una película metafórica, como siempre, que comienza cuando el Godot de Beckett ya ha llegado.

    Si en la obra de Beckett los personajes se pasan el tiempo esperando a alguien que no saben quién es, aquí se ven desbordados por el deseo que les despierta un personaje que ya ha llegado. No sabemos qué hace en esa casa, o por qué ha llegado ahí. La película comienza con una escena de falso documental, comienza por el final, cuando el padre ha regalado su fábrica de Milán a los obreros, y el periodista televisivo pregunta a éstos si se trata del gesto de una nueva burguesía 'revolucionaria', de una tendencia nueva, o de una nueva trampa. Lo cierto es que la familia burguesa sucumbe a este intruso y se deshace, sustentada como estaba por columnas de barro : su vida entera ha sido un gran vacío que se muestran incapaces de superar cuando el visitante marcha.

    Cada uno de ellos se lanza a resolver este vacío de diverso modo. El final es uno de los más bellos de la filmografía del cineasta italiano: ese padre de familia desnudo, que se ha despojado de todo, en medio de su desierto (desierto que tantas veces retrató maravillosamente Pasolini en Edipo rey, en Medea), gritando, inacabablemente, su desesperación.

                                                             

    ¿Quién es él? Bueno, se ha especulado tanto: Pasolini aclaró quién no era: no es Jesús de Nazaret redivivo y modernizado. No es Eros  ¿Es un dios campestre, pre-industrial, es la conciencia de Lo Sagrado, es el Deseo sagrado? ¿Es La Trascendencia? ¿Acaso La Verdad interior? ¿La Conciencia? Yo creo que en el discurso de Pasolini, (y luego comprobé, en el de su amigo Paolo Volponi, del Memoriale que leí gracias a Sara), el hombre verdadero no es el hombre de la fábrica, el hombre del siglo XX, industrializado, enajenado por los valores burgueses: dinero, comodidad, familia burguesa, carente de verdaderos lazos que unan a unos con otros en lo profundo.
    El hombre de verdad, para Pasolini, sigue siendo el que habita en los pueblos, el que acepta los ciclos de la vida, las estaciones, el que come de la tierra, el hombre pre-industrial, el que vive aún en el territorio de lo sagrado, llámese como se llame, religión, fábula o mito. El hombre que convive con naturalidad con el milagro o con la maldición. El que es capaz de hacer crecer un arroyo con sus lágrimas. El que puede comer ortigas para purificarse, el que tiene la mirada llena de horizonte. El que no ha vaciado su alma en busca de los bienes materiales: ése, que va desapareciendo en Europa, pero que aún existe en el fondo de cada uno de nosotros. Ese que no tiene un desierto interior. Que no está solo en el planeta. Que pertenece a él.
    De todos los persdonajes, sólo Emilia, la criada que es sutituida en la casa burguesa por otra criada también llamada Emilia (otro guiño pasoliniano: los servidores son siempre los mismos para la clase dominante y son intercambiables, no tienen nombre o sólo tienen uno: servidores), vuelve al pueblo. reacciona ante la ausencia del visitante santificándose, reintegrándose en su verdadera vida como chamana, regando con sus lágrimas la infértil tierra, que se apresta a aser invadida por el capital. Ella es la única que busca en su interior, fertilizándose para los Otros, para los Suyos.
    --No he venido a morir aquí -le dice a su acompañante-, sino para renacer.
    El guión no tiene escritas ni mil lineas de diálogo. No las necesita. Habla con las imágenes, con las miradas, con el silencio del misterio.
    Así, la película volvió a hablarme, a interrogarme y a moverme cosas. Para eso está hecho el arte ¿no es cierto?
    Terence Stamp está tan perfectamente hermoso, tan cálido, tan tierno, tan mudo en su ofrenda. Silvana Mangano y los demás actores, con un diálogo totalmente minimalista, apenas necesario, expresan su vacío, su felicidad al descubrir el amor, el deseo de ser amados: el lleno. Y luego la desesperación al perder todo aquello y ser incapaces de llenar sus almas nuevamente con lo que poseen...Laura Betti, en el papel de Emilia, la criada, que después de la partida del visitante se vuelve a su pueblo para hacer milagros, para levitar, para curar enfermos, para hacer nacer el manantial de la pureza en medio de un enorme terreno en que presumiblemente se va a erigir otra fábrica o un gran complejo industrial, o un fraccionamiento de lujo, es la piedra sobre la que Pasolini nos muestra esa alternativa. Es la campesina. La mujer integral, la única capaz de hacer fértil la ausencia del visitante. La única que puede llenar el vacío. La única que posee una respuesta constructiva.   
    Pasolini es también un romántico. Un romántico marxista. Su obra no cae jamás en el panfleto. Por el contrario, es poliédrica, es ambigua y rica en significados.
    Se la puede leer literalmente, alegóricamente (o como metáfora). Es una obra clara y oscura, elocuente y silenciosa, desértica y feraz.  

    He tomado las dos primeras imágenes de aquí. He visto que se ha edtado la novela, que Pasolini escribió al mismo tiempo que rodaba: Pier Paolo Pasolini, Teorema, ed. Edhasa, 2005. Y la ficha de la película es:

    Teorema (1968) Director y guionista: Pier Paolo Pasolini. Productores: Mauro Bolognini y Franco Rosellini. Fotografía Giuseppe Ruzzolini; Escenografía Luciano Puccini; Vestuario: Marcella De Marchis; Música originale Ennio Morricone y Requiem de Mozart. Montaje: Nino Baragli; Intérpretes: Terence Stamp, Laura Betti, Massimo Girotti, Silvana Mangano, Andrès José Cruz Soublette, Nineto Davoli, Susana Pasolini. 
    98'.  XXIX Mostra di Venezia: Premio Coppa Volpi (XXIX Mostra di Venezia) por la mejor actuación femenina para Laura Betti; Navicella d'oro, Premio OCIC (XXIX Mostra di Venezia). 
       

    Por reinadegrillos, en: Cine

    Publicado el 16 de Febrero, 2006, 13:43

    Mi hija Paulina me ha enviado esta imagen, que me resulta muy graciosa, muy verídica, por desgracia, muy representativa de la España que nos quiere meter con cuchara de palo tamaño grande el PP.

    ¡Tantas críticas al Estatut de Catalunya para esto!

    Si es que son....ay, ay, cómo son...

    Publicado el 12 de Febrero, 2006, 11:41

    Un lector (qué cosa tan rara, esto de tener lectores), me pide la receta de los tacos de canasta.

    Antes que nada, debo decir que el taco de canasta es un alimento de pasada, de comer por la calle, no de sentarse en un restorán...El taco de canasta es una delicia transéunte. Como una comunión improvisada.

    Hace muchos años, cuando yo tenía 19, trabajaba en una revista (se llamaba Iniciativa) en la que no me pagaban... Tenía yo una niña pequeña y estaba sola. Sola en la gran ciudad. Apenas me las arreglaba para darle su comidita y me enorgullece decir que nunca le faltó su pollito o su jamón. Yo en cambio, adelgazaba. Llegué a pesar 39 kilos, lo cual, aunque soy chaparrita, era nada. Como no tenía para el pasaje, me iba caminando desde la colonia Nápoles ( yo viví en esos edificios de la calle de Nueva York en los que todo capitalino venido a menos, alguna vez en su vida, ha vivido) hasta el centro, Bucareli...esa zona, donde estaban todas las redacciones de las revistas y todos los periódicos del D.F.

    Por una de esas calles del Centro, no habiendo cobrado mi cheque, como era habitual, me encontré un puesto de tacos de canasta. El taco de canasta, además de la canasta que lo acoge, los plásticos que lo cubren y el bote de salsa verde con aguacate, lleva adosados una bicicleta y un vendedor. Al olor embriagador del taco de canasta, me acerqué. El vendedor voceaba --¡Tres tacos por un peso! Me miró, me dijo --¿Cuántos te pongo? Yo respondí, medio desfallecida --No tengo un peso.

    Me alargó los tres tacos y me dijo, como si fuera Donald Trump: -- Cógelos: la casa invita.

    Mi sensación, después de agradecer el gesto y comer los tacos, fue ambigua. Por un lado, qué sorpresa encontrar alguien amable y elegante, generoso. Solidario. Por otro, pena: qué cara de hambre debía yo de tener...

    Bueno, a lo que iba.

    El taco de canasta es rico porque está mugriento y tiene miles de bacterias...Ésta es una teoría válida. Mi tía Leonor, que era una gran cocinera, los hizo alguna vez y nunca le quedaron tan ricos como los que vendían en la calle... Sin embargo y para no decepcionar a mi lector, voy a dar la receta.

     Primero, el relleno del taco:

    Tradicionalmente, el taco de canasta es de frijol refrito, de chicharrón con salsa verde o roja, de carne deshebrada con adobo, de papa con chorizo o longaniza...Mis preferidos son los de papa y los de frijol.

    Frijoles refritos:

    Los frijoles (o alubias pintas o negras), se cuecen (muchas horas) o se compran en frascos, ya cocidos (en España). Para cocerlos hay que echarle al agua un poco de aceite (nunca de oliva), una cebolla, un poco de cilantro en hoja, si lo hay, o de epazote, pero nunca, nunca se les echa la sal antes de que estén hechos, proque de hacerlo no se cocerán.

    Una vez cocidos y salados, se pone en una sartén una buena cantidad de aceite (no de oliva, insisto: la cocina mexicana no lo tolera), se agregan los frijoles con un poco de su jugo y se machacan o se aplastan, hasta formar una pasta. A esta pasta (cuya densidad se da al gusto, dependiendo del tiempo en que se frían), se le puede agregar queso: quedan regios.

                                                                  

    Relleno de papa cocida con chorizo o longaniza:

    Se cuecen las papas (dos o tres), y se espera uno a que se enfríen. Se pelan, se trocean y se fríen en aceite (no de oliva). Cuando ya están casi listas, se les agrega el chorizo troceado en pequeños pedacitos o la longaniza vaciada de su tripita. Se fríe todo junto durante unos pocos minutos, hasta que la papita coja color. Se le agrega la sal. A la papa con chorizo nunca se le debe agregar tomate o jitomate.

    Relleno de adobo de ternera:

    Se compra cuello de ternera para deshebrar. Se cuece en poca agua con hierbitas y sal, habiéndola dejado antes a marinarse con vinagre o vino blanco, cebollita picada y ajito. Se le agrega la salsa, hecha con un tomate, el chile ancho (o guindilla de cualquier tipo que se pueda conseguir) al gusto, o el adobo preferido (puede ser también axiote, que venden en algunas tiendas espacializadas). Se cuece a fuego lento un par de horas. Se deshebra la carnita. La carne no debe nadar en esta salsa, sino estar más o menos sequita...

                                                                   

       

    La carne antes de ser deshebrada...

       

    Relleno de chicharrón en salsa verde o roja:

    El chicharrón se puede comprar en España en bolsitas: se llama "Cortezas de cerdo". El chiste es no cocerlo...Primero se prepara la salsa roja, con tomate, chile o guindilla, cebollita picada muy finamente y sal. O se compra la salsa verde en bote en tiendas especializadas. Cuando la salsa está caliente, lo único que hay que hacer es agregarle el chicharrón. Y apagar el fuego de inmediato...

    Las cortezas de cerdo deben quedar sequitas también, una vez ahogadas en la salsa...

    Las tortillas del taco de canasta:      

    La tortilla verdadera del taco de canasta es de menor diámetro que las normales. Es una pena que en España estas tortillas no se consigan. No aconsejo intentar hacerlas, porque la única masa que se consigue, la MASECA, no es apta para echar tortillas, sólo lo es para hacer sopes o quesadillas, pero carece de la fuerza que le da la cal al nixtamal. Por tanto, Habrá que adaptarse y hacer unos tacotes de canasta grandes...¡Ni modo!

    Hay que preparar una canasta grande, poner hojas de periódico en los bordes y luego varios plásticos grandes para cubrir los tacos, pues el chiste está en que los tacos se hagan al vapor del calor que desprenden ellos mismos...

    Hay que tener todos los ingredientes calientitos: tortillas y rellenos. Se hacen cuatro compartimientos dentro de la canasta para distinguir unos tacos de otros. cada con sus plásticos.

    Se van rellenando las tortillas calientitas y se van introduciendo en la canasta, cuidando de cerrar el plástico cada vez, para que no se vaya el calor y se cubre todo con un mantelito muuy limpio y muy bonito...

    El taco de canasta, entonces, coge el aroma. la suavidad y el tacto que le caracterizan a través de este lento emulsionarse de la tortilla con el relleno...

    Ya sólo falta la salsa que los va a acompañar y que le será agregada por cada comensal.

                                                                  

    Es imposible sustituir fuera de México el auténtico sabor de estos deliciosos tacos... pero ¡buena suerte a quien lo intente y también los va a disfrutar!

                                                    

    Publicado el 4 de Febrero, 2006, 15:16

                                                             

    Un poco de historia

    Victor Hugo se casa el 12 de octubre de 1822 con Adèle Foucher, amiga desde la infancia, en la iglesia de Saint-Sulpice de París, y ello conlleva una de las tragedias de su vida. Su hermano Eugéne está perdidamente enamorado de su novia, y a raíz del matrimonio de ambos desarrollará una esquizofrenia paranoide que unos años después le llevará a la tumba. Al tiempo de la boda, Víctor Hugo comienza a darse a conocer como poeta con la publicación de sus Odas.

                                                                

                                                                                                      Adèle Foucher hacia 1839

     Del matrimonio nacen cinco Hijos: Leopold (que muere a los pocos meses de nacido, en 1823), Léopoldine (1824),  Charles (1826), François-Victor (1828) y Adèle (1830). Después del nacimiento de ésta, la madre comienza una relación intensamente amorosa con Saint-Beuve, y Hugo hace lo propio con Juliette Drouet, en 1833. Las relaciones del matrimonio se enfrían, y se produce la separación a raíz del exilio forzoso del poeta. Sin embargo, el amor persiste. Ella le escribe en 1868: Es el fin de mis sueños: morir en tus brazos.

    La familia no está exenta de tragedias: la enfermedad mental y la muerte del hermano de Víctor Hugo, Eugéne, la muerte de Leopold, el  hijo primogénito, en la cuna. Las muertes de su hija Léopoldine y su marido, Charles Vacquerie (ahogados ambos en el Sena). Poco antes, con motivo de su matrimonio, Víctor Hugo le escribía a la Drouet: Lloro la pérdida de mi rosa, su pureza, su pequeña mano en mi cuello, la lloro como el jardinero al que uno que pasaba le ha robado su tesoro. Lloré a todas horas.

                                                                   

                                                                      Léopoldine, pintada por su hermano Charles

    La tragedia verdadera fue el accidente en barca de los dos recién casados (1843). Hugo se entera cuando cruza los Pirineos en compañía de Juliette y escribe: La mitad de mi vida y de mi corazón están muertas ¡Mi pobre ángel, ya no te veré más! Deja de escribir durante tres años.

    Adèle Hugo, la segunda hija, es considerada una belleza clásica. Balzac la define, en una carta a Madame Hanska, como la mujer más bella que ha visto jamás. Sin embargo, sus retratos no nos transmiten esa belleza. Pero sí la película de Truffaut:

                                                                

                                                                            Collage tomado de aquí

                                                                  

    Truffaut elige como protagonista de su película a la hermosa Isabelle Adjani (que por cierto, también estelariza  La Reina Margot. Truffaut se enamoró perdidamente de su actriz, y le dedicó todos y cada uno de los fotogramas de su película. Adjani omnipresente.

    Antes de conocer a Alfred Pinson, Adèle se apasionó por la música, a la que le dedicará la mayor parte de su tiempo en el exilio de la isla de Jersey y en Graville. Compuso muchas obras y también llevó un diario que prefiguró el que llevaría en Nueva Escocia: hojas y hojas de escritura en clave, llenas de dibujos, sentencias, lágrimas y letras ilegibles...

    En 1856 padeció una grave depresión en Guernesey, y dos años años más tarde comienza a repartir su tiempo entre París y Londres, en compañía de su madre. Del 54 al 61, vive enamorada del teniente Alfred Pinson, a quien considera su prometido. por esta razón, rechaza cinco peticiones de mano, y cuando el teniente marcha a Halifax, al otro lado del océano, ella decide seguirlo. Pinson  la rehuye y la rechaza y se traslada a  Barbados con su mujer, tras un engorroso incidente: Adèle escribe a su padre anunciándole su boda. Víctor Hugo hace publicar el anuncio en los diarios de París: el bochorno y la deshonra amenazan seriamente la mediocre carrera miltar de Pinson, por lo que opta a un destino en las Barbados, adonde ella le sigue en 1872. Adèle pierde la razón completamente y es recogida por una mujer que se pone en contacto con su padre y que la acompaña a Francia. El doctor Allix, amigo de la familia, la reconoce y la interna en un hospital para enfermos mentales. Hugo escribe: Me ha reconocido: la abracé, le dije todas las palabras tiernas que conozco, todas las más dulces palabras... pero la enfermedad es incurable.

    Adèle morirá en un hospital para enfemos mentales, en Suresnes, en 1915.

    La película de Truffaut recoge fielmente la estremecedora historia de este amor loco, amor que no es consciente de las limitaciones, amor egoísta, que no piensa en el otro sino sólo en sí mismo. Amor que de hecho se basta a sí mismo para existir, como el de Mariana Alconforado.

    Esa furia o ese fuego devora a Adèle y la convierte en una figura al mismo tiempo alucinada y sagrada. La locura que domina el alma de la mujer es una antorcha viva, que desdice el áurea de la mediocridad cotidiana. Es un tema que le va a Truffaut como anillo al dedo. Porque él busca los absolutos. Y los muestra, como en este caso, con una gama de rojos, carmines y naranjas genialmente fotografiados por Nestor Almendros. Colores de pasión que envuelven a esa francesa cada vez más vulnerable que se oculta en una casa de Halifax, Nueva Escocia, y que luego se deja caer, exhausta y cubierta de harapos en la mitad de una plaza de mercado en Barbados.

    Nunca el amor será mostrado como una vejación. Nunca en Truffaut.

                                                           

    Adjani está a la altura de la obra que se le dedica a su belleza y a su fragilidad, a su misterio.  Escribe Trufaut: No conozco a Isabelle Adjani.Durante el rodaje, observo cómo actúa y la ayudo como puedo, diciéndole treinta palabras cuando ella querría cien o diciéndole cincuenta cuando ella solo necesitaría una, pero la adecuada, ya que todo es una cuestión de vocabulario en nuestra extraña asociación.

    No conozco a Isabelle Adjani y, sin embargo, por la noche, mis ojos y mis orejas están cansados de haberla mirado y escuchado demasiado insistentemente durante todo el día.

    Conoceré a Isabel Adjani dentro de algunas semanas, cuando dejemos de vernos, es decir, cuando haya acabado el rodaje. Ella se irá por su cuenta, no sé a dónde, y cada día la observaré sobre la mesa de montaje, en todos los sentidos y a todas las velocidades. Entonces ya no se me escapará nada más y lo entenderé todo a efectos retardados...

    Es muy curiosa la escena en la que Adèle se cruza con un teniente y le mira, cree que es Alfred Pinson, se decepciona al ver que no lo es: es Truffaut. Imitando a Hitchcock y deseando ser mirado por Adèle-Isabelle...

                                                                          

    De más está decir cuán lejos está Alfred Pinson de merecer ese amor sin límites. Lo indigno que es. No es importante a veces el objeto, sino el sujeto del amor: quien siente es quien se eleva. Lo otro no importa, parece decirnos Truffaut.

    ¡Qué hermoso homenaje al amor romántico, a la belleza, a la sensibilidad y a la locura!

    L'histoire d'Adèle H. o Diario íntimo de Adèle H. Dirección: François Truffaut. Productores: Marcel Berbert, Claude Miller. Producción: Les Films du Carrosse, Les Productions Artistes Associés. Guión: François Truffaut, Jan Dawson, Jean Gruault. Ayudantes de dirección: Suzanne Schiffman, Carl Hathwell. Fotografía: Nestor Almendros, en color. Música: Maurice Jaubert. Sonido: Jean-Pierre Ruh. Decorados : Jean-Pierre Kohut-Svelko. Montaje: Martine Barraqué, Yann Dedet. Duración: 96 minutos. Intérpretes: Isabelle Adjani (Adele Hugo), Bruce Robinson (Albert Pinson), Sylvia Marriot (Mrs. Saunders), Joseph Blatchley (el librero), Cecil De Sausmarez (Mr. Lenoir), Ruben Dorey (Mr. Saunders), Clive Gillingham (Keaton).

    Por reinadegrillos, en: Cine

    Publicado el 1 de Febrero, 2006, 20:35

    Esta semana he proyectado a mis alumnos (de primer curso de bachillerato), la película francesa La reina Margot, porque me parece que en ella se reflejan muy bien tanto la barbarie como el refinamiento que coexisten en el Renacimiento europeo.

    Se trata de una historia filtrada a través del genio creador de Alejandro Dumas (en cuya novela se basa la película), y en la que aparecen personajes que no pudieron ser contemporáneos de la bella Margot como el conde de La Mole, que en la realidad fue un ferviente católico (y no un protestante, como en la película) y no vivió en la misma época. De todos modos, la aventura amorosa entre La Mole y Margot sobre la que gira la película si non é vera, é ben trovata, pues de sobra se conocían los numerosos affaires amorosos de la hermana de Isabel de Valois, reina de España, que se convirtió, tras la muerte de sus tres hermanos (Francisco II, Carlos IX, Enrique II) en reina de Francia, título que no perdió tras su divorcio de Enrique de Borbón, su marido, que subió al trono francés con el nombre de Enrique IV.  Tanta era su fama de rompecorazones que se rumoreaba en la corte que Margot llevaba un cinturón adornado con los corazones embalsamados de sus amantes. Por supuesto, esto es únicamente un indicio. Margot fue también una mujer muy culta, cuyas Memorias poseo, aunque debo confesar que son una lectura a la que todavía no me he entregado, asustada por su extensión. Como muchas mujeres nobles de su época, Margot era una mujer inteligente, latinista, buena lectora y escritora y leal a su marido, aunque nunca le amó. Sin embargo, en los tremendos acontecimientos de la Noche de San Bartolomé, fue ella la que le salvó de la muerte. Él se lo agradeció después concediéndole siempre un exquisito trato y conservando para ella el título de reina, aunque la única noche que pasó con ella se dice que fue aquella en la que él irrumpió en su habitación en aquella noche nefasta, cuando tembloroso, solicitó su protección ante la amenaza mortal de las tropas del duque de Guisa, empeñado en matarle.

    Por esta razón he incluido en mi edublog un apéndice en el que defino un poco a varios de los personajes históricos que aparecen en la obra y que me gustaría reproducir aquí:


    Enrique II (1519-59), padre de Margot, continuó los antiguos enfrentamientos contra Carlos I de España (Carlos V), y luego contra Felipe II, apoyando el protestantismo en Alemania mientras lo reprimía en el interior de Francia. Con él abandonó Francia sus pretensiones sobre Italia.




    Tuvo diez hijos con Catalina de Médicis, tres de los cuales se sucedieron en el Trono y fueron los últimos monarcas de la Casa de Valois, cuyos reinados estuvieron marcados por la guerra civil entre católicos y protestantes:


    Francisco II (1544-60), casado con María Estuardo, reina de Escocia (1558), dejó el poder en manos de los Guisa, tíos de su mujer. Casó con ella a los 14 años (ella tenía 6). Murió sin descendientes y le sucedió su hermano menor, Carlos IX (1550-74).



    Carlos IX (que aparece en la película reinando)reinó de 1560 a 1574, y murió a los 24 años. Es un hombre completamente dominado por su madre, Catalina de Médicis (quien, en cambio, apenas había tenido influencia política durante los reinados de su esposo, Enrique II, y de su primogénito, Francisco II). Sufrió intensamente por la preferencia que su madre tuvo por su hermano Enrique y se refugió en la amistad del Almirante Coligny. Intentó la reconciliación con los protestantes casando, con la ayuda de su jefe de filas, al rey de Navarra (futuro Enrique IV) con su hermana Margarita (1572). Sin embargo, permitió que los extremistas católicos dieran al traste con la reconciliación en aquel mismo año, provocando una matanza de protestantes en la «Noche de San Bartolomé», noche que fue planeada por Catalina, Enrique, su hermano, y Enrique, duque de Guisa.


    Murió sin dejar herederos legítimos y le sucedió su hermano Enrique III (1551-89), rey electo de Polonia desde 1573,que era el favorito de Catalina de Médicis y que reinó en Francia entre 1574-1589. Antes fue duque de Orleans y de Anjou. Partidario de la línea de reconciliación auspiciada por los políticos para poner fin a las guerras de religión, se vio atrapado entre los dos bandos en la Guerra de los Tres Enriques (1586-87), después de que la muerte de su hermano convirtiera al protestante Enrique de Navarra en heredero de la Corona francesa. El partido católico, encabezado por Enrique de Guisa, le obligó a abandonar París, lo que decidió al rey a hacerle asesinar en los Estados Generales de Blois (1588).


    Enrique de Guisa había sido, además, uno de los amantes más notorios de su hermana Margot, y su poder y su arrastre popular eran muy grandes, por lo que decidió asesinarlo cobardemente con una cantidad ingente de personas reclutadas entre sus Mignons. La muerte que Enrique II hizo dar a Guisa fue casi tan cruel como la que el propio Guisa hizo dar a Coligny.




    Quedó así abierto el camino para que Enrique de Borbón, marido de Margot, que era ya el monarca navarro, accediera al Trono francés como Enrique IV al morir Enrique III (asesinado), sin descendencia. Con el segundo hermano de Margot (ex rey de Polonia) se extinguió la dinastía real de los Valois.


    Otros personajes que aparecen en la película son el Almirante Gaspar de Coligny, jefe de los ejércitos de Francia y protestante, y por tanto, enemigo de la reina Catalina de Médicis (que aún así le apoyó interesadamente en las guerras contra España que se llevaban a cabo en los Países Bajos).

    La reine Margot .DIRECTOR Patrice Chéreau. GUIÓN Danièle Thompson. MUSICA Goran Bregovic. FOTOGRAFÍA Philippe Rousselot. REPARTO Isabelle Adjani, Daniel Auteuil, Jean-Hughes Anglade, Miguel Bosé, Dominique Blanc, Bruno Todeschini, Vincent Pérez, Virna Lisi, Pascal Greggory, Claudio Amendola, Asia Argento 
    Coproducción Francia-Italia-Alemania (1994).

    Néstor Luján, Margot, reina de corazones, ed Planeta, Barcelona, (Col. Mujeres apasionadas), 1994.

    Marguerite de Valois, Mémoires et autres écrits, H. Champion, Paris, 1999. 

    Ferre, de retroklang, aporta este enlace a un cómic sobre la época.

    Por reinadegrillos, en: Cine

    Publicado el 30 de Enero, 2006, 9:10

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    Para el amigo Portnoy 

    Siempre me ha atraído la pintura flamenca. Tal vez porque mis antepasados De Lille provenían de la zona de los Países Bajos que después pasó a ser de Francia o más seguramente porque su sencillez y su sobriedad reflejan mejor mi concepción del arte. Más allá del detalle cotidiano, del paisaje o del acercamiento religioso, en la pintura flamenca noto una contención que me dice más que la exuberancia italiana o que la dulzura francesa, exceptuando, claro está, a pintores jansenistas como Georges de la Tour del que ya he hablado aquí.

    Mi primera visita a Brujas fue en compañía de mi marido, Juan Francisco, cuando se hizo aquella exposición de Europalia en que se pretendía mostrar el ligamen íntimo que hubo en las etapas humanista y renacentista (y aun en el barroco,) entre los Países Bajos y España. Los Países Bajos costaron a la corona española muchas vidas, muchos esfuerzos, mucho dinero. Al mismo tiempo, las influencias artísticas quedaron de manifiesto, lo mismo en pintura que en otras artes como la literatura o la música.  No por casualidad los museos españoles están llenos de pintura flamenca, traída principalmente a España durante el reinado de Carlos V, ese rey flamenco que no hablaba español cuando llegó a España...

    En Brujas vi la mayor parte de las obras de Hans Memling que hoy forman parte de mi pinacoteca mental y emocional. Ya le había visto antes, en El Prado, pero no en todo su esplendor. El número en pintura es importante: una obra no dice mucho, muchas obras nos lo dicen casi todo.Sus retratos siempre contienen un detalle digno de ser observado, una mirada cómplice, una mano que se apoya en el marco, como voyeurista, una expresión peculiar...

                                 

    He vuelto varias veces a Brujas, y en sus dos principales museos, el de Groeninge y el de Hans Memling, en el Hospital de San Juan, que es una ubicación perfecta. He reafirmado mi amor por esta pintura seria y meditativa, pura en líneas y colores. Cuya sutil trascendencia es transparente casi, como los velos que pinta en sus retratos femeninos.

    Esta trascendencia de los transparente, de lo puro, de lo uniforme y de lo sereno se ve claramente en este detalle del Tríptico de la familia Morleen, donde se aprecian perfectamente las cualidades que poseen sus retratos femeninos.

                   Triptico de la Familia Morleen

    En cuanto a su capacidad para la composición exterior e interior, veamos este hermosos cuadro de La presentación en el templo, en el que contrasta la geomatría del edicficio gótico, con la actitud, tan flexible, de la figuras humanas que conforman el conjunto central. 


    Y esa serenidad y esa blancura de la tez, esa sobria manera de asentarse en el mundo, armoniosa, callada, surge en toda su obra, tiñendo todo de paz.

                                                                                               

    El retrato de Memling es ecuánime, pero no inexpresivo. y su composición posee una gran riqueza, tanto cuando se refiere a los paisajes como a los personajes que aparecen y siempre hay un detalle para el movimiento y la imaginación:

      

    También llama la atención la capacidad miniaturista de Memling, concentrada tanto en sus altares como en sus trípticos ( son maravillosos los de El Juicio Final, el de San Juan Bautista, el de la Pasión, algunos de ellos encargados por mecenas italianos) y en el arca de Santa Úrsula, maravilloso relicario que es una obra extraordinaria y llena de detalles: en un espacio tan reducido, una pintura narrativa asombrosa. verdadera joya del arte flamenco:

             

    Además de los retratos y de la las obras con tema religioso, Memling también ejecuta bodegones o Vanitas (esas pinturas que tanto me gustan, en que se ejemplifica la vanidad de lo visible y el Tempus fugit) y cuya utlidad consistía en recordar a los espectadores la fugacidad de lo material y la importancia de lo trascendente. Pero sobresale su maestra en la composición de grandes escenas pintadas en pequeños paneles como el de El Juicio Final:

     

    Un detalle:

                                

    Por lo que toca al Museo del Prado, ahí podéis ver este alucinante cuadro, que debe mucho al colorido y la composición de Van der Weyden (pintor también extraordinario e indispensable) y que es el tríptico de la Adoración de los Reyes:

                                 

    En el Museo Thyssen también se encuentra algún cuadro valioso de este gran artista flamenco: Un maravilloso bodegón:

                               

    Y un espléndido retrato masculino de la época más madura del pintor:

                                 

    En realidad, Memling nació en Man, Alemania, cerca de la ciudad de Frankfurt (1440?-1494), pero en 1465 se presentó a las autoridades de la ciudad de Brujas para registrarse como pintor. Fue ahí donde floreció su obra. Los grandes pioneros de la pintura flamenca son Jan van Eyck, el Maestro de Flémalle y Rogier van der Wyden, quienes crearon esa magnífica paleta de colores vivos, naturales, esplendorosos. Esos rojos, esos brocados, esas transparencias de los velos en donde lo religioso y lo humano se dan la mano. Sus seguidores fueron cuatro pintores estupendos: Dieric Bouts en Lovaina. Hugo van der Goes en Gante y Petrus Christus y Memling en Brujas. Se cree que Memling nunca fue pintor independiente, sino que trabajó para Carlos el Calvo, aunque esto no está probado. También se cree que fue alumno de wan del Wyden en Bruselas y es posible que esto haya sido así. Cuadros como los de La adoración de los reyes o el Matrimonio de Santa Catalina así lo atestiguan.

    En suma, un pintor indispensable. Si vais a Brujas, esa ciudad un poco cursi, un mucho hermosa, no dejéis de visiat sus museos y de asombraros ante este gran artista del detalle y la línea. 

    Memling in Brugge (Fotografías de Hugo Maertens), Stitchboek, Brugee, 2005.

    Nota : La fotografía del Arca de Santa Úrsula la he tomado de Francis Toussaint , que documentó su viaje a Brujas con estupendas fotografías.

    Publicado el 25 de Enero, 2006, 6:33

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    Algunos profesores de Oxford abusaban del látigo. Otros nos demandaban el conocimiento memorístico de interminables vocabularios latinos. En una larga carta, Ben Jonson me escribió que aquellos maestros sólo servían para ganarse la vida azotando a los niños pequeños.

    Un profesor tuve que me entregó los secretos de su arte y fue Juan Gray, que vio en mi interés serio y concentrado el germen del discípulo. Era hereje protestante, pero me tomó bajo su protección y me hizo profundizar en la astrología, la matemática y la geografía. Con él aprendí las esferas celestes y sus mapas y comprendí a Copérnico y comencé a calcular las distancias de los astros conocidos y me concentré en la náutica. También me enseñó que, preguntado por la estructura y funcionamiento del universo, no admitiría yo nunca, ni siquiera bajo tortura, que con él había yo aprendido los conocimentos alcanzados por Copérnico, Kepler o Galileo, pues aunque todos los sabios conocían y propugnaban sus teorías incluso en las aulas, todavía se temía que conocer que esa era la verdadera disposición del universo porque pudiese cambiar la relación jerárquica de las clases sociales, que tan clara quedaba reflejada en la antigua concepción. Se temía que la nuevas teorías cosmológicas alentaran una revolución en el ámbito de lo político, afectando la paz de los reinos. Así que juré y cumplí mi promesa: en público seguí admitiendo como única verdad que la tierra estaba inmóvil en el centro del universo y que los astros se encontraban insertos en esferas de cristal frío. Nunca lo comprometí ni lo traicioné. Aun en mis salmos rehusé apartarme ni un ápice del pseudo conocimiento ptolemaico-aristotélico que era defendido como pilar de la concepción cristiana de este universo. Esta es la primera vez que admito que tales conocimientos me fueron dados por el buen maestro que fue Juan Gray.

    A menudo me parece que los hombres que vendrán después de nosotros no podrán entender este miedo a la verdad que atenaza, desde hace tantos siglos, a los hombres creyentes. Tienen miedo a la verdad de Dios, pero Dios acabará imponiéndola. Se empeñan en condenar a los verdaderos sabios y arrojan la luz, rechazándola,  que podría abrir sus ojos. Condenan la luz como si fuera oscuridad y demoniaca, cuando es Dios el Creador de este universo. Temen que sus verdades acaben con su reino de las mentiras. Son hijos de las tinieblas y se presentan como campeones de la Luz. Buscan ocultar la sabiduría y dan preeminencia a la ignorancia, por ellos adorada, y quieren subvertir con sus palabras las realidades del conocimiento, pues esas realidades, en efecto, comportan la llegada de un nuevo orden moral y de un nuevo camino que nos libere como hombres. Temen que los que hasta hora son ignorantes y mantenidos en una infancia mental les quiten su poder y su falsa gloria en cuanto se desvele la verdad de la ley natural de Dios. Muchas cosas le debo yo a Juan Gray y la más pequeña de todas es su confianza, pues a mis ojos dio luz de conocimiento y alumbró con sus mapas celestes y sus esferas mis pensamientos.

    Por las noches, ya despojado del uniforme escolar, apartado del corro de los nobles que sólo querían jugar a los bolos o a las cartas y que apostaban por todo mientras bebían sus cervezas, escribía la obra en defensa de la fe. Gray no sabía cuáles eran mis propósitos: si aspiraba a ingresar en la carrera de la diplomacia o si deseaba dedicarme a la política o a la piratería o al espionaje. Nunca me preguntó nada a mí. Yo nada hubiera podido responderle, pues lo ignoraba todo acerca de mi futuro. Tampoco le interesó investigar si era católico o protestante: sólo quiso iluminar mi entendimiento con las verdades del cosmos y del número.

    Mi ayo me propueso viajar a Francia y a España en su compañía y allí seguir la preparación de mi intelecto y mi servicio a la religión verdadera, acumulando todos aquellos cnocimientos que pudieran servir a mi nobleza y a la gloria de mis padres y de mi patria. Para lo cual recabaría el permiso de mi padre por vía de un mensajero y la anuencia de mi tío Arturo, claro está.

    ¿A qué muchacho no fascinarían estas propuestas? Se me anunciaba el peligro, el servicio a Dios, la aventura del viaje, el secreto de la camaradería de los hombres, tal vez gloria mundana y con seguridad, la eterna. Mi padre y mi abuelo habían viajado así también y acrecentaron sus conocimientos y las hazañas de sus espadas en guerras y proezas en toda Europa, lo mismo que los condes de Tyrone y Tyrconell, mis primos, y Arturo Rahail y casi todos sus amigos y el conde de Desmond y otros muchos irlandeses e ingleses fieles. Mi padre ansiaba que su hijo tercero se cubriera con la gloria en el camino de las armas o de las letras, pues ya había dado su primogénito al matrimonio, para gloria de su casa, otro a Dios, para su salvación eterna, y quedaba yo, que debería hacer que nuestra casa y nombre no fueran olvidados por los siglos.

    Letras y armas me atraían por igual y dediqué mi tiempo a una defensa de la verdadera religión en la que argumentaba la importancia de admitir como válido el nuevo conocimiento. El círculo de mi tío Arturo la alabó grandemente y así fue como se decidió que pasase a ser impresa en una treintena de ejemplares que serían distribuidos en secreto entre nuestros amigos católicos. El editor fue Thomas Thorpe, quien había publicado obras de Ben Jonson y de Guillermo Shakespeare y que se hallaba semi retirado desde 1624, pero que, atendiendo al extraordinario texto salido de la pluma de un joven de sólo catorce años, se ocupó de buscar el impresor, que fue Jorge Eld. Fue un grave error, pues pronto mi obrita circulaba por toda la ciudad. El temor de la persecusión del Rey Carlos y para prevenir el tormento que seguramente me esperaba, si por mi mal los miembros de la Cámara Estrellada se enteraban que yo era el autor, hizo que Arturo decidiera que yo embarcaría con destino a España de inmediato para escapar de mis enemigos. Yo estaba en ese momento ocupado en frívolo asunto de vestimenta, como luego contaré, y la impresión de mi precipitada fuga y de todos los detalles curiosos que la acompañaron ahora me hacen sonreír.

    Publicado el 22 de Enero, 2006, 15:17

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    Ha salido en los quioscos una doble entrega con Inseparables de David Cronenberg (1988) y Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986). Ambas son grandes películas. Este cineasta canadiense cuyas obras admiro consiguió en esta película una de sus mejores obras. A ello contribuye la excelente y matizada actuación del otrora excelente (y hoy en decadencia imparable) Jeremy Irons en el doble papel de Beverly y Elliott Mantle, ginecólogos cuya historia nos cuenta Cronenberg con absoluta asepsia. Cronenberg hace cine de terror, de eso no cabe duda, pero el suyo no es un cine de efectos especiales, sino de terror psicológico.

    En primer lugar, en esta película se plantea el tema de la identidad o de su opuesto: la simbiosis de dos gemelos idénticos que sin embargo no poseen la misma alma ni el mismo carácter: frivolidad y aptitud investigadora en uno, capacidad médica y timidez social en el otro, en dos cuerpos tan iguales que sólo dos milímetros de estatura los distinguen. El equipo funciona con perfección absoluta hasta que entra en juego Claire Niveau, la actriz a la que Elliott seduce sexualmente, para después dejársela al tímido Bev, que se enamora de ella. Claire tiene un útero con tres cérvix: es una mujer mutante, según definición de Elliott. El obstáculo es ella, que percibe la diferencia intuitivamente, aun desconociéndola. Después, el conflicto de los gemelos va a solucionarse no por la vía natural, que sería la de admitir esa diferencia, viviendo sus dos vidas separadas, sino cayendo ambos por el túnel de la destrucción, incapaces de enfrentar cada uno la vida en solitario. La iniciación en este proceso proviene también de la mujer: el camino de la destrucción se transita a través de la drogadicción que destruye primero a Beverly y después, al solidario  Elliott.

    La mostración de lo ginecológico como terrorífico: los trajes clínicos de color rojo, los instrumentos quirúrgicos creados por Bev, entre orgánicos y alucinantes, creados para separar a los gemelos idénticos según confiesa Bev a Claire al final de la película, más el contraste con la atmósfera azulada y fría del departamento, de la clínica o de las oficinas del hospital coadyuvan a crear esa atmósfera inquietante que atraviesa la película de principio a fin. Cuando Elliott, tras fracasar en su intento de desintoxicar a Bev, se intoxica con drogas, dice a su joven amante: Sólo tenemos que sincronizarnos los dos. El fin ya no es conseguir el éxito dividiéndose las tareas profesionales ni transferirse mujeres hermosas, sino moririse juntos, como Chan y Eng, los siameses que dieron nombre a esta anomalía: dos personas que son una: Bev y Elliott. La última escena, en que uno opera al otro para extraerle la identidad siamesa lo dice todo sobre el tema de esta excelente película. El ser dividido que debía haber sido uno, pero que, accidentalmente, dramáticamente, fue dos. La separación puede ser aterradora, dice Bev a Elliott antes de separarlo de sí mismo.   

    La estupenda banda sonora a cargo de Howard Shore es quizá el único oasis de auténtica pureza que da el contrapunto armónico a esta desoladora película que, junto con M. Butterfly (también protagonizada por Irons y que un día no lejano reseñaré aquí), es una de las obras más logradas de este autor de culto que el cineasta canadiense David Cronenberg.

    Por reinadegrillos, en: Cine

    Publicado el 20 de Enero, 2006, 15:54

    Me han interesado siempre los artistas multifacéticos. César Manrique (Arrecife, Lanzarote 1919-1992) no sólo dedicó su vida a la pintura (él se consideraba, prinicpalmente, pintor), sino que también fue escultor, arquitecto medioambiental, escritor, fotógrafo, diseñador...

    Mii hija mayor, Paulina, me trajo de Lanzarote este libro de aforismos escrito por Manrique durante sus últimos años. La naturaleza es su gran maestra y ella se refleja tanto en su pensamiento como en su obra. Tanto es así, que no sé si llamarlo un pintor realista, porque la tierra, su tierra, está presente como sustancia misma de su obra.

    Voy a dejar aquí algunas de sus frases. Hablarán de Manrique mucho mejor que yo:

    * Lo importante es la mera atracción emocional de loq ue se encuentra frente a uno mismo y la frescura de su solución: el poder de comunicar en ese espacio de la mirada.

    * Me pregunto muchas veces: ¿Dónde está la perfección? pero en este juego es dnde lleno mi alma, al endfrentarme al desconocimiento del infinito. Esta es la causa para hacer de la vida un juego y saltar por encima de las recetas de los prejuicio y de esas torpes normas que han ensuciado el sentimiento.

    * El comprender la belleza y el saber su armonía es la clave del secreto universal. Ella nos lleva a los estratos superiores y nos impone la atención hacia el desarrollo de la energía de la vida, las plumas simples de las aves, la increíble finura del ala de una mosca, el cmplicado mecanismo de un ojo, la concisa estructura de las fibras de una hoja seca.

    * El arte se tiene que desarrollar en el ámbito en el que uno vive, con el conocimiento y olfato de todas sus posibilidades, reorganizando cambios del propio medio y en su misma longitud de onda.

    * Siempre he caminado solo y sin miedos, con absoluta libertad, y sin necesidad de grupos formando un rebaño como defensa colectiva.

    * Ante el exterminio suicida de nuestro planeta, la intervención de los artistas en defensa de la conservación del medio se convierte en una cuestión urgente de máxima responsabilidad, ya que es hora de traspasar las fronteras y ampliar los ambiguos límites del arte.

    Fernando Gómez Aguilera (Selección e introducción), César Manrique. En sus palabras, Fundación César Manrique, Lanzarote, 2004.